domingo, 26 de mayo de 2024

ATDLG: Capítulo 8

                                                        LÁGRIMAS AL VOLANTE



ALEJANDRO

Ana se había puesto al hombro la recuperación de Alejandro como si nunca se hubiesen separado, como si nunca hubiesen dicho que ya no se amaban. No había vuelto a tocar el tema del divorcio ni de la venta del bar. Al contrario. Estaba atenta a él completamente. Tanto, que no quiso que se quedara en casa de Hugo cuando le dieron el alta médica.

–Dudo de que sea una buena idea, Ana–le dijo Alejandro con pausa. Si bien había recuperado la cadencia en el habla, seguía sintiéndose extraño. Su labio continuaba algo caído y esa sensación le provocaba incomodidad.

–No, no. Debemos empezar cuanto antes con ejercicios, una buena alimentación. ¡Y nada de cigarrillos!

–Ana… no sé si…

–Estaremos bien.

–Yo no…

No le permitió decir nada más. Tomó el bolso y lo ayudó a sentarse en la silla de ruedas. Lo llevó a lo largo del hospital y una vez en la calle, lo montó al auto con una agilidad de puma. Alejandro la observaba embelesado, incapaz de creer que estuvieran así; tan unidos. Como en los viejos tiempos, pensó. Una luz de esperanza quiso asomar dentro de su pecho, pero como si estuviese leyéndole la mente, Ana aclaró;

–Te he elegido como mi compañero, como el padre de mis hijos. Esa elección hará que seas parte de mi vida para siempre. Te quiero, te respeto, y en verdad deseo que te recuperes pronto. Quiero ser clara contigo. Quiero ayudarte. Quiero que estés bien, pero entre tú y yo Alejandro, no ocurrirá nada más que esto. Una… una especie de amistad, podríamos decirlo. Sigo dolida y no se me olvidan muchas cosas. Pero, seré capaz de dejarlas de lado para que salgamos de esto. Juntos. Como la familia que hemos sido. Quiero que Juan y Lucía disfruten de ti y, sobre todo, que tú disfrutes de ellos. ¿He sido clara?

–Perfectamente. Aun así, creo que no es una buena idea quedarme en la casa.

–No tenemos otra opción por el momento. Espero que pongas todo de tu parte para que no se convierta en un infierno.

Alejandro no pudo asentir porque en verdad no sabía si podría hacerlo. Quería, deseaba, darle el gusto. Atravesar ese escollo como lo que habían sido; una familia. Sin embargo, sentía en lo más profundo de su ser que debía alejarse de ellos y dejarlos ser felices de una buena vez. Lo apenaba y avergonzaba darse cuenta de que dependería de esas personas que lo tildaban de fracasado y aunque los amaba con locura no lograba hallar una conexión fuerte y sana con ellos. Se culpaba; al fin y al cabo, había sido él quien, según Ana, había arrastrado a la familia al desastre.

¿Y ahora? ¿Debería esperar que lo cuidasen?

Se removió en el asiento y observó de reojo a su mujer. Tantos años, tantos momentos juntos. ¿En verdad le había hecho tanto daño? Estiró el brazo y tomó los papeles que el doctor Aguirre le había entregado. Lo esperaba en una semana para un control donde conversarían sobre las terapias que debía comenzar cuanto antes, en conjunto con un terapeuta y un psicólogo. Entre las hojas, los nombres de un par de profesionales resaltados con un color fluorescente, le llamaron la atención.

Terapia. ¿Cuántas veces Ana le había recomendado hacerlo? Muchas.

Seis años atrás

–No, Ana. No estoy loco–le respondí ante su insistente comentario.

–Ir a un psicólogo no es sinónimo de estar loco, Alejandro. Escucha lo que te digo. No puede ser que dediques todo tu tiempo al trabajo, a los bares. ¿Dónde quedan los pasatiempos? ¿Y nosotros? –¡Si supieras! Pensé para mis adentros intentando no demostrar con mi rostro lo que mi corazón guardaba.

–Sabes que no puedo desentenderme–dije, intentando salirme de la conversación. Estaba cansado de los mismos reclamos una y otra vez.

–Sí que puedes. El problema es que no quieres. ¿Por qué? ¿Es que no la pasas bien con nosotros, con tus hijos?

