domingo, 19 de mayo de 2024

ATDLG: Capítulo 6

 

¿SOLO?



ALEJANDRO

–Buenos días, doctor. Le presento a Ana Contreras. Mi…–¿qué eran ahora?

–…esposa–completó Ana y él se la quedó mirando–. Por ahora–aclaró ella en un tono más bajo y solo para que él la oyera.

–Pónganse cómodos, por favor. Enseguida regreso con la carpeta donde tengo los papeles a firmar. Desde ya, muchas gracias por haberse acercado tan pronto y espero que esta situación no sea un escollo para ustedes. Con permiso.

–Idiota –comentó Alejandro una vez que el hombre abandonó la oficina.

–Espero que no se demore. Quedé en encontrarme con las chicas en una hora.

–¿Estás bien, Ana? –le preguntó con sinceridad, esperando que ella le dijera que no, que lo extrañaba y que lo necesitaba en casa. Los días para él habían sido demasiado largos.

–Sí–lo miró y estiró el brazo para acariciar su rostro con cariño. En ese exacto momento lo confirmó; todo estaba terminado entre los dos. Debía hacerse la idea de que ya no contaría con ella.

–Bien–besó la palma de su… ex mujer y sonrió para dejarla tranquila. Por dentro, su alma caía en un agujero negro profundo, helado y vacío.

Solo una vez más.

–Aquí está todo. Les pido que lo lean con atención por favor y cuando estén listos, firman junto a las cruces.

Ana no leyó nada. Tomó un bolígrafo de su cartera y firmó donde debía hacerlo. Lo guardó, se puso de pie, se despidió y se fue. Alejandro en cambio, se quedó mirando la puerta de la oficina con una sensación horrenda en el pecho.

–Lo siento mu…

–Ahórrese los comentarios, Gutiérrez. ¿Tiene un bolígrafo?

Al cabo de media hora, salía de allí con una copia de lo que acababa de firmar. Tenía tiempo de llevarse algunas cosas del bar hasta el próximo fin de semana así que decidió que no haría nada. Necesitaba aire.

Caminó por las calles que una vez lo habían visto correr entre el bar grande como lo llamaban los conocidos y la pequeña sucursal frente al mar. No recordaba las veces que había ido y venido con botellas, bolsas, paquetes, cajas. Con pasos lentos llegó a la costa y observó el horizonte bañado de azul. Ese mar lo había traído hasta la isla con una ilusión y un sueño por cumplir.  ¿Y dónde estaba ese sueño? Lo había vendido, doblado y guardado en el bolsillo de su pantalón.

–Lo siento tanto, mamá–dijo sin despegar la vista de la línea que dividía el cielo con el mar y seguro de que sus padres desde el más allá no estarían nada felices con él. Había abandonado todo, ¿para qué? Para nada.

Retomó su andar por la Avenida Apolinario. La brisa marina volvía sus sentimientos pesados, salados. La gente iba y venía aquella mañana como si el mundo fuese perfecto. Como si no hubiese fallas, ni grietas. Cada uno inmerso en sus cuestiones y en sus problemas. Algunos corrían, otros tomaban sol sobre la arena. ¿Aquellos que caminaban delante suyo, tendrían tantos problemas como él? ¿Estarían igual de rotos? Seguramente no, pensó. Si hasta en eso debía estar solo.

Se detuvo frente al pequeño bar que había adquirido gracias al préstamo de su suegro. Aún pese a que sabía que era un fracasado, se lo había prestado igual. Por su hija, había dicho. Y Alejandro sonrió y agradeció; no por Ana sino por él. Y soñó, con alma y corazón incluidos, que aquel sería un éxito rotundo. Sin embargo, ahora que lo observaba con atención; las paredes algo despintadas, las pocas mesas, las ventanas opacas. Lo veía horrible. Tan horrible que le produzco arcadas.

–¿Qué hice con mi vida? –se golpeó la frente con la palma de su mano.

Cuarenta y dos años de puros errores. Uno detrás de otro. Se apoyó en sus rodillas, abatido por la revelación. Había sido él, y solamente él, quien había errado el camino. Él y todas sus malas decisiones.

–Soy un fiasco. Un completo fiasco. Un fracasado–se dijo.

Dos segundos después intentaba avanzar hacia la puerta de entrada con pesadumbre. Sentía como si se hubiese convertido en piedra. Los brazos cayeron al costado de su cuerpo y no llegó a abrir. Una sensación extraña recorrió su lado derecho; como un cosquilleo, como un calambre. Levantó la vista e intentó hacerle señas a Quique para pedir ayuda. Algo no estaba bien en su boca tampoco. Su lengua se enredaba entre los dientes, incapaz de moverse con normalidad.

