miércoles, 11 de marzo de 2020

LUC: Capítulo 9: Vacaciones.



“Nunca pensé que en la felicidad hubiera tanta tristeza”
Mario Benedetti.

No tenía pensado viajar ni tomarse vacaciones. Debía preparar unos finales que había dejado para febrero. Con el material dispuesto sobre la mesa, realizaba resúmenes y hacía anotaciones. Había quedado con unos compañeros para encontrarse antes de la fecha para repasar juntos. En eso estaba, compenetrada con la Historia de la Edad Media cuando el teléfono la sobresaltó. Creyó que sería Juan Manuel que la llamaba todos los días desde Mendoza donde se había ido a vacacionar con su hija después de año nuevo. Sin embargo, cuando vio la cara de Cecilia en la pantalla se sorprendió.
—¡Hola!
—¡Hola, San! ¿Cómo andas?
—Bien, ¿y vos? ¡Qué raro llamándome!
—Te llamé porque necesitaba hablar con vos urgente.
—¿Qué pasa?
—Viste que Pablo y yo nos íbamos a ir unos días a Brasil.
—Sí…
—Bueno, al final él se tiene que quedar a resolver unas cuestiones y viaja unos días después de la fecha que quedamos.
—Ajá. ¿Y?
—Y… quisiera pedirte que me acompañes.
—¿A Brasil?
—¡Sí! Serían unos cinco días solas y si no te jode quedarte con Pablo y conmigo, serían diez en total. Alquilamos un departamentito en Florianópolis. Ya está pago. Incluso creo que hasta podemos transferirte el pasaje de avión. Solo deberías pagarte la vuelta. ¿Qué me decís?
—¿De cuánto estamos hablando?
—No sé. Habría que fijarse. Pero… ¿Querés?
—Querer quiero. Me encantaría conocer Brasil, pero acordate que, para mí, las vacaciones son jodidas. No levanto mucha plata en el negocio y, además, Romina está de vacaciones. Debería cerrar definitivamente.
—Bueno, pensalo. Te llamo esta noche y me respondes. Nos iríamos el jueves que viene.
—¿Pasado mañana?
—Sí. Si me decís que sí hoy, mañana Pablo soluciona lo del pasaje.
—Bueno…
—Bueno, te llamo cerca de la noche.
—No, no. Voy.
—¿Sí?
—Sí.
—¡Qué alegría! ¡La vamos a pasar bomba!
—Seguro que sí. Corto que voy a llamar a la depiladora para pasar mañana.
—¡Dale! San…
—¿Qué?
—¡Gracias! ¡Sos lo más!
—Ustedes, lo son. Gracias por pensar en mí.
—¿Y en quién más? Te adoro, un beso.
—Vamos hablando, chau. Y yo también te adoro.
Su vida empezaba a cambiar. Bueno, en realidad había empezado a hacerlo dos años atrás cuando decidió abandonar el taller y anotarse en el Joaquín V. González. Siempre le había fascinado la historia; enseñar, no tanto, pero apenas arrancó, se le hizo difícil no imaginarse frente a un aula, explicando todo lo que había aprendido. Esa tarde en que llevó los papeles y le informaron la fecha de comienzo, su vida tomó otro rumbo. Sí, seguía triste y destrozada por la separación con Sebastián, pero estaba convencida de que con el tiempo todo pasaría. Se encargó de llenar su vida de proyectos, de movimiento, de idas y venidas. Nunca dejó que la tristeza invadiera sus días. Montó el negocio, aprendió a manejar y se compró el coche. Todo venía mejorando hasta que volvió a verlo en el colectivo aquel domingo. Después llegó Juan Manuel y su dulzura, y gracias a su compañía había creído que tenía frente a sí la oportunidad de dejar todo atrás. Pero no. Aún seguía prendada del celular y de los mensajes que habían compartido en Navidad cuando él le había confesado que la extrañaba.
A pesar de haberse enojado con ella misma en varias oportunidades, no podía negar que las palabras de él habían inundado su corazón de esperanza. Sin embargo, cuando pensaba en aquello, en la posibilidad de volver a estar juntos, se convencía a sí misma que no debía alentar esos sentimientos porque de seguro, saldrían los dos lastimados. Ya lo había intentado y… acá estaba.
Y ahora, que Cecilia le daba la oportunidad de viajar, tomaría estas vacaciones para recapacitar sobre su relación con Juan Manuel. Últimamente se sentía cada vez peor. Después de haber intercambiado esos mensajes con Sebastián sentía que lo engañaba, que lo traicionaba. No quería jugar con él, pero… lo estaba haciendo. Ella se sentía comprometida con su relación y claro que le debía respeto y sinceridad. Necesitaba aclararse a sí misma, si podría o no, continuar con el plan de enamorarse de Juan Manuel.  Pensar en él, hizo que tomara el teléfono y le escribiera un mensaje; debía avisarle lo de sus repentinas vacaciones.