–No es eso, Ana–¿Por qué siempre debía llevar las cosas para ese lado? No se trataba de ellos.

–¿Entonces? Debes ser el único hombre en la faz de la tierra que no quiere pasar la noche con su mujer y sus hijos–¡Dios! Sentía que mi cabeza explotaría en cualquier momento. Intenté respirar y alejarme, pero ella me siguió, gritando a mis espaldas–¿Por qué no quieres, Alejandro? ¿Por qué?

–¡Sí que quiero! Pero… no puedo. ¡NO PUEDO! –preferí evadirla y me alejé una vez más de su lado.

No quería que supiera que la situación no había despuntado de la manera en que lo había previsto. El lugar donde abrimos el nuevo bar no estaba dando los frutos esperados y me preocupaba pensar en que me había equivocado. Había decidido trabajar yo en vez de contratar más personal. De ese modo, los gastos serían menores… pero… no podía decírselo. No podía admitir que quizás había tenido razón.  

–¿Por qué no podemos hablar, Alejandro? –preguntó llorando y confieso que mi corazón tembló en mi interior. Me dolía estar así y mantenerla fuera, pero debía hacerlo. Era por su bien.

–Me pregunto lo mismo. ¿Por qué siempre acabamos discutiendo?

–Eres tú quien está cerrado a la comunicación. Por eso… creo que deberías…

–No vuelvas a repetirlo. Por favor.

–¡Pues lo diré! Deberías hacer terapia. Necesitas ayuda. Alguien que te guíe, que te ayude, ya que yo no puedo hacerlo. ¿Dónde vas? –me preguntó al ver que tomaba mi abrigo.

–Al bar, ¿dónde más?

–Creí que…

–No quiero seguir discutiendo delante de los niños. No me esperes despierta.

–No lo haré.

Ella se alejó furiosa y yo también. Ojalá tuviera las agallas para decirle lo que ocurría. Pero… ¡No, Alejandro! Todo irá bien. Todo saldrá como lo soñaste y podrán disfrutar de una buena vez. Me dije y en verdad intenté creerlo. Por el momento, debes seguir haciendo este sacrificio. Aunque Ana no lo comprenda, sé que me lo agradecerá más tarde. Algún día.

–¿Un psicólogo? ¡Ja! Lo que necesito yo, es dinero.

–Dinero… –dijo en voz alta, recordando aquel episodio. Ana lo miró confundida.

–¿Irás? –preguntó señalando las letras marcadas en la hoja.

–¿Debería?

–Te haría muy bien.

–Quizás si te hubiese oído antes… –comentó y se perdió en las calles de su vecindario. Aquel que habían elegido con tanta ilusión.

–No podemos volver el tiempo atrás, pero podemos hacer algo con lo que viene–dijo ella una vez más.

Continuaron el viaje en silencio. La ciudad parecía no haberse enterado de lo ocurrido; todo era igual, nada había cambiado. Dentro del vehículo en cambio, Alejandro intentaba ser lo más sincero posible con la única persona que lo había amado, después de sus padres.

–Ana… –la detuvo antes de que bajase en la cochera de la que había sido su casa.

–¿Sí?

–No quiero que te ilusiones con mi estadía aquí. Es posible que regrese a casa de Hugo en cualquier momento–ella intentó quejarse, pero él la detuvo antes de que dijera algo más–. Escúchame. Yo no estoy bien. Los dos lo sabemos. No es de ahora; han sido muchos años de… Bueno, no viene al caso. Esto que ha sucedido es demasiado. No quiero ni puedo exponerlos a lo que vendrá. Ni a ti ni a los muchachos.  

–No podrás hacerlo solo–sentenció.

–Puede que sí, puede que no. Pero no cuento con la voluntad ni la energía para fingir nada–Ana elevó la ceja con curiosidad–. Estoy mal y necesito espacio para poder tocar fondo. Déjame tocar fondo, Ana.

–Es que ya lo has hecho, ¿no te has dado cuenta? –él lo negó con un simple movimiento–. Alejandro… no dejaré que tires la toalla. No sin antes haberlo intentado.

–No es tu responsabilidad, Ana. Ya no.

–¿Por qué eres tan cruel conmigo? ¿Qué he hecho yo para que desprecies mi cariño de este modo? –podía ver en sus pupilas el dolor y la amargura en forma de lágrimas.

