viernes, 23 de agosto de 2024

ATDLG: Capítulo 22

 



UNA LOCOMOTORA

ALEJANDRO

La medicación ayudaba y mucho. Mucho más de lo que Alejandro había creído. Se levantaba por las mañanas descansado y con energías suficientes para afrontar el día. Continuaba yendo a terapia y había regresado del consultorio de la psiquiatra, contento de saber que todo marchaba como se esperaba. Ahora, la cuestión era descubrir qué ocurría con él para que no pudiera caminar.

Por supuesto, había habido muchos exámenes médicos y estudios específicos que habían evaluado cada parte de su cuerpo poniendo principal énfasis en su cerebro. Nada. No había nada que indicara la razón por la cual no se levantaba de aquella silla. ¿Qué ocurría? Esa parecía ser la pregunta del millón y nadie parecía tener la respuesta.

Alejandro pasaba los días preocupado por su estado y nadaba en aguas turbias cuando creía que jamás lograría volver a ser quien había sido. Sin embargo, cada tanto surgía alguna esperanza, alguna luz en el camino. Quizá como habían dicho Gervasio y Érica, solamente debía destrabar aquello que le impedía andar. ¿Qué era? ¿Un trauma? ¿Miedo? No lo sabía y a diferencia de aquel hombre desahuciado que le había pisado el pie a un niño en plena calle, éste estaba dispuesto a averiguarlo todo.

Poco a poco comenzó abrirse más en las sesiones, a contarle a Gervasio cosas de las que jamás había hablado. Situaciones que habían moldeado su carácter, su forma de ser y su forma de enfrentar la vida. En una de sus tantas charlas, había surgido un tema que, quizá podría ser la punta del ovillo; Alejandro había estado buscando constantemente ser alguien en la vida y esa búsqueda lo había llevado por lugares extraños.

–Y, ¿qué es ser alguien en la vida? –le preguntó con desparpajo mientras bebía de su taza térmica de color azul repleta de calcamonías extrañas.

–Ser alguien es… ser exitoso, tener dinero; tener una casa bonita, en un vecindario bonito.

–Vamos uno a uno. Antes de continuar, una nueva pregunta. ¿Qué es ser exitoso? –volvió a preguntar el psicólogo.

–Ay, Dios–se quejó Alejandro y se cruzó de brazos molesto–. Exitoso es tener cosas. Muchas cosas.

–¿Tener muchos pares de zapatillas es ser exitoso? Más específico, por favor.

–Tener autos, casas, viajar. Tener dinero. Triunfar. Que te vaya de maravillas en lo que haces y poder darle a la familia todo lo que necesita. Y más.

–Okey.

–Los famosos son exitosos, por ejemplo. O los deportistas, los artistas reconocidos–completó.

–¿Y crees que alguien común y corriente como tú, o como yo, no puede serlo?

–No de ese modo, no.

–¿Hay más modos?

–Bueno. Estimo que el científico que descubra la cura del cáncer, se consideraría exitoso también.

–Pero, para ti el éxito es tener dinero.

–Sí. No le veo nada de malo. Es lo que, en definitiva, mueve al mundo. Ese es el parámetro, la escala.

Gervasio lo observaba con atención como queriendo sonsacarle algo más, algo diferente. Alejandro se removió en la silla y preguntó cuánto faltaba para que acabase la sesión.

–¿Quieres irte?

–No, pero siento que quieres que te diga algo en especial y no sé qué es.

–Puedo entender por qué tu noción de ser alguien está ligada a lo económico; una familia muy pobre, bajos recursos, debiste salir de tu país en busca de oportunidades, pero no puedo negar que me molesta que no llegues a otras conclusiones.

–¿Cómo por ejemplo?

–Que ser exitoso en tu caso, debería ser levantarte de esa silla. Y caminar de una buena vez.

–No, eso es distinto. Puedo ser alguien desde aquí.

–Ah, ¿sí? –Gervasio lo miró extrañado y sorprendido por ese comentario. No porque no pudiera serlo; había muchísima gente que lograba su cometido en condiciones incluso más adversas sino porque viniendo de él, era realmente un hallazgo–. Explícate.

–Bueno, yo creo que…

–¡Espera! –lo detuvo–. Quiero que intentes pensar cómo sería ser exitoso desde esa silla de ruedas, pero… sin recurrir al dinero. No quiero que me hables de buenos negocios y de oportunidades económicas, ni de casas bonitas ni nada de esa mierda de la que hablabas antes.

