jueves, 22 de junio de 2017

Labios rosados

Estiró su brazo y apoyó la palma de su mano izquierda sobre la superficie helada. Con el dedo índice, comenzó a golpear el material que la separaba de eso que veía. Intentó, en vano romperlo. Parpadeaba frente al espejo que le devolvía una imagen que no reconocía. Si bien había mucho de ella en la mujer que tenía en frente, ninguna facción le resultaba familiar Con la mano derecha, acarició su pómulo primero, para seguir por las líneas de sus labios. Sus dedos pesados removían el labial rojo de su carnosa boca, al pasar. Parpadeaba con más intensidad. Si bien quería apartar la vista de esa imagen que la obnubilaba, no podía.
Un golpe en la puerta, la extrajo de la ensoñación en la que había caído. Tardó unos segundos en darse cuenta dónde estaba. Volvió a mirarse en el espejo, pero esta vez no buscó respuestas. Se arregló el cabello despeinado y se lavó la cara. El labial corrido había dejado una mancha permanente rosada sobre sus labios gruesos. Como seguían llamando a la puerta, se permitió salir así.
Abrió. Del otro lado se encontró a una señora, de gestos rígidos, que la miraba con ganas de arrancarle el cabello. Apenas si había dado un paso, que ya la empujaba para entrar. Permaneció allí hasta que su mente comenzó a adaptarse a los ruidos, a los olores y a las formas. No reconoció nada de lo que veía. Caminó entre las personas, tratando de recordar lo qué hacía ahí. Atontada, salió a la calle y giró sobre sus pies, buscando una imagen, un punto de referencia que le permitiera ubicarse. Nada.
Sus pies se lanzaron a andar. Recorrió la cuadra lentamente, observando en las vidrieras su desconocido reflejo. Su cuerpo voluptuoso, su vestido negro, sus zapatos de tacón. ¿Quién era? ¿Qué hacía? ¿Dónde estaba? La cabeza bombeaba ideas, preguntas, dudas… miedos. Se detuvo en la esquina. El semáforo titilaba y la gente de amuchaba para intentar cruzar cuando algún chofer educado frenaba y les permitía avanzar. Por un momento, sus parpadeos concordaban y se acompasaban a la luz amarilla intermitente. Volvió a girar sobre sus pies en busca de una señal. El cielo nublado, los edificios altos, la gente embobada con sus teléfonos celulares. Todo parecía normal. Sin embargo, nada lo era.
Permaneció ahí, detenida en la esquina por un largo rato. Estaba tan enfrascada en su estado que no advertía las miradas preocupadas de algunos que la observaban. Decidió, por fin, cruzar. Sin mirar hacia los costados, sus pies acariciaron el asfalto. Bocinazos, corridas y gritos. Sin prestarles atención, llegó al otro lado. Volvió a mirarse en una de las vidrieras oscuras e intentar encontrarse en ese rostro extraño. Un empujón. Calló de rodillas al piso. Las palmas de las manos ardían sobre la áspera vereda de granito.
—¿Estás bien? —Una voz. La primera voz que se dirigía a ella. Una mano apoyada en su hombro y la ayuda necesaria para ponerse de pie. —La gente está muy loca.
Se sacudió las manos y elevó los ojos, en busca de la voz que seguía hablándole. Quizás esa persona la ayudara a esclarecer un poco su…
—¿estás bien? Estás muy pálida. —Parpadeó unas cuantas veces más. —¡Ey! ¿Qué pasa?
Apenas parpadeaba. Con la misma minuciosidad que un relojero arregla relojes, observó las arrugas en la cara de la persona que le hablaba. No podía creerlo. Ahí estaban sus ojos, su pelo y su lunar en el cachete izquierdo. Sus dientes amarillentos y el aliento fuerte que solo le producían la mezcla del chicle de frutilla con los cigarrillos. Ahí estaba ella, o por lo menos, su cuerpo. ¿Qué hacer? ¿Qué decir?
—Bueno. Si no me vas a decir nada...
Su cuerpo se alejaba de ella. No lo podía permitir.
Caminó por varias cuadras hasta que la vio detenerse. Agazapada entre la multitud, observó a su cuerpo detenidamente. Sus ojos miraban hacia los lados, en busca de alguien. Pocos minutos después, un hombre alto, de traje, acariciaba su cuello y mordía su boca. Entraron al cine, tomados de las manos. Y ahí fue ella, también. Se sentó dos filas más atrás. Notó los roces y los besos apasionados. El hombre se puso de pie y la dejó sola por un momento. Ella, aprovechó la posibilidad y se acercó.
—¿Qué haces acá? —le preguntó, cuando reconoció el vestido y los labios rosados.
—Devolveme mi cuerpo.
—¿Cómo dijiste?
—Devolveme mi cuerpo. —repitió.
—¿Todo bien? —El hombre de traje había regresado. —¿Pasa algo?
—No. Sentate. No pasa nada. —Intentó ignorar a la mujer de negro que seguía a su lado y no le quitaba los ojos de encima.
—Quiero que me devuelvas mi cuerpo. ¿Escuchaste? ¡Damelo! ¡Es mío! —Gritó y la jaló de los cabellos. La mujer se retorcía debajo de sus uñas mientras que el hombre intentaba apartarlas. Las luces de la sala se encendieron y alguien llamó a seguridad.
—Señorita, si no se calma, la vamos a tener que detener. —Le susurró un joven, al oído.
Parpadeaba una y otra vez. Esta vez lo hacía para cerciorarse, para estar segura de que lo que veían sus ojos fuera cierto. Ahí estaba su cuerpo y no encontraba la manera de regresar a él.
—¡Está loca! Llévensela. —gritaba la mujer, acurrucada en los brazos de su amante.
Dos hombres la sostenían con fuerza. Sin embargo, ella seguía retorciéndose para zafarse. Gritaba, lloraba.
—Señorita, retírese. Por favor. —Habló uno de los oficiales, intentado calmar la situación. —se ve que el problema es con usted. Quizás si…
—Vamos. —El hombre de traje condujo fuera, a su mujer.
Las lágrimas nublaban su vista, pero, aun así, podía ver cómo una vez más, su cuerpo se alejaba de ella. Luchó con todas sus fuerzas. Mordió y pateó, hasta liberarse. Corrió desbocada hacia la calle. Los vio del otro lado de la vereda, estirando la mano para tomar un taxi.
Parpadeó por última vez y cruzó.
Sonreía y parpadeaba frente al espejo que le devolvía una imagen… de labios rosados, de grandes ojos, con arrugas en la piel y con un lunar enorme en el cachete izquierdo. Apagó la luz del baño y volvió a la cama.

No tardó en despertarse. Unos ruidos extraños, provenientes del baño, la despabilaron. ¿Qué sería? Parecía como si alguien estuviese golpeando algo… algo como… el espejo. 

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