martes, 22 de noviembre de 2016

Charla con papá




                —No entiendo la violencia. —le dijo el pequeño Martín a su padre, mientras éste devoraba una hamburguesa de la tan conocida franquicia. —¿Qué es, exactamente?
                —Violencia es pegar. —comentó su hermano, dos años mayor que él.
                —¿Tiene razón, papá?
                —En parte, sí.
                —Violencia es pegar…—repitió el pequeño de tan sólo 9 años. —¿y gritar?
                —También, Martin. —aclaró su hermano.
El niño se quedó mirando a su padre fijamente. El hombre estaba tan hambriento que no se dio cuenta del escrutinio de su hijo. Unos minutos después y viendo la cara seria con que lo observaba preguntó;
                —¿Qué pasa, hijo? ¿Estás bien?
                —Sí. —dudó—Solo que…
                —¿Qué qué?
                —Que… creo que falta algo.
                —Papá…¿Puedo ir a jugar? —interrumpió el mayor.
                —Sí, anda. Pero un rato. Hasta que vuelva mamá ¿eh? —lo siguió con la mirada, hasta que se perdió entre los juegos de plástico. Volvió enseguida la vista al menor, que continuaba perplejo en el asiento de enfrente. —¿A qué te referís con que falta algo, enano?
                —Que violencia… no puede ser sólo pegar o gritar. Lucia me contó que el abuelo se hace pis encima y su mamá no lo quiere bañar porque le da asco. Que lo trata muy mal cuando lo hace y se enoja, se enoja mucho. A mí no me daría vergüenza bañarte, papá.  También me contó que lo quiere internar en un… ¿Cómo se llama ese lugar que encierran a los abuelos?
                —geriátrico.
                —Ese. Ahí. Eso también es violencia ¿o no, papá?
                —Sí, hijo. Eso también es violencia. —sorbió un poco de gaseosa e intentó cambiar de tema. Sabía que las conversaciones de Martin podrían acarrear largas horas de explicaciones y planteos. Era un niño muy especial. — ¿Por qué no vas a jugar con tu hermano, un rato?
                —No quiero jugar con él.
                —¿Por qué, Martin? Es tu hermano.
                —El empuja a las nenas en el colegio, papá. —Se rascó la nariz y estornudó— La maestra a veces lo reta. ¿Sabías? Yo lo veo. Y se ríe, se ríe mucho cuando lo hace. A mí no me da gracia, pero a sus amigos, sí.
                —Capaz porque lo molestan.  Habrá que…
                —Mamá dice que a las nenas no se les pega…o empuja. Aunque ellas sean malas y te traten mal. A las mujeres se las respeta, dice mami. Si Pedro lo hace, ¿es porque es violento?
                —Pedro es un nene, como vos. No entiende todavía. —Se acomodó el jopo y miró hacia ambos lados para ver si alguien estaba oyendo la conversación con su hijo—Hay que enseñarle ¿sabes?
                —¿Cómo, papá? ¿Cómo se enseña eso?
                —Con el ejemplo, Martin. Con el ejemplo.
                —¿Qué quiere decir con el ejemplo?
                —Que mamá y papá se tienen que tratar bien, y tratarlos bien a ustedes, para que ustedes —y le tocó la nariz con la punta del dedoaprendan a tratar bien a los demás. ¿Entendés? ¿Vos alguna vez viste a papá empujando a mamá? ¿O gritándole?  —El nene negó rápidamente con la cabeza— ¿Ves? Así es que se aprende. —Le sonrió y mirando al mayor que se sumergía entre las pelotitas del pelotero, agregó; —Voy a tener que conversar muy seriamente con tu hermano, entonces.
                —¿Papá…?
                —¿Qué, hijo?
                —Yo no quiero que le pegues a Pedro porque es violento. La seño dice que la violencia “egedra”…
                —engendra.
                —Eso. Más violencia. Quiere decir que nunca se termina, papá. —le explicó al verle la cara de sorpresa.
                —No le voy a pegar, Martín. Solo vamos a hablar. Nada más.
                —Está bien. Porque si vos le pegas, el va a aprender a pegar. ¿No es cierto?
                —Algo así, sí. —Giró la cabeza y vio venir a su mujer con la beba en sus brazos. —Mira, ahí viene mamá y Juli.
                —¡Mamá! —corrió, Martin a sus brazos. La cara de su esposo le decía que algo había pasado.
                —¿Todo bien, por acá?
                —Sí. Estábamos charlando.
                —¿No vas a jugar, hijo?
                —No. Hoy, no.
                —¿Por qué hoy, no? —quiso saber la mujer, intrigada, mientras movía la cabeza observando a su hijo y a su marido para ver cuál le explicaba la situación.
                —Porque con papá, estamos hablando de algo muy importante.

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