domingo, 22 de septiembre de 2024

ATDLG: Capítulo 23

 

UN TRAGO SIN ALCOHOL.



NADIA

Después de la presentación escolar de Benjamín, salieron todos a almorzar. Habían pensado que sería lindo, debido al calor que ya comenzaba a despuntar, hacerlo frente al mar. De ese modo, también, le darían las noticias al niño de lo que se avecinaba.

Becca y él cuchicheaban en el asiento de atrás y José maldecía la falta de señal que no le permitía ver qué había sucedido con las entrevistas a la que se había postulado. Nadia, observaba de refilón a su hermana y a su hijo y el corazón se le entristeció poco a poco. Estaba segura de que Ben extrañaría su compañía. Se preguntaba si después de tanto tiempo juntos, podrían volver a su rutina.

Caminaron por la costanera, admirando los nuevos espacios que iban apareciendo; restaurantes, tiendas de ropa, zapaterías. Nadia no recordaba cuándo había sido la última vez que había estado allí. El tiempo entre la familia, el trabajo y la salud, se le escurría entre los dedos. Avanzaba disfrutando el aroma a sal y permitiéndose sentir el viento acariciando su piel. Cerró los ojos e inspiró profundamente, intentando guardarse aquella sensación tan placentera.

José y Becca habían hecho buenas migas. Junto a Ben corrían por la playa como si fueran niños y en su interior, Nadia pidió que cada uno pudiera encontrar el amor. No había hablado con su hermana al respecto; no sabía si habría alguien en su vida, pero se propuso averiguarlo antes de que ella se marchara. Su relación iba mejorando día a día y estaba convencida de que podría preguntarle con total confianza sobre el tema sin que se molestase.

Pensar en el amor, en que aquellos dos hallasen un compañero para andar el camino, la hizo meditar sobre sí misma y en su negación constante al respecto. Sabía, porque no era ninguna tonta, que el doctor Aguirre estaba interesado en ella y, a decir verdad, le parecía bastante llamativo y porque no, hasta guapo. Pero no más que eso. Otro hombre que pasaba delante de su vida y ya. Nada más.

¿Qué sucedía con ella que no deseaba amar o ser amada? Pues la respuesta era bien simple. No había tenido buenas experiencias y su hijo abarcaba todo su mundo. No había nada más importante que él y ella se había convencido de que así sería toda la vida. Marina se quejaba de su pensamiento cada vez que conversaban al respecto o cuando algún pretendiente aparecía en escena.

–¡No puedes ser así! –le había dicho en una oportunidad cuando uno de los clientes de la empresa se había acercado a pedir su número y ella se había negado rotundamente.

–¡No empieces, Marina! Te lo pido por favor–rogó algo cansada que la regañara siempre por lo mismo.

Marina era insistente con el tema como si la felicidad plena pudiera hallarse junto a otra persona. En pares, de a dos. A Nadia ese pensamiento le parecía algo retrogrado, aunque no podía negar que a veces fantaseaba con compartir su cama cada noche.

–Al menos se lo hubieses dado para salir alguna que otra vez. Un buen momento y ya. ¿Hace cuánto que no te acuestas con nadie?

–¡Eso no te incumbe! –respondió molesta.

–¡O claro que sí! Claro que me incumbe. Por supuesto que me incumbe. Trabajas a mi lado todos los días. Acaso no crees que llegarías más feliz o al menos, con una sonrisa en el rostro, si pasases una noche maravillosa–le guiñó el ojo con intención, pero Nadia ni siquiera mosqueó.

–No todo en la vida es sexo. ¿Sabías?

–Si hablas así es porque no has tenido nada bueno–le sonrió y se llevó la copa de vino a la boca.

–¡No más bebida para ti! –Nadia intentó quitársela, pero no lo logró–. Cuando bebes te pones insoportable.

–¡Y cachonda! –soltó una carcajada de la que Nadia no pudo evitar engancharse. Su amiga era un caso de estudio–¡Ves! Deberías relajarte un poco más. Salir, conocer gente nueva. Nadie te pide que te comprometas ni que te cases cuando no quieres. Al contrario. Yo creo que todos deberíamos tener relaciones abiertas. Todos con todos, sin compromiso.

–Ay, Marina.

–¿Qué? La monogamia ha pasado de moda. ¿No te lo han dicho? Hablando en serio; te haría muy bien salir con algún caballero. Repito: sin compromiso. Hay muchas aplicaciones que te ahorrarían el trabajo insoportable de conocer a alguien nuevo. La verdad es que en la oficina no hay nadie que valga la pena.

–No estoy interesada–la interrumpió.

–¡Pues deberías! ¿Qué harás cuando Ben se marche a la universidad? ¿O cuando se mude de aquí? ¿O piensas que vivirá con su mamita toda la vida?

–No quiero pensar en eso todavía. Ben es un niño y falta muchísimo para todo lo que mencionas. Además, no necesito pareja para ser feliz, para estar completa.

–No hablo de pareja. Que quede claro. Aunque… no estaría nada mal, pero no me refiero a eso. Hablo de divertirte con alguien, pasarla bien. Disfrutar de tu sexualidad.

–No tengo ganas.

–Ay, Nadia–bufó molesta–. Te has concentrado tanto en ser madre que has olvidado a la mujer que eres. Una mujer digna de que la amen, que la acompañen, que la hagan reír… ¡y gozar!

Recordar una de las tantas conversaciones que había tenido con su amiga, la hizo sonreír. Marina tenía un poco de razón aun cuando ella no quisiera admitirlo. Ben crecería, tendría su vida, haría su camino. ¿Y ella? ¿Qué sería de ella? ¿De su futuro? Por el momento estaba demasiada ocupada curándose del cáncer como para pensar en eso. Debería dejar de lado al doctor Aguirre y las dudas que le surgían al respecto o… ¿mejor sería probar?

