UNA BOTELLA ESCONDIDA
NADIA
–Mamá. ¡Mira eso! –Ben
extendió el brazo y señaló un edificio altísimo. No era muy especial, a decir verdad,
simplemente contaba con la majestuosidad de un lugar nuevo y desconocido–¿Qué
es? –preguntó y no supo qué decirle. No lo sabía o no lo recordaba. Se encogió
de hombros y le sonrió–. ¿Dónde iremos?
–A tomar el tren
primero, y luego un autobús–respondió ella.
–¿Falta mucho para
llegar?
–Un par de horas,
quizás.
–Este viaje es
larguísimo, pero me gusta lo que veo.
–Me alegra, cielo. Me
alegra.
Nadia se perdió entre
los vehículos, las personas y los edificios de aquella ciudad que la había
visto nacer y que la había albergado por diecisiete años. Todo parecía distinto
a sus ojos, pero pensó que no eran los cambios de afuera sino ella misma que
había cambiado. Ya no era la adolescente que había huido de su casa y que veía
el mundo con rebeldía, ni la jovencita que había decidido mudarse a Canarias,
persiguiendo un sueño. Ahora era mucho más y debía luchar cada día para seguir
siéndolo.
–Aquí estamos–dijo el
conductor del taxi.
–Perfecto. Muchas
gracias.
Nadia pagó y descendió
del auto con los bolsos en la mano. Ben a su lado, igual que ella, observaba la
fachada de la estación de Atocha, desde lejos. Era imponente: con su cúpula de
hierro y vidrio, las paredes de piedra. Cruzaron y a medida que iban
acercándose los detalles cobraron vida; el globo terráqueo y la bandera
española flameando en el cielo. Ninguno de los dos habló. La presencia del
lugar los había dejado mudos. Y una vez dentro, otro espectáculo se desplegó
delante de sus ojos.
–¿A qué hora sale el
tren, mamá?
–En una hora.
–¿Podemos recorrer la
estación?
–¡Claro!
Y hacia allí fueron.
Nadia tuvo que hablarle sobre el atentado del 11 de marzo de 2004 en el que
muchos perdieron la vida en ese mismo lugar. Sabía que Ben tendría muchas
preguntas, pero no decía nada y en cambio escuchaba atento. Los dos, tomados de
la mano, leyeron algunas de las frases que permanecen como recordatorio de
todos los que ya no están. Conmovidos, se apresuraron para tomarse fotos en el
jardín tropical que alberga la estación. Cuando faltaba poco para el horario,
se acercaron al andén para dirigirse hacia Alovera.
–¿En qué piensas,
cariño? No has dicho nada por un largo rato.
–¿Dónde estabas tú
cuando fue el ataque? –quiso saber.
–Tenía doce años y no
vivíamos cerca de aquí. Madrid es muy grande, hijo. Mucho más grande que
Palmas.
–¿Pero lo recuerdas?
¿Conocías a alguien de esa lista?
–Lo recuerdo, sí. Fue
un día muy triste. Yo no conocía a nadie, pero algunos vecinos sí habían
perdido a sus amigos o parientes–Ben se rascó la cabeza y se acomodó en el
asiento–¿Estás bien?
–Sí. ¿Con que este
tren va a más de 200 kilómetros por hora?
–Así es. Estaremos en
Alovera, rapidísimo.
–Qué bueno. Estoy un
poco cansado.
–¿Tienes hambre?
–No. Cuéntame del
padrino. ¿Cómo se conocieron?
10 años atrás
Los días comenzaron a
pasar en Alovera como si se tratasen de un tren eléctrico. En parte se debía a
que en verdad me encantaba vivir con Margarita y otro poco al trabajo que había
conseguido gracias a una de sus amigas. No había tenido demasiado tiempo de
pensar en mi familia cuando un retoño crecía dentro de mí y debía visitar al
médico y hacerme controles cada mes. Mi abuela estaba radiante y esperaba
ansiosa la llegada de mi hijo. Ya nos habíamos enterado de que estaba esperando
un varoncito. El mismo día en que supe que se trataba de Benjamín y no de
Lola–nombres que había pensado hasta el hartazgo–, envié una pequeña esquela a
casa de mis padres, tranquilizándolos.
