domingo, 12 de marzo de 2017

La casa de las alfombras

Toda la familia la miró de arriba a abajo. Era la primera novia que traía el hijo más chico de la familia y en la casa, era un acontecimiento. Todo el mundo creía que el muchacho era homosexual y pese a estar más abiertos de mente que sus antepasados, el resquemor y las apariencias jugaban un papel muy importante en la casa de los Oroztiaga.
Cuando supieron de la relación, prácticamente, la mansión se volvió una fiesta. Se habían mandado a lavar las cortinas y todas las alfombras. Cada cosa estaba lista y pronta, para el gran día. El chico la presentó cordialmente a sus padres y a sus hermanos mayores un atardecer de primavera. Los miembros de la familia aguardaban pacientemente su momento para saludarla e investigarla más de cerca; Oler su perfume, rozar sus ropas. Aún no creían lo que veían sus ojos.

La velada transcurrió en un ambiente cálido y cómodo, donde las sonrisas y las miradas fugaces copaban los rincones. La parejita, tomada de las manos, recibía con gracia y paciencia, los comentarios y los chistes que los hermanos mayores.
—¿Dónde estudias, querida? —le preguntó la madre del muchacho sin despegar la vista del plato.  
—No estoy estudiando ahora. Me quedan unas pocas materias para recibirme, pero.... Quizás este año…
—Ah. —interrumpió.
Vino el postre. Después de un cigarrillo al aire libre, el chico volvió a ocupar su lugar en la mesa y cada uno continuó con la algarabía y la jerga. El alcohol ya venía haciendo efecto en las bocas abiertas de los hombres y en los cachetes colorados de las mujeres.
—Nena. — habló el padre desde la otra punta de la larga mesa. — Joaquín mencionó que vivís hace poco en la ciudad.
—Así es. Vivo sola en un departamento chiquito. Aunque, pensándolo bien, no estoy sola.
—¿Ah no? —interrumpió otra vez, la mujer.
—Vivo con Salem, mi gato. —Todos sonrieron, pero inmediatamente, miraron al chico que jugueteaba con la servilleta en su regazo.
La última parte de la cena, en donde por lo general, en la casa de los Oroztiaga, se toma café o un aperitivo, pasó desapercibida. Joaquín y Clara se adentraron en el caserón, para realizar la recorrida, mientras que los demás intentaban ocultar la tormenta que se avecinaba.
—¡Que hermosa casa, Joaco! Me encanta. Tenías razón. Es grandísima. Debe ser difícil mantener la limpieza con tantas alfombras y…
—Veni. Entremos acá. —La guío hacia una habitación escasa en muebles y con un ventanal enorme que daba al patio trasero. Una alfombra roja hacia juego con las cortinas y los almohadones. —Clara, tenés que controlarte.
—¡¿Eh?! —Giró sobre sí, sorprendida, con los ojos abiertos de par en par. —¿Controlarme? ¿A qué te referís?
—Con mamá, Clara. No la estás haciendo para nada fácil.
—No entiendo.
—Que no estudias, que vivís sola… ¿No podes, acaso, guardarte un poco de intimidad?
—¿y por qué lo voy a ocultar? ¿Qué tiene de malo?
—Que así, mi vida…—Se acercó y le acomodó el mechón que se le caía sobre la frente—No vamos a poder seguir con...
—¡Joaco! —la voz de su hermana mayor los sorprendió.
—¡Ahí vamos! —Giró la cabeza y la miró a los ojos. — Menos intimidades. ¿escuchaste?  
Clara y Joaquín bajaron y se encontraron con la familia esperándolos. Sus caras no parecían tan relajas como antes y, aunque él sabía muy bien por qué, siguió como si nada ocurriese, sin prestarle atención a los gestos y los desaires notables hacia su novia. Siguieron hablando de tonterías por un rato más y se dispusieron las habitaciones para dormir.
—Clara, vos dormís con Laurita en la primera habitación de la izquierda. —La chica buscó la mirada de Joaquín, pero fue en vano. Él seguía conversando tranquilamente con su padre. —Vayan, vayan. Laurita… mostrale a la chica dónde es.  
Joaquín no la miró. Aunque sentía su mirada, clavada como un puñal sobre su espalda, no volteó. Cuando por fin hubo desaparecido de la vista de todos, se aflojó la camisa y se sirvió una copa más de vino.
—No me gusta. —Sentenció la madre, al cabo que se sentaba sobre el apoyabrazos de uno de los sillones.
—Ya sé, mamá. Todo el mundo se dio cuenta.
—No estudia, vive sola y tiene un gato. ¿Algo más?
—A mí sí me gusta. Y eso es lo que cuenta.
—Bueno… supongo que sí. Prefiero eso a…
—Basta mamá, con ese tema.
—Bueno, bueno. ¿te gusta la alfombra nueva que compre para el recibidor? ¿No es hermosa?
—Sí. Está muy linda.
—¿Qué te pasa? A vos también te encantaban las alfombras de mamá…—extendió el brazo y le acarició la pierna. —La mayoría las elegimos juntos, ¿te acordás?
—Sí. Me voy a dormir. Mañana temprano volvemos a la capital.
—Una cosa más. —lo detuvo antes que se alejara— Nada de deambular por los pasillos a la madrugada.
—Dejalo en paz, mujer. Anda a dormir, hijo. —dijo y le guiñó un ojo.

