¿SOLO?
ALEJANDRO
–Buenos días, doctor.
Le presento a Ana Contreras. Mi…–¿qué eran ahora?
–…esposa–completó Ana
y él se la quedó mirando–. Por
ahora–aclaró ella en un tono más bajo y solo para que él la oyera.
–Pónganse cómodos, por
favor. Enseguida regreso con la carpeta donde tengo los papeles a firmar. Desde
ya, muchas gracias por haberse acercado tan pronto y espero que esta situación
no sea un escollo para ustedes. Con permiso.
–Idiota –comentó
Alejandro una vez que el hombre abandonó la oficina.
–Espero que no se
demore. Quedé en encontrarme con las chicas en una hora.
–¿Estás bien, Ana? –le
preguntó con sinceridad, esperando que ella le dijera que no, que lo extrañaba
y que lo necesitaba en casa. Los días para él habían sido demasiado largos.
–Sí–lo miró y estiró
el brazo para acariciar su rostro con cariño. En ese exacto momento lo
confirmó; todo estaba terminado entre los dos. Debía hacerse la idea de que ya
no contaría con ella.
–Bien–besó la palma de
su… ex mujer y sonrió para dejarla tranquila. Por dentro, su alma caía
en un agujero negro profundo, helado y vacío.
Solo una vez más.
–Aquí está todo. Les
pido que lo lean con atención por favor y cuando estén listos, firman junto a
las cruces.
Ana no leyó nada. Tomó
un bolígrafo de su cartera y firmó donde debía hacerlo. Lo guardó, se puso de
pie, se despidió y se fue. Alejandro en cambio, se quedó mirando la puerta de
la oficina con una sensación horrenda en el pecho.
–Lo siento mu…
–Ahórrese los
comentarios, Gutiérrez. ¿Tiene un bolígrafo?
Al cabo de media hora,
salía de allí con una copia de lo que acababa de firmar. Tenía tiempo de
llevarse algunas cosas del bar hasta el próximo fin de semana así que decidió
que no haría nada. Necesitaba aire.
Caminó por las calles
que una vez lo habían visto correr entre el bar grande como lo llamaban los
conocidos y la pequeña sucursal frente al mar. No recordaba las veces que había
ido y venido con botellas, bolsas, paquetes, cajas. Con pasos lentos llegó a la
costa y observó el horizonte bañado de azul. Ese mar lo había traído hasta la
isla con una ilusión y un sueño por cumplir. ¿Y dónde estaba ese sueño? Lo había vendido,
doblado y guardado en el bolsillo de su pantalón.
–Lo siento tanto, mamá–dijo
sin despegar la vista de la línea que dividía el cielo con el mar y seguro de que
sus padres desde el más allá no estarían nada felices con él. Había abandonado
todo, ¿para qué? Para nada.
Retomó su andar por la
Avenida Apolinario. La brisa marina volvía sus sentimientos pesados, salados.
La gente iba y venía aquella mañana como si el mundo fuese perfecto. Como si no
hubiese fallas, ni grietas. Cada uno inmerso en sus cuestiones y en sus
problemas. Algunos corrían, otros tomaban sol sobre la arena. ¿Aquellos que
caminaban delante suyo, tendrían tantos problemas como él? ¿Estarían igual de
rotos? Seguramente no, pensó. Si hasta en eso debía estar solo.
Se detuvo frente al
pequeño bar que había adquirido gracias al préstamo de su suegro. Aún pese a
que sabía que era un fracasado, se lo había prestado igual. Por su hija, había
dicho. Y Alejandro sonrió y agradeció; no por Ana sino por él. Y soñó, con alma
y corazón incluidos, que aquel sería un éxito rotundo. Sin embargo, ahora que
lo observaba con atención; las paredes algo despintadas, las pocas mesas, las
ventanas opacas. Lo veía horrible. Tan horrible que le produzco arcadas.
–¿Qué hice con mi
vida? –se golpeó la frente con la palma de su mano.
Cuarenta y dos años de
puros errores. Uno detrás de otro. Se apoyó en sus rodillas, abatido por la
revelación. Había sido él, y solamente él, quien había errado el camino. Él y
todas sus malas decisiones.
–Soy un fiasco. Un
completo fiasco. Un fracasado–se dijo.
Dos segundos después
intentaba avanzar hacia la puerta de entrada con pesadumbre. Sentía como si se
hubiese convertido en piedra. Los brazos cayeron al costado de su cuerpo y no
llegó a abrir. Una sensación extraña recorrió su lado derecho; como un
cosquilleo, como un calambre. Levantó la vista e intentó hacerle señas a Quique
para pedir ayuda. Algo no estaba bien en su boca tampoco. Su lengua se enredaba
entre los dientes, incapaz de moverse con normalidad.