Me hubiese encantado
decirle a mi hermana dónde me encontraba y con quién, pero no podía. No tenía
fuerzas de enfrentarme a sus miradas, a sus juicios. Como había dicho
Margarita, me estaba haciendo cargo de lo que había hecho; mi hijo, poco a
poco, se convirtió en mi universo entero, en la razón de mi vida. Nada me
importaba más que él.
–Buenos días –saludé a
León, el dueño del negocio donde ayudaba con la contabilidad. Había empezado
limpiando y poco a poco me fue dando más responsabilidades.
–¡Nadia! Ese niño está
a punto de salir o… ¿me parece a mí?
–Ya falta muy poco, sí
–acaricié mi vientre gigante y sonreí.
–No deberías haber
venido, entonces. Ya te he dicho que puedo solo.
–No. No puede –pasé
junto a él y lo besé en la frente. En poco tiempo no solo había recuperado a mi
abuela, sino que ahora contaba con más abuelos que cualquier persona en España.
–Pero te me quedas
sentadita, eh. Nada de limpiar. ¿Oyó?
–Sí, claro.
El mediodía llegó con
una dolorosa puntada en el vientre que hizo que me doblara en dos. Apoyé las
manos sobre la caja registradora y grité tan fuerte que las pocas personas que había
allí, acudieron a mi ayuda. El dolor, las contracciones y el miedo, me
impidieron reconocer al caballero que había ofrecido su auto para alcanzarme al
hospital.
–Señorita… todo irá
bien. Tranquila. Respire.
–¿Bien? ¡Bien y una
mierda! ¡Ahhh! –el hombre sonreía a través del espejo y mi ira crecía a cada
minuto.
–Respire. Vamos.
Seguro que le han enseñado a hacerlo. ¿No ha ido a uno de esos cursos?
–No puedo. ¿No lo ve?
–Entonces, cante
conmigo.
–¿Que qué? ¿Que cante?
¿Qué dice? ¡Se ha vuelto loco! –sin terminar de entender lo que me decía,
comencé a oír su voz por sobre la melodía que sonaba en el estéreo.
–When you try your best, but you don't succeed. When
you get what you want, but not what you need. When you feel so tired, but you
can't sleep. Stuck in reverse. And the tears come streaming down your face.
When you lose something, you can't replace. When you love someone, but it goes
to waste. Could it be worse? Lights will guide you home. And ignite your bones.
And I will try to fix you.
Su voz ocupó todo.
–¿El padrino canta?
–¡Y cómo!
–¿Sigue haciéndolo?
–Deberás preguntárselo tú.
–Lo haré.
El paisaje variaba, pero no lo suficiente como para alterar la atención
de Ben que miraba videos en su celular. A pesar de que Nadia intentó mantenerlo
concentrado en lo que aparecía del otro lado del cristal, no lo logró. Le
permitió ese momento de distracción porque sabía que cuando llegasen a Alovera
todo sería un revuelo. Y así fue.
Atravesaron el portón blanco; el mismo que su abuela había abierto para
ella años atrás, e ingresaron a la casa que hacía meses se encontraba
deshabitada. Después de la muerte de Margarita, había decidido rentarla. José,
su mejor amigo y padrino de Ben, se había encargado del asunto hasta hace un
tiempo atrás que la familia que allí vivía, había regresado a Barcelona.
–Todo está muy
diferente–comentó Nadia al atravesar la puerta–. Aquí la abuela tenía un par de
sillones con una mesa de madera y allí había un cuadro que había pintado el
abuelo–indicó señalando el lugar vacío junto a la ventana–. Veamos la cocina. ¡Oh,
por Dios! ¿Qué es esto? –se horrorizó al ver las paredes de un tono verde
oscuro–¿A quién puede gustarle este color?
