UN TRAGO SIN ALCOHOL.
NADIA
Después de la presentación
escolar de Benjamín, salieron todos a almorzar. Habían pensado que sería lindo,
debido al calor que ya comenzaba a despuntar, hacerlo frente al mar. De ese
modo, también, le darían las noticias al niño de lo que se avecinaba.
Becca y él cuchicheaban en
el asiento de atrás y José maldecía la falta de señal que no le permitía ver
qué había sucedido con las entrevistas a la que se había postulado. Nadia,
observaba de refilón a su hermana y a su hijo y el corazón se le entristeció
poco a poco. Estaba segura de que Ben extrañaría su compañía. Se preguntaba si
después de tanto tiempo juntos, podrían volver a su rutina.
Caminaron por la costanera,
admirando los nuevos espacios que iban apareciendo; restaurantes, tiendas de
ropa, zapaterías. Nadia no recordaba cuándo había sido la última vez que había
estado allí. El tiempo entre la familia, el trabajo y la salud, se le escurría
entre los dedos. Avanzaba disfrutando el aroma a sal y permitiéndose sentir el
viento acariciando su piel. Cerró los ojos e inspiró profundamente, intentando
guardarse aquella sensación tan placentera.
José y Becca habían hecho
buenas migas. Junto a Ben corrían por la playa como si fueran niños y en su
interior, Nadia pidió que cada uno pudiera encontrar el amor. No había hablado
con su hermana al respecto; no sabía si habría alguien en su vida, pero se
propuso averiguarlo antes de que ella se marchara. Su relación iba mejorando
día a día y estaba convencida de que podría preguntarle con total confianza
sobre el tema sin que se molestase.
Pensar en el amor, en que
aquellos dos hallasen un compañero para andar el camino, la hizo meditar sobre
sí misma y en su negación constante al respecto. Sabía, porque no era ninguna
tonta, que el doctor Aguirre estaba interesado en ella y, a decir verdad, le
parecía bastante llamativo y porque no, hasta guapo. Pero no más que eso. Otro
hombre que pasaba delante de su vida y ya. Nada más.
¿Qué sucedía con ella que
no deseaba amar o ser amada? Pues la respuesta era bien simple. No había tenido
buenas experiencias y su hijo abarcaba todo su mundo. No había nada más
importante que él y ella se había convencido de que así sería toda la vida.
Marina se quejaba de su pensamiento cada vez que conversaban al respecto o cuando
algún pretendiente aparecía en escena.
–¡No puedes ser así! –le
había dicho en una oportunidad cuando uno de los clientes de la empresa se
había acercado a pedir su número y ella se había negado rotundamente.
–¡No empieces, Marina! Te
lo pido por favor–rogó algo cansada que la regañara siempre por lo mismo.
Marina era insistente con
el tema como si la felicidad plena pudiera hallarse junto a otra persona. En
pares, de a dos. A Nadia ese pensamiento le parecía algo retrogrado, aunque no
podía negar que a veces fantaseaba con compartir su cama cada noche.
–Al menos se lo hubieses
dado para salir alguna que otra vez. Un buen momento y ya. ¿Hace cuánto que no
te acuestas con nadie?
–¡Eso no te incumbe! –respondió
molesta.
–¡O claro que sí! Claro que
me incumbe. Por supuesto que me incumbe. Trabajas a mi lado todos los días.
Acaso no crees que llegarías más feliz o al menos, con una sonrisa en el
rostro, si pasases una noche maravillosa–le guiñó el ojo con intención, pero
Nadia ni siquiera mosqueó.
–No todo en la vida es
sexo. ¿Sabías?
–Si hablas así es porque no
has tenido nada bueno–le sonrió y se llevó la copa de vino a la boca.
–¡No más bebida para ti!
–Nadia intentó quitársela, pero no lo logró–. Cuando bebes te pones
insoportable.
