viernes, 5 de agosto de 2016

La pérdida de Pedro

Pedro llegó a la casa con el corazón galopando en su pecho. Venía corriendo, asustado. Su madre le preguntó por qué tanto apuro y nerviosismo. Lo siguió, preocupada, escaleras arriba.
            —Pedro, ¿Qué pasó?
            —Lo perdí. Lo perdí. —Repetía sin cesar. Cuando lo alcanzó, él ya había comenzado a revolver entre las sabanas y debajo de las almohadas. Jamás lo había visto tan descontrolado.  
            —¿Qué se te perdió?—preguntó, desconcertada.  
            —No puede ser. —Seguía desparramando cosas, revisando entre los cajones.
            —¿Qué se te perdió, hijo? Contále a mamá.
            —No está. —Se refregaba la cara con insistencia. Estaba a punto de llorar.
            —Hijo…—Su madre extendió el brazo para alcanzarlo pero él se puso de pie y salió de la habitación.
            —¡Pedro! —Gritó en vano. Bajó tan rápido como pudo, pero no llegó a alcanzarlo.
Pedro corría desbocado, enceguecido. Corría sin perder de vista el piso. Sólo se detenía cuando algo llamaba su atención. Deshizo el camino que había hecho de la escuela a la casa pero no halló lo que estaba buscando. Volvió por las mismas calles, examinando todo. Cada hoja en el piso, cada hormiga, cada papelito. Nada. Definitivamente, lo había perdido. Su madre lo recibió con los brazos abiertos y la mirada brillosa.
            —Pedro. ¿Qué fue lo que perdiste? ¿No me digas que fue el celular? —El negó con la cabeza. — ¿entonces qué? ¿Qué perdiste, amor? ¿Algo del cole?
            —No. Mucho peor.
            —No me asustes. ¿Plata? ¿La plata del recreo?
            —No, mamá.  No es eso.
            —¿entonces qué es eso tan importante que perdiste? Si no fue el celular ni la plata…
            —Un sueño, mamá. Se me perdió un sueño. —La mujer permaneció atónita, ante la respuesta del niño, que se alejaba cabizbajo. ¿Un sueño? ¿Cómo alguien perdería un sueño?
Dos horas más tarde, con un vaso de leche en la mano y una medialuna en la otra, regresó a la todavía desordenada habitación.
            —¿Hijo?— un sollozo leve, la guió hacia un extremo. Lo halló acurrucado contra la pared. —Mira. Te traje la merienda.
            —Gracias, pero no tengo hambre.
            —Pedro… explícale bien a mamá lo que pasó.  ¿Cómo es eso que se te perdió un sueño?
            —No importa. Ya no hay nada que hacer. —murmuró.
            —¿Cómo que no? Seguro debe estar por acá. —Apoyó las cosas en la mesita de luz y se agachó. Simuló tomar algo del suelo. —Acá está. —El chico levantó la vista y sonrió pese a no tener ganas de hacerlo. — No es tu sueño ¿no?—se desanimó.
            —Má…
            —¿Qué, mi vida?
            —Vos tenés sueños, ¿no es cierto? —la pregunta la sorprendió.
            —Claro que sí, Pedro.
            —¿Y cómo lucen tus sueños? Digo… ¿Cómo son? ¿De qué color son?
            —¿Eh?—dudó— No importan los míos. Los tuyos, ¿Cómo son? —Necesitaba tiempo para pensar.
            —Algunos son verdes, otros azules. Tengo dos amarillos y el que se me perdió, era de todos colores. Mi favorito. ¿Y los tuyos, má? ¿De qué color son?
            —No sé, hijo. Me parece que nunca tuve uno en mis manos.
            —Eso es imposible. Todos tenemos sueños. Incluso papá.
            —¿Cómo sabés?
            —Porque los vi.
            —¿Dónde tiene papá sus sueños?
            —Sobre la mesa de luz. Junto al velador. —la mujer lo observaba y apenas podía creer lo que oía. ¿Su hijo estaría volviéndose loco?
            —¿Y de qué color son los de papá?
