jueves, 26 de noviembre de 2015

En las manos de Alá.



No veía nada. Le habían tapado la cabeza con una bolsa de arpillera que le raspaba el cuello. Sabía que tenía las costillas rotas, porque le dolía exhalar. Escuchó que lo matarán pronto. Solo esperaban la orden. ¿Qué hora sería? No sabía.  Lo que sí sabía era que casi no podía respirar ahí adentro.  Los labios resecos y los ojos pesados. No había nada más que hacer. Se resignó y se encomendó a Alá.
***
                La mañana del 9 de Abril, luego de hacer la oración de Fajr en su habitación, justo antes de que sol bañe el horizonte parisino, Jean Pierre se lavaba los dientes y pensaba en las citas que su secretaria había organizado para él. Desayunaba junto a su mujer y como todos los días llevaba a sus dos hijas al colegio. De camino al trabajo, bebía un café en aquella confitería preciosa que se escondía del ruido y de la preponderancia de la gran ciudad.  
                Llegó a su oficina, revisó los mensajes, atendió clientes y tuvo dos reuniones consecutivas con empresarios extranjeros. Una en la sala de juntas y otra en su pequeña oficina a través de Skype. Justo antes de extender su alfombrita sobre el piso helado, giró sobre sí mismo y contempló el cielo francés. Desde su edificio podía ver la torre Eiffel, en su mayor esplendor. Le agradeció a Alá por estar vivo.  Se puso en cuclillas y apoyando suavemente la frente sobre el piso, comenzó a orar. Dhuhr: La oración cuando el sol está en el punto más alto.
                Guardó la alfombrita en un estante, junto a su escritorio y prosiguió con su tarea. Muchas cosas que hacer.  Sonó el teléfono.
                —Jean Pierre, su hermano en la línea. ¿Se lo paso?
                —Sí. —Hoy era un buen día para hablar con él. Todo marchaba muy bien. El sol brillaba cálidamente.  —¡As-salamu alaykum jabibi! ¿Cómo has estado?
                —¡wa alaykumu salam! No muy bien. No tengo tiempo de explicarte. Me están siguiendo.
                —¿Dónde estás?
                —Escúchame Ahmed, tienes que irte de París. Hoy mismo. Van por ti.
                —¿Qué? ¿Irme? Estás loco. Eso se ter…—Su hermano no lo oyó, ya había cortado.
                ¿Hace cuánto venia rogándole a Alá que su pasado no lo persiguiera? Ya no lo recordaba. Tampoco había tiempo para hacerlo, ni para renegar de eso. Una advertencia de Abdula bastaba para creer que todo podía volver a empezar. Tenía que marcharse. Pero primero, debía sacar a las niñas y a su mujer del medio. 
                Estaba tan apresurado que se salteó la oración de Asr. Llegó a la escuela desesperado y sacó a las niñas de sus clases. Las dejó en casa de unos amigos, para que luego las alcanzaran a sus abuelos. De camino al trabajo de su esposa, intentó llamarla. No se pudo comunicar. No la encontró allí. Había salido almorzar quien sabe dónde. No podía esperarla. Pasó por su casa, y tomó sus pasaportes y una de las armas escondidas en el fondo de su closet. Armó un bolso con dos mudas de ropa y le escribió una nota que pegó en la heladera, antes de irse. “Tuve que viajar de improviso. Las nenas están en casa de Corina. Más tarde las llevan a lo de tu mamá. Cuídalas. Por lo que más quieras, cuídalas. No creas nada de lo que te digan de mí. Je taim. Jean Pierre. “
                Pidió perdón a Alá por obviar la oración de la tarde y se dispuso a cumplir con ambas al atardecer. En un costado del Aeropuerto, y a pesar de los ojos atentos, se arrodilló y pidió con todas sus fuerzas. Pidió por la vida de las mujeres que dejaba atrás.
***
                La madrugada del viernes fue larga y tediosa. No había ningún asiento disponible en ningún vuelo, sino hasta el amanecer. Caminó por el lugar, mirando sin ver. Pensando y analizando sus posibilidades. No quería pensar en las peores, pero debía hacerlo. Debía adelantárseles.
                Una cara conocida, lo inquietó. Una vez que lo perdió en el gentío, buscó asilo en la enfermería, alegando sentirse mal. Allí esperó por dos horas. La enfermera lo observaba con cara de pocos amigos y no tuvo más remedio que salir de allí. Miró hacia ambos lados y no notó ningún movimiento anormal. Tal vez lo había confundido con alguien más. Su ticket decía que el vuelo a Londres partiría a las 5:50. Chequeó su reloj pulsera: las 4:30. Respiró y tratando de calmar sus nervios, se dirigió a la puerta de abordaje. Se acomodó en un asiento, rodeado de personas y esperó.