–Mmm… –Alejandro se enredaba en sus propios pensamientos porque no podía llegar a otro punto que no fuese el dinero. Iba a decir justamente eso; que, si el pudiera invertir bien aún postrado en una silla de ruedas, conseguiría todo aquello que había buscado desde siempre. La seguridad económica, que lo respetasen; vivir tranquilo.

–¿Cómo luce la felicidad para ti, Alejandro?

–Luce lejana.

–No, no. ¿Cómo luce? ¿A qué se parece? ¿Cómo se ve? ¿De qué color es? ¿Qué forma tiene?

Se quedó pensando, uniendo las respuestas que intentaba darle que nada tenían que ver con lo que Gervasio buscaba, lo sabía. Y entonces, por fin entendió a lo que su psicólogo apuntaba. Al parecer sus ojos denunciaron su línea de pensamiento porque el hombre de barba apoyó los codos sobre el escritorio, le clavó la mirada y soltó;

–Tienes una versión errónea de ser alguien en la vida. Ya eres alguien, Alejandro. ¿No lo ves? Conseguir cosas, acumular propiedades, bienes… tener un trabajo en el que triunfes… de eso no se trata la cuestión. Debes repensar aquello porque de lo contrario seguirás andando por el camino equivocado; fallando y fracasando, según tus propios parámetros, una y otra vez.

–¿Y entonces? ¿Qué es ser alguien, Gervasio?

–Eso deberás descubrirlo tú mismo.

Alejandro se subió al taxi y en vez de dirigirse a su apartamento, pidió que lo llevaran al bar. Como el lugar se encontraba en la costanera, tuvo que descender lentamente hacía allí y en el camino, mientras avanzaba, pensaba y analizaba la conversación con Gervasio. ¿Qué es ser alguien en la vida? Él le había dicho que ya era alguien, pero no estaba convencido de eso porque toda su vida, su pasado y su presente estaba signado por otra forma de verlo.

Tiempo atrás.

La casa velatorio estaba abarrotada de gente. Todos los compañeros de mi padre habían asistido y en aquel ambiente, junto al féretro, no cabía ni un alfiler. Mi madre, soportaba estoica junto al cajón, cada palabra de aliento, cada abrazo, cada lágrima derramada sobre su hombro sin dejar de acariciar las manos callosas de mi padre.

Yo estaba sentado en un asiento de madera alejado del tumulto junto a la mamá de Esteban que me había traído algo de comer para soportar las horas larguísimas. Mi amigo, dormía con la cabeza apoyada en su regazo.

–Estarán bien, Ale. Ya lo verás–me decía una y otra vez–¡Come, come! –y yo comía aun cuando sintiera que mi estómago estaba igual de lleno que el lugar.

–Lo siento mucho–se acercaban las damas y los caballeros con rostros difusos y desconocidos. Primero saludaban a mi madre y luego, indefectiblemente, venían por mí.

–¡Qué pena tan grande! No se merecía un final así–comentaba uno.

–¡Un hombre tan trabajador! –decía otro.

–Alejandro. Lo siento mucho, hijo. ¡Qué ejemplo de trabajador era tu padre! Ojalá algún día…–agregaba alguien más.

–No hagas caso, Ale–susurraba la madre de Esteban como si entendiese en parte las cosas que se me pasaban por la cabeza en ese momento con mi padre muerto a dos metros de mí–. Debes enfocarte en ser alguien en la vida. Nada más. No más que eso.

–¿Alguien en la vida? –pregunté por fin y abandoné el mutismo de niño doliente.

–Sí. Trabajador… nada más. El trabajo dignifica y con él conseguirás la felicidad.

El recuerdo de la noche en que velaron los restos de su padre, llegó tranquilo como el correr del agua en el río. Lo arrulló y lo envolvió. Desde aquel momento había creído que ser feliz era eso: trabajar, trabajar, trabajar. Con el tiempo le sumó la noción de ganar dinero con eso y conseguir a través de él, la posición que se merecía.

Si pudiera, regresaría al consultorio y le diría que la felicidad, para él, lucía como una locomotora igual a la que conducía su padre.

