Junio, 1893.
—Buenas
noches.
—Buenas
noches, patrón. ¿Me mandó a llama'?
—Ensílleme
al zaino. Voy a salir.
—¿A
esta hora? ¿Con esta tormenta?
—Sí,
hombre. Yo no le pago para que haga tantas preguntas. Prepáremelo y mándeme a
llamar cuando esté listo.
—Como
usted diga, patrón.
Se
apuró y se dirigió al final del establo, en busca del caballo de don Martin.
Unos minutos después, lo veía perderse en la negrura del campo, iluminado de a
ratos por los relámpagos plateados. Estaba demasiado acostumbrado a las
locuras de su patrón, como para preocuparse por esta última. Aunque, si le
hubiesen preguntado, hubiese dicho que últimamente lo veía cambiado y extraño. Más
callado y parco que de costumbre. Cualquiera podría decir que se debía a la
muerte de su esposa y de su hijo, unos meses atrás. Pero para él, su peón más
fiel, aquella actitud taciturna se debía a otra cosa. Otra cosa que nadie
podría adivinar jamás.
***
El galope
constante hacía agujeros profundos en el lodo espeso. Las gotas golpeaban
contra su piel, cual proyectiles de fusil. Aunque sentía el frio helado de junio sobre su cuerpo mojado, no aminoró la marcha. Por un momento le dio pena
el pobre caballo, que agotado, respiraba entre cortado. Pero no se achicaría en ese momento. Había
que hacerlo.
Llegó a las
inmediaciones del rió que bordeaba el lado sur de su extensa propiedad. Allí,
de un salto, hundió sus pies congelados en la tierra mojada. La lluvia no
amainaba. Ató al zaino como pudo en un arbolito modesto que encontró a unos
pasos. Le acarició la cruz empapada y se despidió. Se arrojó al turbio y
profundo río que se abría delante de sus ojos, conocido más bien por sus
grandes y famosos remolinos, que se tragaban a todo aquel que osara desafiarlo.
La buscó y la encontró. Al menos por unas horas.
Despertó
embarrado, sin recordar nada más que la negrura de una noche sin estrellas.
Caminó río abajo, hasta llegar a un claro. Desde allí, observó la inmensidad.
Era la segunda vez que lo intentaba. Dejó a sus espaladas el campo abierto y
vagabundeó hasta encontrar una posada. Ya no sería Martín Salvatierra, sino…
sino… Mariano Salsamendi. Sabía que debía alejarse de la zona. Lo darían por
muerto y él podría continuar con su vida en otro sitio. Donde nadie lo
reconociera. Donde nadie dudara de su edad.
Diciembre, 1933
—Buenos
días, mi querido Mauricio.
—Buenos
días, Juan José. Hace tiempo que no lo veía por estos pagos. Llegó justo a
tiempo.
—¿A
tiempo para qué?
—Para
despedirme.
—¿Se
va?
—Sí.
Esta tarde zarpo hacia el viejo continente.
—No
me diga. ¿Solo?
—Sí.
Más adelante, enviaré por Rafaela y los niños. Primero organizaré la casa, los
negocios y esas cosas. Usted sabe.
—Sí,
claro. Bueno, mi amigo, tenga usted un muy buen viaje. De más está decirle que
Doña Rafaela y sus pequeños, estarán más que protegidos durante su viaje y…
—Gracias,
Juan José. Se lo agradezco mucho.
Se despidió del
amigo que más le había durado, de su mujer y de sus dos hijos y se internó en
el barco que no lo llevaría a destino. ¿O sí? Ya había dejado pasar mucho
tiempo. Se había enamorado tan locamente de Rafaela que por unos años, olvidó
su maldición. Pero el paso de los días, el crecimiento de sus hijos y las canas
de su mujer, iban poniendo fin a lo que había comenzado en aquella posada,
después de la prueba fallida en aquel turbulento río. No podía quedarse más. ¿Qué excusa pondría?
¿Que sus genes eran así? ¿Qué por eso no envejecía? No. Además, no estaba
dispuesto a verla morir. Antes prefería olvidarla.
Llevaba dos días
en alta mar. Estaba solamente esperando el momento propicio. El momento exacto
para aventarse a aquella inmensidad salada. No sabía bien por qué pero tenía fe
en que a mayor densidad de agua, más posibilidades tendría. También pensó en
rajarse un tiro en el camarote, con esa arma delicada que le había obsequiado
Juan José. No. No se animaba a quitarse la vida de esa manera. Demasiado traumática. Pero si no recordaría nada después...Seguramente, su mayor miedo era el del
deterioro del cuerpo. La bala provocaría serias lesiones y no estaba seguro
cómo volvería de aquella negrura. ¿Con un agujero en la cabeza? ¿Sanaría? No
deseaba averiguarlo. Ya demasiado tenía con que no podía morir, como para
seguir por el resto de la eternidad con un orificio en la sien.
Las olas se
mecían celosas y golpeaban la madera terseada de la embarcación, lo que le provocaba
fuertes nauseas. El océano le gritaba que era el momento. Nadie se animaría a
salir de sus camarotes con semejante movimiento.
Caminó
tambaleando y tomándose de las paredes forradas, hasta llegar a cubierta. No
llovía, pero el agua salpicaba contra el barco y producía una constante
llovizna salada. Apretó el pasamano con fuerza, hasta que los dedos se le
quedaron blancos de dolor. Cerró los ojos y pidió a Dios y al Universo ¡Que
esta sea la vencida! Así, se apoyó en la baranda, pasó primero un pie y luego
el otro. Esperó a un zarandeo potente que lo alejara del barco. No quería morir
de un golpe en la cabeza. Quería morir ahogado, y punto. Las maderas del barco
crujieron y su cuerpo esbelto se desprendió de los caños. Cerró los ojos ante
el impacto.
***
Agosto, 1965
—Buenas tardes, Manuel.
—Buenas tardes, Clarita.
—¡Qué bello día! Hace tanto
calor. ¿Nos damos un chapuzón?
—No, gracias.
—Pero… ¿Por qué? No me diga que
no sabe nadar.

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