viernes, 27 de enero de 2017

Si tan sólo...



            Sé que se sorprenderán al leer mis palabras. Ustedes, más que nadie, saben que jamás tomaría una pluma, si no fuese de vital importancia. Pues, créanme. La situación lo demanda. Al fin y al cabo son mi familia y ustedes más que nadie, se merecen saber el porqué de mi repentina partida.
            Me entristece no haber podido despedirme de ustedes. Pero más me duele no haber podido besar la mejilla de Margarita. Rozar sus carrillos rosados, hubiese implicado retrasar mi huida y no podía permitir que al hacerlo, las dudas se apoderaran de mí. Ustedes saben que esa muchachita tiene un poder sobrenatural sobre mí. En fin. No voy a ahondar en los sentimientos y sensaciones que me invaden en este momento. Solo quiero que sepan que no han sido ustedes los culpables. En sí, nadie lo fue.  Fue ese maldito diario.
            Todo comenzó la mañana que visité la tumba de papá. Como siempre, todo transcurrió dentro de los parámetros normales y esperables. Unas cuantas lágrimas, unos susurros al viento y una lila sobre la lápida. Sin embargo, mientras observaba la tierra humedecida por el rocío matinal, sentí algo particular. Algo que jamás había sentido en aquel lugar. Quizás me tomarán por loco, pero por un instante, creí que el viejo estaba allí; a mi lado. De pronto me vi con la cabeza girando hacia ambos lados en busca de alguna señal que me dijera que estaba en lo correcto. Con mucho esfuerzo, traté de desestimar lo que el cuerpo me decía. Con la garganta hecha un nudo y el pecho acelerado, me puse de pie y caminé hacia la salida.
            Jamás me gustaron los cementerios. Creo que papá no está allí. Aunque sus huesos lo estén. Es paradójico, lo sé. Pero tengo la fuerte convicción que a veces, solo voy a conversar con un montículo de tierra. Es por eso que no voy tan seguido como antes. Cada día me convenzo más acerca de esa teoría. Creo que lo voy a hallar sentado en el living de casa o fumando un abano en el balcón y no en el cementerio. Pero bueno, aún así, seguí yendo. Creo que estoy haciendo muy larga la introducción y no quiero aburrirlos. Es que el cementerio y papá, tienen mucho que ver. Porque fue allí, mientras caminaba hacia las rejas oscuras que separan a los vivos de los muertos, que la vi.
            Estaba agachada sobre una tumba. Lloraba. Lo supe porque su espalda subía y bajaba con cada sollozo. Sin notarlo, mis pies se detuvieron ante la escena. No me faltaba mucho para salir y ahora que lo pienso, esos pocos pasos me hubiesen salvado de este gran lio. ¡Mierda! ¡Si tan solo hubiese seguido caminando!
            Era joven, muy joven. Lo supe por su vestimenta. La misma clase de vestido que usa Margarita. Sus bucles negros besaban la tierra sucia de una tumba aislada, alejada de las demás. Yo continuaba embobado con su imagen. No por morboso, no porque hubiese disfrutado ver a una mujer llorar. No. Pero es que había tanta congoja y angustia en su cuerpo delgado, que me era imposible pensar que alguien tan joven, pudiera cargar con tanto dolor. Me acerqué despacio, intentando no asustarla. “¿Se encuentra bien, señorita?” Le pregunté y enseguida me arrepentí. ¿Qué hacía yo, metiendo mi nariz en el dolor y el luto ajeno?  ¿Qué hubiese hecho yo, si alguien osaba interrumpir la charla con mi padre? Ya saben la respuesta. Pero el mal ya estaba hecho. Mis palabras ya habían salido de mi boca. Su rostro opaco me alcanzó como una ráfaga y sus ojos azules se clavaron en mí, como espadas. Espadas que no me dejaron moverme durante el tiempo en el que ella se levantó, secó sus lágrimas, susurró unas palabras en un idioma que no entendí y depositó sobre mis manos, un libro. Tampoco me moví cuando desapareció de mi vista. Lo último que vi de ella, fue su cabellera negra despeinada por el viento otoñal.
            No recuerdo cómo llegué a casa. Y no viene al caso. Lo que sí importa es que desde ese momento, en el que la tapa helada del libro se posó sobre mis falanges, mi vida ha ido de mal en peor. No hace falta que les diga la fecha en que todo esto sucedió porque sé que son inteligentes y atarán cabos. Sabrán que mi mala suerte comenzó un tiempo antes de que Magdalena y yo… Y de allí para acá, todo fue horror, pena, incertidumbre. Todo ha sido un espanto desde aquella mañana en que fui al cementerio a ver a papá. Desde que me detuve a consolar a una desconocida. Y desde que puso su maldito libro en mis manos.
            Ese mismo día, aún sin recuperarme de la catarata de sensaciones que me había azotado en el cementerio, me tumbé sobre la cama a ojear lo que aquella muchacha me había dado. Se preguntarán cómo es que no regresé e intenté devolverlo. O cómo es que no me deshice de él. Pues, verán. La curiosidad mató al gato. Y ustedes más que nadie, saben cuán curioso puedo llegar a ser.
            Mientras el agua hervía en la cocina, descubrí que aquel no era un simple libro. Más bien era un diario. No lo supe por sus palabras, sino por las fechas que encabezaban los párrafos. ¿Qué decía? Tampoco lo supe enseguida. Estaba escrito en otro idioma y ustedes saben que no se me da muy bien con las lenguas extranjeras. Nunca tuve la facilidad que posee mi querida Margarita. Solo cuando lo lleve con un conocido, fue que descubrí que el diario estaba escrito en alemán. Y fue el mismo Roberto, quien me ayudó a traducir las partes en las que el diccionario prestado no me era de gran ayuda.