                El teléfono celular vibró y con él, la adrenalina lo recorrió de pies a cabeza. Era su secretaria. No la atendería. Apenas abordará el avión, arrojaría el teléfono a la basura. Tal vez, lo estaban rastreando. Quién sabe. Desconfiaba de todos. Los minutos en el reloj parecían detenerse y el tiempo en el bullicioso Charles de Gaulle no pasaba más. Abrió su billetera y contempló la fotografía de su mujer y sus hijas. Sonrientes y divertidas. ¿Qué pasaría con ellas? No podía saberlo.  Volvió a poner sus vidas en las manos de Alá.
                Por fin abordó. Respiró cuando el avión de Air France despegó. Recién allí, pudo respirar con normalidad. Para las ocho de la mañana, ya estaba hospedado en un hotel en el centro de Londres. Había pagado en efectivo y dado un nombre falso. Desde un teléfono publico, se comunicó con la única persona que podía ayudarlo.
                —¿Aló. Marie?
                —¿Jean Pierre?
                —Estoy en Londres. Necesito tu ayuda.
                —Claro. ¿Dónde estás?
                Le dio la dirección del hotel y el número de habitación. Una hora después golpeaban la puerta. Marie estaba radiante, como siempre. Se fundieron en un abrazo. Lloraron los recuerdos y las cicatrices, rieron al presente y se acomodaron en el sillón.
                —¿Qué mierda pasó?
                —No lo sé. Eso es lo que planeo averiguar.
                —¿Las niñas?
                —En la casa de su abuela.
                —¿Ella lo sabe?
                —No. Claro que no.
                —Mejor así. Ya me comuniqué con Charly… veremos en un par de horas. No te preocupes por ellas. Van a estar bien. Envié a mi mejor agente a París. Hay que sacarlas de allí. Lo más pronto posible.
                —Sí. —se hundió  aún más en el sillón y allí se quedó. Pensativo.
***
                El sábado salió a recorrer la ciudad. La última novedad que tenia de París era que la ayuda de Marie había dado frutos. Las niñas y su esposa estaban en camino hacia Portugal. A salvo.  Se quedarían por unos días hasta que todo se resolviera.  Acerca de su estado, nada se sabía.  Marie no había podido averiguar absolutamente nada. O si lo había hecho, no dijo palabra. Sabía entender los silencios de su más fiel compañera.
                —¿Quién te dio aviso?—Quiso saber Marie aquella noche, mientras cenaban.
                —Abdula.
                —¿Ese mal nacido?
                —Marie, solo quiso ayudarme. Nada más.
                —No me extrañaría que esto viniera de él y de su gente.
                —A él también lo buscan.
                —Lo sé.
                —¿Desde cuándo?
                —Varios meses.
                —¿Después del atentado?
                —Sí.
                —Marie yo no…
                —También lo sé.
                Se sentó en un banco de plaza y allí permaneció por un momento. Contemplando los pájaros y los colores. Luego,  se dirigió a la mezquita más cercana y oró por varias horas. No podía ser que Alá lo hubiese abandonado. No ahora. No ahora que no había hecho absolutamente nada. Que había dejado esa vida muy atrás. Que la había enterrado y escupido sobre ella. Se volvió al hotel. Marie lo esperaba con dos agentes más. Había que moverse. Sabían donde estaba.
                —Te irás a los Estados Unidos.
                —¿Los Estados Unidos? No. Ni loco. Tú sabes cómo son con los musulmanes. Ellos creen que todos somos…
                —No hay otra opción.  Allí tengo gente que podrá esconderte por un tiempo. Yo misma, viajaré contigo para acompañarte. El vuelo sale en dos horas. Vamos.
                No pudo objetar. Se montó a ese avión y dejó todo en las manos de Alá. No había más opciones. Si Marie lo decía, era porque era lo mejor que podía hacer.  Cerró los ojos y trató de recordar una vez más la sonrisa de sus hijas y los besos de su mujer.
***
                No llegó al hotel. Un taxi, un silenciador, un disparo en el pecho a su amiga fiel, la confusión y la capucha en su cabeza. Con los labios resecos y los ojos pesados, oró una vez más. Tal vez sería la última.  No había nada más que hacer. Se resignó y se encomendó a su Dios. Pero parece que Alá lo oyó. La voz lejana de Abdula lo reconfortó. Por un momento creyó estar muerto. Alguien le sacó la capucha y lo desató de la silla. La luz le quemaba las pestañas. No pudo abrir los ojos por un momento. Mejor. No deseaba ver lo que había a su alrededor.  
                —Aljamdu Lilah! (Alabado sea el Señor) 
Fin

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