Laurita se acostó y se durmió. Clara salió de la cama y en puntas de pie, caminó hasta la puerta. Abrió con cuidado y ojeó el pasillo. Estaban todas las luces apagadas, salvo la última. ¿Sería aquella, la habitación de Joaquín? Siempre se desvelaba y últimamente, sufría de un molesto insomnio.
Guiada por la curiosidad, avanzó hacia el final del pasillo. Necesitaba hablar con él. Ya se había arrepentido del plan, de todo. No quería seguir. No sabe si había sido por la conversación que había tenido con Laurita, mientras preparaban las camas o si era la conciencia que le estaba pegando en el pecho y en el estómago. De todas maneras, no importaba. La farsa se terminaba esa noche. ¿En qué había estado pensando cuando aceptó?
—Joaco…—susurró, sobre la puerta. —¿Estás ahí? —Apagaron la luz. Quizás se había equivocado. Unos segundos después, Joaquín abría la puerta con cuidado, y emergía desde la oscuridad.
—¿Qué hacés acá?
—Necesito hablarte.
—Mañana.
—No. Ahora.
—¡Ay, Clara! —murmuró, mientras que la tomaba de la mano y la arrastraba a la misma habitación de más temprano. —¿Qué pasa? ¿Qué no puede esperar hasta mañana, me queres decir?
—No quiero seguir, Joaco. —Dijo, dudosa. El enmudeció y lo blanco de sus ojos se hacían cada vez más grandes, tanto, que parecían lámparas en la oscuridad. —¡Perdón!
—No… No. No me podés hacer esto. Quedamos en que…
—Sí, ya sé. Pero…  no puedo. No puedo. No son malas personas, Joaco. Si…
—No lo puedo creer. Pensé que ibas a ayudarme. Me dijiste que…
—Bueno. Pero no. Me arrepentí. Si hubiese sabido que…
Él no decía nada y ella lo decía todo, con su cuerpo, con su actitud. Él la conocía lo suficientemente bien como para saber que no cambiaría de opinión. Su plan se iba a pique, mucho antes de siquiera comenzar. Porque la presentación, era sólo el primer paso.
—Me voy a dormir. Mañana me vuelvo temprano a capital y…
—¡Pensalo, Clari! ¡Por favor! —le rogó con el alma y las lágrimas a punto de salir.
—No, Joaco. Tu familia no se lo merece. ¡Dale! —Se acercó y lo abrazó, pese a no recibir respuesta del otro lado. — Deciles la verdad. A vos también te va a ayudar a…
—¡No! —la alejó bruscamente y salió de la habitación. —Vos no sabes de lo que son capaz. —murmuró, pero Clara no lo escuchó.  

Clara tenía el bolsito armado y sus pocas pertenencias guardadas y listas sobre el sillón. No había visto a Joaquín durante el desayuno y creyó que talvez, había tomado conciencia de que aquello era una locura. Mientras esperaba el coche que la llevaría a la estación— sola o acompañada— daba vueltas por el living siguiendo las líneas doradas de la gran alfombra. El padre del muchacho bajó las escaleras y la encontró ensimismada en el camino de las formas.
—¡Te vas a marear, nena! —bromeó. — ¿Y tu novio? ¿Dónde anda? Ya casi llega el coche, y todavía no bajó.
—No sé. No lo vi, tampoco.
—Voy a preguntarle a…
—¡Acá estoy! —tronó la voz de Joaquín, desde lo alto. —Estaba saludando a Laurita.
—¡Amoooor! —Era la voz de su mamá, que venía desde una de las habitaciones de abajo. Clara lo observó detenidamente, mientras descendía uno a uno, los escalones con su valija en la mano.
—Ahí voy, ma.
Al pasar, Joaquín la miró directo a los ojos. Ninguno dijo una sola palabra. Ella caminó detrás de él y juntos, entraron a la biblioteca donde los esperaba la señora.
—Les quiero mostrar algo antes de irse. Anoche se me pasó. —De una caja forrada en terciopelo sacó unos papeles.
—Dale, mamá. Vamos a perder el tren.
—Déjala, Joaco. ¿Qué será?  —Ironizó y se acercó a ver.
—Mira. —extendió unas fotos del muchacho de pequeño. Clara se detuvo unos segundos en cada una. En una en particular tardó un poco más; Joaquín llevaba puesto un vestidito rosa y calzaba, los zapatos de su madre. —Siempre fue mi miedo… ¿sabes?
—¿Qué cosa? —preguntó Clara, sorprendida.
—Yo no lo puedo creer —Joaquín revoleaba los brazos.
—Que sea… ya sabes… gay. —susurró. —Pero ahora que estás vos… —elevó de nuevo el tono y continuó hablando normalmente. —Me siento más tranquila.
Clara abandonó la biblioteca porque de pronto le dieron ganas de vomitar. La bocina del coche, sonó como la campanilla en el ring de boxeo. Se acababa el primer round. Joaquín salió a decirle al chofer que aguardara unos minutos.
—¿Queres ir al baño? Estas pálida. —Le dijo mientras tomaba los bolsos.
—No. Estoy bien.
—¡Volve pronto, nena! —dos besos; uno en cada mejilla. —¡Cuídalo! Es un tesoro invaluable, mi hijo.   
—Sí, claro.
Joaquín la observaba subir, despacio, mareada. Tras un beso en la frente a su madre, subió él también.   

El tren pitó fuerte y se alejó de aquel pueblo, perdido en el tiempo y apartado de la modernidad. Vestigios de una época antigua quedaban detrás. Ninguno habló por largo rato.
—Gracias. —Rompió el silencio Joaquín. —Por no decir nada. Entiendo que no quieras…
Clara contemplaba el campo, el verde, el amarillo, las vacas, los alambrados y a Joaquín, su amigo. Su mejor amigo.

—¿Cuándo volvemos? —preguntó, por fin. 

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