Hoy
les voy a contar la historia de Vanesa. Puedo decir Vanesa, o puedo decir Juan,
o Manuel…o Martita. Todos podemos haber hecho enojar a una Vanesa en algún
momento de nuestras vidas. Todos.
Tenía
ganas de renunciar hace tiempo. Y cada medio día, se preguntaba por qué no lo
había hecho todavía. Y de nuevo, la invadían los mismos pensamientos
reiterativos y contundentes, que la llevaban a aguantarse ese trabajo. El más
importante: era la única que tenía un salario en la familia. Ya con eso, era
suficiente como para dejar de pensar en la estupidez de abandonar el
almacén.
Y
otra vez, como cada día, se dispone a guardar los fiambres, a baldear el piso,
y a limpiar las heladeras.
—Buenas. —Irrumpe en el vacío y
lustroso almacén un alma que, seguramente se ha propuesto arruinarle el día.
—Qué tal, Mario. —Lo observa avanzar
y puede ver en su mirada, un poco de regocijo, de placer. Toma una bolsita de
pan del canasto y agarra una Coca Cola de vidrio. Ella que agachada, repasa el
vidrio, lo mira expectante. —¿Algo más?
—Sí. Voy a llevar un poquito de
fiambre.
Los
ojos de ella se ponen de un negro oscuro, profundo. Sigue remojando el trapo en
el balde con lavandina, mientras él le sonríe hipócritamente. Mira el reloj: la
una menos cinco. En cinco minutos, se bajan las persianas y “taza… taza, cada
uno para su casa”. La cajera, se asoma por sobre la heladera mostrador y con un
movimiento de cabeza le pregunta; ¿Es que acaso no vas a atenderlo? Ella le
responde con los labios apretados. Los aprieta porque teme que se le escape una
barrabasada.
Suspira
ruidosamente. No pretende ocultar su malestar, su bronca. La cajera la sigue
con la mirada. Da la vuelta con el balde en la mano y lo apoya sobre el piso.
Se seca las manos, y sin mirarlo le pregunta;
—¿Qué le doy?
—Cien de queso y cien de salchichón.
—¿Salchichón? —Lo vio asentir
mientras tamborileaba los dedos en el mostrador.
—¿Qué?¿no hay?
—Sí. Sí, hay. —Esta vez respondió la
cajera, ante la inmovilidad de su compañera. —Vane… Cien de salchichón, te
pidió el señor.
Vanesa
la oía pero no podía moverse. En su
mente, las imágenes revoloteaban sobre su cabeza como cuervos. Y aunque sabía que lo estaba imaginando, lo
vivía como si fuese real. Por lo menos, sus pulsaciones aceleradas, así lo
indicaban. Primero, saltaba el mostrador y agarraba a Mario de las solapas de
la camisa a cuadros. Tal era la fuerza con que lo sacudía, que la gaseosa y el
pan, terminaban desparramados en el piso recién trapeado. Pero en su secuencia
imaginaria, Mario se reía. Se reía de ella. De su máquina de cortar fiambre
lustrosa y brillante recién limpiada. Se reía porque el salchichón llenaría
todo de morrón y de aceituna. Y entonces, tendría que lavar y fregar todo de
nuevo. Maldito.
—Vanesa…—Se acercó la otra muchacha,
al verla tiesa junto a la heladera. —¿Estás bien?
—Sí. Me pidió salchichón. Salchichón
primavera. —Se agachó y hurgó entre los fiambres que poco antes habían sido
tapados y acomodados meticulosamente. —Acá está.
El
frió del fiambre la despabiló del ensueño violento en el que había caído. Mario
no reía como en su imaginación. En cambio, la miraba a la espera de su fiambre.
Como si no hubiese notado la disconformidad y la ira que había despertado en
ella. ¿Cómo alguien era capaz de venir, a esa hora, y pedir fiambre? ¡Y encima,
salchichón primavera!
—¿Cien?—Le preguntó mientras
levantaba la manija, y colocaba el fiambre.
—Sí.
Mario
se fue contento con su fiambre, con su pan y su gaseosa. Vanesa se tuvo que
quedar diez minutos más porque había que limpiar la maquina otra vez.
Tres
días después, Mario volvió a repetir la acción. Medio de pan, una gaseosa y
cien de salchichón primavera a la una menos cinco. Vanesa volvió a llegar tarde
a casa.
Una
semana después Mario atravesó la puerta con la misma intención. Vanesa tuvo la
misma visión. Solo que esta vez llegó aún más tarde. Tuvo que limpiar la
gaseosa desparramada sobre el piso recién trapeado.
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