miércoles, 18 de marzo de 2020

LUC: Capítulo 10: Alta voz.


“Hay palabras que llegan hasta los oídos, otras…”
Desconocido

¿Por qué no había venido antes? Ah, sí. Las obligaciones, la vida, la rutina; había que cuidar el mango siempre. Nunca le había alcanzado para salir de la provincia. Y tampoco se le había ocurrido, pero ahí estaba; maravillada con lo que estaba viviendo. Agradecida, sorprendida…
Brasil la obnubiló. Apenas puso un pie en el aeropuerto de Florianópolis el calor y la alegría del país, la inundó por completo. Cecilia le hablaba al taxista y le preguntaba acerca de la temperatura de los últimos días mientras ella, a través de los lentes de sol, no despegaba la mirada del paisaje que las envolvía.
—Estás muy callada. —comentó Cecilia.
—Estoy disfrutando de esto. —y le señaló el mar que aparecía a su izquierda.
—¿Conocías el mar?
—Fui dos veces a Mar del Plata. ¡Nada que ver!
—Nosotros descubrimos este lugar el año pasado. Nos gustó mucho y decidimos volver.

—Ya veo por qué. Es maravilloso.
—Sí que lo es.
Llegaron a Jureré cuarenta y cinco minutos después del arribo. Para esa altura la memoria del celular de Sandra ya pedía ser vaciada debido a tantas fotos que había sacado en el camino. Al avión, a la pista de aterrizaje, a los baños del aeropuerto, a los carteles, a las plantas, a las calles, a todo. Y maldijo no tener espacio para fotografiar la fachada del edificio donde se hospedarían.
—Hay una cama matrimonial y una de una plaza. Espero que no te joda dormir con nosotros.
—Ni lo sueñes. Me traigo el colchón para acá…—dijo señalando el living. —y listo. No se preocupen por mí.
—Como vos prefieras.
Dejaron los bolsos, se pusieron los trajes de baño y salieron a desayunar. Luego, a la playa. El sol brillaba en el cielo y según el chofer del taxi, debían aprovechar porque al día siguiente llovería. Caminaron unas cuadras hasta una especie de cafetería y se sentaron a comer algo. Sandra se sorprendió de ver que no había muchos negocios, ni shoppings, ni demasiada gente dando vueltas. Cecilia le explicó que aquel barrio era más residencial y que era justamente esa tranquilidad lo que les había gustado tanto. Le explicó de la división entre Jureré Tradicional y el Internacional; hablaron de los precios, de las playas. Una vez que terminaron, avanzaron por la Avenida SC-402 que luego se convirtió en Rodovia Sobrinho, hasta la playa. El sol para las diez de la mañana ya picaba y las hacía transpirar.
—Guau…—fue lo único que dijo Sandra mientras se quitaba las ojotas para sentir la arena en sus pies. Una arena muy muy diferente a la que recordaba de Mar del Plata. ¡Y el agua! El agua era… ¿Transparente? ¿Y las olas? ¿Dónde estaban?
—La única macana de esta playa es que no hay mucha sombra. Nos vamos a calcinar.
—No importa. ¡Es hermosa!
—Vamos más allá, vení.
Avanzaron hacia la izquierda y extendieron una manta debajo de un pequeño árbolito. Sandra no podía dejar de contemplar el mar, los barquitos que se encontraban amarrados más allá; algunos ya estaban en el agua y otros con kayaks, internados mar adentro.
—¿Sabés nadar? —le preguntó Cecilia.
—Sí. Cuando era chica fui a clases de natación. Mi abuela le tenía pánico al agua así que quiso que yo aprendiera por si acaso. —Se quitó los lentes y observó el panorama con sus propios ojos sin ningún tipo de impedimento.
—¿Vamos al agua? —Cecilia ya se había quitado el vestido y la miraba ansiosa.