Despertó en la cama del hospital Negrín con unos cuántos cables pegados al pecho. El sonido constante de una máquina a su lado, un dolor de cabeza insufrible y el cuerpo de su ex esposa adormilado a sus pies.

–Ana… –intentó llamarla, pero la voz no le salía. No estaba seguro si había podido abrir la boca siquiera. Tomó aire y no hizo falta hacer mucho más porque ella ya se encontraba a su lado, mirándolo con los ojos llenos de lágrimas.

–Por Dios, Alejandro. Nos has dado un susto de muerte–retomó la tarea de querer hablar, pero parecía que nada salía–. Tranquilo. Tómate tu tiempo. Has sufrido un derrame cerebral, Ale. Por poco y… –comenzó a sollozar. Alejandro estiró su brazo izquierdo y acarició su cabello.

–Con permiso–una enfermera ingresó a la habitación y le pidió a su mujer que se retirase para poder revisar al paciente.

–Estaré afuera.

–¿Cómo se siente, señor Ortiz? –de nuevo. No pudo decir nada–. Quédese tranquilo. No se altere. En unas horas ira recuperando todos los sentidos… –explicó mientras revisaba el suero y los cables–. En cualquier momento, el doctor Aguirre vendrá a verlo y le explicará lo sucedido.

La enfermera se retiró y Ana regresó a su lado. Tomó sus manos con dulzura, como lo había hecho muchas veces, en diferentes momentos de su vida y allí permaneció hasta que el médico apareció.  

–Buenas noches–dijo y Alejandro notó que, lo que iluminaba la habitación, era la luz interior.

–Buenas noches, doctor–saludó ella y se hizo a un lado para darle espacio.

–¿Cómo se siente, caballero? –preguntó y él desde la cama, apenas movió los labios.

–No se preocupe. Poco a poco irá recuperándose. Le comento lo que ocurrió con usted–tomó una silla vacía y se acomodó a su lado–. Verá. Ha sufrido lo que se conoce como un ictus hemorrágico. Básicamente una de las arterias ha derramado sangre en su cerebro y eso ha impedido que los nutrientes llegasen a algunas neuronas. Por suerte, fue traído al hospital enseguida y pudimos administrarle un medicamento especial, que se utiliza para estos casos, logrando disminuir la gravedad de la situación. Podrá notar que tiene el lado derecho paralizado producto de la perdida de oxígeno, pero con paciencia y movimiento habrá mejoría. Me comentaron que estuvo expuesto a situaciones de mucho estrés, ¿verdad? –Alejandro asintió–. Eso pudo haber sido un causal del accidente, sí. ¿Fuma? –Alejandro movió la cabeza nuevamente y Ana lo observó desde la punta de la cama. Le había prometido dejar de hacerlo y no había cumplido–. Bueno. Lo importante ahora es moverse, señor Ortiz. Apenas vaya sintiéndose mejor, comenzará con la rehabilitación y deberá, escúcheme bien, cambiar su estilo de vida. La alimentación, el deporte y una vida más tranquila y saludable, en todo sentido, ayudarán a que esto no vuelva a repetirse. ¿Me entiende?

–¿Cuánto tiempo deberá permanecer internado, doctor? –preguntó Ana.

–Si recupera el control de sus esfínteres, podrá irse a su casa pronto. Volverá en unos días para realizar una consulta interdisciplinaria para evaluar cómo se encuentra y a partir de allí, sabremos qué terapias necesitará.

–¿Volverá a tener una vida normal? –quiso saber.

–Depende de él. Pura y exclusivamente de él.

El suspiro que se oyó en la habitación fue la señal de que sería una tarea complicada. El doctor Aguirre quiso saber si tenía alguna otra duda y como Ana no dijo mucho más, se retiró. Sin decir ni una palabra, ella regresó a la silla vacía y se acomodó para continuar leyendo su libro de turno. Alejandro intentó por enésima vez abrir la boca y decir algo, pero no lo logró. Se instó a calmarse y a esperar. El médico había asegurado que el habla regresaría así que, cerró los ojos e intentó dormir.  

Soñó con ella. Con la mujer de cabello negro y movimientos dulces. Él se encontraba sentado en una de las mesas de su bar y ella llegaba con una sonrisa enorme y se acomodaba a su lado. Podía verla mover los labios; algo le decía, pero no llegaba a interpretar sus palabras. El sonido del mar de fondo comenzó a hacerse más notorio y de pronto se encontró nadando en medio del océano. Con brazadas largas intentaba llegar a un lugar, pero parecía no poder lograrlo. La desesperación de morir ahogado lo paralizó y en su afán por pedir ayuda, gritó.