–¡Tengo mucha hambre! –se quejó su hijo y aquella fue la señal para buscar un lugar para comer.

–¡Miren eso! ¡Hamburguesas! –José señaló un barcito pequeño casi al final de la costanera y hacia allá fueron después de sacudirse el calzado repleto de arena.

Se acomodaron en una mesa y fueron atendidos por un hombre amable y simpático que no se perdió detalle alguno de Rebecca. José se encargó de ordenar la comida y la bebida para todos y una vez finalizado el almuerzo, junto a un delicioso café para los adultos y un helado para el niño, decidieron que era un buen momento para contarle las novedades.

–Ben…–habló Nadia con suavidad–. Queremos hablar contigo, cariño.

–¿Qué ocurre? –soltó la cuchara y la miró con preocupación.

–No es nada malo, tranquilo.

–¿Entonces?

–José y yo nos marcharemos en unos días–Becca habló llevándose la atención del niño.

–¿Se van? –preguntó entristecido–¿Por qué?

–Yo estoy sin trabajo y debo ocuparme de eso, campeón–agregó José.

–Y en mi caso, ya no puedo trabajar desde aquí. Tengo compromisos de los que debo ocuparme en persona. Ya te lo había adelantado. ¿Lo recuerdas?

–¿Volverán pronto? –quiso saber compungido. Nadia podía ver cuánto esfuerzo hacía para no tenderse a llorar.

–Espero que sí. Quizá puedas venir a visitarnos tú también.

–¿Podría ir, mamá?

–Claro que sí.

La salida acabó con un sabor agridulce, pero sin dejar de sonreír. Nadia observaba con atención a su hijo; lo veía algo apagado, pero nada fuera de lo normal. Intentó no hacer demasiados comentarios y cuando su hermana lo invitó a dormir con ella en el hotel, aceptó sin dar vueltas. José rogó poder sumarse a los planes y ellos lo recibieron gustosos, por supuesto.

–¿Qué harás tú? –preguntó Becca mientras preparaban el bolso de Ben en el apartamento.

–Llamaré a Marina y veré si tiene algún plan.

–¿Cómo te sientes? –quiso saber su hermana antes de marcharse.

–Bien, bien. Tranquila. Vayan, diviértanse. Yo estaré bien.

Se despidieron los tres y ella le escribió a su amiga para saber si estaba ocupada esa noche. Marina respondió que estaba cambiándose para salir a beber algo con Vicky a quien hacía tiempo que no veía.

Nadia

¡Que lo pasen de maravillas!

 

Marina

¡Prepárate que iremos por ti!

 

Nadia

No, no.

Olvídalo.

 

Marina

En una hora estamos ahí.

Ponte algo bonito.

 

***

Y allí estaba en un bar atestado de gente con las luces bajas y una música que no reconocía, obligada por sus amigas que conversaban con dos caballeros a unos pocos pasos. Un trago sin alcohol en su mano derecha era su única compañía.

–¿Todo bien? –le preguntó Marina a los gritos y ella asintió con el pulgar en alto.

La verdad era que quería irse a su casa. Estaba incómoda, se sentía cansada y extrañaba a su hijo. Maldijo la hora en que aceptó venir con ellas. Jugueteó con el palillo de su trago y se dijo que cuando lo acabase, pediría un taxi y regresaría al apartamento; se ducharía y elegiría una buena película para ver.

Se giró en el asiento como para observar el panorama y se contuvo de reírse ante los especímenes masculinos que daban vuelta como tiburones alrededor de las mesas repletas de mujeres. Segundos después, la desazón la invadió. Se le ocurrió pensar que ningún hombre se acercaría a hablar con ella llevando en su cabeza un turbante que se convertía en un letrero luminoso que indicaba cáncer a kilómetros de distancia. Tuvo ganas de preguntarle a Marina qué pensaba de eso; llevaba una hora sentada allí y no había intercambiado ni una sola mirada con nadie cuando ella y Vicky ya se encontraban compartiendo besos con dos desconocidos.

No aguardaría a acabarse el trago.

–¡Vaya vaya! –¿Esa voz? Miró hacia el costado y se encontró con el doctor Aguirre. ¿Es que acaso la estaba siguiendo? –. Nunca creí encontrarte en un lugar así.

–¿Por? –el comentario la ofendió.

–Siento que no es tu estilo.

–Ah. ¿Y cuál sería mi estilo?

–Te imagino en un lugar más tranquilo, con música en un volumen más bajo o mirando una película en tu casa junto a una copa de vino–puede que tuviese razón, pero no pensaba dársela.

–La verdad que me gusta este sitio–mintió. Giró y volvió a su posición inicial, observando las botellas y las copas detrás del bar tender.

–Y a mí me gusta haberte encontrado. ¿Puedo quedarme? ¿Estás sola? –Nadia notó enseguida que la tuteaba. La formalidad había quedado en el hospital.

–Vine con amigas, pero ya me iba.

–Te hago compañía mientras acabas tu trago que, por cierto… ¿tiene alcohol? –Nadia negó–. Bien. Cuéntame. ¿Vives por la zona? Es la primera vez que te veo por aquí.

El doctor hablaba y preguntaba mil cosas mientras que en la cabeza de Nadia solo dos pensamientos la invadían. Él había sido el único hombre que no se asustaba con el turbante y en el consejo de Marina: darse la oportunidad de que la quieran.

–…O al menos pasar un buen momento…–alcanzó a oír lo que decía y fue exactamente lo que acabó por convencerla.

Se pidió otro vaso y permaneció allí conociendo un poco más al interesante y guapo doctor.

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