–No te desprecio. Al contrario. Porque creo que quizás podremos salvar nuestra relación, como amigos–aclaró– necesito mi lugar y mis tiempos.

–Siempre solo–dijo ella y le dio arranque al vehículo.

–Siempre solo–agregó él.

–Ojalá algún día puedas dejar entrar a alguien. Ojalá puedas soltar ese pasado que te ata de una buena vez para poder ser feliz. Ojalá puedas ver que la vida es mucho más que tener dinero o triunfar, o ser alguien como siempre dices. Hubiésemos sido muy felices si nos hubieses elegido. Con menos lujos, con menos cosas… pero felices. No había necesidad y me apena que no lo hayas podido ver.

Volvieron al camino. Ella lloraba al volante y cada tanto se limpiaba las lágrimas con la palma de la mano. Ninguno de los dos dijo nada más; no hacía falta. Llegaron a casa de Hugo y descendieron con lentitud. Alejandro intentó dar unos pasos con el bastón, pero no lo logró. Ana abrió la silla de ruedas, pero no lo acompañó dentro. Le entregó el bolso con sus prendas y los papeles del hospital.

–Avísame cómo te va en la consulta del jueves.

–Así lo haré.

–Adiós.

–Un abrazo a los muchachos.

–Tienes sus números, escribe cuando quieras.

Ana se marchó y lo dejó en la acera solo. Tosió para empujar el nudo que se generó en su garganta producto de la angustia. Sin embargo, no se compadecería. Debía repensar muchas cosas y en ese proceso no podía arrastrar a su familia. Hizo girar las ruedas de las sillas y, con torpeza, avanzó por el pasillo hasta el final donde se encontraba la casa de su amigo.

***

Hugo no había tenido problemas de que se quedara allí por el tiempo que fuese necesario. Al contrario; fue él quien lo acompañó al primer encuentro con el doctor y fue su amigo también el que citó a Ana para explicarle cómo estaba la situación.

–No está bien. Nada bien.

–Lo sé–Hugo la observó del otro lado de la mesa con cierta molestia. Ana ni siquiera parpadeó.

–¿Y no piensas hacer nada?

–Alejandro se ha empeñado en estar solo. Pues… que lo haga solo, Hugo. Yo no puedo hacerlo por él. Ya no tengo fuerzas para enfrentar un problema más.

–Ana. Estoy asustado. Nunca lo había visto así.

–No puedo hacer nada. Lo he intentado, créeme. Ya no más.

–No sé si podré ayudarlo.

–Tu amigo no quiere ayuda.

–Pero la necesita, Ana.

–Sí, claro. Y él sabe que es así. Pero…es demasiado obstinado para pedirla.

Los dos bebieron el café en silencio y por unos cuántos minutos cada uno se dejó llevar por los pensamientos y los recuerdos. Ana se concentró en los autos que pasaban, Hugo en las arrugas que había descubierto en el rostro de la ex mujer de su mejor amigo.

–¿Ya no lo amas? –deslizó y recuperó su atención.

–No de la misma manera en que solíamos hacerlo–Hugo entristeció–. Ni él ni yo. Ya no somos los mismos. Debemos aceptar que todo ha cambiado.

–¿Qué haremos con él?

–Intentar que siga con sus terapias. Que visite a un psicólogo, un psiquiatra, tal vez… y esperar. Esperar a que él mismo descubra cuánto le queda por vivir aún. No más que eso.

–Siento que lo tienes todo demasiado asumido, Ana… Tan asumido que asusta.

–Siempre he sido práctica. Lo sabes muy bien. Y con Alejandro las cosas han ido erosionándose tanto que… –bebió el último sorbo de café, se limpió los labios y miró a Hugo a los ojos–. Roguemos que esto pase rápido.

–¿Los muchachos? –preguntó Hugo y Ana suspiró con dolor.

–Me duele tanto que no hayan podido conectar. Desde que nacieron, ha estado trabajando y trabajando. Nunca un fin de semana en familia. Nunca una salida especial. Ocupé su lugar tantas veces que… –se detuvo porque la angustia cobraba fuerza y relevancia en su tono de voz y no quería flaquear. Sus hijos eran su talón de Aquiles–. Son tres desconocidos. Me hiere, me enoja, me molesta que así sea, pero, Juan y Lucía ya están más grandes y no puedo esconderles lo que su padre es.

