lunes, 28 de agosto de 2017

Bufandas de más

Todo es blanco y aquí en mi alrededor 
nos humillan con grandeza 
el Tano, el Polaco, el Andrés… 
Madre, cayeron los tres.
La carta perdida. Julián Ratti.  



Argentina. Abril, 1982.

—Llevate esta bufanda, te la mando la Rosa. Especialmente para vos, papito. —le extendió la prenda y él la guardó en su bolso sin mirarla prácticamente —¿querés llevarte el camperón de papá?
—No, vieja. No me va a entrar en este bolso.
—¿seguro? Lo traigo.
—No, mamá. Ya está bien. Tengo que apurarme, el Tano me espera para ir juntos a la estación.
—No entiendo porqué no querés que vayamos con vos.
—Prefiero que no. Además, va haber mucha gente y no me van a ver ni ustedes a mí, ni yo a ustedes.
—¿vos decís?
—Sí, vieja. Somos muchísimos. La estación es chica.
Se calzó el bolso y salió de la habitación con la gorra verde en la mano. En la puerta lo esperaba una pequeña comitiva conformada por su padre, su hermana y los vecinos de la cuadra.
—¡Pedro! —gritaron al unísono y lo abrazaron; le entregaron chocolates para el viaje, gorros, más bufandas, dibujitos y cartitas de los más pequeños de la familia. Dejó para lo último a los suyos. Laurita, su pequeña hermana de tan sólo diez años, lo miraba expectante y sonriente, sin entender a dónde y qué iba a hacer su hermano a Las Malvinas. La besó en la coronilla no sin antes partir la tableta de chocolate blanco a la mitad, y entregársela.
—¡Shh! Escóndela debajo de la almohada. Así papá no te la come. —le guiñó un ojo y continuó con su padre, quien, sin decir palabra, lo abrazó y le hizo sonar las costillas. Parecía como si quisiese metérselo dentro.
La última fue ella, su madre. Ya había estado llorando desde temprano pero ahora su quebranto había recrudecido. Se tapaba la boca con el pañuelo para no hacer escándalos en la vereda.
—Vieja. No me llore. Mire… vamos, ganamos y volvemos. El Tano, el Polaco y el Andrés me cuidan la retaguardia. —Pedro hablaba pausadamente y con tranquilidad, pero ella no parecía contagiarse de su espíritu positivo. —Venga. —La abrazó fuerte, de la misma manera que había hecho su padre con él. Ella se perdió entre sus brazos. ¿Cuándo se había vuelto tan pequeña, si hasta no hace un tiempo, la cosa era al revés?
—Me escribe, papito. Me escribe todos los días. —le dijo con los mocos colgando.
—Todos los días va a ser imposible. ¿en qué momento defiendo a la Patria, entonces?
—Todas las semanas, pues.
—Bien. Eso tiene más color.
Se despegaron al mismo tiempo que el Tano tocaba bocina de su destartalado Fiat 1500.
—Me voy. —los miró a los tres y a pesar de que lo invadían las ganas de quedarse a desayunar con ellos, discutir con el viejo sobre futbol y comer los ravioles de la madre, se iba. Se iba por una causa mucho más grande que la familia Ezquivel.  Como si hubiesen presentido la duda que titilaba dentro de su hijo, los padres se acercaron a él y le dieron un último abrazo.
—Cuidate, papito. —dijo ella.
—Volves, eh. —dijo él.
El Tano tenía a su madre muy enferma por eso iba solo a la estación. La noche anterior había terminado con María Clara, su novia desde el colegio, porque decía que ella no aguantaría la lejanía.
—Prefiero dejarla, a volver y que me señalen por cornudo. —había dicho cuando le preguntaron por ella.
Tal y como Pedro había vaticinado, la estación de Mercedes palpitaba con estrepito. La gente se movía de acá para allá, como si fueran hormigas. El Tano dejó el Fiat en el taller de un conocido que le permitió guardarlo hasta su regreso. Caminaron a paso rápido por el andén en busca de su comandante. Los colores verdes de los uniformes, se entremezclaban con el blanco de los guardapolvos de los alumnos que habían venido a despedirse de ellos. Y las familias lloraban y sacudían los brazos con fuerza. Los petisos se ponían en puntas de pie para poder ver, los altos cargaban a los niños en los hombros. 
Pedro y el Tano se hacían paso entre las personas hasta que una voz conocida los llamó por su nombre.
—¡Tano! ¡Pedro! Acá. —El Polaco con la sonrisa a flor de piel, les gritaba desde una de las ventanillas del tren. Tenía los pelos más rubios que nunca. —Suban. Nos toca en este. —Llegaron hasta él, a los empujones. —Llegan tarde.
—El Tano se quedó despidiéndose de Clarita hasta hoy. —bromeó Pedro y enseguida se acomodó en el asiento.
—¿tus viejos no vienen? —Le preguntó el Polaco, al verlo concentrado en el bolso.
—No. Les pedí que se quedaran en casa.
—…
—¿y Andrés?
—Lo cambiaron de vagón. Está más adelante.
—¿Por qué? —quiso saber el Tano.
—No sé. Vino un milico a buscarlo y se lo llevaron más allá.
El pitido del tren les indicó la inminente partida. La gente seguía abalanzándose contra el tren en busca de último contacto. Los llantos se entremezclaban con los gritos, los aplausos y los alumnos que cantaban el Himno Nacional. Las ruedas oxidadas del tren, avanzaban lentamente como si tampoco tuviesen ganas de partir.
—Mira, Pedro. —El Polaco lo jaló de la chaqueta y lo obligó a acercarse a la ventana. —Ahí está tu vieja. No te hizo mucho caso. —bromeó.
Pedro apoyó la mano sobre el vidrio mientras sus ojos encontraban los de ella. Dio gracias a Dios haber estado lejos para que no lo viera llorar.
—Vamos a volver. —comentó el Tano mientras se acomodaba en el asiento.
—No sin antes matar unos cuantos ingleses. —agregó el Polaco con picardía.
—¿Trajeron papel y lápiz? —preguntó Pedro sin despegarse de la ventanilla, aun cuando la estación y su multitud se alejaban más y más y se le hacía imposible verla.
—Sí. ¿Para? ¿Ya vas a escribir?
—Sí. Ya los extraño.

 

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