            Hola, Juan. En cuanto puedas, llamame.
Necesito contarte algo. Un beso.
Salió del chat y se dirigió a la agenda de contactos. Buscó el número de la depiladora y la llamó para concretar un turno para el día siguiente, sin falta. Después, salió a la vereda y le tocó timbre a Leonardo. Él también había cerrado unas semanitas para descansar; la noche anterior habían regresado de Córdoba.
—Hola, San. —saludó Fernanda, la mujer de Leo desde el balcón. —Ya te abro.
—Okey.
Al cabo de unos minutos la puerta de chapa se abría y aparecía Fernanda con el bebé en brazos. Se saludaron con un beso y subieron.
—¿Querés algo para tomar?
—Bueno. Lo que tomés vos está bien.
—Estoy tomando tereré. Con este calor no me da para el mate.
—Te acompaño. —le dijo Sandra y se asomó a la cuna donde había depositado al bebé. —¡Está enorme!
—¿Viste? Y come como un lechón.
—Está precioso. ¿Y Leo y la princesa?
—En la habitación, durmiendo la siesta. Con el aire en 22°, tapados con las sábanas. ¿Podés creer?
—Hace mucho calor.
—Demasiado. Vos… ¿Qué contás?
Sandra entre mate y mate, le comentó sobre las novedades sobre su viaje, de la repentina invitación de su amiga. Y le explicó lo que necesitaba de parte de ellos.
—Quisiera dejarles la llave para que prendan las luces y rieguen las plantitas. Y, si llegan a cortar la luz que me controlen la heladera.
—¡Claro! Contá con eso. ¿Cuántos días te vas?
—Diez.
Dos horas más tarde regresó a su casa más tranquila y se dedicó a ordenar el placar para, de paso, seleccionar la ropa que llevaría. En eso estaba cuando Juan Manuel la llamó.
—¿Cómo estás? Me sorprendió tu mensaje. ¿Todo bien?
—Sí. Quería contarte que pasado mañana me voy a Florianópolis con Ceci.
—¿A Brasil? Pero… pensé que no ibas a ir a ningún lado. Que, como Romina está de vacaciones…
—Sí. Eso había pensado, pero resulta que Pablo viaja después y Ceci me pidió si la acompañaba los primeros días.
—¿Y cuándo volvés?
—Este domingo no, el otro. Son diez días. —Ya había decidido quedarse la estadía completa.
—Bueno… ¿Qué te puedo decir? Me hubiese gustado que nos vayamos nosotros unos días. Pero, bueno. ¡Divertite mucho!
—Gracias, Juan. ¿Vos volvés el viernes?
—No, el sábado a la noche. Aunque… si vos no vas a estar, voy a hablar con Emilia para quedarnos un poco más. A Vicky le encanta.
—Me parece una muy buena idea.
—¿Hablamos mañana?
—Sí. Un besote.
—Chau.
Arrojó el celular a la cama y continuó con lo que estaba haciendo. Acomodó por un lado las prendas que le gustaría llevarse y por otro, las que quedarían guardadas en el placar. Una vez terminada la preselección, eligió las más lindas para llevarse a Brasil. Entre elección y elección, le preguntaba a Cecilia acerca del clima, de la playa y de lo que ella llevaría para ponerse. Se acostó cerca de las doce de la noche después de comer un sándwich de queso.
El miércoles llegó y la encontró cenando en la casa de su amiga para poder ir juntas hacia Ezeiza después de las 12 del jueves. El auto de Sandra quedaría en la cochera que alquilaba Pablo hasta su regreso. A la una y media de la madrugada, subieron las valijas al auto y se dirigieron al aeropuerto para tomar el avión que saldría a las cinco de la mañana. En el camino, él les iba explicando dónde se encontraba el departamento y les daba detalles de las instalaciones.
—El lunes estoy por allá. No conseguí un vuelo antes. —les dijo al despedirlas después de hacer el check in.
—Nos vemos. —se despidió Sandra con un beso y un abrazo. —Gracias por invitarme.
—Gracias por acompañar a Ceci. Nos vemos en unos días.
Pasaron inmigración, rieron de las caras de Sandra mientras avanzaba y descubría cosas nuevas y se sentaron a esperar a abordar no sin antes recorrer el free-shop y probarse todos esos perfumes que jamás compararían.
