“Lo que aceptes completamente te hará sentirte en paz,
incluyendo la aceptación de que no puedes aceptar, de
que te estás resistiendo.”
Eckhart Tolle.
—¡Que los cumplás feliz! ¡Que los
cumplás, Sandrita, que los cumplas feliz! —cantó Romina y obligó a soplar la
velita clavada en un alfajor. —¡Treinta y cinco!
—Si volvés a repetirlo, te echo.
—¡Ey, que susceptible! Pensé que la
relación con Sebastián había mejorado tu humor. Pensé que este cumpleaños sería
diferente, pero… me equivoqué.
—No me gusta cumplir años. Ya lo
sabés. Sin embargo, seguís haciendo la misma rutina cada año y preguntando las
mismas boludeces.
—Bueno… bueno… me salgo de la zona de
combate. ¿Cómo viene la mañana?
—Muy tranquila. ¿Vos? ¿Tus cosas?
—Todo bien. ¿Hago mate?
—Ya está todo listo.
Había dos clientes esperando mientras
una chica se decidía a comprar el regalo del día del niño, que sería el domingo
siguiente. Romina salió de atrás con el segundo cambio de yerba y le dio una
mano para que pudieran sentarse de una vez. Cuando el último se retiró, la
puerta volvió a abrirse y dejó a las dos estupefactas. Aníbal se abrió paso
entre la mesa repleta de juguetes que habían armado en el centro y se acercó a
ellas. Traía un bolso y un sobre en la mano.
—Buenas…
—Hola. Ya mismo te doy la plata del
alquiler. —Enseguida, Sandra desapareció para ir hasta la caja y traer el monto
exacto. Quería que se fuera lo más rápido posible. Maldijo haberse olvidado de
pagarle antes.
—Gracias. —dijo él cuando recibió el
dinero. Sandra se llevó las manos al bolsillo del pantalón nerviosa e incómoda con
la presencia de él ahí. ¿Por qué no se iba? Se preguntó.
—Bueno… —empujó la palabra de su
boca, esperando que él hiciera lo mismo con su cuerpo y lo trasladara fuera del
negocio.
—Me gustaría hablar con vos, si puede
ser. —el tono que usó estaba muy lejos de aquel altanero que había tenido la
última vez en que se cruzaron.
—Bueno, está bien. Hablá.
—A solas… —Romina que alternaba la
mirada entre los dos con el mate en la boca, atenta al espectáculo, entendió el
comentario; apoyó todo en el mostrador y salió.
—Estoy al lado.
—Okey.
Cuando Romina despareció, Aníbal
apoyó el bolso en el piso y se acercó a ella. Los separaban no sólo muchas
golosinas y galletitas sino años de soledades, de reclamos, de dolor. Sandra, fastidiada
ante el silencio y la cámara lenta de la situación, agarró el mate y se sirvió
uno como para hacer algo. Como para llenar el tiempo y el espacio.
—Me voy. —dijo él y esperó la
reacción de Sandra. —Un amigo me consiguió un trabajito en Rosario. Hay casa y
comida.
—Bien. ¿Vas a vender la casa de la
abuela? ¿Eso es lo que me viniste a decir?
—No. —extendió la mano y le entregó
un sobre de papel madera doblado a la mitad. —Es tuya. Hace lo que quieras con
ella.
—¿Cómo? ¿Qué dijiste? —preguntó
Sandra incapaz de interpretar lo que le estaba diciendo. —Pero… si no hace ni
siquiera cuatro meses que te mudaste…
—Ya lo sé.
—¿Me estás diciendo que yo me tuve
que mudar y hacer malabares para que vos en cuatro meses te fueras como si nada
hubiese pasado?
—Sandra… perdóname. No fui el mejor
padre… lo sé.
—¿El mejor padre? Nunca fuiste uno.
—Sí. Tenés razón. Sabes que… sos
igual a tu abuela. No sólo por el parecido físico sino también su modo de ir
para adelante, siempre luchando. Solo que, al contrario de vos, mi madre veía
bondad en todas las personas.
—Oh, yo también la veo. Bueno… en
casi todas.
—En ese sobre están todos los
papeles. Y te dejé algunas cosas que quizás te gustaría ver. Me voy.
—Chau…
Aníbal se detuvo en la puerta del
negocio y se giró para observarla por última vez. Jamás le volvió a hablar de
su enfermedad ni tampoco mencionó que su llegada a Buenos Aires había sido
solamente para pasar sus últimos años junto a su hija. La encontró enojada,
dolida y eso, sumado a los malos consejos de los supuestos amigos, hicieron que
las cosas empeoraran y ya, no hubo marcha atrás. Tampoco el último parte del
médico había ayudado. Lo mejor sería irse por donde había venido. Estaba
decidido. Aunque… jamás se lo diría. Ahora entendía a quién había salido tan
orgullosa.
—Feliz cumpleaños, Sandra. —le dijo y
se fue.
