—Hoy no me cagan. —O al
menos eso pensé.
Me tomé el tren a Moreno. No quería
viajar parado. Ya demasiado tengo que soportar las nueve horas, parado en el
negocio como para... No. Me voy a Moreno, me siento y me duermo una siestita hasta
Once. Eso fue lo que pensé.
Al principio, y hasta ayer, juzgaba
a todos aquellos que decidían retroceder para poder viajar más cómodos. Los
tildaba de boludos. Para mí, estos y aquellos que hacen la tercer cola para
tomarse el bondi a su casa son unos boludos. Porque macho; el tiempo que tardas
(parado) haciendo la bendita cola, es el tiempo que tardas en llegar a tu casa.
Parado en la parada, parado en el bondi. ¿No es lo mismo? Digo, no sé. Así lo
veo yo. Pero en fin, lo mismo que apunté de los bondis, se aplica a los trenes.
¿Cómo te vas a ir hasta Moreno, desde Ituzaingó, para viajar a Caballito? No lo
podía entender. Hasta ayer.
Ayer, en un ataque de rabia y
repugnancia, me cansé del aliento a huevo y cebolla. Me cansé del chivo, y de
los perfumes ácidos y asquerosos. Me cansé de los mal educados que te empujan y
no te piden permiso. Me cansé del vendedor que quiere atravesar el pasillo,
cuando no cabe ni un alfiler. Me cansé de apretar a las pobres muchachas que no
ven en mí, más que a un depravado queriéndolas manosear. En síntesis, me cansé
de viajar parado. Bueno, parado, apretado, apostillado, acalambrado, etc., etc.
Hoy, me tomé el tren a Moreno.
Obviamente, viajé sentado hasta la última estación que separa el cono urbano
bonaerense, de la capital. Y si. ¿Quién va para ese lado, a las 6:30? Porque,
obviamente, tuve que salir una hora antes de casa, para poder hacer semejante
movida. Bueno… Entonces, llegué a Moreno a las 6.50. La gran mayoría abandonó
la formación y se dirigió a la salida. Otros boludos, como yo, hoy, esperamos
sentaditos a que el tren regresara a Once.
Me acomodé en el asiento, el segundo
cerca de la puerta, y saqué el libro de turno que estoy leyendo. Va… que
intento leer durante el viaje. Busqué la página marcada con un pequeño doblés
en su extremo y cuando me disponía a leer, me entró la duda. Miré hacia ambos
lados. Las tres personas que ocupaban el vagón, seguían en sus posiciones. Dos
de ellos dormían, y el otro, como yo, miraba su alrededor. ¿Estaría pensando lo
mismo que yo? No podría saberlo. Cerré el libro y recapitulé sobre mi duda. Sí.
Mi análisis era claro. Tomé mi mochila y abrazándola, me dirigí al medio del
vagón. Es decir, a la altura de la mitad de los asientos. No quería estar cerca
de la puerta. Todos sabemos lo que significa estar cerca de la puerta. Una
embarazada yendo a control, un discapacitado camino a la escuela especial, un
anciano al ANSES. No podía permitir que me robaran el tan ansiado asiento. Por
él, mi alarma sonó mucho antes, y desconté horas de sueño para conseguirlo. Por
eso, me moví rápidamente hacia el medio y me acomodé junto a la ventana. Respiré.
¿Quién llegaría hasta allí? Nadie. Primero deberían ocupar todos los asientos
más cercanos a la puerta y recién ahí, me tocaría a mí.
Miré por la ventana. En 8 minutos
saldría mi tren. La gente empezó a ingresar cuando yo había leído apenas tres
líneas de mi libro. Se ocuparon todos los asientos rápidamente. ¿De dónde salió
tanta gente? Parecen hormigas. Sonreí. Ninguna embarazada, ni madre con niños
pequeños que no puedan agarrarse, ni abuelitos, ni…. No. Lo atraje con mi
mente. Susi tiene razón, si lo pensás mucho, lo atraes. Un hombre con muletas
mirando hacia ambos lados en busca de un lugar. Por suerte, el primer asiento
estaba libre. Una señora se corrió y lo ayudó a sentarse. Y sí, nadie se quiso
sentar allí. Claramente, todos pensamos igual.
