Natalie
había pasado una infancia complicada, repleta de malos momentos. El primero
había sido la muerte de su padre; el mejor que nadie hubiese podido tener. Al
poco tiempo, su madre se juntó con un hombre que se metía en su cuarto por las
noches sin que nadie lo supiera. De ahí en más, el negro y el gris cubrieron la
vida de Natalie, una y otra vez. A los diecisiete, se mudó a la casa de una
amiga, mucho más grande que ella y se dedicó a trabajar de mesera en un
restaurante pequeño. Si bien alejarse de su madre y su padrastro, le había
sentado bien, el destino no tardó en traerle más colores oscuros a su vida.
La
mañana en que conoció a Tony, llovía a cántaros en la ciudad. Debió saber que
esa tormenta solo traería problemas. Sin embargo, un par de ojos verdes y el
flequillo desordenado, la conquistaron mucho antes de hacer su pedido.
Al
principio, Tony se comportaba como el novio ideal y ella creyó que, de una vez
por todas, el destino le permitiría ser feliz. Tres meses después de aquella
mañana lluviosa, Natalie se enteró que estaba embarazada y lloró de la emoción.
No
supo cómo y por qué, pero lo que debía ser un festejo terminó siendo un
martirio. Tony no se tomó la noticia de la mejor manera y al contrario de sus
expectativas, en vez de abrazarla y sonreír, se molestó y la empujó contra la
pared, gritándole que ese bebé no era suyo. Allí, con el hombro dislocado y la seguridad
de haber perdido a su bebé, la pesadilla volvió a apoderarse de su vida.
—Subí.
—le dijo con la voz más fría que de costumbre y ese fue el comienzo del final. Natalie
se acomodó en el asiento del destartalado auto y no habló hasta que Tony frenó
en una esquina y apagó el motor. Había pasado una semana desde el incidente.
—Tenes que entender que yo no puedo tener hijos. Hace unos años, un doctor me
dijo que soy estéril. —los ojos de Natalie comenzaban a llenarse de lágrimas y
se llevó la mano a la boca para no gritar. —Y me volví loco cuando me dijiste
que esperabas un hijo mío. Porque Natalie…—le acaricio el cabello lentamente y
de la misma manera que lo hacía cada vez que quería darle un mensaje particular
— Eso es imposible, cariño.
Natalie
permaneció callada, asimilando lo que acababa de escuchar. ¿Imposible? No. No
era imposible. Seguramente ese doctor estaba equivocado; había habido un error
porque ella estaba embarazada de él. De él y de nadie más. El miedo ocupó la primera
fila y no la dejo moverse o hablar. Así permaneció por muchos meses más. Ahogaba
su bronca con alcohol, empapelaba su soledad con drogas. Los ojos verdes de
Tony ya no le inspiraban dulzura y su flequillo revuelto no bastaba para
hacerla suspirar. Como no tenía donde ir, permaneció a su lado sonriendo cuando
debía hacerlo y acompañándolo en silencio. Sabía que era una mala decisión,
pero otra opción no le quedaba.
Y
entonces, en una reunión con amigos de Tony, conoció a Lily.
Ella
fumaba marihuana en la punta del sillón, inserta en su mundo, mientras los
hombres jugaban al póker y hablaban de su nuevo trabajo. Natalie, callada como
de costumbre, se limitaba a beber y a llenar la copa de Tony, cada vez que se
vaciaba.
—Ey.
—una voz femenina a sus espaldas la sobresaltó. — la mujer de Tony, ¿no?
—Natalie se dio vuelta y se encontró frente a la mujer más hermosa que jamás
hubiese visto. Sus ojos marrones bien abiertos y las pupilas dilatas, y una
sonrisa particular. Apenas movió la cabeza en señal de respuesta. —Mi nombre es
Lily. Encantada. —estiró el brazo y Natalie se lo quedó mirando. Tardó unos
segundos en devolver el cumplido.
Esa
noche Natalie volvió a ver el sol entre la penumbra. Lily había llegado a su
vida, para salvarla de la destrucción. Comenzaron las charlas, los llamados
telefónicos en medio de la noche, las reuniones a toda hora. Lily se había
convertido en su mejor amiga, su consejera.
—Algo
hay que hacer, entonces. —le dijo cuando Natalie hubo terminado de narrar el
episodio del departamento.
—No.
Ya está.
—Ahora…
yo te pregunto… ¿Qué haces con él?
—No
lo sé. Realmente no lo sé. —Se tapaba la cara, avergonzada.
—Es
un hijo de puta. Nunca me calló bien. Nunca. Un tipo que le pega a las mujeres,
es un cobarde. Un maldito cobarde.
—Ya
pasó, Lily.
Tres
días después de esa charla, Lily llamó a su celular en medio de la noche. No
había problema con sus llamados nocturnos porque Tony trabajaba de noche y
nunca estaba.
—¿Qué
pasó?
—Tengo
una gran idea. ¿estás sola?
—Sí.
Tony está trabajando.
—Bien.
Voy para allá. —Media hora después el timbre sonaba en la puerta.
—¿Qué
plan? ¿de qué me estás hablando?
—De
esto, hablo. —Arrojó unos papeles sobre la mesa que Natalie no alcanzaba a
entender. —Es el trabajo que Brad y Tony están preparando.
—¿Qué
trabajo?
—El
del banco.