Ella se quedó parada con el sobre en
las manos y con la mirada perdida detrás de la puerta. Esa despedida… ese modo
de hablar, la llevaron a decir en voz alta y sin pensarlo;
—Cuidate, papá.
Romina llegó unos minutos después y
la encontró observando un sobre como si fuese oro.
—¿Qué quería?
—Me dejó la casa y se fue.
—¿¡Qué!?
—Eso. Se fue a vivir a Rosario.
Sandra abrió con cuidado y ojeó lo
que había dentro. Escrituras, algunas declaraciones juradas y allá abajo unas
fotos. Metió la mano, las sacó y las observó. No pudo evitar sonreír ante la
primera imagen; era ella de bebé con su mamá y su papá. Los dos sonreían
felices iluminados por la juventud de sus días. No parecían tristes ni
compungidos por su nacimiento; al contrario. La alegría que traspasaba el papel
y le llegaba como una caricia, la sorprendió.
Pasó a la siguiente, ya no estaba su
madre y en cambio eran solo su papá y ella delante de la torta de su primer
añito. La próxima: ya no se encontraba él junto a ella en el cumpleaños numero
cinco, sino que eran sus abuelos, Hilda y Osvaldo, quienes la sostenían sobre
una silla. La sensación de ir perdiendo miembros de la familia con cada pasada,
le dolió bien adentro.
Llegó a la última fotografía. Ella
más adolescente, cuando se había dejado crecer el flequillo. Ese flequillo
horrible que su abuela tanto le había criticado por habérselo cortado ella
misma una tarde encerrada en el baño ¿Cómo había llegado esa foto a Aníbal?
Giró y leyó el dorso. Era la letra de su abuela;
Sandrita ya es
toda una mujer. Crece bella y hermosa. Es educada, amable. Aunque tiene tu
carácter podrido, no puedo negarlo. Aún así, sé que ve va a ser una mujer de
bien y sé que vos también deseas que sea muy feliz. ¿No es cierto, hijo?
Apenas salgas,
venite a vernos. Estamos solitas y nos haría muy feliz que decidas estar con
nosotras.
Te ama, mamá.
Sandra entendió que su abuela siempre
había sabido de la situación de su papá y supo también, porqué jamás se lo
había contado. Ya cargaba suficiente resentimiento hacia él como para agregarle
una razón más para odiarlo. Aunque… el saber que su papá conservaba fotos de
ella, había ablandado su corazón que de a poco, había ido derritiéndose cada
vez más. Tal y como había pasado con su mamá, día tras día y con la ayuda de
Sebastián ahora, iba dejando atrás ese dolor que marcó su vida. Que signó sus
decisiones.
—¿Estás llorando? —le preguntó Romina
y pasó el brazo por debajo del de Sandra. —¡Los treinta y cinco vinieron con
todo! —bromeó.
—¡Callate, nena! —se secó las
lágrimas y guardó de nuevo las fotos en el sobre. Al meterlas, descubrió un
papel doblado y enseguida lo sacó y lo abrió. Era una carta de su papá para
ella el día de su cumpleaños numero quince.
Sé que no tengo
perdón de Dios. Abandonarte fue la cosa más difícil que me tocó hacer en mi
vida. Cada día me arrepiento de mi decisión, pero, sin embargo, cada día me
alejo más y más de ustedes. Con cada kilometro recorrido hacia el lado
contrario, menos cara tengo para golpear las manos frente a tu casa. Hoy, hija mía,
cumplís quince años y quiero decirte que…
Y hasta ahí llegaba el texto. No
había nada más. Giró el papel y se encontró con cuatro oraciones escritas en
lapicera y con la prolijidad con la se escribe estando en calma. Con muchos
años y experiencias encima.
En ese momento no
supe qué decirte. Hoy, cumplís treinta y cinco. El deseo de tu abuela y el mío
se cumplió el día en que naciste. Siempre serás mi hija.
Papá.
En ese mismo momento Sandra lo
perdonó. Lo perdonó como había perdonado a su mamá y a sus medio hermanos por
no querer verla. Lo perdonó como perdonó a su abuela, minutos atrás, por
ocultarle la verdad sobre él. Lo perdonó como Hilda lo había perdonado aún
habiéndola condenado a no volver a verlo. Lo perdonó como la perdonó Juan
Manuel tácitamente después de haberlo engañado en Brasil. Lo perdonó como la
perdonó Sebastián y lo aceptó con amor, como él la había aceptado a ella. Con
sus luces y sus sombras.
Lo perdonó porque el perdón libera.
Suelta.

El mejor capítulo...me hiciste moquear! Que virtud saber perdonar, no es fácil tenerla, sostenerla cuando nos han hecho daño pero que liberador es ponerla en práctica! Espero que en los dos últimos capítulos Anibal y Sandra tengan momentos para disfrutarse!!Gracias Eri.
ResponderEliminaryo no lo perdono, hubiera vuelto hablado con la verdad y listo, en lugar de eso jugo a ser el amo del mundo, le saco la casa y la hizo sufrir. cuando se esta muriendo se acuerda que tiene una hija
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