miércoles, 4 de noviembre de 2015

La tercera...¿La vencida?



Junio, 1893.
                —Buenas noches.
                —Buenas noches, patrón.  ¿Me mandó a llama'?
                —Ensílleme al zaino. Voy a salir.
                —¿A esta hora? ¿Con esta tormenta?
                —Sí, hombre. Yo no le pago para que haga tantas preguntas. Prepáremelo y mándeme a llamar cuando esté listo.
                —Como usted diga, patrón.
                Se apuró y se dirigió al final del establo, en busca del caballo de don Martin. Unos minutos después, lo veía perderse en la negrura del campo, iluminado de a ratos por los relámpagos plateados. Estaba demasiado acostumbrado a las locuras de su patrón, como para preocuparse por esta última. Aunque, si le hubiesen preguntado, hubiese dicho que últimamente lo veía cambiado y extraño. Más callado y parco que de costumbre. Cualquiera podría decir que se debía a la muerte de su esposa y de su hijo, unos meses atrás. Pero para él, su peón más fiel, aquella actitud taciturna se debía a otra cosa. Otra cosa que nadie podría adivinar jamás.
***
                El galope constante hacía agujeros profundos en el lodo espeso. Las gotas golpeaban contra su piel, cual proyectiles de fusil. Aunque sentía el frio helado de junio sobre su cuerpo mojado, no aminoró la marcha. Por un momento le dio pena el pobre caballo, que agotado, respiraba entre cortado. Pero no se achicaría en ese momento. Había que hacerlo.
                Llegó a las inmediaciones del rió que bordeaba el lado sur de su extensa propiedad. Allí, de un salto, hundió sus pies congelados en la tierra mojada. La lluvia no amainaba. Ató al zaino como pudo en un arbolito modesto que encontró a unos pasos. Le acarició la cruz empapada y se despidió. Se arrojó al turbio y profundo río que se abría delante de sus ojos, conocido más bien por sus grandes y famosos remolinos, que se tragaban a todo aquel que osara desafiarlo. La buscó y la encontró. Al menos por unas horas.
                Despertó embarrado, sin recordar nada más que la negrura de una noche sin estrellas. Caminó río abajo, hasta llegar a un claro. Desde allí, observó la inmensidad. Era la segunda vez que lo intentaba. Dejó a sus espaladas el campo abierto y vagabundeó hasta encontrar una posada. Ya no sería Martín Salvatierra, sino… sino… Mariano Salsamendi. Sabía que debía alejarse de la zona. Lo darían por muerto y él podría continuar con su vida en otro sitio. Donde nadie lo reconociera. Donde nadie dudara de su edad.

 Diciembre, 1933
                —Buenos días, mi querido Mauricio.
                —Buenos días, Juan José. Hace tiempo que no lo veía por estos pagos. Llegó justo a tiempo.
                —¿A tiempo para qué?
                —Para despedirme.
                —¿Se va?
                —Sí. Esta tarde zarpo hacia el viejo continente.
                —No me diga. ¿Solo?
                —Sí. Más adelante, enviaré por Rafaela y los niños. Primero organizaré la casa, los negocios y esas cosas. Usted sabe.
                —Sí, claro. Bueno, mi amigo, tenga usted un muy buen viaje. De más está decirle que Doña Rafaela y sus pequeños, estarán más que protegidos durante su viaje y…
                —Gracias, Juan José. Se lo agradezco mucho.
                Se despidió del amigo que más le había durado, de su mujer y de sus dos hijos y se internó en el barco que no lo llevaría a destino. ¿O sí? Ya había dejado pasar mucho tiempo. Se había enamorado tan locamente de Rafaela que por unos años, olvidó su maldición. Pero el paso de los días, el crecimiento de sus hijos y las canas de su mujer, iban poniendo fin a lo que había comenzado en aquella posada, después de la prueba fallida en aquel turbulento río.  No podía quedarse más. ¿Qué excusa pondría? ¿Que sus genes eran así? ¿Qué por eso no envejecía? No. Además, no estaba dispuesto a verla morir. Antes prefería olvidarla.
                Llevaba dos días en alta mar. Estaba solamente esperando el momento propicio. El momento exacto para aventarse a aquella inmensidad salada. No sabía bien por qué pero tenía fe en que a mayor densidad de agua, más posibilidades tendría. También pensó en rajarse un tiro en el camarote, con esa arma delicada que le había obsequiado Juan José. No. No se animaba a quitarse la vida de esa manera. Demasiado traumática. Pero si no recordaría nada después...Seguramente, su mayor miedo era el del deterioro del cuerpo. La bala provocaría serias lesiones y no estaba seguro cómo volvería de aquella negrura. ¿Con un agujero en la cabeza? ¿Sanaría? No deseaba averiguarlo. Ya demasiado tenía con que no podía morir, como para seguir por el resto de la eternidad con un orificio en la sien.
                Las olas se mecían celosas y golpeaban la madera terseada de la embarcación, lo que le provocaba fuertes nauseas. El océano le gritaba que era el momento. Nadie se animaría a salir de sus camarotes con semejante movimiento.
                Caminó tambaleando y tomándose de las paredes forradas, hasta llegar a cubierta. No llovía, pero el agua salpicaba contra el barco y producía una constante llovizna salada. Apretó el pasamano con fuerza, hasta que los dedos se le quedaron blancos de dolor. Cerró los ojos y pidió a Dios y al Universo ¡Que esta sea la vencida! Así, se apoyó en la baranda, pasó primero un pie y luego el otro. Esperó a un zarandeo potente que lo alejara del barco. No quería morir de un golpe en la cabeza. Quería morir ahogado, y punto. Las maderas del barco crujieron y su cuerpo esbelto se desprendió de los caños. Cerró los ojos ante el impacto.
***
Agosto, 1965
               —Buenas tardes, Manuel.
               —Buenas tardes, Clarita.
               —¡Qué bello día! Hace tanto calor. ¿Nos damos un chapuzón?
               —No, gracias. 
               —Pero… ¿Por qué? No me diga que no sabe nadar.
               —Algo así.

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