–A mí me gusta–expresó Ben
y ella apenas lo miró.
–Dejaremos las cosas aquí e
iremos a sorprender a tu padrino. ¿Qué te parece? Más tarde nos ocuparemos de
todo esto.
–¿Es muy lejos?
–No. Solo unas pocas calles.
De paso, comeremos algo por ahí. ¿Quieres?
–Está bien–se deshizo de la
mochila y el abrigo y caminó hasta la puerta cabizbajo.
–¿Qué ocurre, hijo?
–Debiste avisarles que
vendríamos. Así ya todo estaría listo para nosotros–respondió algo molesto,
cansado.
–Era una sorpresa,
Benjamín. Entiendes lo que eso significa, ¿verdad?
–Lo sé.
–Bien. Déjame revisar unas
cosas y nos vamos.
Nadia comprobó que hubiese
luz y gas y luego salió a la calle para caminar hasta la casa de su amigo.
Estaba segura de que lo encontraría allí. Pero antes, debía llevar a comer a su
famélico hijo al cuál los demonios del hambre, le estaban devorando la ternura
y la alegría.
–Vamos.
Pasar frente al negocio de
don León, llenó de nostalgia su corazón. Ben caminaba a su lado ajeno a todos
los recuerdos que iban azotando la mente y el corazón de su madre y cuánto
luchaba por dejarlos al margen por el momento.
–¡Allí! –Ben corrió hasta
unas mesas y una vez que controló que se tratase de un lugar limpio como le
habían enseñado y se acomodó en una silla.
–Perfecto. ¿Qué quieres
comer?
–¡Cualquier cosa! –expresó
y Nadia no pudo más que sonreír. El mesero llegó enseguida y ordenaron lo más
rápido: una pizza.
El queso se escurría por
entre los dedos de su hijo, pero nada importaba. A Dios gracias, sonreía. Nadia
sintió que por fin lo había recuperado. Con el estómago lleno, podrían
continuar el recorrido hacia la casa de José. Pidió la cuenta y se marcharon
con mejor ánimo y alegría. En el camino, ella le contaba anécdotas que había
vivido junto a él y cuán importante había sido para ambos, durante los primeros
años de su vida.
–¿Y por qué no ha ido a
visitarnos últimamente?
–Creo que porque se ha
enamorado–comentó al pasar.
–¿Y cuando te enamoras
dejas de visitar a tu familia?
–No. Pero en los últimos
años, tu padrino ha tenido que trabajar mucho y a veces no le alcanza para ir a
vernos. Ya has visto qué lejos estamos.
–Sí.
–¡Aquí es! –se detuvieron
en la puerta de una casita sobre la calle Lanzarote con el número 30 junto a la
puerta.
–¿Cómo es que te acuerdas
cuál es? ¡Son todas iguales!
–¿Estás listo? –le preguntó
a su hijo, pero más que a él, se lo preguntaba a ella misma.
–¡Sí! –tocaron el timbre y
esperaron por unos largos minutos hasta que la puerta se abrió.
–¡No es cierto! ¡Esto no
puede ser cierto! –la misma voz que había cantado Fix you, de Coldplay
llegaba a sus oídos como esas canciones que uno no recuerda enseguida, pero una
vez que comienzan a sonar, la melodía y letra aparece fuerte y clara –¡Santa
María y José! Nadia… ¿eres tú?
–¡Sí! Soy yo. ¿Será que vas
a abrirle a tu vieja amiga y a tu ahijado?
–¿Has venido con Ben?
–corrió hasta el portón y abrió. Se abalanzó sobre ellos como una mole y Nadia
no pudo evitar emocionarse ante el contacto. ¡Cuánto lo había echado de menos! –¡Qué
sorpresa! ¿Por qué no me has avisado que venían?
–Porque queríamos
sorprenderte –respondió su hijo con dulzura.
–¡Y vaya si lo han logrado!
