Leonardo no había vuelto a casa esa noche. Había decidido quedarse
dando vueltas por ahí, sin rumbo alguno, acompañado por las sombras de la gran
ciudad. En una esquina se cruzó con una
cara conocida. Unas cervezas, unos fasos y alguna que otra pastilla.
El amanecer lo
encontró sentado sobre un cordón sin saber dónde estaba y cómo había llegado
hasta allí. Una vez que de sus ojos se removió el velo de la inconsciencia,
notó sus manos sucias y sanguinolentas. Se puso de pie rápidamente, y buscó en
su cuerpo algún orificio. Respiró con tranquilidad ante la ausencia de heridas
graves. Se llevó las manos a la cabeza y notó que le faltaba la gorra. Buscó a su
alrededor pero lo único que halló fue un revolver en el piso, junto a una de
sus zapatillas. Giró la cabeza hacía ambos lados, buscando a alguien a quien
pedir ayuda.
Temblando de
frio, escondió el arma en su pantalón y comenzó a caminar a lo largo de una
calle vacía. El sol despuntaba de a poco y con él, los colectivos y los
vehículos acompañaban sus pasos cansados. No se atrevía a mirar a nadie a los
ojos por miedo a que leyeran en su mirada, su estado. Siguió caminando.
Cerca del medio
día, muerto de sed y de sueño, se recostó debajo de un puente que le parecía
conocido, pero que no reconocía aún. Cerró los ojos, hasta que una voz grave y
un puntapié en el estomago lo despabiló. Dos uniformes azules le tapaban la
visión.
—Levantate, pibe. —vociferó uno
de los policías.
—Llevémoslo, Juan. Tiene pinta
de haber andado en quilombos, éste.
Lo
levantaron con tanta fuerza del piso, que el arma fue a parar delante de uno de
los oficiales.
—Aja… ¡Con que esas tenemos!
Tenías razón, Ramírez. Este anduvo en alguna, anoche.
—Te lo dije.
Lo metieron en un patrullero y
lo llevaron a la comisaría. Aunque tuviese ganas de saber dónde estaba, qué
barrio era aquel, no dijo ni una sola palabra. Mientras recorría el lugar,
sentado en la parte trasera de la camioneta, recordaba las palabras de su
difunta madre. “Vas a llegar lejos, Leo. Vas a ver. Solo tenés que tener fe en
vos… en tu corazón”. Pensó que si no estuviese muerta, la mataría con aquel
disgusto.
—Bajate, pibe.
Lo sentaron en un pasillo desde
donde se oía una radio, y un teclado de computadora. Algunas voces más lejanas
y el trinar de las chicharras. En vano era intentar recordar lo que había
ocurrido la noche anterior. Lo último que sabía era que había estado tomando y
fumando con unos pibes de La Perlita en una esquina, bastante alejada de su
casa. Eso era lo que le decía su mente y él, lo repetía una y otra vez a los
policías que lo cuestionaban. ¿y el arma? Nada. ¿y las manos con sangre? Nada.
¿Dónde estuviste? Nada. Decidieron dejarlo en una celda hasta que, según ellos,
se dignase a decir la verdad.
—Éste, con esa cara de gil, se
debe haber cargado a algún pobre tipo.
—Más que seguro. Pero hasta que
no sepamos bien qué carajo pasó… no podemos tenerlo mucho tiempo acá. Por ahora
conseguí la orden para analizar esa sangre. Después, veremos.
—¿queres que lo ponga con los
demás? Allá en el fondo. Así va a saber lo que es bueno.
—No. Esperemos un par de días.
Cuarenta y ocho horas más tarde,
uno de los policías abrió la celda y lo dirigió a una pequeña habitación donde
solo había una silla y una mesa de madera. A pesar de que intentaba controlar
sus miedos, temblaba como una hoja. La cara seria y rígida del policía, no
ayudaba.
—¿Seguis sin saber qué pasó, eh?
—Leonardo asintió. —Yo te voy a contar qué pasó. —El hombre se prendió un
cigarrillo y le ofreció una pitada. El joven extendió la mano y le dio una
bocanada profunda. La nicotina calmó sus pulsaciones. —Ayer a la mañana vino un
hombre a hacer una denuncia. La noche anterior, tres ladrones ingresaron a su
casa y aterrorizaron a su mujer y a sus nietos. Los malvivientes le pegaron y
lo dejaron tendido en el piso con la cara partida. —El oficial hizo una pausa,
esperando alguna reacción del muchacho. Continuó. —Aún así el hombre, en su
testimonio, cuenta que uno de ellos intentó detener la brutalidad de su
compañero e impedir que golpearan a su mujer también. El hombre asegura que si
no fuese por él, quizás, estaría muerto.
—¿y…entonces? —por fin habló.
—El arma con la que apuntaba
primero al dueño de casa, desvió su objetivo, y comenzó a apuntarles a los
otros dos ladrones. Así fue que dejaron la casa sin llevarse nada. El joven
ayudó al hombre a ponerse de pie y le pidió disculpas antes de saltar la
medianera.
—No entiendo…entonces…
—La sangre que te encontramos
coincide con la del denunciante. ¿No recordás nada de lo que acabo de decir?
—No. —“Te lo dije, Leo. Vos sos
un buen pibe” La voz de su mamá lo acompañaba en silencio.
—Desgraciadamente, aunque
ayudaste al tipo… entraste a robar y bueno, te vas a tener que comer un tiempo
adentro.
—Sí.
La siguiente hora transcurrió entre
identikits y testimonios, nombres y direcciones. Leonardo les habló de la barra
con la que se juntaba. De los capos, e inclusive de los supuestos oficiales que
ayudaban a los ladrones a concretar sus trabajos.
Antes de fuese trasladado a su
celda, a esperar que lo sentenciaran y lo trasladaran al penal, se cruzó con el
hombre al que supuestamente había salvado. El caballero de unos setenta años,
con la cara marcada de golpes y magullones, le dio un fuerte abrazo. Su palma
abierta, tronaba en el pasillo de la comisaría. Leonardo se dejó llevar por el
perfume de su camisa y las palabras que le dijo al oído.
—Sos un buen pibe, flaco. Vas a
ver que todo va a salir bien. Sólo tenés que creer en vos. —La voz dulce del
anciano, tenía un tinte femenino que reconocía muy bien. Una lágrima selló su
destino y jamás volvió a caminar en las sombras de la gran ciudad.
hola queria saber si puedo conseguir el libro mariposas en tu piel en formato digital?? muchas gracias!!!
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