—¿Tenés miedo? —se burló Cecilia en un ataque de risa al escuchar la confesión de Sandra sobre el avión y los posibles accidentes.
—Un poco, sí. ¡No te rías! A mucha gente le pasa. Y por mala, si nos caemos y sobrevivimos voy a votar para que te coman a vos primero. —se burló y Cecilia estalló en una carcajada.
—¡Ya sé que muchos tienen miedo! Pero tranquila. No es nada. ¿Sabías que se muere más gente en accidentes de coche que de avión?
—Ah, ¿sí? Mirá vos.
Charlaron sobre las pocas experiencias aéreas de Cecilia y luego dirigieron la conversación a lo que harían una vez en Floripa. Sandra se aflojaba de a poco y dejaba que el espíritu alegre de su amiga, invadiera el suyo para acoplarse a él.
—Nos vamos a divertir tanto, San. Y espero que, con este viaje, recuperes a la Sandra que dejaste ir.
—Ay, Ceci… ¿No te cansás de repetirme siempre lo mismo? Parecés mi mamá.
—De verdad. Quizás estas vacaciones logren hacerte ver que, estando así, tan… amargada, no vas ni para atrás ni para adelante.
—No estoy amargada.
—Sí, que lo estás. ¿Por qué no volvés a terapia?
—No me dan los horarios entre el negocio y el profesorado.
—Excusas. Me preocupa, Sandra. De verdad.
—Tranqui. Yo estoy bien.
—Ja. Si, claro.
—De verdad. Con Juan estoy muy bien, muy tranquila… el negocio viene bien. Aprobé casi todas las materias de segundo. ¿Qué más le puedo pedir a la vida? —Cecilia la miró fijo y se mordió los labios en señal de desaprobación. —Y ahora, mirá, me estoy yendo a Brasil.
—Entonces… si ya no hay nada que le puedas pedir a la vida, como decís. ¿Por qué seguís con esa mirada triste? ¿Por qué siempre te quedás en silencio o, te perdés en tus pensamientos? Yo sé qué es lo que te falta para ser feliz. Bah, quién, sería la palabra adecuada.
—Te voy a dar un dato. ¿Sabías que para ser feliz no se necesita de una pareja o de un amor? Tenemos que ser feliz con nosotros mismos, con lo que somos y tenemos. Porque… si esa persona te falta, ¿Qué? ¿Qué vas a hacer? ¿Nunca más podrías ser feliz? No. No hay que amarrar la felicidad a nadie.
—Guau. Súper hermosa esa teoría y la aplaudo de pie. Pero… ¿Vos te la creés?
—Claro.
—Ah, sí. Y… ¿Vos no creés que si estuvieras con Sebas las cosas no serían mejor? Que te sentirías plena, completa.
—Lo dudo.
—¡Dios mío! —Cecilia se llevó las manos a la cabeza—Perdoname, San, pero… ¡Qué hipócrita que sos!
—¿Por qué hipócrita? Dudo que, si estuviera con tu primo, sería verdaderamente feliz. ¿Acaso alguien lo es? No. Siempre nos falta algo. Nos basta con llegar a conseguir eso que tanto queríamos para darnos cuenta que necesitamos otra cosa. Y así estamos. En la rueda loca, corriendo como hámsteres detrás de la supuesta felicidad.
—Estás dando vuelta todo.
—No.
—¡Sí! Me enumerás todas las cosas que tenés pero tu cara, tus ojos, no expresan ni un poquito esa supuesta felicidad que decís tener. ¿De qué estás hablando? Te estás mintiendo a vos misma. Admití que lo único que te falta para levantarte todas las mañanas sonriendo es a mi primo.
—Ay, Ceci. Por favor.
—Lo seguís amando, yo lo sé. Y, aunque estés empeñada en continuar con Juan Manuel, tarde o temprano vas a terminar dejándolo.
—Juan me encanta.
—Puede ser. Pero no es, ni será Sebastián. Yo pensé que, si encontrabas a alguien especial, lo olvidarías. Me empeñé en lograrlo. Pero… ya veo que fue al pedo.
—¿Ese no es nuestro vuelo? —le preguntó para salir de esa charla.
—Sí, sí. Vamos.
Subieron al avión y ya no hablaron más. Cecilia la observaba de reojo mientras Sandra miraba todo con ojos vacíos. La conocía bien y sabía que aún estaba enamorada de su primo. Quería hacerla reaccionar. Si la relación con Juan hubiese modificado algo en ella, no hubiese dicho nada. Sin embargo, los meses pasaban y su amiga se empeñaba en continuar con aquella locura donde tres personas saldrían lastimadas. Sandra, Juan Manuel y Sebastián.

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