Regó el potus tres veces antes de
entrar. Se lavó las manos cuatro veces con jabón blanco y detergente antes de poner
la pava. Hirvió el agua dos veces para hacerse el té de las cinco. Estiró el individual
floreado siete veces antes de apoyar la taza caliente con el agua hervida dos
veces. Giró la cuchara doce veces antes de verter el azúcar. Batió doce veces
más para disolver el azúcar. Miró el reloj y comparó los minutos con el que
llevaba puesto. Perfecto.
Bebió el té de a dos sorbos hasta
que se acabó y el reloj dio las seis de la tarde. Lavó la taza y las cucharas
con lavandina y detergente cuatro veces antes de doblar milimétricamente el
individual floreado. Perfecto.
Se sentó en el living y golpeteó
los almohadones seis veces a cada uno antes de encender la televisión. Acomodó
el control remoto tres veces antes de mirar su programa favorito. 59 pestañeos
en una hora. Igual que ayer. Perfecto.
Sonó el timbre. 7:05. ¿Quién podría
ser? Nadie llama a esa hora. Nadie viene a esa hora.
—Hola, señora. Soy Jorgito, un
amigo de su hijo.
—¿de Pablo?
—Sí. De Pablo. ¿Cómo le va?
—¿y Pablo?
—Me pidió que le traiga unas
cositas para usted.
—¿para mí?
—Sí. Están pesadas las bolsas.
¿me abre?
—Ah, debe ser la mercadería del
super.
—¡Exacto!
—Subi, querido.
Antes de abrir la puerta de su departamento
se acomodó el cabello seis veces y se echó perfume detrás de las orejas, dos
veces en cada una. Tomó su pañuelo blanco y aferró con fuerza el picaporte con
la mano derecha mientras cerraba un ojo y con el otro miraba por el visor de la
puerta. Efectivamente, Pablo le había enviado varias bolsas de supermercado. Quitó
la primera traba, luego la segunda, luego la tercera…
—Señora, apúrese. Tengo que ir a
trabajar.
…la cadenita sonó sobre la madera
y le dio la primera vuelta a la llave.
—Esta vieja no te va a abrir,
boludo. Vámonos antes de que se aviven. —Otra voz.
—¡Shhh! Callate, pelotudo. —en
susurros. —Señora… ¿está bien? Dele, doñita estas bolsas pesan un montón.
—Tirale la puerta abajo o me voy.
La llave giró una vez más.
Silencio. Una mano peluda se apoyó sobre la puerta e intentó abrirla. Pero…la
llave volvió a girar, dos veces. Colocó la cadenita. Una traba, dos trabas…
—Te dije, idiota. Yo me voy a la
mierda.
… tres trabas. Quitó la mano
derecha envuelta en el pañuelo blanco y se alejó de la puerta. Diez golpes
sobre la madera resonaron en el departamento. Diez. Los contó.
—Vieja, puta. —Fue lo ultimo que
escuchó antes de que las puertas del ascensor se abrieran.
Se sentó otra vez en el sillón no
sin antes golpetear los almohadones seis veces. Acomodó el control remoto sobre
la mesa ratona y apoyó las manos sobre su vestido gris. 7:18. Debía esperar
hasta las 19:23 para ir al baño. Esperó
y fue al baño. Hizo pis y lavó el inodoro tres veces antes de abandonar el
baño. Perfecto.
—Vieja puta. —murmuró.
—Vieja puta. —dijo.
—Vieja puta —gritó. Le rasguñó la
garganta ese grito. Quiso un té. Pero antes del té…
Regó el potus tres veces. Se lavó
las manos cuatro veces con jabón blanco y detergente antes de poner la pava.
Hirvió el agua dos veces para hacerse el té. Estiró el individual floreado
siete veces antes de apoyar la taza caliente con el agua hervida dos veces. Giró
la cuchara doce veces antes de verter el azúcar. Batió doce veces más para disolver
el azúcar. Miró el reloj y comparó los minutos con el que llevaba puesto.
Perfecto.

¡Perfecto!
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