            —Sólo tiene dos. Uno rojo y otro violeta. Va… esos son los que yo vi. —La mujer intentó ordenar sus pensamientos antes de salir de la habitación.
            —Toma la leche y acomoda este desorden. —acarició su mejilla humedecida y le sonrió.
Caminó por el pasillo, tratando de imaginar lo que su hijo acababa de decirle. De poner en imágenes sus palabras. Giró el picaporte y atravesó la puerta. Dirigió su mirada directamente a la mesa de luz de su esposo y halló lo mismo de siempre. ¿Qué esperaba ver? Definitivamente, había un problema con Pedro.
Esa noche, durante la cena, nadie hablaba. El tintinar de los tenedores y las mordidas, lo ocupaban todo. Hasta que el hombre habló;
            —¿Cómo estuvo tu día hoy, campeón?
            —Maso.
            —¿Por? ¿Qué pasó?
            —Se me perdió algo.
            —¿Ah sí? —dirigió la mirada a su esposa quien respondió con un movimiento de hombros.
            —Sí. Se me perdió un sueño.
            —¿Un sueño?
            —Sí.
            —¿y cómo era ese sueño?
            —Chiquito, redondito. De todos colores.
¿Cómo no se le había ocurrido antes? ¿Cómo no le había preguntado acerca de la forma? Pensó la madre.
            —Hijo, deberías haber dejado tu sueño en casa.
            —No. Los sueños no se abandonan. Es imposible andar sin ellos. Yo los llevo conmigo a todos lados.
            —¡Y mira lo que paso! Lo perdiste. —El niño bajó la cabeza y se entristeció.
            —Bueno. Basta de hablar de eso. Comamos. —interrumpió la mujer, nerviosa.
            —Pedro…—volvió a hablar el hombre, que al parecer, estaba interesado en el tema de conversación.
            —¿Qué, papá?
            —¿de qué se trataba ese sueño? Digo… el que perdiste.
            —No me acuerdo. Cuando uno pierde un sueño, o lo hace realidad… ya no lo recuerda más.  
            —¡Qué interesante! —Abrió grandes los ojos sin prestarle atención a las miradas nerviosas de su mujer. —¿Me mostrás tus sueños, hijo? ¿Los tenés acá?
            —Sí, claro. —Pedro metió la mano en el bolsillo de su pantalón y al sacarla, apretó el puño. Luego, abrió la mano, dejando la palma al descubierto.
            —¿No son hermosos, papá? —Los ojos del hombre destellaban de felicidad.
            —Son bellísimos. ¡Cuántos tenés!
            —Marcos… ¿Vos los ves? —La voz de su mujer lo sacó del trance y logró asentir. —No les creo. Ustedes dos me quieren volver loca. —Revoleó la servilleta enojada y corrió a su habitación.

Marcos y Pedro la sorprendieron minutos después. Estaba acostada boca abajo, con la vista fija en la mesa de luz. Se esforzaba por ver lo que sus ojos no le permitían. O quizás no era merecedora de ese don. Quizás su hijo había heredado ese poder del padre. Quizás estaban todos locos.
            —Má… —La dulce vocecita la envolvió y le arrancó una sonrisa.
            —Yo no los veo. ¿Por qué?
            —Porque se te perdieron. Seguro.
            —Pero si yo…
            —¿Hay algo con lo que sueñes, amor? —quiso saber el hombre, que sentado a su lado la observaba con compasión.
            —Es que ahora que lo pienso…Yo… —las lágrimas se amontonaron en sus pupilas. — Yo… tengo todo lo que soñé.


2 comentarios:

  1. Hermoso cuento, ciertamente, los sueños deberíamos llevarlos cual Pedro siempre ju to a nosotros!@

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  2. Verónica Psathoyiannakis22 de mayo de 2025 a las 11:39

    Hermoso cuento, para disfrutar y reflexionar también. La autora sacude al lector desde lo más profundo y simple. Gracias Eri

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