–Ale –Ana lo despertó y él abrió los ojos–. Estabas gritando. ¿Estás bien?

–Sí–dijo el y sonido de su voz lo reconfortó.

–Puedes hablar. ¡Qué alivio!

–Yo… yo… –las palabras se le amontonaban en la cabeza, en la boca. Querían salir a borbotones, pero algo lo impedía.

–Paciencia. Ya has dado un gran paso. Tranquilo. Sigue durmiendo.

–Pue…pue… des… –inspiró, tragó saliva y continuó– pue…des… irt… irte.

–¿Quieres que me vaya? –negó con efusividad porque no quería quedarse solo, pero es que debía estar agotada.

–Duer…me en ca… casa.

–No. No. Yo aquí me quedo–él extendió su mano y ella la tomó–. A pesar de que lo nuestro haya terminado sigues siendo el padre de mis hijos. El hombre al que amé por mucho tiempo. No te dejaré solo, Alejandro. A menos que me hagas renegar, ¿oíste?

–Gra…

–Descansa. Voy por un café. Enseguida regreso.

Ana desapareció de la habitación y él se llevó la mano a la cabeza. Un ictus, pensó. Se miró la otra mano que descansaba sobre la cama donde tenía la vía y el suero e intentó apretar el puño. Apenas si logró mover los dedos. Sus ojos continuaron a lo largo de su pierna y el pequeño cosquilleo que sintió en la punta de los pies, apenas si fue perceptible. ¿Lograría pararse? ¿Podría caminar?

¿¡Qué más!? Preguntó para sus adentros. ¿Qué más podría ocurrirle? ¿Es que acaso se habían ensañado con él? ¿Tan mal había hecho las cosas que ahora debía atravesar todo aquello? El doctor había dicho que debía llevar una vida menos estresante, pero cómo hacerlo cuando todo en ella eran puros problemas. Estaba solo; su mujer lo había dejado. Sus hijos a gatas si lo reconocían. Su trabajo: envuelto en deudas y gastos. Y ahora su cuerpo también se le había puesto en contra.

Todo estaba mal. Muy mal.

¿Se lo merecía? Puede que sí. Al fin y al cabo, no había sido un buen hijo, ni un buen padre, ni un buen esposo. Quizás un buen amigo, pensó. Pero hasta en eso estaba en dudas.

–Debería morirme ya–susurró de corrido y una lágrima apareció para sorprenderlo.

¿Hacía cuánto tiempo no lloraba? ¿Hacía cuánto tiempo no se permitía sentir? Recordar la última vez que lo había hecho le produjo tristeza.

24 años atrás.

–No sé si es una buena idea, hijo–me dijo con lágrimas en los ojos, sujetando su bolsito con las dos manos mientras yo guardaba mi pasaporte en la pequeña maleta.

–No te preocupes, mamá. Todo irá bien –esperaba que así fuera–. Sé que voy a poder. Conseguiré un buen trabajo y cuando lo logre, te enviaré el pasaje para que vengas conmigo. Dejarás, de una buena vez, este lugar y podremos ser felices. Ya lo verás–me acerqué y la cubrí con mis brazos. Su delgadez me atormentaba. Ojalá pudiera llevarla conmigo.

–¿Qué haré ahora, hijo?

–Esperar, mamá. Ya llegará nuestro momento. Debemos separarnos porque como decía papá… mientras el tímido reflexiona, el valiente va, triunfa y vuelve.

–¿Volverás? –me miró emocionada con la posibilidad.

–No–debía ser sincero–. No volveré, pero haré todo lo que esté en mis manos para llevarte conmigo. España será nuestro hogar. Te lo prometo.

El horario de mi vuelo se acercaba veloz. Sus ojos color miel me miraron una vez más, igual que me habían mirado siempre: con ternura, con amor, con tristeza. Mi madre había enterrado a dos hijos y dos años atrás, a su compañero. Lo único que le quedaba en el mundo era yo y también me iba. Pero me iba para triunfar; para crecer, para ser alguien y darle de una buena vez, una vida feliz. Aquella que ella se merecía después de tanto dolor.

–Adiós, mamá.

–Adiós, hijo.

Le di un beso y un abrazo y caminé unos pasos hacia la puerta que nos separaría por vaya a saber cuánto. En Buenos Aires llovía a cántaros, pero no tanto como en los ojos de mamá. Conmovido por su imagen, regresé y la apreté contra mi pecho. Fue imposible no tenderme a llorar como lo había hecho de niño.

–Sé un buen hombre, Alejandro. Sé un buen hombre–repitió y esta vez fue ella, con su valentía y su coraje, quien me dejó allí parado con las lágrimas brotando de mi pecho y de mi alma.

–Perdón, mamá. No lo conseguí.


 

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