¡Pasen! ¡Pasen!
–¿Ves? Una sorpresa–susurró
Nadia, guiñándole un ojo y Ben sonrió como entendiéndolo todo.
La casa de José era un
calco de él y de sus gustos por la música. En un rincón una sala con
instrumentos que pocas veces tocaba. Una pared repleta de discos de vinilo y
posters de bandas que solo él conocía. Los invitó a sentarse en el comedor y
les trajo algo para beber después de darles unos cuántos besos y abrazos más. Ben
se entretuvo mirando las reliquias de su padrino mientras ellos dos,
conversaban unos metros más allá.
–No puedo creer que estén
aquí –extendió la mano y tomó la de ella con cariño.
–¿Cómo has estado? –quiso
saber Nadia. Estaba segura de que él tendría mucho por contarle, pero por dónde
empezar, ¿verdad?
–Bien. Trabajando mucho.
Intentando salir adelante. ¿Ustedes? ¿Qué hacen en Alovera? Jamás imaginé verte
aquí.
–He venido a ver a Becca–soltó
sin vueltas. Nadia era directa.
–¡Oh! –la miró con atención
como esperando que dijera que no era cierto, que era broma– ¿Hablas en serio?
–Sí, hablo en serio.
–Pero… –la observó con
desconcierto.
–Tengo mucho que contarte,
pero primero debemos poner la casa de la abuela en orden. ¿Nos ayudas?
–¿No quieren quedarse
conmigo?
–No, no. Muchas gracias.
Prefiero dormir allí.
–Como tú quieras. La última
vez que estuve, todo funcionaba así que dudo de que haya demasiados problemas.
¿Ben? ¿Hasta cuándo piensas quedarte? –giró en la silla para hablarle a él.
–No lo sé–respondió algo
distraído con los discos y sus portadas–¿Cuándo volvemos, mamá?
–En unos días, hijo. Quizás
una semana.
–Bueno. Pongámonos a
trabajar así luego, organizamos la cena.
–José… ¿Y no hay novedades
aún?
–No se ha comunicado y
prefiero no hablar de ella–Nadia arqueó la ceja y lo miró con fijeza–. No me
mires así.
–Hablarás. Aunque tenga que
obligarte hablarás…–dijo canturreando la canción de Ricky Martín.
–Me había olvidado lo
mandona que eras.
Durante la cena hubo risas,
anécdotas y canciones. José le regaló unas melodías a Ben y hasta le enseñó
algunos acordes. La atención duró lo que el sueño tardó en llegar y vencerlo.
Nadia lo acompañó a la habitación que una vez había sido de los dos y regresó
al comedor junto a su amigo.
–¿Café?
–Dudo que haya… pero…
–abrió la puerta de la alacena y sacó una botella de whiskey.
–¿Lo olvidaron?
–Así parece–José le guiñó
el ojo y ella entendió que era suyo.
–¿Vienes a beber aquí?
–A veces. Pero quiero que
me cuentes de la verdadera razón por la que has venido. Juraste no regresar–se
acomodó en su sitio y abrió la botella.
–Sí, lo sé.
–¿Qué cambió?
–Primero quiero que no te
asustes ni que reacciones mal. Antes de contarte quiero que sepas que estoy
bien.
–¿Qué ocurre, Nadia?
–sirvió unas medidas de whiskey en los vasos que estaban usando. Nadia esperó a
que acabase para soltar;
–Tengo cáncer–José se la
quedó mirando como si le hubiese salido un cuerno de la frente–. Dije que estoy
bien. Es de mamas. Hay muchas posibilidades de recuperación. Solo que…
–Estarás bien–de un trago
se bebió su bebida y apoyó el vaso con efusividad sobre la mesa.
–¡Claro que sí! –ella hizo
lo mismo y sonrió.
–¿Quieres hablar de eso?
–No.
–Este whiskey está bueno,
eh–comentó José segundos después.
–¡Buenísimo!

Me enamoré de ese padrino
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