“Bioquímicamente, el amor es igual que comer grandes
cantidades de chocolate.”
John Milton. Pactar con el diablo.
—¡Qué buena onda que es Leo! —comentó
Sebastián mientras se quitaba la campera y la colgaba en el perchero de la
habitación de Sandra.
—Es lo más.
—Y Romina también me cayó muy bien.
—Sí… me di cuenta. Se la pasaron
haciendo chistes.
—¿Qué sabés de Ceci y de Pablo? A mi
no me respondieron.
—Estaban en la clínica. Me dijo que
me iban a avisar apenas supieran… Aún nada. —apoyó el celular sobre la mesa de
luz y comenzó a sacarse las zapatillas.
—¿Cómo estás? —le preguntó y se sentó
a su lado. No habían tenido tiempo de conversar demasiado en la fiesta sorpresa
que Leo había organizado para ella en su casa.
—Rara. Un día muy… extraño. —se puso
de pie.
—¿Te vas?
—Ahora vengo. Quiero mostrarte algo.
—regresó con el sobre de papel madera que Aníbal le había dado esa mañana.
—¿Qué es esto? —preguntó mientras lo
recibía.
—Mi papá me dejó la casa y se fue a
vivir a Rosario. —A Sebastián ese “mi papá” le llamó poderosamente la atención,
pero no dijo nada. Se dedicó a sacar los papeles y a colocarlos sobre la cama.
—¿Se fue?
—Sí. Obvio que le eché en cara el
quilombo que armó para quedarse con todo y después, ¿para qué? Para irse en cuatro
meses. No lo entiendo.
—¿Y estas fotos?
—Estaban junto con los otros papeles.
—Sebastián sonrió ante los cachetes inflados de Sandra en las primeras fotos y
se rio a carcajadas con su flequillo de la adolescencia. —¡Basta! ¡Suficiente! —Sandra
se las arrebató y las guardó en el cajón de la mesa de luz. —No sabía que las
tuviera.
—¿Y cómo te sentís con su actitud?
—Rara. Lloré mucho esta mañana.
—meditó lo que diría y después de un silencio que Sebastián le respetó,
preguntó—; ¿Está mal que lo perdone?
—¿Querés perdonarlo? —Él siempre
lograba hacerla repensarse todo.
—Quiero dejar todo el dolor atrás.
Quiero empezar de nuevo, con vos… mejor parada, sin tantos rencores encima.
¿Estoy equivocada?
—No, San. Al contrario. Me parece lo
más sano.
—¿Tu mamá perdonó a tu papá alguna
vez?
—Mi vieja vivió perdonándolo. Hasta
que se murió y… bueno, se dio la oportunidad de ser feliz.
—Vos me dijiste que amar no es
sinónimo de andar perdonando todo.
—No. Lo que yo dije fue que no
perdonamos exclusivamente porque amamos o viceversa.
—Yo perdoné porque necesitaba
perdonar.
—Me parece muy bien. Ahora… ¿Puedo
darte mi regalo?
—¿Otro? —sonrió Sandra.
—Sí. La camperita la eligió Cecilia,
pero yo conseguí algo que quiero que disfrutemos esta noche.
—¿Disfrutemos? ¿El regalo es para mí
o para los dos?
—Es para vos… —saltó de la cama y fue
hasta la cocina— pero… si querés convidarme, no me enojo. —Regresó con las
manos en la espalda escondiendo una bolsa de regalo. —Cerrá los ojos, mete la
mano y decime qué es.
Sandra le hizo caso y tanteó el
contenido de la bolsa. No necesitó mucho para darse cuenta que lo que sus manos
sentían a través del envoltorio, eran rectángulos de chocolate; su chocolate favorito.
—¡Block! —abrió los ojos y delante de
ella, apareció un kilo de chocolate con maní. Sonrió feliz porque en verdad no
había nada que le gustara más que aquel dulce. —¡Es el mejor regalo! —lo abrazó
y besó con rapidez, ávida de devorarse un pedacito de esa exquisitez.
—¿Me vas a convidar?
—Obvio que… ¡No! Es mi regalo.
—Está bien… está bien…—dijo él
ofendido.
—No, vení. Te convido, pero con una
condición.
—¿Cuál?
—¿Hacés un cafecito?
—Dale. Ahora vengo.
Conversaron hasta que el sueño los
venció. La lluvia acarició sus oídos durante la madrugada y los llevó a dormir
acurrucados. Sandra, muy fiel a su costumbre, se despertó en medio de la noche
y salió de la cama sedienta. Antes de salir de la habitación, lo observó
despatarrado en la cama y sonrió feliz. El cuadro era perfecto. Él entre sus
sábanas, la lluvia del otro lado de la ventana y el chocolate con maní sobre la
mesa de luz.
—Buenos días…
—¿Hay que ir a trabajar? —refunfuñó
Sebastián.
—Sí. ¡Arriba! ¡Dale, que vas a llegar
tarde!
Sebastián salió del baño y la
encontró sentada en la mesa del comedor, con el desayuno preparado. La besó en
los labios y se detuvo un largo tiempo acariciando su mejilla.
