Sus
dedos finos y largos habían recorrido esa página una y otra vez aquella mañana.
Una y otra vez como cada mañana, de cada martes de lectura. Pero hoy, su
hermana había tardado un poco más de lo normal en la oficina y eso, le había
dado unos cuantos minutos extra de soledad absoluta. No porque le molestase. Ya estaba acostumbrado a estar solo, pero
hoy… hoy el día no era normal. O por lo menos eso le decía su interior. Hoy,
algo había cambiado en él.
Si pudiera verse al espejo vería que en su mirada yace un
color distinto, nuevo. Sus ojos ya no reflejan el vacio, sino más bien, algo
mágico e inexplicable que emana de una pequeña lucecita, en un rincón de sus
pupilas. Una lucecita titilante que pronostica lo desconocido. Algo le hace
mover las piernas impulsivamente mientras intenta concentrarse en el
braille. No hay caso. Abandona el texto
intranquilo, nervioso por las sensaciones que lo invaden. Se pregunta si ha
llegado el momento. Si es ese, el momento que tanto espera.
—Por fin. —Susurra y cierra el libraco de un sopetón. El
corazón late más rápido de lo normal y está seguro que pronto llegara el
pinchazo. Inhala y exhala y agradece que su hermana se haya demorado hoy. No
quiere que esté ahí cuando…
—Rami… ¡Llegué!—La voz ronca de su hermana lo ocupa todo.
La puede ver rebotar entre los muebles, entre las paredes de aquel rectángulo. —
¡Con que ahí estabas! ¿Por qué no me contestás? —Un beso empapado en su mejilla
opaca— ¿Terminaste el libro? ¿Te gustó?
—Más o menos.
—¿De qué se trata? —No lo dejo pronunciar palabra.
—Bueno… después me contás. Me voy a pegar un baño rapidito. Apesto.
El agua de la ducha corriendo y el canto seco de una voz
ronca y desafinada en el baño. La ventana entre abierta y la humedad que se
filtra por cada poro de una piel demacrada, blanquecina y magra. El libro gordo
y rígido yace bajo su mano derecha. El bastón apoyado sobre la pared, a su
espalda. No más agua y no más canto. Un
minuto después y el rectángulo al que llaman casa y donde vivieron desde que
tienen memoria, se baña de un aroma florar que impregna cada rincón. Su corazón
sigue agitado y lo único que le preocupa es que su hermana lo vea morir.
—Che… viste el otro día que vino Juan y…. —habló entre
dientes, y casi riendo.
—¡Qué graciosa que sos! Siempre con el mismo chiste pavo
vos…—Se llevó la mano a la cabeza y se acomodó el jopo. — Lo único que te falta
es preguntarme si quiero jugar al “veo veo”. —Una carcajada en el fondo. Su
garganta se secó y quiso agua. Se levantó, olvidando su bastón. Al fin y al
cabo, no lo necesitaba. Conocía palmo a palmo su hábitat.
—Es un chiste Ramiro… Solo un chiste. ¿Qué te pasa que
estás tan insoportable?
Una pregunta retorica ¿no? Porque no pensaba responderle.
Prefirió el silencio. Sin embargo un golpe seco le gano de mano.
—¿Estás bien? Rami… ¿Estás bien? —Como siempre, antes que
él respondiese…—Te avisé que moví el sillón y puse el aparador ahí. ¿Te
acordás? —La voz se hizo más presente y sintió el perfume dulce junto a él,
mientras se masajeaba la rodilla machucada. —¿Te ayudo?
—No. No es nada. —Las palpitaciones siguen ahí, la
garganta seca sigue ahí. Y ella sigue ahí.
Y bueno… Será que su destino es ver morir a su hermano ciego. ¡Que
lastima! —Me voy a dormir.
De pasada, tomó su bastón, y recorrió los pocos pasos
acompañado de aquel fiel amigo. Lo apretó con fuerza, a modo de despedida,
pensando que sería la última vez que sus dedos finos sintieran el calor de la
madera terciada. Antes de cerrar, se dijo que no podía irse así, dejándola con
un “me voy a dormir” como las últimas palabras.
—Mari…
—¿Qué pasó? ¿Necesitas algo?
—Gracias. —Y la puerta se cerró.
Él se acostó con el corazón
saliéndosele del pecho y esperando el tan ansiado final. Ese final que había
imaginado tantas otras veces. Y allí estaba. Frente a él. Él día había
llegado.
Y
se durmió, más antes se despidió de aquel mundo oscuro y negro, de los sonidos
y los destellos repentinos. El cuerpo se
dejó llevar y las palpitaciones fueron cediendo de a poco. Y ya no más.
Lo despertó una quemazón en las mejillas, las podía sentir
ardiendo bajo sus parpados. Abrió los ojos, pero no hubo más que luz. Y se dijo
que estaba en el cielo, aunque jamás creyó que llegaría hasta ahí. Parpadeó. Se
incorporó y de a poco sus ojos se ajustaron al alrededor. Una mesa de luz, una foto y un velador. Una ventana
enorme por donde ingresaba esa luz caliente y ahí… justo al lado, su bastón
blanco. Intentó incorporarse, pero estaba demasiado confundido. Apoyó las manos
sobre las sabanas azules y contempló cada detalle.
—Sí. Esto debe ser el cielo. —Sonrió y una lágrima
recorrió su mejilla enrojecida. Un golpe en la puerta.
—¡Ey! Dormilón. Levántate. Ya está el mate listo. —Dos
golpes más y la puerta se abrió de par en par. —Che… ¿Te ayudo?
Y he aquí, la creatura más bella que sus ojos jamás hayan
visto. Estaba convencido que era un ángel con la voz ronca de su hermana. Pero
entonces… la luz, la ventana, el bastón… Y otra lágrima cayó. Y otra más y otra
más. Y así, hasta que comprendió que en
realidad si, si estaba en el cielo.
—Mari…
—¿Qué?
—¿Jugamos al “veo veo”?
Fin.

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