Fermín jugaba a dos puntas. Con
las dos puntas de un mismo pañuelo. Lucía y Ana eran hermanas y compartían mucho más que el factor sanguíneo y
los genes. Compartían a Fermín. Obviamente, no lo sabían. Se enteraron hace dos
días.
—Te
dije que tenías que traer otra muda de ropa.
—Bueno,
me olvidé. ¿Y ahora, qué hago?
—No
sé. Déjame pensar. —Daba vueltas por la habitación. —… encima ni un buzo
trajiste. Nada. Sos una boluda.
—Bueno…
pará de criticarme y ayúdame a levantarlo.
—¿Pero cómo te vas a
olvidar el bolso con la ropa?
—¡Bueno!
Termínala. ¿Me vas a dar una mano?
Se acercó y entre las dos
arrastraron a Fermín hasta la cortina de baño que habían traído de su casa, sin
que Manuela se diera cuenta, y que habían extendido minuciosamente minutos
atrás.
—¿Lu…?
—cuando por fin se encontraron con la mirada, fue directo al grano. — ¿Dónde lo
conociste?
—Dijimos que no íbamos a
hablar de los detalles.
—Sí.
Ya sé. Pero quiero saber.
—¿Para
qué? Ya está.
Lucía soltó el cuerpo de repente
y el sonido hueco revotó entre las cuatro paredes de aquel hotelucho en Zona
Sur. La madrugada las cobijaba, las apañaba y los gemidos opacaban su accionar.
Nadie se hubiese imaginado lo que
ocurría en la habitación número 16.
—Contestáme,
Lucía.
—No. ¡Dale! Déjate de joder. Ayúdame. —Intentó
volver a su tarea. —No sé qué come este pibe…
esta pesadísimo.
—Hasta
que no me digas, no.
—Ay
Dios. Sos insoportable.
—No
te cuesta nada. ¿Dónde lo conociste?
—En
lo de un amigo.
—¿Qué
amigo?
—Ramiro.
—¿Freire?
—No sé el apellido. —Refunfuñó—
¿Seguimos? Dale que son las 4:15. El
turno se termina a las 6. Y hay que…
—Bueno.
—Aunque no se quedó conforme, prosiguió con su tarea. Tomó los brazos de Fermín
y los apoyó sobre su cuerpo tieso. Giró el cuerpo desnudo y vio como su hermana
esbozaba una sonrisa, al ver su trasero peludo. Lo enredó en la cortina a lunares y extrajo la
cinta de embalar.
—Pará.
—Ay,
estúpida. Me asustaste. ¿Qué?
—¿Cómo
vamos a hacer para bajarlo y ponerlo en el coche?
—¿Eh?
—Digo…
¿Cómo carajo lo vamos a bajar? Vos te das cuenta que estamos en el tercer piso.
¿No?
No hablaron por unos segundos. En
cambio, se dejaron caer en el piso junto a Fermín. Con los ojos bien abiertos, buscaban de respuestas y soluciones.
—No
pensamos en eso. —Ana se puso de pie. Se estiró buscando relajar los músculos
contraídos de su espalda y se sentó en el borde de la cama. —¡Qué pelotudas!—exclamó
al tiempo que se llevaba las manos a la cara.
—La verdad que sí.
—¿Y
ahora, qué hacemos?—Su voz comenzó a temblar y los nervios ramificados,
entraban en estado de shock. —Nos van a agarrar. ¡Nos van a agarrar! Yo sabía… Vos y tus ideas
de mierda…
—¿Mi idea? ¿En serio? No te hagas la Santa… porque bien que agarraste
la almohadita y no te tembló el pulso…
—Shhh.
¡Callate! Bajá la voz.
—A
mi no me callás. Soy tu hermana mayor. Me respetás, pendeja. ¿Oíste?
—Si…
Mi hermana mayor. ¡Ja! Cogiéndose a mi novio.
—Ah...
¡No! Sos una cara rota. Encima que…
Discutieron como cuando eran
pequeñas, y peleaban por un juguete, una golosina o un regalo. Las palabras iban y venían y no se percataban
del cadáver yaciendo a unos pocos pasos.
El cuerpo sin vida de Fermín las observaba expectante desde un extremo
olvidado momentáneamente. Lucía cortó por lo sano y dejó que Ana se desahogara.
Le permitió putearla y maltratarla. Sabía que así, se calmaría. Al fin y al cabo, era la más chica y aquel en
el piso, su primer novio.
—¿Terminaste?
Son las 4:45. Tenemos una hora y quince minutos para ver qué carajo hacemos con
este hijo de puta. Y… haceme el favor… deja de llorar.
—No
quiero.
—Madura.
—Déjame
en paz, mogolica.
—Dale.
¿Qué hacemos?
—No
sé. Dejémoslo ahí. Que lo encuentren más tarde…
—Sí,
claro. Y con él, nuestras huellas. No. Hay que ponerlo en la cama otra vez.
—exclamó al tiempo que lo desenredaba y los lunares aparecían otra vez. Parecía que sabía lo que estaba haciendo.
—¿Me
estás jodiendo?
—No.
Dale. Vení. Agarralo de los pies.
—Me
da asco. Vistámoslo primero.
—No.
No hay tiempo.
Ana resopló varias veces en vano.
Había que hacerlo. Con la mirada fija en
la pared, agarró los pies pesados de Fermín y ayudó a su hermana a ponerlo
sobre la cama.
—Menos
mal que bastó con la almohada. Imagínate
si hubiésemos utilizado el cuchillo…
—Sí.
No sé si me hubiese animado eh…
—Ay,
no. Yo tampoco. ¡Qué asco! Estaría todo lleno de sangre.
—Agarrá
tus cosas.
—¿Para?
¿Qué vamos a hacer?
—Te
vas a arrodillar en el baño y hacé como que estás en un ataque de nervios. ..
Yo voy a llamar al portero y le voy a decir que Fermín tuvo un ataque mientras…
bueno… Vos sabes. Vos y yo…
—No.
No puedo. No me van a creer. Mejor…
Quédate vos. Yo bajo. Vos actúas mejor que yo.
—Es
mi idea. Bajo yo.
—Siempre
me cagás, vos.
—No
me rompás las bolas y hacéme caso.
Ajustaron los detalles y se
despidieron.
Lucía dejó a su hermana en la
habitación y caminó rápidamente, casi corriendo, hasta el ascensor. Había que
actuar desde el primer momento. No sabía si habría cámaras en los pasillos. Una
vez dentro, se tapó la cara, simulando llorar. Siguió paso a paso, el plan
armado. Detuvo el ascensor, según lo acordado, se desarregló el pelo y se
desacomodó aún más la ropa. Por último, se
refregó los ojos, antes de que la puerta se abriera en la planta baja. Despeinada
y a los gritos avanzó hasta la recepción.
—Alguien
que me ayude. Lo mató. Lo mató. Mi
hermana mató a mi novio.

Nooooooo!!!! Muy buenooo!
ResponderEliminar