Estiró
su brazo y apoyó la palma de su mano izquierda sobre la superficie helada. Con
el dedo índice, comenzó a golpear el material que la separaba de eso que veía.
Intentó, en vano romperlo. Parpadeaba frente al espejo
que le devolvía una imagen que no reconocía. Si bien había mucho de ella en
la mujer que tenía en frente, ninguna facción le resultaba familiar Con la mano
derecha, acarició su pómulo primero, para seguir por las líneas de sus labios.
Sus dedos pesados removían el labial rojo de su carnosa boca, al pasar. Parpadeaba
con más intensidad. Si bien quería apartar la vista de esa imagen que la
obnubilaba, no podía.
Un
golpe en la puerta, la extrajo de la ensoñación en la que había caído. Tardó
unos segundos en darse cuenta dónde estaba. Volvió a mirarse en el espejo, pero
esta vez no buscó respuestas. Se arregló el cabello despeinado y se lavó la
cara. El labial corrido había dejado una mancha permanente rosada sobre sus
labios gruesos. Como seguían llamando a la puerta, se permitió salir así.
Abrió.
Del otro lado se encontró a una señora, de gestos rígidos, que la miraba con
ganas de arrancarle el cabello. Apenas si había dado un paso, que ya la
empujaba para entrar. Permaneció allí hasta que su mente comenzó a adaptarse a
los ruidos, a los olores y a las formas. No reconoció nada de lo que veía. Caminó
entre las personas, tratando de recordar lo qué hacía ahí. Atontada, salió a la
calle y giró sobre sus pies, buscando una imagen, un punto de referencia que le
permitiera ubicarse. Nada.
Sus
pies se lanzaron a andar. Recorrió la cuadra lentamente, observando en las
vidrieras su desconocido reflejo. Su cuerpo voluptuoso, su vestido negro, sus
zapatos de tacón. ¿Quién era? ¿Qué hacía? ¿Dónde estaba? La cabeza bombeaba
ideas, preguntas, dudas… miedos. Se detuvo en la esquina. El semáforo titilaba
y la gente de amuchaba para intentar cruzar cuando algún chofer educado frenaba
y les permitía avanzar. Por un momento, sus parpadeos concordaban y se
acompasaban a la luz amarilla intermitente. Volvió a girar sobre sus pies en
busca de una señal. El cielo nublado, los edificios altos, la gente embobada
con sus teléfonos celulares. Todo parecía normal. Sin embargo, nada lo era.
Permaneció
ahí, detenida en la esquina por un largo rato. Estaba tan enfrascada en su
estado que no advertía las miradas preocupadas de algunos que la observaban.
Decidió, por fin, cruzar. Sin mirar hacia los costados, sus pies acariciaron el
asfalto. Bocinazos, corridas y gritos. Sin prestarles atención, llegó al otro
lado. Volvió a mirarse en una de las vidrieras oscuras e intentar encontrarse
en ese rostro extraño. Un empujón. Calló de rodillas al piso. Las palmas de las
manos ardían sobre la áspera vereda de granito.
—¿Estás
bien? —Una voz. La primera voz que se dirigía a ella. Una mano apoyada en su
hombro y la ayuda necesaria para ponerse de pie. —La gente está muy loca.
Se
sacudió las manos y elevó los ojos, en busca de la voz que seguía hablándole.
Quizás esa persona la ayudara a esclarecer un poco su…
—¿estás
bien? Estás muy pálida. —Parpadeó unas cuantas veces más. —¡Ey! ¿Qué pasa?
Apenas
parpadeaba. Con la misma minuciosidad que un relojero arregla relojes, observó
las arrugas en la cara de la persona que le hablaba. No podía creerlo. Ahí
estaban sus ojos, su pelo y su lunar en el cachete izquierdo. Sus dientes
amarillentos y el aliento fuerte que solo le producían la mezcla del chicle de
frutilla con los cigarrillos. Ahí estaba ella, o por lo menos, su cuerpo. ¿Qué
hacer? ¿Qué decir?
—Bueno.
Si no me vas a decir nada...
Su
cuerpo se alejaba de ella. No lo podía permitir.
Caminó
por varias cuadras hasta que la vio detenerse. Agazapada entre la multitud,
observó a su cuerpo detenidamente. Sus ojos miraban hacia los lados, en busca
de alguien. Pocos minutos después, un hombre alto, de traje, acariciaba su
cuello y mordía su boca. Entraron al cine, tomados de las manos. Y ahí fue
ella, también. Se sentó dos filas más atrás. Notó los roces y los besos
apasionados. El hombre se puso de pie y la dejó sola por un momento. Ella,
aprovechó la posibilidad y se acercó.
—¿Qué
haces acá? —le preguntó, cuando reconoció el vestido y los labios rosados.
—Devolveme
mi cuerpo.
—¿Cómo
dijiste?
—Devolveme
mi cuerpo. —repitió.
—¿Todo
bien? —El hombre de traje había regresado. —¿Pasa algo?
—No.
Sentate. No pasa nada. —Intentó ignorar a la mujer de negro que seguía a su
lado y no le quitaba los ojos de encima.
—Quiero
que me devuelvas mi cuerpo. ¿Escuchaste? ¡Damelo! ¡Es mío! —Gritó y la jaló de
los cabellos. La mujer se retorcía debajo de sus uñas mientras que el hombre
intentaba apartarlas. Las luces de la sala se encendieron y alguien llamó a
seguridad.
—Señorita,
si no se calma, la vamos a tener que detener. —Le susurró un joven, al oído.
Parpadeaba
una y otra vez. Esta vez lo hacía para cerciorarse, para estar segura de que lo
que veían sus ojos fuera cierto. Ahí estaba su cuerpo y no encontraba la manera
de regresar a él.
—¡Está
loca! Llévensela. —gritaba la mujer, acurrucada en los brazos de su amante.
Dos hombres
la sostenían con fuerza. Sin embargo, ella seguía retorciéndose para zafarse. Gritaba,
lloraba.
—Señorita,
retírese. Por favor. —Habló uno de los oficiales, intentado calmar la
situación. —se ve que el problema es con usted. Quizás si…
—Vamos.
—El hombre de traje condujo fuera, a su mujer.
Las
lágrimas nublaban su vista, pero, aun así, podía ver cómo una vez más, su
cuerpo se alejaba de ella. Luchó con todas sus fuerzas. Mordió y pateó, hasta
liberarse. Corrió desbocada hacia la calle. Los vio del otro lado de la vereda,
estirando la mano para tomar un taxi.
Parpadeó
por última vez y cruzó.
Sonreía
y parpadeaba frente al espejo que le devolvía una imagen… de labios rosados, de
grandes ojos, con arrugas en la piel y con un lunar enorme en el cachete
izquierdo. Apagó la luz del baño y volvió a la cama.
No
tardó en despertarse. Unos ruidos extraños, provenientes del baño, la
despabilaron. ¿Qué sería? Parecía como si alguien estuviese golpeando algo…
algo como… el espejo.

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