jueves, 12 de noviembre de 2015

Lucía y Ana



Fermín jugaba a dos puntas. Con las dos puntas de un mismo pañuelo. Lucía y Ana eran hermanas y  compartían mucho más que el factor sanguíneo y los genes. Compartían a Fermín. Obviamente, no lo sabían. Se enteraron hace dos días.
                —Te dije que tenías que traer otra muda de ropa.
                —Bueno, me olvidé. ¿Y ahora, qué hago?
                —No sé. Déjame pensar. —Daba vueltas por la habitación. —… encima ni un buzo trajiste. Nada. Sos una boluda.
                —Bueno… pará de criticarme y ayúdame a levantarlo.
                —¿Pero cómo te vas a olvidar el bolso con la ropa?
                —¡Bueno! Termínala.  ¿Me vas a dar una mano?
Se acercó y entre las dos arrastraron a Fermín hasta la cortina de baño que habían traído de su casa, sin que Manuela se diera cuenta, y que habían extendido minuciosamente minutos atrás.
                —¿Lu…? —cuando por fin se encontraron con la mirada, fue directo al grano. — ¿Dónde lo conociste?
                —Dijimos que no íbamos a hablar de los detalles.
                —Sí. Ya sé. Pero quiero saber.
                —¿Para qué? Ya está.
Lucía soltó el cuerpo de repente y el sonido hueco revotó entre las cuatro paredes de aquel hotelucho en Zona Sur. La madrugada las cobijaba, las apañaba y los gemidos opacaban su accionar.  Nadie se hubiese imaginado lo que ocurría en la habitación número 16.
                —Contestáme, Lucía.
                 —No. ¡Dale! Déjate de joder. Ayúdame. —Intentó volver a su tarea. —No sé qué come este pibe…  esta pesadísimo.
                —Hasta que no me digas, no.
                —Ay Dios. Sos insoportable.
                —No te cuesta nada. ¿Dónde lo conociste?
                —En lo de un amigo.
                —¿Qué amigo?
                —Ramiro.
                —¿Freire?
                —No sé el apellido. —Refunfuñó— ¿Seguimos?  Dale que son las 4:15. El turno se termina a las 6.  Y hay que…
                —Bueno. —Aunque no se quedó conforme, prosiguió con su tarea. Tomó los brazos de Fermín y los apoyó sobre su cuerpo tieso. Giró el cuerpo desnudo y vio como su hermana esbozaba una sonrisa, al ver su trasero peludo.  Lo enredó en la cortina a lunares y extrajo la cinta de embalar.
                —Pará.
                —Ay, estúpida. Me asustaste. ¿Qué?
                —¿Cómo vamos a hacer para bajarlo y ponerlo en el coche?
                —¿Eh?
                —Digo… ¿Cómo carajo lo vamos a bajar? Vos te das cuenta que estamos en el tercer piso. ¿No?
No hablaron por unos segundos. En cambio, se dejaron caer en el piso junto a Fermín.  Con los ojos bien abiertos,  buscaban de respuestas y soluciones.
                —No pensamos en eso. —Ana se puso de pie. Se estiró buscando relajar los músculos contraídos de su espalda y se sentó en el borde de la cama. —¡Qué pelotudas!—exclamó al tiempo que se llevaba las manos a la cara.
                —La verdad que sí.
                —¿Y ahora, qué hacemos?—Su voz comenzó a temblar y los nervios ramificados, entraban en estado de shock. —Nos van a agarrar.  ¡Nos van a agarrar! Yo sabía… Vos y tus ideas de mierda…
                —¿Mi idea? ¿En serio? No te hagas la Santa… porque bien que agarraste la almohadita y no te tembló el pulso…
                —Shhh. ¡Callate! Bajá la voz.
                —A mi no me callás. Soy tu hermana mayor. Me respetás, pendeja. ¿Oíste?
                —Si… Mi hermana mayor. ¡Ja! Cogiéndose a mi novio. 
                —Ah... ¡No! Sos una cara rota.  Encima que…
Discutieron como cuando eran pequeñas, y peleaban por un juguete, una golosina o un regalo.  Las palabras iban y venían y no se percataban del cadáver yaciendo a unos pocos pasos.  El cuerpo sin vida de Fermín las observaba expectante desde un extremo olvidado momentáneamente. Lucía cortó por lo sano y dejó que Ana se desahogara. Le permitió putearla y maltratarla. Sabía que así, se calmaría.  Al fin y al cabo, era la más chica y aquel en el piso, su primer novio.  
                —¿Terminaste? Son las 4:45. Tenemos una hora y quince minutos para ver qué carajo hacemos con este hijo de puta. Y… haceme el favor… deja de llorar.
                —No quiero.
                —Madura.
                —Déjame en paz, mogolica.
                —Dale. ¿Qué hacemos?
                —No sé. Dejémoslo ahí. Que lo encuentren más tarde…
                —Sí, claro. Y con él, nuestras huellas. No. Hay que ponerlo en la cama otra vez. —exclamó al tiempo que lo desenredaba y los lunares aparecían otra vez.  Parecía que sabía lo que estaba haciendo.
                —¿Me estás jodiendo?
                —No. Dale. Vení. Agarralo de los pies.
                —Me da asco. Vistámoslo primero.
                —No. No hay tiempo.
Ana resopló varias veces en vano. Había que hacerlo.  Con la mirada fija en la pared, agarró los pies pesados de Fermín y ayudó a su hermana a ponerlo sobre la cama.
                —Menos mal que bastó con la almohada.  Imagínate si hubiésemos utilizado el cuchillo…
                —Sí. No sé si me hubiese animado eh…
                —Ay, no. Yo tampoco. ¡Qué asco! Estaría todo lleno de sangre.
                —Agarrá tus cosas.
                —¿Para? ¿Qué vamos a hacer?
                —Te vas a arrodillar en el baño y hacé como que estás en un ataque de nervios. .. Yo voy a llamar al portero y le voy a decir que Fermín tuvo un ataque mientras… bueno… Vos sabes.  Vos y yo…
                —No. No puedo. No me van a creer.  Mejor… Quédate vos. Yo bajo. Vos actúas mejor que yo.
                —Es mi idea. Bajo yo.
                —Siempre me cagás, vos.
                —No me rompás las bolas y hacéme caso.
Ajustaron los detalles y se despidieron.
Lucía dejó a su hermana en la habitación y caminó rápidamente, casi corriendo, hasta el ascensor. Había que actuar desde el primer momento. No sabía si habría cámaras en los pasillos. Una vez dentro, se tapó la cara, simulando llorar. Siguió paso a paso, el plan armado. Detuvo el ascensor, según lo acordado, se desarregló el pelo y se desacomodó aún más la ropa. Por último,  se refregó los ojos, antes de que la puerta se abriera en la planta baja. Despeinada y a los gritos avanzó hasta la recepción. 
                —Alguien que me ayude.  Lo mató. Lo mató. Mi hermana mató a mi novio.

1 comentario: