domingo, 20 de marzo de 2016

Febrero



Con el chupetín chicle en la boca, o con las manos pegoteadas de mielcita, recorrí las veredas de mi barrio. Pese al sol insistente del verano, que rasguñaba cada piedra de las calles de tierra y no dejaba florcita viva. No era común ver a los otros chicos jugar afuera en la hora de la siesta, a menos que sea sábado o domingo. Pero había otras ocasiones en que los retos, o las precauciones no se hacían escuchar.
Enero. Muy pocos se iban de vacaciones. La mayoría se quedaba a pasar sus horas de más calor, dentro de su pelopincho o en la del vecino. O mojándose con la manguera. Yo, gracias a Dios, siempre me iba unos días. Pero obviamente, llegaba para la fecha indicada; pactada de antemano e implícitamente.  Siempre estaba en casa en Febrero.
Febrero traía consigo, además de más calor y más calor, un día al que todos estábamos esperando. No había una fecha exacta y eso era lo más excitante. Nadie sabía cuando iba a pasar. Por eso, había que estar atentos. Cada uno de nosotros, pispiábamos los movimientos cada tarde durante la siesta, en Febrero. En puntitas de pie, solía recorrer la casa y a través de la persiana miraba si había algún indicio.
Y por fin llegaba la tan ansiada tarde. No sé si a alguno de los chicos había sido el ideólogo. O quizás algún padre, como los míos, había instigado para llevar a cabo el ritual, ese día en particular.  Ese día de más calor.
Antes de poder participar, había que cumplimentar una serie de pasos, importantísimos. Tan importantes, que si no lo hacías, te olvidabas de aquel día y luego, a esperar hasta el otro Febrero. Una vez que te cerciorabas que lo que llevaras puesto era adecuado, podías proseguir con el plan. Uno…dos… tres baldes bien cargados de agua y ubicados estratégicamente junto al alambrado. Con el permiso de tu mamá, y con la plata de tu mamá o la de tus ahorros, podías apresurarte a comprar lo más esencial al quiosco. Si es que no eras provisorio, como yo,  y las tenías desde hace tiempo. Paso dos; las bombuchas. Todas coloridas ellas, bien llenitas de agua, se desparramaban y se balanceaban unas sobre otras dentro del fuentón colorado.  Te mirabas la ropa y ya estabas un poco mojado. Porque seguro que compraste las más truchas y de tres, dos se te reventaron en las manos. Pero mejor. Porque ahora, cuando la guerra empiece, ya no podrán vanagloriarse con tu ropa empapada.
Y por último, y ya con casi todo listo, corres con las ojotas hechas sopa, a la cocina… a buscar un jarroncito, potecito, botellita o cualquier elemento que te permita cumplir con tu objetivo. Salís a la vereda y ahí ves que vienen. Ellas corren a la casa de La Cris… ya tiene todo listo también. Ellos las persiguen con bombuchas y con jarras. Algunas son más rápidas y otras terminan bañadas y hasta ligan un golpe en el apuro, por no ser mojadas. Yo me escondo atrás de un árbol y espero con mi arsenal en la mano. Ya casi. Y acá vienen. Y ahí está mi tan ansiada tarde de Febrero, escurriéndoseme de los dedos.

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