–¡Y cachonda! –soltó una
carcajada de la que Nadia no pudo evitar engancharse. Su amiga era un caso de
estudio–¡Ves! Deberías relajarte un poco más. Salir, conocer gente nueva. Nadie
te pide que te comprometas ni que te cases cuando no quieres. Al contrario. Yo
creo que todos deberíamos tener relaciones abiertas. Todos con todos, sin
compromiso.
–Ay, Marina.
–¿Qué? La monogamia ha
pasado de moda. ¿No te lo han dicho? Hablando en serio; te haría muy bien salir
con algún caballero. Repito: sin compromiso. Hay muchas aplicaciones que te
ahorrarían el trabajo insoportable de conocer a alguien nuevo. La verdad es que
en la oficina no hay nadie que valga la pena.
–No estoy interesada–la
interrumpió.
–¡Pues deberías! ¿Qué harás
cuando Ben se marche a la universidad? ¿O cuando se mude de aquí? ¿O piensas
que vivirá con su mamita toda la vida?
–No quiero pensar en eso
todavía. Ben es un niño y falta muchísimo para todo lo que mencionas. Además,
no necesito pareja para ser feliz, para estar completa.
–No hablo de pareja. Que
quede claro. Aunque… no estaría nada mal, pero no me refiero a eso. Hablo de
divertirte con alguien, pasarla bien. Disfrutar de tu sexualidad.
–No tengo ganas.
–Ay, Nadia–bufó molesta–. Te
has concentrado tanto en ser madre que has olvidado a la mujer que eres. Una
mujer digna de que la amen, que la acompañen, que la hagan reír… ¡y gozar!
Recordar una de las tantas
conversaciones que había tenido con su amiga, la hizo sonreír. Marina tenía un poco
de razón aun cuando ella no quisiera admitirlo. Ben crecería, tendría su vida,
haría su camino. ¿Y ella? ¿Qué sería de ella? ¿De su futuro? Por el momento
estaba demasiada ocupada curándose del cáncer como para pensar en eso. Debería
dejar de lado al doctor Aguirre y las dudas que le surgían al respecto o… ¿mejor
sería probar?
–¡Tengo mucha hambre! –se
quejó su hijo y aquella fue la señal para buscar un lugar para comer.
–¡Miren eso! ¡Hamburguesas!
–José señaló un barcito pequeño casi al final de la costanera y hacia allá
fueron después de sacudirse el calzado repleto de arena.
Se acomodaron en una mesa y
fueron atendidos por un hombre amable y simpático que no se perdió detalle alguno
de Rebecca. José se encargó de ordenar la comida y la bebida para todos y una
vez finalizado el almuerzo, junto a un delicioso café para los adultos y un
helado para el niño, decidieron que era un buen momento para contarle las
novedades.
–Ben…–habló Nadia con
suavidad–. Queremos hablar contigo, cariño.
–¿Qué ocurre? –soltó la
cuchara y la miró con preocupación.
–No es nada malo,
tranquilo.
–¿Entonces?
–José y yo nos marcharemos
en unos días–Becca habló llevándose la atención del niño.
–¿Se van? –preguntó
entristecido–¿Por qué?
–Yo estoy sin trabajo y
debo ocuparme de eso, campeón–agregó José.
–Y en mi caso, ya no puedo
trabajar desde aquí. Tengo compromisos de los que debo ocuparme en persona. Ya
te lo había adelantado. ¿Lo recuerdas?
–¿Volverán pronto? –quiso
saber compungido. Nadia podía ver cuánto esfuerzo hacía para no tenderse a
llorar.
–Espero que sí. Quizá
puedas venir a visitarnos tú también.
–¿Podría ir, mamá?
–Claro que sí.
La salida acabó con un
sabor agridulce, pero sin dejar de sonreír. Nadia observaba con atención a su
hijo; lo veía algo apagado, pero nada fuera de lo normal. Intentó no hacer
demasiados comentarios y cuando su hermana lo invitó a dormir con ella en el hotel,
aceptó sin dar vueltas. José rogó poder sumarse a los planes y ellos lo
recibieron gustosos, por supuesto.