–Alejandro los ama, Ana. Incluso a ti. A su modo, quizá, pero los ama.

–No es el modo que necesitamos. No lo defiendas más.

–No lo excuso. Lo hemos hablado muchas veces él y yo. Pero debes entender que su origen, su historia, lo ha marcado.

–¿Qué origen? ¿El de una familia argentina empobrecida, incapaz de brindarle un plato de comida? Eso no es cosa de otro mundo, Hugo. Aquí, en España, hay ciento de miles de personas en la misma situación. Muchos inmigrantes han llegado a Europa, como una vez nuestros ancestros se han marchado a otros sitios en busca de algo mejor. ¿Y? ¿Eso lo exonera de ser padre, de verlos, de abrazarlos, de criarlos? No. Entiendo su dolor; tener que dejar a su madre sola y venir a trabajar. Que no haya vuelto a verla, me apena muchísimo. Pero ni Juan, ni Lucía, ni yo, tenemos la culpa. ¿No crees?

–Ana…

–Ojalá algún día deje de compadecerse de su vida. Tal vez así pueda aceptar que el pasado ya no se puede cambiar y logre salir adelante.

–Necesita ayuda para eso–Ana tomó dinero de su cartera y lo dejó sobre la mesa. 

–Que la pida, entonces. Hugo, tú y yo, amigos como siempre. Sabes cuánto te quiero y valoro que te preocupes por nuestra familia. Los muchachos te adoran y has sido el mejor padrino. No intervendré, pero, si me necesitas… llámame. Adiós, cariño. Saludos a Betty y a Andrés.

–Adiós, Ana.

Hugo permaneció en el bar que habían acordado verse y pidió otro café. Necesitaba pensar un poco más qué hacer con su amigo.


domingo, 19 de mayo de 2024

ATDLG: Capítulo 7

 

UNA BOTELLA ESCONDIDA



NADIA

–Mamá. ¡Mira eso! –Ben extendió el brazo y señaló un edificio altísimo. No era muy especial, a decir verdad, simplemente contaba con la majestuosidad de un lugar nuevo y desconocido–¿Qué es? –preguntó y no supo qué decirle. No lo sabía o no lo recordaba. Se encogió de hombros y le sonrió–. ¿Dónde iremos?

–A tomar el tren primero, y luego un autobús–respondió ella.

–¿Falta mucho para llegar?

–Un par de horas, quizás.

–Este viaje es larguísimo, pero me gusta lo que veo.

–Me alegra, cielo. Me alegra.

Nadia se perdió entre los vehículos, las personas y los edificios de aquella ciudad que la había visto nacer y que la había albergado por diecisiete años. Todo parecía distinto a sus ojos, pero pensó que no eran los cambios de afuera sino ella misma que había cambiado. Ya no era la adolescente que había huido de su casa y que veía el mundo con rebeldía, ni la jovencita que había decidido mudarse a Canarias, persiguiendo un sueño. Ahora era mucho más y debía luchar cada día para seguir siéndolo.

–Aquí estamos–dijo el conductor del taxi.

–Perfecto. Muchas gracias.

Nadia pagó y descendió del auto con los bolsos en la mano. Ben a su lado, igual que ella, observaba la fachada de la estación de Atocha, desde lejos. Era imponente: con su cúpula de hierro y vidrio, las paredes de piedra. Cruzaron y a medida que iban acercándose los detalles cobraron vida; el globo terráqueo y la bandera española flameando en el cielo. Ninguno de los dos habló. La presencia del lugar los había dejado mudos. Y una vez dentro, otro espectáculo se desplegó delante de sus ojos.

–¿A qué hora sale el tren, mamá?

–En una hora.

–¿Podemos recorrer la estación?

–¡Claro!

Y hacia allí fueron. Nadia tuvo que hablarle sobre el atentado del 11 de marzo de 2004 en el que muchos perdieron la vida en ese mismo lugar. Sabía que Ben tendría muchas preguntas, pero no decía nada y en cambio escuchaba atento. Los dos, tomados de la mano, leyeron algunas de las frases que permanecen como recordatorio de todos los que ya no están. Conmovidos, se apresuraron para tomarse fotos en el jardín tropical que alberga la estación. Cuando faltaba poco para el horario, se acercaron al andén para dirigirse hacia Alovera.