Despertó en la cama
del hospital Negrín con unos cuántos cables pegados al pecho. El sonido
constante de una máquina a su lado, un dolor de cabeza insufrible y el cuerpo
de su ex esposa adormilado a sus pies.
–Ana… –intentó
llamarla, pero la voz no le salía. No estaba seguro si había podido abrir la
boca siquiera. Tomó aire y no hizo falta hacer mucho más porque ella ya se
encontraba a su lado, mirándolo con los ojos llenos de lágrimas.
–Por Dios, Alejandro.
Nos has dado un susto de muerte–retomó la tarea de querer hablar, pero parecía
que nada salía–. Tranquilo. Tómate tu tiempo. Has sufrido un derrame cerebral,
Ale. Por poco y… –comenzó a sollozar. Alejandro estiró su brazo izquierdo y
acarició su cabello.
–Con permiso–una
enfermera ingresó a la habitación y le pidió a su mujer que se retirase para
poder revisar al paciente.
–Estaré afuera.
–¿Cómo se siente,
señor Ortiz? –de nuevo. No pudo decir nada–. Quédese tranquilo. No se altere.
En unas horas ira recuperando todos los sentidos… –explicó mientras revisaba el
suero y los cables–. En cualquier momento, el doctor Aguirre vendrá a verlo y
le explicará lo sucedido.
La enfermera se retiró
y Ana regresó a su lado. Tomó sus manos con dulzura, como lo había hecho muchas
veces, en diferentes momentos de su vida y allí permaneció hasta que el médico
apareció.
–Buenas noches–dijo y
Alejandro notó que, lo que iluminaba la habitación, era la luz interior.
–Buenas noches, doctor–saludó
ella y se hizo a un lado para darle espacio.
–¿Cómo se siente,
caballero? –preguntó y él desde la cama, apenas movió los labios.
–No se preocupe. Poco
a poco irá recuperándose. Le comento lo que ocurrió con usted–tomó una silla
vacía y se acomodó a su lado–. Verá. Ha sufrido lo que se conoce como un ictus
hemorrágico. Básicamente una de las arterias ha derramado sangre en su cerebro
y eso ha impedido que los nutrientes llegasen a algunas neuronas. Por suerte,
fue traído al hospital enseguida y pudimos administrarle un medicamento
especial, que se utiliza para estos casos, logrando disminuir la gravedad de la
situación. Podrá notar que tiene el lado derecho paralizado producto de la
perdida de oxígeno, pero con paciencia y movimiento habrá mejoría. Me
comentaron que estuvo expuesto a situaciones de mucho estrés, ¿verdad?
–Alejandro asintió–. Eso pudo haber sido un causal del accidente, sí. ¿Fuma?
–Alejandro movió la cabeza nuevamente y Ana lo observó desde la punta de la
cama. Le había prometido dejar de hacerlo y no había cumplido–. Bueno. Lo
importante ahora es moverse, señor Ortiz. Apenas vaya sintiéndose mejor,
comenzará con la rehabilitación y deberá, escúcheme bien, cambiar su estilo de
vida. La alimentación, el deporte y una vida más tranquila y saludable, en todo
sentido, ayudarán a que esto no vuelva a repetirse. ¿Me entiende?
–¿Cuánto tiempo deberá
permanecer internado, doctor? –preguntó Ana.
–Si recupera el
control de sus esfínteres, podrá irse a su casa pronto. Volverá en unos días
para realizar una consulta interdisciplinaria para evaluar cómo se encuentra y a
partir de allí, sabremos qué terapias necesitará.
–¿Volverá a tener una
vida normal? –quiso saber.
–Depende de él. Pura y
exclusivamente de él.
El suspiro que se oyó
en la habitación fue la señal de que sería una tarea complicada. El doctor
Aguirre quiso saber si tenía alguna otra duda y como Ana no dijo mucho más, se
retiró. Sin decir ni una palabra, ella regresó a la silla vacía y se acomodó para
continuar leyendo su libro de turno. Alejandro intentó por enésima vez abrir la
boca y decir algo, pero no lo logró. Se instó a calmarse y a esperar. El médico
había asegurado que el habla regresaría así que, cerró los ojos e intentó
dormir.
Soñó con ella. Con la
mujer de cabello negro y movimientos dulces. Él se encontraba sentado en una de
las mesas de su bar y ella llegaba con una sonrisa enorme y se acomodaba a su
lado. Podía verla mover los labios; algo le decía, pero no llegaba a interpretar
sus palabras. El sonido del mar de fondo comenzó a hacerse más notorio y de
pronto se encontró nadando en medio del océano. Con brazadas largas intentaba
llegar a un lugar, pero parecía no poder lograrlo. La desesperación de morir
ahogado lo paralizó y en su afán por pedir ayuda, gritó.
–Ale –Ana lo despertó y
él abrió los ojos–. Estabas gritando. ¿Estás bien?
–Sí–dijo el y sonido
de su voz lo reconfortó.
–Puedes hablar. ¡Qué
alivio!
–Yo… yo… –las palabras
se le amontonaban en la cabeza, en la boca. Querían salir a borbotones, pero
algo lo impedía.
–Paciencia. Ya has
dado un gran paso. Tranquilo. Sigue durmiendo.
–Pue…pue… des…
–inspiró, tragó saliva y continuó– pue…des… irt… irte.
–¿Quieres que me vaya?
–negó con efusividad porque no quería quedarse solo, pero es que debía estar
agotada.
–Duer…me en ca… casa.
–No. No. Yo aquí me
quedo–él extendió su mano y ella la tomó–. A pesar de que lo nuestro haya
terminado sigues siendo el padre de mis hijos. El hombre al que amé por mucho
tiempo. No te dejaré solo, Alejandro. A menos que me hagas renegar, ¿oíste?
–Gra…
–Descansa. Voy por un
café. Enseguida regreso.
Ana desapareció de la
habitación y él se llevó la mano a la cabeza. Un ictus, pensó. Se miró la otra
mano que descansaba sobre la cama donde tenía la vía y el suero e intentó
apretar el puño. Apenas si logró mover los dedos. Sus ojos continuaron a lo
largo de su pierna y el pequeño cosquilleo que sintió en la punta de los pies,
apenas si fue perceptible. ¿Lograría pararse? ¿Podría caminar?
¿¡Qué más!? Preguntó
para sus adentros. ¿Qué más podría ocurrirle? ¿Es que acaso se habían ensañado
con él? ¿Tan mal había hecho las cosas que ahora debía atravesar todo aquello?
El doctor había dicho que debía llevar una vida menos estresante, pero cómo
hacerlo cuando todo en ella eran puros problemas. Estaba solo; su mujer lo
había dejado. Sus hijos a gatas si lo reconocían. Su trabajo: envuelto en
deudas y gastos. Y ahora su cuerpo también se le había puesto en contra.
Todo estaba mal. Muy
mal.
¿Se lo merecía? Puede
que sí. Al fin y al cabo, no había sido un buen hijo, ni un buen padre, ni un
buen esposo. Quizás un buen amigo, pensó. Pero hasta en eso estaba en dudas.
–Debería morirme
ya–susurró de corrido y una lágrima apareció para sorprenderlo.
¿Hacía cuánto tiempo
no lloraba? ¿Hacía cuánto tiempo no se permitía sentir? Recordar la última vez
que lo había hecho le produjo tristeza.
24 años atrás.
–No sé si es una buena
idea, hijo–me dijo con lágrimas en los ojos, sujetando su bolsito con las dos
manos mientras yo guardaba mi pasaporte en la pequeña maleta.
–No te preocupes,
mamá. Todo irá bien –esperaba que así fuera–. Sé que voy a poder. Conseguiré un
buen trabajo y cuando lo logre, te enviaré el pasaje para que vengas conmigo.
Dejarás, de una buena vez, este lugar y podremos ser felices. Ya lo verás–me
acerqué y la cubrí con mis brazos. Su delgadez me atormentaba. Ojalá pudiera
llevarla conmigo.
–¿Qué haré ahora, hijo?
–Esperar, mamá. Ya
llegará nuestro momento. Debemos separarnos porque como decía papá… mientras el
tímido reflexiona, el valiente va, triunfa y vuelve.
–¿Volverás? –me miró
emocionada con la posibilidad.
–No–debía ser
sincero–. No volveré, pero haré todo lo que esté en mis manos para llevarte
conmigo. España será nuestro hogar. Te lo prometo.
El horario de mi vuelo
se acercaba veloz. Sus ojos color miel me miraron una vez más, igual que me
habían mirado siempre: con ternura, con amor, con tristeza. Mi madre había
enterrado a dos hijos y dos años atrás, a su compañero. Lo único que le quedaba
en el mundo era yo y también me iba. Pero me iba para triunfar; para crecer,
para ser alguien y darle de una buena vez, una vida feliz. Aquella que ella se
merecía después de tanto dolor.
–Adiós, mamá.
–Adiós, hijo.
Le di un beso y un
abrazo y caminé unos pasos hacia la puerta que nos separaría por vaya a saber
cuánto. En Buenos Aires llovía a cántaros, pero no tanto como en los ojos de
mamá. Conmovido por su imagen, regresé y la apreté contra mi pecho. Fue
imposible no tenderme a llorar como lo había hecho de niño.
–Sé un buen hombre,
Alejandro. Sé un buen hombre–repitió y esta vez fue ella, con su valentía y su
coraje, quien me dejó allí parado con las lágrimas brotando de mi pecho y de mi
alma.
–Perdón, mamá. No lo
conseguí.

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