4 de mayo de 1945
Sé que están aquí. Sé que vienen por mí. No hay escapatoria ni aun estando tan lejos de mi país. 

            No debí seguir leyendo. Después del primer párrafo debí haber quemado ese maldito diario. Pero bueno. No me juzguen, por favor. Saben que no podría haber abandonado aquel misterio así como así. Y allí, empezó mi agonía. Una agonía que no relacioné con el diario, sino hasta hace unos días.

8 de mayo de 1945
Me siguen. Me siguen por las calles y por las azoteas. Ella cree que con sus besos va a borrar mi pasado. Vienen por mí y si no me alejo, ella caerá conmigo. Debo decirle adiós. Por su bien.

            Me pregunté quién sería “ella”. ¿Su mujer? ¿Su novia? ¿Su esposa? ¿O su amante? Algo era claro, el pobre hombre estaba desesperado. Quizás algún alemán buscado. Un criminal, pensé yo. Ustedes saben que las cosas en el mundo a esa altura, estaban muy embromadas. Otra certeza: Sabía que no podría tratarse de la muchacha del cementerio. No los voy a abrumar con mis teorías y conjeturas. Ustedes sacaran sus propias conclusiones. Solo les digo que la página siguiente, no se hallaba en el diario; arrancada de cuajo. Del 8 de mayo, saltaba al 23 de Junio. ¿Qué había ocurrido con esa pagina? No lo sé y no lo sabremos nunca.

23 de Junio de 1945
Ya no hay marcha atrás. La arrastré junto con mis pecados. La pobre aun sonríe sin saber que todo esto terminará de la peor manera. No puedo decírselo. Creo que lo mejor será que viva los últimos momentos en paz y tranquilidad. En su estado, no es recomendable moverse. Su amor incondicional y ahora su vientre, me atan a Buenos Aires, más que nunca. Justo ahora que debería marchar. ¿Qué haré?