–¿En qué piensas, cariño? No has dicho nada por un largo rato.

–¿Dónde estabas tú cuando fue el ataque? –quiso saber.

–Tenía doce años y no vivíamos cerca de aquí. Madrid es muy grande, hijo. Mucho más grande que Palmas.

–¿Pero lo recuerdas? ¿Conocías a alguien de esa lista?

–Lo recuerdo, sí. Fue un día muy triste. Yo no conocía a nadie, pero algunos vecinos sí habían perdido a sus amigos o parientes–Ben se rascó la cabeza y se acomodó en el asiento–¿Estás bien?

–Sí. ¿Con que este tren va a más de 200 kilómetros por hora?

–Así es. Estaremos en Alovera, rapidísimo.

–Qué bueno. Estoy un poco cansado.

–¿Tienes hambre?

–No. Cuéntame del padrino. ¿Cómo se conocieron?

10 años atrás

Los días comenzaron a pasar en Alovera como si se tratasen de un tren eléctrico. En parte se debía a que en verdad me encantaba vivir con Margarita y otro poco al trabajo que había conseguido gracias a una de sus amigas. No había tenido demasiado tiempo de pensar en mi familia cuando un retoño crecía dentro de mí y debía visitar al médico y hacerme controles cada mes. Mi abuela estaba radiante y esperaba ansiosa la llegada de mi hijo. Ya nos habíamos enterado de que estaba esperando un varoncito. El mismo día en que supe que se trataba de Benjamín y no de Lola–nombres que había pensado hasta el hartazgo–, envié una pequeña esquela a casa de mis padres, tranquilizándolos.

Me hubiese encantado decirle a mi hermana dónde me encontraba y con quién, pero no podía. No tenía fuerzas de enfrentarme a sus miradas, a sus juicios. Como había dicho Margarita, me estaba haciendo cargo de lo que había hecho; mi hijo, poco a poco, se convirtió en mi universo entero, en la razón de mi vida. Nada me importaba más que él.

–Buenos días –saludé a León, el dueño del negocio donde ayudaba con la contabilidad. Había empezado limpiando y poco a poco me fue dando más responsabilidades.

–¡Nadia! Ese niño está a punto de salir o… ¿me parece a mí?

–Ya falta muy poco, sí –acaricié mi vientre gigante y sonreí.

–No deberías haber venido, entonces. Ya te he dicho que puedo solo.

–No. No puede –pasé junto a él y lo besé en la frente. En poco tiempo no solo había recuperado a mi abuela, sino que ahora contaba con más abuelos que cualquier persona en España.

–Pero te me quedas sentadita, eh. Nada de limpiar. ¿Oyó?

–Sí, claro.

El mediodía llegó con una dolorosa puntada en el vientre que hizo que me doblara en dos. Apoyé las manos sobre la caja registradora y grité tan fuerte que las pocas personas que había allí, acudieron a mi ayuda. El dolor, las contracciones y el miedo, me impidieron reconocer al caballero que había ofrecido su auto para alcanzarme al hospital.

–Señorita… todo irá bien. Tranquila. Respire.

–¿Bien? ¡Bien y una mierda! ¡Ahhh! –el hombre sonreía a través del espejo y mi ira crecía a cada minuto.

–Respire. Vamos. Seguro que le han enseñado a hacerlo. ¿No ha ido a uno de esos cursos?

–No puedo. ¿No lo ve?

–Entonces, cante conmigo.

–¿Que qué? ¿Que cante? ¿Qué dice? ¡Se ha vuelto loco! –sin terminar de entender lo que me decía, comencé a oír su voz por sobre la melodía que sonaba en el estéreo.  

When you try your best, but you don't succeed. When you get what you want, but not what you need. When you feel so tired, but you can't sleep. Stuck in reverse. And the tears come streaming down your face. When you lose something, you can't replace. When you love someone, but it goes to waste. Could it be worse? Lights will guide you home. And ignite your bones. And I will try to fix you.

Su voz ocupó todo.

¿El padrino canta?

–¡Y cómo!

–¿Sigue haciéndolo?

–Deberás preguntárselo tú.

–Lo haré.

