miércoles, 18 de noviembre de 2015

De Moreno a Castelar



—Hoy no me cagan. —O al menos eso pensé.
            Me tomé el tren a Moreno. No quería viajar parado. Ya demasiado tengo que soportar las nueve horas, parado en el negocio como para... No. Me voy a Moreno, me siento y me duermo una siestita hasta Once. Eso fue lo que pensé.
            Al principio, y hasta ayer, juzgaba a todos aquellos que decidían retroceder para poder viajar más cómodos. Los tildaba de boludos. Para mí, estos y aquellos que hacen la tercer cola para tomarse el bondi a su casa son unos boludos. Porque macho; el tiempo que tardas (parado) haciendo la bendita cola, es el tiempo que tardas en llegar a tu casa. Parado en la parada, parado en el bondi. ¿No es lo mismo? Digo, no sé. Así lo veo yo. Pero en fin, lo mismo que apunté de los bondis, se aplica a los trenes. ¿Cómo te vas a ir hasta Moreno, desde Ituzaingó, para viajar a Caballito? No lo podía entender. Hasta ayer.
            Ayer, en un ataque de rabia y repugnancia, me cansé del aliento a huevo y cebolla. Me cansé del chivo, y de los perfumes ácidos y asquerosos. Me cansé de los mal educados que te empujan y no te piden permiso. Me cansé del vendedor que quiere atravesar el pasillo, cuando no cabe ni un alfiler. Me cansé de apretar a las pobres muchachas que no ven en mí, más que a un depravado queriéndolas manosear. En síntesis, me cansé de viajar parado. Bueno, parado, apretado, apostillado, acalambrado, etc., etc.
            Hoy, me tomé el tren a Moreno. Obviamente, viajé sentado hasta la última estación que separa el cono urbano bonaerense, de la capital. Y si. ¿Quién va para ese lado, a las 6:30? Porque, obviamente, tuve que salir una hora antes de casa, para poder hacer semejante movida. Bueno… Entonces, llegué a Moreno a las 6.50. La gran mayoría abandonó la formación y se dirigió a la salida. Otros boludos, como yo, hoy, esperamos sentaditos a que el tren regresara a Once.
            Me acomodé en el asiento, el segundo cerca de la puerta, y saqué el libro de turno que estoy leyendo. Va… que intento leer durante el viaje. Busqué la página marcada con un pequeño doblés en su extremo y cuando me disponía a leer, me entró la duda. Miré hacia ambos lados. Las tres personas que ocupaban el vagón, seguían en sus posiciones. Dos de ellos dormían, y el otro, como yo, miraba su alrededor. ¿Estaría pensando lo mismo que yo? No podría saberlo. Cerré el libro y recapitulé sobre mi duda. Sí. Mi análisis era claro. Tomé mi mochila y abrazándola, me dirigí al medio del vagón. Es decir, a la altura de la mitad de los asientos. No quería estar cerca de la puerta. Todos sabemos lo que significa estar cerca de la puerta. Una embarazada yendo a control, un discapacitado camino a la escuela especial, un anciano al ANSES. No podía permitir que me robaran el tan ansiado asiento. Por él, mi alarma sonó mucho antes, y desconté horas de sueño para conseguirlo. Por eso, me moví rápidamente hacia el medio y me acomodé junto a la ventana. Respiré. ¿Quién llegaría hasta allí? Nadie. Primero deberían ocupar todos los asientos más cercanos a la puerta y recién ahí, me tocaría a mí.
            Miré por la ventana. En 8 minutos saldría mi tren. La gente empezó a ingresar cuando yo había leído apenas tres líneas de mi libro. Se ocuparon todos los asientos rápidamente. ¿De dónde salió tanta gente? Parecen hormigas. Sonreí. Ninguna embarazada, ni madre con niños pequeños que no puedan agarrarse, ni abuelitos, ni…. No. Lo atraje con mi mente. Susi tiene razón, si lo pensás mucho, lo atraes. Un hombre con muletas mirando hacia ambos lados en busca de un lugar. Por suerte, el primer asiento estaba libre. Una señora se corrió y lo ayudó a sentarse. Y sí, nadie se quiso sentar allí. Claramente, todos pensamos igual.
            No alcancé a compenetrarme con la lectura, cuando un llanto desgarrador lo ocupó todo. Creo que la gente del andén siguiente, pudo oírlo también. Levanté la vista. Una mamá embarazada con una niña de no más de dos años, llorando a moco tendido. Un capricho, obvio.  El señor de gorro de la segunda fila, le cedió el asiento. Pobre, no con muchas ganas, se paró. Con la cara larga, se acomodó en el caño junto a la puerta y allí continuó leyendo el diario.
            Tres minutos para partir. La gente se iba acomodando y ya había, fácil, veinte personas paradas en el vagón. Señoras maquilladas, hombres elegantes, albañiles, secretarias, todos  buscaban el mejor lugar y analizaban las caras de los allí sentados, tratando de adivinar en qué estación se bajarían. Ja. ¡Si lo habré hecho!  Confieso que muchas veces, la pegaba. Otras, terminaba putendo cuando me corría de lugar creyendo que aquella rubia se bajaría en Villa Luro, y en la próxima estación se bajaba aquel de anteojos, que estaba en el sitio de donde me había movido.
            Cerraron las puertas, por fin. Por un momento consideré la posibilidad de guardar el libro, e imitar a los de la segunda y tercera fila que ya babeaban y roncaban. O al menos, eso parecía. Pero no, seguí firme con mi plan del boludo del día, y quise avanzar con mi lectura. Tenía que aprovechar mi primer viaje sentado al trabajo. Al fin y al cabo, para cuando llegáramos a Padua o Ituzaingó, no entraría un alfiler. Nadie llegaría hasta mi sitio para pedir mi asiento.
            Paso del Rey. Listo. No hay más lugar donde pararse e ir agarrado de algún cañito. Los altos, pueden tomarse de las manijas colgantes, los petisos han ocupado cada manija. Los que se bajan en la mitad del recorrido, se abarrotaron en la puerta impidiendo el paso a los que suben. Como siempre. Estaba todo lógicamente dispuesto para impedir que una embarazada, o un ancianito llegué hasta mí. Sonreí y agradecí a Dios, haberme convertido en un boludo más. Un boludo que retrocedía para avanzar. Pero… un boludo sentado. Mis piernas me lo agradecían encantadas.
            La felicidad me duró hasta Castelar. Porque no me pregunten cómo, pero cuando levanté la vista de mi libro, tenía a una señora mirándome fijamente con ojos de cordero.  Con esos ojos que te dicen, “No ves que ya soy mayor. Vos sos un chico joven. No puedo viajar parada. Por favor, cédeme el asiento”. ¡La puta madre! Sabía que tenía que haberme dormido.  No pude con mi genio. Si no se lo daba, mi conciencia me lo reprocharía por siempre. No podía ser como el hijo de puta que venía sentado a mi lado, con los auriculares puestos, y haciéndose el que cabeceaba. Mis viejos no me ensañaron eso.
            —Siéntese señora.
            Empujé y me acomodé cerquita de mi tan buscado y ansiado asiento. Rogando que la señora se bajara en Ramos, o Ciudadela. Pero no. No tuve esa suerte. Viajé parado hasta Once, como todos los días, parado, apretado, apostillado, acalambrado. Rodeado de olores irreconocibles, de gente maleducada y de vendedores que intentan pasar.
            Ahora, ya en casa, escribiendo mi experiencia, pienso y agradezco a Dios haber sido un boludo, solamente de Moreno a Castelar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario