jueves, 3 de agosto de 2017

Segunda oportunidad

Natalie había pasado una infancia complicada, repleta de malos momentos. El primero había sido la muerte de su padre; el mejor que nadie hubiese podido tener. Al poco tiempo, su madre se juntó con un hombre que se metía en su cuarto por las noches sin que nadie lo supiera. De ahí en más, el negro y el gris cubrieron la vida de Natalie, una y otra vez. A los diecisiete, se mudó a la casa de una amiga, mucho más grande que ella y se dedicó a trabajar de mesera en un restaurante pequeño. Si bien alejarse de su madre y su padrastro, le había sentado bien, el destino no tardó en traerle más colores oscuros a su vida.
La mañana en que conoció a Tony, llovía a cántaros en la ciudad. Debió saber que esa tormenta solo traería problemas. Sin embargo, un par de ojos verdes y el flequillo desordenado, la conquistaron mucho antes de hacer su pedido.
Al principio, Tony se comportaba como el novio ideal y ella creyó que, de una vez por todas, el destino le permitiría ser feliz. Tres meses después de aquella mañana lluviosa, Natalie se enteró que estaba embarazada y lloró de la emoción.
No supo cómo y por qué, pero lo que debía ser un festejo terminó siendo un martirio. Tony no se tomó la noticia de la mejor manera y al contrario de sus expectativas, en vez de abrazarla y sonreír, se molestó y la empujó contra la pared, gritándole que ese bebé no era suyo. Allí, con el hombro dislocado y la seguridad de haber perdido a su bebé, la pesadilla volvió a apoderarse de su vida.
—Subí. —le dijo con la voz más fría que de costumbre y ese fue el comienzo del final. Natalie se acomodó en el asiento del destartalado auto y no habló hasta que Tony frenó en una esquina y apagó el motor. Había pasado una semana desde el incidente. —Tenes que entender que yo no puedo tener hijos. Hace unos años, un doctor me dijo que soy estéril. —los ojos de Natalie comenzaban a llenarse de lágrimas y se llevó la mano a la boca para no gritar. —Y me volví loco cuando me dijiste que esperabas un hijo mío. Porque Natalie…—le acaricio el cabello lentamente y de la misma manera que lo hacía cada vez que quería darle un mensaje particular — Eso es imposible, cariño.
Natalie permaneció callada, asimilando lo que acababa de escuchar. ¿Imposible? No. No era imposible. Seguramente ese doctor estaba equivocado; había habido un error porque ella estaba embarazada de él. De él y de nadie más. El miedo ocupó la primera fila y no la dejo moverse o hablar. Así permaneció por muchos meses más. Ahogaba su bronca con alcohol, empapelaba su soledad con drogas. Los ojos verdes de Tony ya no le inspiraban dulzura y su flequillo revuelto no bastaba para hacerla suspirar. Como no tenía donde ir, permaneció a su lado sonriendo cuando debía hacerlo y acompañándolo en silencio. Sabía que era una mala decisión, pero otra opción no le quedaba.
Y entonces, en una reunión con amigos de Tony, conoció a Lily.
Ella fumaba marihuana en la punta del sillón, inserta en su mundo, mientras los hombres jugaban al póker y hablaban de su nuevo trabajo. Natalie, callada como de costumbre, se limitaba a beber y a llenar la copa de Tony, cada vez que se vaciaba.
—Ey. —una voz femenina a sus espaldas la sobresaltó. — la mujer de Tony, ¿no? —Natalie se dio vuelta y se encontró frente a la mujer más hermosa que jamás hubiese visto. Sus ojos marrones bien abiertos y las pupilas dilatas, y una sonrisa particular. Apenas movió la cabeza en señal de respuesta. —Mi nombre es Lily. Encantada. —estiró el brazo y Natalie se lo quedó mirando. Tardó unos segundos en devolver el cumplido.
Esa noche Natalie volvió a ver el sol entre la penumbra. Lily había llegado a su vida, para salvarla de la destrucción. Comenzaron las charlas, los llamados telefónicos en medio de la noche, las reuniones a toda hora. Lily se había convertido en su mejor amiga, su consejera.
—Algo hay que hacer, entonces. —le dijo cuando Natalie hubo terminado de narrar el episodio del departamento.
—No. Ya está.
—Ahora… yo te pregunto… ¿Qué haces con él?
—No lo sé. Realmente no lo sé. —Se tapaba la cara, avergonzada.
—Es un hijo de puta. Nunca me calló bien. Nunca. Un tipo que le pega a las mujeres, es un cobarde. Un maldito cobarde.
—Ya pasó, Lily.
Tres días después de esa charla, Lily llamó a su celular en medio de la noche. No había problema con sus llamados nocturnos porque Tony trabajaba de noche y nunca estaba.
—¿Qué pasó?
—Tengo una gran idea. ¿estás sola?
—Sí. Tony está trabajando.
—Bien. Voy para allá. —Media hora después el timbre sonaba en la puerta.
—¿Qué plan? ¿de qué me estás hablando?
—De esto, hablo. —Arrojó unos papeles sobre la mesa que Natalie no alcanzaba a entender. —Es el trabajo que Brad y Tony están preparando.
—¿Qué trabajo?
—El del banco.
—¿Qué banco?
—Ay, por Dios, Nat. A ver… —la tomó de los hombros y la sentó de prepo en una silla. —Tony… mi amor, es un ladrón. Como Brad, como Tim, como Luck y Simon. ¿O acaso qué pensabas que hacía?
—Ay…No sé. No sé. —Natalie se refregaba los ojos.
—Están planeando robar el Banco Nacional, en unas semanas.
—¿Y?
—Y nosotras lo vamos a hacer primero.
—¿Te volviste loca, Lily?
—No, mira. —Lily se pasó la madrugada explicándole los detalles. Tenía todo arreglado y corría con la suerte de conocer a todos los contactos que su novio Brad poseía. —Piénsalo. —le dijo antes de partir.
Natalie pasó varios días pensando sobre la idea que había tenido su amiga. Las palabras que le había dicho, resonaban en su cabeza una y otra vez. “Lo hacemos, nos llevamos el dinero y nos vamos de este lugar. Desaparecemos. Para siempre. Imaginate, Nat. Tu y yo en la playa, disfrutando de la buena vida”
—Te estoy hablando. —la voz de Tony la sacó del trance. —¿en que estás pensando? —le preguntó Tony mientras fumaba un cigarrillo en la cama.
—En nada.
—Mañana me voy a pescar con Brad y los muchachos. No vuelvo hasta el martes. —Natalie sabía que cuando se iban unos días era para arreglar los detalles del robo siguiente. Obviamente que sabía lo que Tony hacía. Jugaba el papel de estúpida, pero no lo era.
—Está bien.
Tony partió a las ocho de la mañana y quince minutos después, Lily aparecía en el departamento, con más papeles y números de teléfonos.
—¿lo pensaste?
—Sí.
—¿y?
—Hagámoslo. —exclamó con voz decidida.
Los siguientes dos días no durmieron. Repasaron el plan paso a paso, una y otra vez. Lily consiguió armas, identidades falsas, y reservó dos boletos de avión. Natalie visitó un par de veces el banco para observar la rutina y los movimientos. El asalto que estaban planeando sus parejas sería en una semana, el de ellas, al día siguiente.
La noche anterior se fueron a dormir temprano, aunque no pegaron un ojo. Apenas se hizo la hora pactada, las dos salieron a cumplir con lo planeado. Todo sucedió rápidamente. Llegaron, le apuntaron al cajero y cargaron su bolsa con el dinero de la caja. Ni se molestaron en tomar más. Aquello sería suficiente para salir del país. Se subieron al auto que habían rentado el día anterior y partieron.
—No puedo creer lo que acabamos de hacer. —Comentó Lily mientras manejaba con una sonrisa en la cara.
—Ni yo. ¿y ahora? ¿Dónde vamos?
—Nos vamos a quedar en la cabaña que tiene mi padrino, hasta mañana. Y después abandonamos esta ciudad.
—Pensé que nos iríamos hoy mismo. —agregó Natalie, preocupada.
—Te dije que no conseguí ningún boleto de avión sino hasta mañana temprano. Tranquila. Solo nos quedaremos esta noche, nada más.
Llegaron a la pequeña cabaña alejada de la ciudad, una hora después.
—¿tenes las llaves? —le preguntó Natalie mientras estacionaban frente al lugar.
—Mi padrino nos está esperando. Se separó de su mujer hace unos meses y se vino a vivir acá. Alejado de todo.
—¿Sabe que…?
—No. Sólo le dije que veníamos a pasar la noche.
—Parece un lugar hermoso para….
—¡Lily! —el gritó desde la puerta las interrumpió. Un hombre balanceaba el brazo y sonreía.
—¡Ey! —Lily bajó rápidamente y caminó hacia la puerta. Natalie permaneció sentada mientras observaba la escena y esperaba la aprobación para bajar. —¡Nat! Vamos.
Natalie abrió la puerta del auto y se acercó lentamente a la entrada. Lily ya estaba adentro y desde el interior se podían oír las risotadas de los dos. Llegó a la cocina guiada por los murmullos y los chistes. Cuando por fin se asomó y vio la escena, se detuvo en el umbral de la puerta. Lily preparaba café, sonreía ante los chistes y los comentarios del hombre que la observaba con atención. 
—Nat… este es mi padrino.
Los ojos del hombre se posaron en ella y recién ahí lo reconoció. Era el mismo que había entrado a su cuarto tantas veces cómo había podido. Una sensación extraña la invadió. Llevó su mano a la cartera donde aún tenía el arma que había sostenido en el banco, la tomó y le apuntó. No oyó los gritos de Lily. Sin pensarlo dos veces, jaló el gatillo y terminó con la vida del que había sido su padrastro. Lily se abalanzó sobre ella e intentó quitarle el revolver. En el forcejeo, ella también recibió un balazo en el estómago. Murió antes de que Natalie pudiera entender lo que acababa de ocurrir.

Corrió fuera de la cabaña y vomitó sobre el parqué delantero. Gritó, lloró, pataleo. Cuando por fin logró calmarse, tomó la bolsa con el dinero y se alejó de aquel lugar. Ya no había marcha atrás. Había que aprovechar esa segunda oportunidad. 

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