El paisaje variaba, pero no lo suficiente como para alterar la atención de Ben que miraba videos en su celular. A pesar de que Nadia intentó mantenerlo concentrado en lo que aparecía del otro lado del cristal, no lo logró. Le permitió ese momento de distracción porque sabía que cuando llegasen a Alovera todo sería un revuelo. Y así fue.

Atravesaron el portón blanco; el mismo que su abuela había abierto para ella años atrás, e ingresaron a la casa que hacía meses se encontraba deshabitada. Después de la muerte de Margarita, había decidido rentarla. José, su mejor amigo y padrino de Ben, se había encargado del asunto hasta hace un tiempo atrás que la familia que allí vivía, había regresado a Barcelona.

–Todo está muy diferente–comentó Nadia al atravesar la puerta–. Aquí la abuela tenía un par de sillones con una mesa de madera y allí había un cuadro que había pintado el abuelo–indicó señalando el lugar vacío junto a la ventana–. Veamos la cocina. ¡Oh, por Dios! ¿Qué es esto? –se horrorizó al ver las paredes de un tono verde oscuro–¿A quién puede gustarle este color?

–A mí me gusta–expresó Ben y ella apenas lo miró.

–Dejaremos las cosas aquí e iremos a sorprender a tu padrino. ¿Qué te parece? Más tarde nos ocuparemos de todo esto.

–¿Es muy lejos?

–No. Solo unas pocas calles. De paso, comeremos algo por ahí. ¿Quieres?

–Está bien–se deshizo de la mochila y el abrigo y caminó hasta la puerta cabizbajo.

–¿Qué ocurre, hijo?

–Debiste avisarles que vendríamos. Así ya todo estaría listo para nosotros–respondió algo molesto, cansado.

–Era una sorpresa, Benjamín. Entiendes lo que eso significa, ¿verdad?

–Lo sé.

–Bien. Déjame revisar unas cosas y nos vamos.

Nadia comprobó que hubiese luz y gas y luego salió a la calle para caminar hasta la casa de su amigo. Estaba segura de que lo encontraría allí. Pero antes, debía llevar a comer a su famélico hijo al cuál los demonios del hambre, le estaban devorando la ternura y la alegría.

–Vamos.

Pasar frente al negocio de don León, llenó de nostalgia su corazón. Ben caminaba a su lado ajeno a todos los recuerdos que iban azotando la mente y el corazón de su madre y cuánto luchaba por dejarlos al margen por el momento.

–¡Allí! –Ben corrió hasta unas mesas y una vez que controló que se tratase de un lugar limpio como le habían enseñado y se acomodó en una silla.

–Perfecto. ¿Qué quieres comer?

–¡Cualquier cosa! –expresó y Nadia no pudo más que sonreír. El mesero llegó enseguida y ordenaron lo más rápido: una pizza.

El queso se escurría por entre los dedos de su hijo, pero nada importaba. A Dios gracias, sonreía. Nadia sintió que por fin lo había recuperado. Con el estómago lleno, podrían continuar el recorrido hacia la casa de José. Pidió la cuenta y se marcharon con mejor ánimo y alegría. En el camino, ella le contaba anécdotas que había vivido junto a él y cuán importante había sido para ambos, durante los primeros años de su vida.

–¿Y por qué no ha ido a visitarnos últimamente?

–Creo que porque se ha enamorado–comentó al pasar.

–¿Y cuando te enamoras dejas de visitar a tu familia?

–No. Pero en los últimos años, tu padrino ha tenido que trabajar mucho y a veces no le alcanza para ir a vernos. Ya has visto qué lejos estamos.

–Sí.

–¡Aquí es! –se detuvieron en la puerta de una casita sobre la calle Lanzarote con el número 30 junto a la puerta.

–¿Cómo es que te acuerdas cuál es? ¡Son todas iguales!

–¿Estás listo? –le preguntó a su hijo, pero más que a él, se lo preguntaba a ella misma.

–¡Sí! –tocaron el timbre y esperaron por unos largos minutos hasta que la puerta se abrió.

–¡No es cierto! ¡Esto no puede ser cierto! –la misma voz que había cantado Fix you, de Coldplay llegaba a sus oídos como esas canciones que uno no recuerda enseguida, pero una vez que comienzan a sonar, la melodía y letra aparece fuerte y clara –¡Santa María y José! Nadia… ¿eres tú?