No alcancé a compenetrarme con la
lectura, cuando un llanto desgarrador lo ocupó todo. Creo que la gente del
andén siguiente, pudo oírlo también. Levanté la vista. Una mamá embarazada con
una niña de no más de dos años, llorando a moco tendido. Un capricho,
obvio. El señor de gorro de la segunda
fila, le cedió el asiento. Pobre, no con muchas ganas, se paró. Con la cara
larga, se acomodó en el caño junto a la puerta y allí continuó leyendo el
diario.
Tres minutos para partir. La gente
se iba acomodando y ya había, fácil, veinte personas paradas en el vagón.
Señoras maquilladas, hombres elegantes, albañiles, secretarias, todos buscaban el mejor lugar y analizaban las
caras de los allí sentados, tratando de adivinar en qué estación se bajarían.
Ja. ¡Si lo habré hecho! Confieso que
muchas veces, la pegaba. Otras, terminaba putendo cuando me corría de lugar
creyendo que aquella rubia se bajaría en Villa Luro, y en la próxima estación se
bajaba aquel de anteojos, que estaba en el sitio de donde me había movido.
Cerraron las puertas, por fin. Por
un momento consideré la posibilidad de guardar el libro, e imitar a los de la
segunda y tercera fila que ya babeaban y roncaban. O al menos, eso parecía.
Pero no, seguí firme con mi plan del boludo del día, y quise avanzar con mi
lectura. Tenía que aprovechar mi primer viaje sentado al trabajo. Al fin y al
cabo, para cuando llegáramos a Padua o Ituzaingó, no entraría un alfiler. Nadie
llegaría hasta mi sitio para pedir mi asiento.
Paso del Rey. Listo. No hay más
lugar donde pararse e ir agarrado de algún cañito. Los altos, pueden tomarse de
las manijas colgantes, los petisos han ocupado cada manija. Los que se bajan en
la mitad del recorrido, se abarrotaron en la puerta impidiendo el paso a los
que suben. Como siempre. Estaba todo lógicamente dispuesto para impedir que una
embarazada, o un ancianito llegué hasta mí. Sonreí y agradecí a Dios, haberme
convertido en un boludo más. Un boludo que retrocedía para avanzar. Pero… un
boludo sentado. Mis piernas me lo agradecían encantadas.
La felicidad me duró hasta Castelar. Porque no me
pregunten cómo, pero cuando levanté la vista de mi libro, tenía a una señora
mirándome fijamente con ojos de cordero.
Con esos ojos que te dicen, “No ves que ya soy mayor. Vos sos un chico
joven. No puedo viajar parada. Por favor, cédeme el asiento”. ¡La puta madre! Sabía
que tenía que haberme dormido. No pude
con mi genio. Si no se lo daba, mi conciencia me lo reprocharía por siempre. No
podía ser como el hijo de puta que venía sentado a mi lado, con los auriculares
puestos, y haciéndose el que cabeceaba. Mis viejos no me ensañaron eso.
—Siéntese señora.
Empujé y me acomodé cerquita de mi
tan buscado y ansiado asiento. Rogando que la señora se bajara en Ramos, o
Ciudadela. Pero no. No tuve esa suerte. Viajé parado hasta Once, como todos los
días, parado, apretado, apostillado, acalambrado. Rodeado de olores
irreconocibles, de gente maleducada y de vendedores que intentan pasar.
Ahora, ya en casa, escribiendo mi experiencia, pienso y
agradezco a Dios haber sido un boludo, solamente de Moreno a Castelar.

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