            ¿Qué hará? Y de nuevo, más preguntas. Más incógnitas. Era claro que la mujer del “alemán” —pongámoslo así— estaba en estado de buena esperanza. ¿Qué habría ocurrido con ella? ¿Sería la muchacha del cementerio, el fruto de ese amor? Esas son algunas de las preguntas que me hice, mientras leía una y otra vez su diario. Pase horas sin dormir. Descuidé a Magdalena, mi empleo, mi casa, a ustedes. ¿Valió la pena? Pues fíjense que no. Me marcho y no sé si podré regresar algún día. Esta obsesión me ha consumido hasta el último resquicio de cordura.

6 de enero de 1946
Jamás vi a un ser tan inmaculado. Es un ángel y es mía. Mi pequeña hija. Jamás pensé sentir un amor tan grande por algo tan pequeñito. Sus ojos grandes y azules, me recuerdan a mi padre. Su sonrisa en cambio, es igual a la de su madre. Bella por donde la mire. Me han dado un poco más de tiempo y pienso gastarlo con ellas. No separarme de su lado y atesorar cada detalle de ambas. No me queda mucho tiempo y quiero aprovecharlo al máximo. La fecha está marcada.

            Les confieso que a medida que avanzaba en la historia de este pobre condenado, la intriga, la rabia y la tensión desbordaban mi cuerpo. Volví al cementerio. A la tumba donde la hallé. Pensé que encontraría el nombre de un hombre. No. “Aquí yacen los restos de la pequeña Sofía. Un angelito que iluminó la tierra por unos pocos días”. Regresé a casa, con la respiración entrecortada, porque corrí desaforadamente las últimas cuadras. Abrí el diario y busqué la página marcada. La ultima que había leído. Y ahí lo confirmaba.

22 de enero de 1946
Ya nada tiene sentido sin mi pequeña Sofía. Mi mujer se ha ido, me ha abandonado. Ya nada vale la pena… Sin ellas no hay nada.  

            No alcancé a terminar el párrafo porque alguien golpeó la puerta insistentemente. Mi cabeza daba tantas vueltas que no me percate de lo extraño de la situación. Sofía. Ojos azules. La muchacha del cementerio. Creo que van a caer en el mismo pensamiento que yo. Y del que nadie me saca. Ella, Sofía, la hija del alemán del diario, era la misma que me lo había dado. ¿Cómo puede ser? ¿Un fantasma quizás? No lo sé. Pero planeo averiguarlo. Con estos pensamientos abrumadores abrí la puerta de mi casa sin vacilar. Me topé con dos hombres altos y fornidos. Entraron a los tumbos y me preguntaron por el diario. No lo hallaron. Y pese a los golpes, y las trompadas, no dije nada. Necesitaba averiguar qué había ocurrido con el alemán. Me dejaron tendido en el suelo y se marcharon. Con la poca fuerza que me quedaba, me arrastré hasta el diario que, escondido descansaba bajo mi escritorio.

23 de enero de 1946
Me entrego hoy. Ya nada queda por hacer. Sin ellas no hay nada. Ya no me importa retrasar el tiempo. Solo quiero que acaben conmigo de una vez.

            El último párrafo fue una burla a mi espíritu inquisidor. No podía terminar entregándose a sus captores. No podía yo, quedarme sin saber aunque sea su nombre. Y allí, desesperado, con la boca sangrando, revisé y hallé lo que estaba buscando: Sus últimas palabras en el diario. “En la oscura Alemania permanece mi historia, esperando a ser contada. Dimitris Herman. 1946.”
            Me despedido de ustedes, esperando que entiendan mi repentina partida. Adiós mamá. Adiós Margarita. Adiós a todos.












17 de Marzo de 1972.
            Comienzo mi diario de viaje. Voy camino a Alemania, en busca de la identidad perdida del pobre Dimitris Herman. Traigo conmigo su diario y su legado. Sé que saben que lo sé, y por eso como en el 45 lo persiguieron a él, hoy me persiguen a mí. Si tan solo hubiese seguido caminando, hoy quizás reposaría junto a mi querida Margarita sin pensar que corre riesgo mi propia vida.  

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