sábado, 4 de febrero de 2017

Torta fritas

La tarde lo encontró solo y saboreando unos mates amargos. La llanura, pincelada de tonalidades naranjas y marrones se extendía hasta donde sus ojos verdes podían observar. Ya había concluido con la faena. Era domingo, y no había nada más que hacer.
                El calor del mate de aluminio, se trasladaba a través de sus dedos primero, y luego hacía sus manos. Si bien el sol aún calentaba los yuyos, el fresco de la noche venía avanzando por el este. Y por cómo se blandían los eucaliptos, Pedro sabía que se avecinaba una tormenta.  Tal vez no ésta noche, pero sin falta, mañana, el cielo se enfurecería con su cosecha. Chupó desesperadamente el último sorbo y se dispuso a acomodar todo para el día siguiente, mientras esperaba la llegada de su mujer. 
                Juana emergió en el horizonte, montada sobre su yegua. Aún con cincuenta y tres años, cabalgaba como una jovencita.  Apretó el tranco, cuando lo vio. Sabía que la estaba esperando. En pocos minutos, metía a su preciada compañera en el establo y se encaminaba a la casa. Una casa solitaria en el medio de un campo, alejado del mundo.  Alejados de todo y de todos.
                —¿Cómo te fue? —La voz de Pedro lo ocupó todo. —¿Cómo la encontraste?
                —Mal. Muy mal. No creo que pase la noche. Y encima, parece que se viene con todo. Mañana no voy a poder salir.
                —Y… no.  Ya guardé todo.
                —Perfecto. ¿Tomaste mate?
                —Sí. Algunos. Pero te acompaño, si vos querés tomar.
                —No.  La hija de María me cebó unos cuantos, antes de salir. Estoy verde.
                —Bueno.
                —¿Probaste las torta fritas? —Se acercó a la mesada, donde reposaba el colador repleto de las tortitas que había amasado y freído a la mañana temprano. Levantó el repasador y encontró la misma cantidad que había dejado— ¿Cómo…?
                —No las probé. Te estaba esperando.
                —Uy. Hubieses comido.  Yo me llevé algunas. No me salieron tan mal.
                —Después las pruebo.
                Juana se movió del cuarto al baño varias veces, antes de acomodarse en el sillón de mimbre, junto a la salamandra que ya ardía, y calentaba el ambiente. De una canasta enorme, sacó dos agujas largas y un ovillo de lana verde agua.  Pedro, se sentó a su lado, con un cigarrillo en la boca. La observaba atentamente, mientras ella, sólo contaba los puntos que iba haciendo, sin reparar en su mirada incisiva. El silencio se removía con los leños quemándose dentro del hierro fundido. El viento comenzaba a bambolear las hojas y un silbido seco, recorría el campo.
                —Juana…—Habló sin quitarle los ojos de encima. Cómo ella no le respondió, volvió a susurrar su nombre.
                —¿Qué paso?
                —¿Sos feliz?
                —¿A qué viene esa pregunta, Pedro? —No lo miraba. Seguía tejiendo.
                —No me respondás con otra pregunta. ¿Lo sos?
                —Claro que sí. No me hubiese casado con vos o venido a vivir a este desierto, si no lo hiciera.  ¿No creés? —Por fin lo miró a los ojos. Y como siempre, no hayó nada.
                Pedro se levantó y se apoyó sobre la ventana que daba al establo, al gallinero y a la quinta. Juana notaba que tenía la necesidad de hablar, de decir algo. Tal vez fuese aquello que no le habría querido confesar tantos años atrás. Eso que ella sabía y que él pretendía ocultar.
                —Y vos… ¿Sos feliz, Pedro? ¿Sos feliz conmigo?—Dio vuelta la conversación. Quizás aquel sería el momento.
                —¿Qué es la felicidad, Juana?
                Juana sonrió para no llorar, mientras él, de espalda contemplaba el paisaje. El viento se puso más rebelde. La noche venía cayendo y con ella, la luz se desvanecía poco a poco. Cuántos domingos habían pasado allí. Muchísimos. Tantos, que ya ni los recordaba. Depositó el tejido sobre el sillón, avivó el fuego y se acercó a la ventana. El cigarro se había consumido en los labios. Lo notó viejo y cansado. Le observó la mano, que apoyada sobre el marco de la ventana, rebelaba las venas apretadas y la piel reseca y arrugada. No se volvió a mirarla.  
                Abandonó la lectura del hombre que tenía enfrente, con el que había dormido los últimos treinta y un años y con quien había tenido dos hijas hermosas.  También, como él,  se detuvo en el afuera, en la noche oscura que los venia a buscar una vez más. Que los tragaba y los apretaba. Una noche que era larga y eterna. Una noche que traía consigo un nuevo día. Uno igual al anterior, y al de mañana.
                —No lo sé. —Rompió por fin el silencio. Ese silencio que actuaba como puente entre dos corazones rotos, solitarios y aguerridos. Dos corazones infelices que jamás se habían animado a confesar sus verdaderos sentimientos. — Creo que ninguno de los dos la ha encontrado aún. —Lo vio asentir con un movimiento leve. Se removió en su rincón y despegó por fin la palma de la madera barnizada. Chasqueó la lengua y se acomodó la boina.
                —Voy a probar esas tortas fritas.
                —Pongo la pava.



                

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