—Sí. —Sandra se puso de pie e hizo lo mismo. Cuando se levantó la remera, su amiga soltó una leve risa que hizo que detuviera sus movimientos. —¿De qué te reís?
—¿Malla enteriza? ¿Posta?
—¿Qué tiene? —Sandra prosiguió y se quitó también los pantalones cortos. Una vez que estuvo lista, sacó el protector de la mochila y….
—¡Ya! —Cecilia la tironeó y la arrastró hasta el agua.
—Ey… déjame ponerme protector.
—¡Dejate de joder! Ahora te ponés, date un chapuzón primero…
Cecilia correteó y cuando el agua llegó a sus pantorrillas, pataleó empapando a su amiga que venía detrás. Avanzó un poco más y se zambulló. Sandra hizo lo mismo enseguida. El calor era insoportable.
—Dios… no me había dado cuenta de que hacía tanto calor.
—¿Por qué pensás que te apuré?  No pensaba esperar quince minutos a que te embadurnaras de crema. No, nena.
—Igual, ahora deberíamos ponernos. El sol nos va a matar.
—¡Deja de ser tan abuelita! —volvió a zambullirse—¡Disfrutá!
Sandra sonrió e hizo lo que su amiga le pedía. Disfrutar. En el agua se olvidó de todo; del negocio, del profesorado, de Juan Manuel y de Sebastián. De su pasado, de su identidad. De todo. El mar, como había leído alguna vez, tenía propiedades buenísimas, entre tantas, una era la reducción de la ansiedad. Y en verdad, estando ahí, sí que se sentía más relajada y tranquila.
Salieron al cabo de dos horas. Se pusieron protector y se sentaron a disfrutar de la vista.
—Más tarde te vas a probar una de mis bikinis.
—¿Qué? No, no. Yo traje las mías.
—¿Bikinis?
—Algo parecido. Creo que se llaman tankinis.
—Eso es como una malla enteriza.
—En dos partes.
—No, no. Yo quiero que uses bikini. Algo como esto. —y señaló la suya.
—¿Para qué? Yo me siento cómoda con esta.
—No es por comodidad que la usás.
—Bueno, la uso porque no quería gastar plata en comprar una nueva. —se rio ella sola.
—¿Por qué no bikini? —preguntó sin hacerle caso al comentario.
—Porque… no me quedan bien.
—Ah, ¿sí? Y que es lo que no te gusta, ¿se puede saber?
—Ay, Cecilia. Vine de vacaciones. No me sermonees.
—No te estoy sermoneando. Te estoy preguntando porque creo conocer el motivo por el cuál no usás bikini. Tenés un cuerpo lindo, armónico. ¡Animate!
—¡¿Qué decís?! Tengo el culo lleno de celulitis. Y la panza llena de estrías. Y, no te olvides que gracias a las golosinas del negocio subí como ocho kilos estos dos años. Si no son más, no me pesé últimamente.
—Dale… ¿En serio, me decís?
—Yo no tengo tu edad, nena. Ya lo mío está en default.
—Tenés treinta y cuatro. No, setenta. ¿Por qué no probás?
—Dios mío. ¡Sos una quema coco!
—No. Quiero que abras lo ojos, que salgas de esa nube de viajazo que te rodea. Ya te dije, mi objetivo en este viaje es que vuelas a reírte como lo hacíamos en el taller. ¿Te acordás?
—Sí, que me acuerdo.
Lo que Cecilia no entendía era que su tristeza o melancolía no sólo se debía a Sebastián. La pérdida de su abuela también había sido un golpe fatal para su corazón. Estaba sola, perdida…
—Por eso. Vamos, San. Vamos a salir de ese agujero interior; como dice la canción.
—Lo voy intentar.
—Bien. Porque tengo una lista de actividades para que hagas.
—Ah, mirá. Te viniste preparada.
—¡Súper preparada! Y en estos cinco días, voy a lograr traer a mi Sandra de vuelta a la vida.
Almorzaron en la playa y alternaron el sol y la sombra. Se metieron al mar tantas veces como quisieron mientras que comentaban detalles de sus vidas. Cecilia no paró de hablar de la casa que habían ido a ver y Sandra comentó sobre la llamada de su papá en Navidad. Regresaron al departamento cerca de las siete de la tarde. Se bañaron y no cenaron. Una vez que se recostaron, el sueño las venció.