–¿Qué harás tú? –preguntó
Becca mientras preparaban el bolso de Ben en el apartamento.
–Llamaré a Marina y veré si
tiene algún plan.
–¿Cómo te sientes? –quiso
saber su hermana antes de marcharse.
–Bien, bien. Tranquila.
Vayan, diviértanse. Yo estaré bien.
Se despidieron los tres y
ella le escribió a su amiga para saber si estaba ocupada esa noche. Marina
respondió que estaba cambiándose para salir a beber algo con Vicky a quien
hacía tiempo que no veía.
Nadia
¡Que lo pasen de
maravillas!
Marina
¡Prepárate que iremos por
ti!
Nadia
No, no.
Olvídalo.
Marina
En una hora estamos ahí.
Ponte algo bonito.
***
Y allí estaba en un bar
atestado de gente con las luces bajas y una música que no reconocía, obligada
por sus amigas que conversaban con dos caballeros a unos pocos pasos. Un trago
sin alcohol en su mano derecha era su única compañía.
–¿Todo bien? –le preguntó
Marina a los gritos y ella asintió con el pulgar en alto.
La verdad era que quería irse
a su casa. Estaba incómoda, se sentía cansada y extrañaba a su hijo. Maldijo la
hora en que aceptó venir con ellas. Jugueteó con el palillo de su trago y se
dijo que cuando lo acabase, pediría un taxi y regresaría al apartamento; se
ducharía y elegiría una buena película para ver.
Se giró en el asiento como
para observar el panorama y se contuvo de reírse ante los especímenes
masculinos que daban vuelta como tiburones alrededor de las mesas repletas de
mujeres. Segundos después, la desazón la invadió. Se le ocurrió pensar que
ningún hombre se acercaría a hablar con ella llevando en su cabeza un turbante
que se convertía en un letrero luminoso que indicaba cáncer a kilómetros de
distancia. Tuvo ganas de preguntarle a Marina qué pensaba de eso; llevaba una
hora sentada allí y no había intercambiado ni una sola mirada con nadie cuando
ella y Vicky ya se encontraban compartiendo besos con dos desconocidos.
No aguardaría a acabarse el
trago.
–¡Vaya vaya! –¿Esa voz?
Miró hacia el costado y se encontró con el doctor Aguirre. ¿Es que acaso la
estaba siguiendo? –. Nunca creí encontrarte en un lugar así.
–¿Por? –el comentario la
ofendió.
–Siento que no es tu estilo.
–Ah. ¿Y cuál sería mi estilo?
–Te imagino en un lugar más
tranquilo, con música en un volumen más bajo o mirando una película en tu casa
junto a una copa de vino–puede que tuviese razón, pero no pensaba dársela.
–La verdad que me gusta
este sitio–mintió. Giró y volvió a su posición inicial, observando las botellas
y las copas detrás del bar tender.
–Y a mí me gusta haberte
encontrado. ¿Puedo quedarme? ¿Estás sola? –Nadia notó enseguida que la tuteaba.
La formalidad había quedado en el hospital.
–Vine con amigas, pero ya
me iba.
–Te hago compañía mientras
acabas tu trago que, por cierto… ¿tiene alcohol? –Nadia negó–. Bien. Cuéntame.
¿Vives por la zona? Es la primera vez que te veo por aquí.
El doctor hablaba y
preguntaba mil cosas mientras que en la cabeza de Nadia solo dos pensamientos
la invadían. Él había sido el único hombre que no se asustaba con el turbante y
en el consejo de Marina: darse la oportunidad de que la quieran.
–…O al menos pasar un buen
momento…–alcanzó a oír lo que decía y fue exactamente lo que acabó por
convencerla.
Se pidió otro vaso y
permaneció allí conociendo un poco más al interesante y guapo doctor.