–¡Sí! Soy yo. ¿Será que vas a abrirle a tu vieja amiga y a tu ahijado?

–¿Has venido con Ben? –corrió hasta el portón y abrió. Se abalanzó sobre ellos como una mole y Nadia no pudo evitar emocionarse ante el contacto. ¡Cuánto lo había echado de menos! –¡Qué sorpresa! ¿Por qué no me has avisado que venían?

–Porque queríamos sorprenderte –respondió su hijo con dulzura.

–¡Y vaya si lo han logrado! ¡Pasen! ¡Pasen!

–¿Ves? Una sorpresa–susurró Nadia, guiñándole un ojo y Ben sonrió como entendiéndolo todo.

La casa de José era un calco de él y de sus gustos por la música. En un rincón una sala con instrumentos que pocas veces tocaba. Una pared repleta de discos de vinilo y posters de bandas que solo él conocía. Los invitó a sentarse en el comedor y les trajo algo para beber después de darles unos cuántos besos y abrazos más. Ben se entretuvo mirando las reliquias de su padrino mientras ellos dos, conversaban unos metros más allá.

–No puedo creer que estén aquí –extendió la mano y tomó la de ella con cariño.

–¿Cómo has estado? –quiso saber Nadia. Estaba segura de que él tendría mucho por contarle, pero por dónde empezar, ¿verdad?

–Bien. Trabajando mucho. Intentando salir adelante. ¿Ustedes? ¿Qué hacen en Alovera? Jamás imaginé verte aquí.

–He venido a ver a Becca–soltó sin vueltas. Nadia era directa.

–¡Oh! –la miró con atención como esperando que dijera que no era cierto, que era broma– ¿Hablas en serio?

–Sí, hablo en serio.

–Pero… –la observó con desconcierto.

–Tengo mucho que contarte, pero primero debemos poner la casa de la abuela en orden. ¿Nos ayudas?

–¿No quieren quedarse conmigo?

–No, no. Muchas gracias. Prefiero dormir allí.

–Como tú quieras. La última vez que estuve, todo funcionaba así que dudo de que haya demasiados problemas. ¿Ben? ¿Hasta cuándo piensas quedarte? –giró en la silla para hablarle a él.

–No lo sé–respondió algo distraído con los discos y sus portadas–¿Cuándo volvemos, mamá?

–En unos días, hijo. Quizás una semana.

–Bueno. Pongámonos a trabajar así luego, organizamos la cena.

–José… ¿Y no hay novedades aún?

–No se ha comunicado y prefiero no hablar de ella–Nadia arqueó la ceja y lo miró con fijeza–. No me mires así.

–Hablarás. Aunque tenga que obligarte hablarás…–dijo canturreando la canción de Ricky Martín.

–Me había olvidado lo mandona que eras.

Durante la cena hubo risas, anécdotas y canciones. José le regaló unas melodías a Ben y hasta le enseñó algunos acordes. La atención duró lo que el sueño tardó en llegar y vencerlo. Nadia lo acompañó a la habitación que una vez había sido de los dos y regresó al comedor junto a su amigo.

–¿Café?

–Dudo que haya… pero… –abrió la puerta de la alacena y sacó una botella de whiskey.

–¿Lo olvidaron?

–Así parece–José le guiñó el ojo y ella entendió que era suyo.

–¿Vienes a beber aquí?

–A veces. Pero quiero que me cuentes de la verdadera razón por la que has venido. Juraste no regresar–se acomodó en su sitio y abrió la botella.

–Sí, lo sé.

–¿Qué cambió?

–Primero quiero que no te asustes ni que reacciones mal. Antes de contarte quiero que sepas que estoy bien.

–¿Qué ocurre, Nadia? –sirvió unas medidas de whiskey en los vasos que estaban usando. Nadia esperó a que acabase para soltar;

–Tengo cáncer–José se la quedó mirando como si le hubiese salido un cuerno de la frente–. Dije que estoy bien. Es de mamas. Hay muchas posibilidades de recuperación. Solo que…

–Estarás bien–de un trago se bebió su bebida y apoyó el vaso con efusividad sobre la mesa.

–¡Claro que sí! –ella hizo lo mismo y sonrió.

–¿Quieres hablar de eso?

–No.

–Este whiskey está bueno, eh–comentó José segundos después.

–¡Buenísimo!