***

Atravesar la puerta del bar después de meses había sido un esfuerzo descomunal para su salud mental, pero quería hacerlo, debía hacerlo. Hacía días que venía pensando en los gastos, en los medicamentos, en el colegio de sus hijos. Estaba seguro de que Ana y Hugo se habían puesto de acuerdo para llevar adelante el bar y que, gracias a esos dos, nada le estaba faltando.

–¡Alejandro! –la voz de Quique despabiló a Hugo que hacía cuentas sobre la barra del lugar; en la misma posición que había estado él, antes del ACV.

–¡Buenas tardes! –saludó y se acercó lentamente a donde estaban los muchachos. Se alegró de ver el lugar casi repleto de gente.

–No puedo creer que estés aquí–Hugo se abalanzó sobre la silla y allí se quedó unos minutos, incrédulo y emocionado.

–Ni yo–dijo sin faltar a la verdad.

–¿Quieres beber algo?

–Un café estaría muy bien.

–Ven, ven. Vamos hacia aquella mesa.

Quique continuó atendiendo mientras ellos dos se sentaron a conversar alejados del gentío. Alejandro observaba los detalles que no había notado al entrar.

–¡Has hecho un gran trabajo, Hugo!

–Yo solo, no.

–¿Ana?

–Y ¿quién más? Ha estado viniendo todas las mañanas. Se ha ocupado de cambiar el menú, contratar un chef nuevo que cocina no solo lo habitual, sino que, además, hace comidas vegetarianas, veganas y no sé qué otras cosas raras. Sé que está pensando en cambiar la fachada, pintar y reorganizar el espacio, pero aún no tenemos el dinero para hacerlo.

–Ana es especial.

–No sé cómo has soltado a esa mujer.

–Se ha cansado de mí–comentó con desazón; Hugo nada dijo. Y… ¿qué podría decir? –. No sé cómo haré para pagarle todo lo que sigue haciendo cuando no merezco ni una pizca de su ayuda.

–Ana siempre tuvo talento para los negocios solo que nunca la escuchaste–Alejandro suspiró con tristeza–. Bueno, pero… ¿te gusta lo que ves? Hace cuánto no teníamos el lugar así de lleno ¿eh?

–Estoy pensando en que se arreglan mejor sin mí. Creo que no me necesitan para nada.

–No es así y lo sabes–Hugo se puso de pie en busca de los cafés que Quique ya preparaba para ellos sobre la barra–. Todo marcha bien por acá, sí–continuó diciendo y agregó–; Solo faltas tú.

–Solo falto yo–repitió Alejandro con nostalgia intentando huir de los pensamientos oscuros que lo rodeaban en ese mismo momento.

Hugo se encargó de contarle con detalles todo lo que había estado haciendo Ana y de qué manera la asistía. Habló de Quique, quien les había recomendado una muchacha para trabajar junto a él porque debido a la suma de clientes, argumentaba que solo no podía hacerlo. Habló de los números que arrojaban las ventas.

–¿Están trabajando horario completo? –quiso saber, recordando cómo habían tenido que recortar horas tiempo atrás.

–Sí. Desde el lunes pasado abrimos a las seis y media y cerramos a las diez u once de la noche. Hay promociones algunos días de la semana y espectáculos, también.

–¡Guau!

–Ha favorecido el movimiento de alrededor. Han comenzado a construir más hoteles y tiendas; el buen clima ayuda a que la gente salga a caminar y, movidas por la curiosidad de los cambios, llegan hasta el final de la costanera.

–¡Qué bueno!

–Repito. Solo faltas tu–sonrió para no quedar mal con Hugo y decidió que era momento de marcharse.

Alejandro se despidió de Quique y dejó que Hugo lo acompañara a tomarse un taxi para volver a su casa.

–Gracias por acompañarme. Nos vemos.

–Ale. Aquí te estamos esperando. Es tu lugar y siempre lo será.

Se montó al coche y mientras avanzaba por las calles, la tristeza de sentirse un inútil regresó con fuerza. La decisión y el buen humor con el que había despertado esa mañana lo habían abandonado por completo. En ese momento sentía que el éxito, el triunfo, la felicidad volvían a ubicarse en la acera de enfrente. Lejos, muy lejos de él.

La realidad le mostraba que todo se acomodaba si él no estaba presente. No lo necesitaban, no. Al contrario, sentía que volvía ser un obstáculo en la vida de las personas que lo rodeaban.

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