—Buen día. —Cecilia ya estaba levantada y tomaba mate en el balcón que daba a una callecita de tierra.
—Buenos días… ¿Cómo dormiste?
—Como un angelito. No le cuentes a Pablo, pero cuando duermo sola, duermo mucho mejor.
—Yo extrañé mis almohadones.
—Llevate los de los sillones, esta noche, si querés.
—Sí. Lo voy a hacer.
Se sentaron a contemplar la mañana mientras compartían el mate. Sandra pensaba en que no había hablado con Juan Manuel y que debía escribirle. Se levantó y buscó su celular. Le envió una foto del desayuno y otras del día anterior. Enseguida, le respondió con una llamada.
—Hola. Pensé que te habías olvidado de mí. —le reclamó. Recién ahí cayó en la cuenta de que no se había comunicado con él para nada.
—¡No! Es que ayer estuvimos todo el día en la playa.
—Ah, ¿sí? ¿Y qué tal?
—Es hermoso, Juan.
—¡Qué bueno! Me alegro por ustedes. ¿Siguen desayunando? ¿Qué planes tienen? ¡Vicky! ¡Arriba! Perdón. Está dormilona no se quiere levantar.
—Creo que ningún plan. Descanso. Se viene un tormetón por acá. ¿Allá?
—Sol radiante.
—Ay, mándamelo. —Juan rio.
—Te extraño. —le confesó.
—Yo… también.
—Mentirosa. ¡Qué me vas a extrañar! Te dejo así te seguís divirtiendo con tu amiga. Un beso.
¿Era un chiste? ¿O…?
—Un beso, Juan. Después hablamos.
—Chau.
Sandra se quedó con el celular en la mano desconcertada ante el comentario de Juan Manuel. Debió haber preguntado o haberse reído al menos como para que quedara bien en claro que era una broma. En eso pensaba cuando Cecilia volvió a sentarse a su lado, con el termo lleno y el mate renovado.
—¿Juan?
—Seh…
—Bien. Siendo el primer día de este viaje…. Bueno, el segundo, porque ayer te dejé en paz.
—Dejá de hablar tanto y cebá mate.
—Bueno, bueno… Acá va. Primero, antes que nada…Quiero que dejes de pensar en Juan o en Sebastián. Quiero que te concentres en vos. En lo que vos querés. Ya diste el primer paso al haberte venido conmigo. Ahora, vamos por más. Sobre la cama te dejé todos los trajes de baño que tengo. Te los vas a probar… y te vas a poner uno hoy. Esa malla te la ponés en otro momento, conmigo acá, no.
—Sos insoportable, ¿nunca te lo dijeron?
Después de los mates Sandra hizo lo que Cecilia le pidió. A pesar de que estuvo negada al principio una vez que comenzó con las pruebas, las risas y las carcajadas inundaron el departamento. Las nubes negras habían decorado el cielo así que aprovecharon para divertirse dentro.
—Esa te queda pintada.
—¿Sí? —Sandra giraba e intentaba mirarse la cola en el espejo.
—Sí. Yo no sé de qué celulitis estás hablando… ¡Tenés mejor culo que yo, hija de puta!
—¡Callate! Bueno… me quedo con esta.
—Perfecto.
Pidieron comida y almorzaron en la cama mirando una película. Las dos lloraban con “Yo, antes de ti” cuando el teléfono de Cecilia sonó.
—Hola…—la voz gangosa de Cecilia hizo tentar a Sandra que había puesto pausa y se llevaba los platos a la cocina. —¿Cómo estás? En Brasil, sí. Jureré, se llama la playa. ¿Vos? ¿En serio? ¡No me digas! —Sandra regresaba y le hacía gestos para saber de quién se trataba. Cecilia apartó el celular y lo puso en altavoz.
—Sí. Vinimos con Tami a Canasvierias. —Le bastó con la primera palabra para reconocer su voz.
—Estás re cerca, Seba. —Cecilia abría los ojos grandes y levantaba los hombros en señal de desconcierto, mientras observaba a su amiga con atención.