—¿Qué
banco?
—Ay,
por Dios, Nat. A ver… —la tomó de los hombros y la sentó de prepo en una silla.
—Tony… mi amor, es un ladrón. Como Brad, como Tim, como Luck y Simon. ¿O acaso
qué pensabas que hacía?
—Ay…No
sé. No sé. —Natalie se refregaba los ojos.
—Están
planeando robar el Banco Nacional, en unas semanas.
—¿Y?
—Y
nosotras lo vamos a hacer primero.
—¿Te
volviste loca, Lily?
—No,
mira. —Lily se pasó la madrugada explicándole los detalles. Tenía todo
arreglado y corría con la suerte de conocer a todos los contactos que su novio
Brad poseía. —Piénsalo. —le dijo antes de partir.
Natalie
pasó varios días pensando sobre la idea que había tenido su amiga. Las palabras
que le había dicho, resonaban en su cabeza una y otra vez. “Lo hacemos, nos
llevamos el dinero y nos vamos de este lugar. Desaparecemos. Para siempre.
Imaginate, Nat. Tu y yo en la playa, disfrutando de la buena vida”
—Te
estoy hablando. —la voz de Tony la sacó del trance. —¿en que estás pensando?
—le preguntó Tony mientras fumaba un cigarrillo en la cama.
—En
nada.
—Mañana
me voy a pescar con Brad y los muchachos. No vuelvo hasta el martes. —Natalie
sabía que cuando se iban unos días era para arreglar los detalles del robo
siguiente. Obviamente que sabía lo que Tony hacía. Jugaba el papel de estúpida,
pero no lo era.
—Está
bien.
Tony partió a las ocho
de la mañana y quince minutos después, Lily aparecía en el departamento, con
más papeles y números de teléfonos.
—¿lo
pensaste?
—Sí.
—¿y?
—Hagámoslo.
—exclamó con voz decidida.
Los
siguientes dos días no durmieron. Repasaron el plan paso a paso, una y otra vez.
Lily consiguió armas, identidades falsas, y reservó dos boletos de avión.
Natalie visitó un par de veces el banco para observar la rutina y los
movimientos. El asalto que estaban planeando sus parejas sería en una semana,
el de ellas, al día siguiente.
La
noche anterior se fueron a dormir temprano, aunque no pegaron un ojo. Apenas se
hizo la hora pactada, las dos salieron a cumplir con lo planeado. Todo sucedió
rápidamente. Llegaron, le apuntaron al cajero y cargaron su bolsa con el dinero
de la caja. Ni se molestaron en tomar más. Aquello sería suficiente para salir
del país. Se subieron al auto que habían rentado el día anterior y partieron.
—No
puedo creer lo que acabamos de hacer. —Comentó Lily mientras manejaba con una
sonrisa en la cara.
—Ni
yo. ¿y ahora? ¿Dónde vamos?
—Nos
vamos a quedar en la cabaña que tiene mi padrino, hasta mañana. Y después
abandonamos esta ciudad.
—Pensé
que nos iríamos hoy mismo. —agregó Natalie, preocupada.
—Te
dije que no conseguí ningún boleto de avión sino hasta mañana temprano.
Tranquila. Solo nos quedaremos esta noche, nada más.
Llegaron
a la pequeña cabaña alejada de la ciudad, una hora después.
—¿tenes
las llaves? —le preguntó Natalie mientras estacionaban frente al lugar.
—Mi
padrino nos está esperando. Se separó de su mujer hace unos meses y se vino a
vivir acá. Alejado de todo.
—¿Sabe
que…?
—No.
Sólo le dije que veníamos a pasar la noche.
—Parece
un lugar hermoso para….
—¡Lily!
—el gritó desde la puerta las interrumpió. Un hombre balanceaba el brazo y sonreía.
—¡Ey!
—Lily bajó rápidamente y caminó hacia la puerta. Natalie permaneció sentada
mientras observaba la escena y esperaba la aprobación para bajar. —¡Nat! Vamos.
Natalie
abrió la puerta del auto y se acercó lentamente a la entrada. Lily ya estaba
adentro y desde el interior se podían oír las risotadas de los dos. Llegó a la
cocina guiada por los murmullos y los chistes. Cuando por fin se asomó y vio la
escena, se detuvo en el umbral de la puerta. Lily preparaba café, sonreía ante
los chistes y los comentarios del hombre que la observaba con atención.
—Nat…
este es mi padrino.
Los
ojos del hombre se posaron en ella y recién ahí lo reconoció. Era el mismo que
había entrado a su cuarto tantas veces cómo había podido. Una sensación extraña
la invadió. Llevó su mano a la cartera donde aún tenía el arma que había
sostenido en el banco, la tomó y le apuntó. No oyó los gritos de Lily. Sin
pensarlo dos veces, jaló el gatillo y terminó con la vida del que había sido su
padrastro. Lily se abalanzó sobre ella e intentó quitarle el revolver. En el
forcejeo, ella también recibió un balazo en el estómago. Murió antes de que
Natalie pudiera entender lo que acababa de ocurrir.
Corrió
fuera de la cabaña y vomitó sobre el parqué delantero. Gritó, lloró, pataleo.
Cuando por fin logró calmarse, tomó la bolsa con el dinero y se alejó de aquel
lugar. Ya no había marcha atrás. Había que aprovechar esa segunda oportunidad.

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