Yo no sé qué miran. ¿Acaso nunca
vieron un gato? Bueno… seguramente sí. Sólo que quizás nunca vieron un gato con
una pata. Aunque tampoco es la gran cosa. Estela ya se acostumbró. ¿que quién
es Estela? Estela es mi dueña, mi ama… como mi mamá, pero humana. Cuando nací,
—escuché— los padres de Estela me iban a sacrificar, pero ella, que tiene un
corazón de oro, les rogó que no lo hicieran. Así fue que me permitieron
quedarme en esta casa, a pasar los pocos años que el veterinario me dio,
rodeado de amor y cariño.
Todos los que me ven en los brazos de
Estela se paran a observar y a preguntar. Si salimos al parque se la pasa
explicándole a todos, qué fue lo que pasó conmigo y mis tres patas perdidas.
Está cansada de decirlo una y otra vez. Por eso, ya casi ni salimos. A mí me da
mucha pena, porque sé que le encanta ir al parque.
Anoche Estela tuvo mucha fiebre. La
madre se quedó con nosotros en la habitación, toda la noche. El padre dijo,
preocupado, que si no había alguna mejora la llevarían al hospital. Se fueron
hace unas horas.
Estela no ha vuelto aún. Los padres,
sí. No me cambiaron el agua, ni me sacaron a hacer pis afuera. Se los ve
tristes y enojados. Temo que si Estela no regresa… ustedes saben. Ellos nunca
me quisieron.
Hace tres días que Estela está en el
hospital. Hoy temprano vino el hermano del padre de Estela y mientras me
acariciaba el cuero, le contó que ya habían conseguido dos dadores de sangre.
Se ve que mi Estelita, no está bien. La extraño tanto.
Los padres de Estela parecen estar
acostumbrándose a mi presencia y ya no me miran con desdén o con ganas de
sacrificarme. He notado que, en los últimos días, cada vez que pasan a mi lado,
se detienen a tocarme, aunque sea un momento. La mamá de Estela me saca a hacer
pis entre dos y tres veces al día, y gracias a Dios, me cambian el agua a
diario. Creo que ocuparse de mí, la distrae de las preocupaciones y del miedo
que azota la casa. Aunque no la paso tan
mal, nada se compara a cuando ella me cargaba entre sus brazos, o me acostaba
dentro de su cama cuando tenía miedo.
Anoche pasó algo muy inusual que me
quitó el apetito. El tío— el mismo de la sangre— volvió a la casa, cuando no
había nadie y se llevó unos papeles. Nadie ha regresado desde entonces.
Hoy temprano, regresaron los dos y no han vuelto a salir. Oí la ducha y los llantos. Empecé a maullar como un loco.
Alguien me tenía que explicar que estaba ocurriendo. Que había pasado con
Estela. Tanto ruido hice que el padre se acercó a ver que me pasaba. Lo vi
directo a los ojos y lo supe. Supe que Estela no iba a regresar jamás. Los dos
lloramos por un largo rato. Mientras me acariciaba el lomo, sentía sus lágrimas
mojarme como la lluvia. A los pocos minutos, la madre de Estela se nos unió y
ahí, uno junto al otro, nos despedimos de la persona que más amábamos los tres.
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