—Sí. ¿Y Pablo? ¿Qué hace? Con este día debe estar roncando.
—No estoy con Pablo. Él llega el domingo.
—¿Te viniste sola?
—No, no. Con una amiga. —Sandra le hacía gestos para que no le dijera que se trataba de ella.
—¿Qué amiga?
—No la conocés. Es una secretaria del trabajo…
—Ah. Okey. Che… —bajó la voz y se oyó una puerta cerrarse de fondo. —¿Sabés algo de Sandra? —Cecilia sonrió. Se alegró de que su primo no la defraudara. Lo había puesto en alta voz a propósito para que Sandra oyera; siempre, cada vez que hablaban, Sebastián preguntaba por ella. El corazón de Sandra se detuvo ahí mismo. En un acto reflejo se sentó en la punta de la cama y apretó el cobertor con fuerza.
—¿Para qué querés saber?
—Sabés que siempre quiero saber cómo está. ¿Tenés alguna noticia? ¿Sigue con el tipo ese?
—Sí.
—¿Y está enamorada? ¿Te habla de él?
—Poco y nada. No hablamos mucho, la verdad. —Sandra la fulminó con la mirada.  
—Bueno.
—¿Por qué viniste con Tami? Pensé que…
—Es muy largo y no me entenderías.
—Tenés razón. No te entiendo. Ni a vos ni a Sandra. —dijo con la mirada fija en su amiga.
—¿Qué querés que haga? ¿Qué la siga esperando como un boludo? No, Ceci. Yo no soy un nene como ella cree. Después de los mensajes que te conté, me di cuenta de que no va a funcionar. Tengo que mirar para otro lado.
—Los dos son unos nenes. Unos nenes caprichosos.
—Yo lo intenté. Estoy cansado. Ella hizo su vida. Yo tengo que hacer la mía. ¿O no? —a lo lejos una voz femenina lo reclamaba—¡Voy! Te dejo. Después hablamos y vemos de juntarnos. Estamos cerquita.
—Chau, Seba. Un beso.
—Gracias por ponerlo en alta voz. —la amonestó Sandra. —Y no me habías dicho que sabías de los mensajes.
—Vos tampoco me lo contaste. —le devolvió el palo.
—No era nada importante.
—Sí, cómo no. —revoleó los ojos—No sabía que estaba en Brasil. Y menos que menos con esa boluda. ¡No la soporto!
—¿Es la novia?
—Seh… Van y vienen.
—¿Retomamos la peli? —se giró y tomó el control remoto.
—¿Estás bien?
—Sí.
¡No! Claro que no estaba bien. Para nada.
Cecilia se echó hacia atrás y apoyó la cabeza en la almohada pensando que, a pesar del avance de esa mañana, de las risas y la diversión, su amiga volvía hacia atrás. Ella, que había pensado que la conversación sería de otra manera; Sebastián siempre que le hablaba de Sandra le decía cuánto la extrañaba. En este caso, le había salido el tiro por la culata y ahora debía remar en dulce de leche para sacarla de ese lugar en el que ella misma la había puesto.
—Perdóname. —le dijo con pesar.
—No es nada.



6 comentarios:

  1. Muy bueno, espero pronto el próximo,me quedé con muchas dudas!!

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  2. Por diiiioooosssss cuando el proximooo estoy que me arranco los,pelos... me encanta esta historia.....

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  3. hola!hermosa historia, muy ansiosa por el proximo capitulo, espero que puedas subir mas seguido.
    felicitaciones me gusta mucho lo que escribis

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  4. Siempre nos dejas con ese sabor de gusto a poco, queriendo más!!!!❤️

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  5. Esta Sandra es terrible!!! Y Ceci una pica cesó jajajajaja. La amo

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  6. Ceci se pasó, y Sandrita que pretende? Pobre Sebas, no tiene porque seguir esperando, ella lo dejo

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