—Estás hermosa.
—¡Tonto! ¡Dale, come algo!
—¿Qué planes hay para hoy?
—Vamos a lo de Cecilia y Pablo a la
noche.
—Ah, ¿sí? ¿Y eso por qué?
—Nos invitaron a cenar.
—Bueno… ¿Y no mencionaron nada de
ayer?
—No. Sólo que estaba todo bien. Sin
detalles.
—Mmm. Sospechoso.
Desayunaron envueltos en una tranquilidad
que cada vez les gustaba más y más y que les costaba soltar cuando les tocaba
despedirse para ir cada uno a sus puestos de trabajo.
—¿Qué vas a hacer con la casa?
—No sé. No lo pensé. Hoy voy a ver en
qué condiciones quedó.
—¿Ya te anotaste en el Joaquín?
—El mes que vienen es la inscripción.
Tranquilo que no me voy a olvidar.
—Bueno… ¿Nos vemos a la tarde?
—Dale. ¿Voy para tu casa y salimos de
allá?
—Claro que sí. Espero salir temprano.
—le dio un beso en la boca y se despidió de ella, que aún seguía en pijamas.
Antes de subirse, y con la puerta abierta le gritó; —¡Te amo!
—Yo también. —le arrojó un beso
volador y lo observó hasta que se perdió en la esquina.
Se bañó, se peinó, guardó una muda de
ropa en la mochila para cambiarse en lo de Sebastián. Salió a tomarse el
colectivo y aunque aún el temor a que la volvieran a asaltar la rondaba, caminó
hasta la parada sin apurar el paso. Llegó al negocio y mientras levantaba la
persiana, oyó que la llamaban por teléfono. No llegó a atender, pero enseguida
volvió a sonar.
—Ceci… ¿Estás bien?
—¡Sí! ¿Cómo estás?
—Bien. Abriendo el negocio. ¿Vos?
—En casa.
—¿No trabajas hoy?
—Emmm… no.
—Ah, ¿Seguís descompuesta?
—Un poco, sí. Hoy vienen, ¿no?
—Sí, mi vida. Te dije que íbamos.
Seba sale y vamos para allá.
—¿Podrías venir vos sola más
temprano?
—Si, creo que sí… ¿Por?
—Necesito hablar con vos. A solas.
—Me deberías haber llamado más tarde,
nena. Ahora voy a estar pensando en lo que me vas a decir todo el maldito día.
—No es malo, tranquila. ¿Te espero?
—Sí. Pero… adelan…—Y Cecilia le
cortó.
Llegó, después de explicarle a
Sebastián varias veces que no pasaba nada, que estaba todo bien pero que su
amiga la había citado con anterioridad y nada más. Tocó timbre y del otro lado,
Cecilia le dijo que ya bajaba. Unos pocos minutos y su amiga emergía del
ascensor. Mientras avanzaba, Sandra iba pensando qué podría decirle que fuese
tan importan…
—¡Estás embarazada! —le gritó cuando
ella abrió la puerta para recibirla.
—¡Sí! —Sandra la abrazó tan fuerte
que Cecilia se quejó. —¿Cómo supiste?
—No lo sé. Ay, amiga… ¡Qué alegría!
—Ay, Sandra… tengo mucho miedo.
Necesitaba que vengas antes porque… ¡Ahora te cuento todo!
Sandra lloró cuando Cecilia le
confesó que quería que fuese la madrina de su bebé. Y también le dijo que esa
noche le pedirían a Sebastián que fuese el padrino. Se abrazaron varias veces
hasta que Pablo llegó con la cara resplandeciente de felicidad. Sonreía a
través de cada poro.
—¡Felicitaciones! —lo abrazó y le
dijo; —Yo sabía. Ese día que viniste a buscar el teléfono al taller, lo supe.
Supe que ibas a ser muy importante en la vida de mi amiga. Gracias por hacerla tan
feliz.
—Gracias a vos por darme su número
sino… hubiese sido imposible. Sos nuestra hada madrina. Y ahora, madrina de
nuestro bebé, también. —ella no pudo evitar volver a emocionarse.
Sebastián lloró igual o más que
Sandra cuando, durante la cena, le contaron las buenas nuevas. Brindaron
felices los cuatro por todos los cambios que se vendrían en la familia. Pablo
sacó el helado y sirvió para todos.
—¡Tengo un antojo! —gritó Cecilia
desde la cocina mientras lavaba las copas.
—¡No te abuses! —le contestó Pablo. —Tenés
antojos cada cinco minutos. Eso no puede ser normal. —dijo y todos rieron.
—Quiero comer… chocolate con maní.
—¿En serio? —preguntó Sebastián y le
guiñó un ojo a Sandra.
—Sabés que justo tengo unos pedacitos
en la cartera… —agregó ella y fue en busca de la bolsita hermética donde había
guardado algunos cuadraditos de chocolate para el viaje y se los regaló a su
amiga.
—¡Mmmm!
Sí, definitivamente. Si alguna vez alguien
pregunta a qué sabe la felicidad: a chocolate con maní.

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