sábado, 19 de agosto de 2017

De la 83 a la 67

—¡No! No…. No. —Jean Pierre revoleó los brazos y su asistente se tapó la cara con la carpeta que traía en las manos porque sabía lo que ocurriría. —Saquen a esta estúpida de acá, ahora mismo.
Nadine salió de la pileta tiritando de frío. Tenía la piel de gallina y el sombrero que le habían hecho poner tenía unos ganchitos que se le clavaban en el cuero cabelludo. Se quitó los lentes y le devolvió todos los accesorios a un hombre que se le acercó. Entregó las pulseras enormes y el collar horrible que le habían dado.
—Los lentes, por favor. —dijo el hombre en voz baja.
—Disculpe. —Extendió la mano y se deshizo de la última prenda. Caminó por el costado de la pileta hasta que dio con la asistente del fotógrafo que cargaba una bata blanca para que se pusiera.
—Nadine…Perdón, pero…
—Sí. Ya lo oí. No te preocupes. Mi representante va a arreglar con Jean Pierre. —le sonrió mientras se ponía la bata y recibía un poco de calor en esa tarde fresca. —Estaba helada el agua.
—Lo siento. De verdad.
—Nos vemos pronto, Luci. —se despidió con dos besos y abandonó el lugar.
Se cruzó con otras dos modelos en el ascensor; rubias y esbeltas igual que ella. Venían sonriendo, haciendo chistes. Antes de apretar el botón de planta baja, las vio abrazar a Jean Pierre con efusividad y sonreír más aun, tanto que parecía que sus mandíbulas se romperían si seguían abriendo la boca. La puerta se cerró y mientras descendía desde el piso 16, llamó a Charly, su representante.
—Ya me enteré. Luci me acaba de llamar. Esta fue nuestra última oportunidad, Nadine. La desperdiciaste.
—Charly… yo no…
—Shhh. No me digas nada. No hace falta. No sos ni la primera ni la última drogadicta en el entorno.
—Pero esta vez yo no…
—Da igual.  Como te dije, andá pensando en dedicarte a otra cosa. Jean Pierre era el único fotógrafo que podía aceptarte, así como estás ahora. Yo ya no puedo hacer nada por vos.
—Voy para tu casa. Y hablamos ¿queres?
—No. No vengas. Haceme caso, casate con ese idiota que anda atrás tuyo como un perro alzado y viví de su fortuna. —cortó.
La puerta del ascensor se abrió y los tacos de Nadine resonaron sobre las baldosas del hall. Salió a la calle, estiró la mano y detuvo un taxi.
—¿Dónde?
—El parque de la 83.
—¿el parque de la 83? —preguntó dudoso.
—Sí. Vamos, hombre. Estoy apurada.
El taxista frenó en la esquina, le cobró y mientras que Nadine se preparaba para bajar le dijo;
—Cuídese, señorita. Este no es lugar para una mujer.
Nadine abrió la puerta y se quedó parada en la vereda por unos minutos. En un rato oscurecería. Sacó su celular y envió un mensaje a un número que no tenía agendado, pero se sabía de memoria.  “Estoy en la esquina. Traeme 20.” Al cabo de unos minutos, un jovencito se le arrimaba y le entregaba un sobrecito pequeño. Nadine le pagó y se cruzó de vereda antes de que el semáforo de la avenida se pusiera en verde. Volvió a parar un taxi, pero esta vez iría a su casa.
—Hola, bonita. —sonrió el portero de su edificio al verla venir.
—Hola. ¿Cómo le va? —ella le devolvió la sonrisa al único hombre que la había mirado con ojos de padre.
—Bien, bien. Me temo que tiene compañía.
—Uff. Bueno. Gracias. Hasta mañana.
—Me llama cualquier cosa, eh.
—Sí. Quédese tranquilo.
Otro ascensor. Otros diez pisos hacia arriba. No aguantó y la bolsita marrón se abrió antes de que las puertas se detengan frente a su departamento. Salió del cubículo rascándose la nariz.
—¡Hola! Veo que empezaste sin mí. —la voz de Camille le llegó como un martillo.
—¿Qué haces acá?
—Me lo encontré a Charly en la agencia y me contó lo que pasó hoy con Jean Pierre.
—No estaba drogada.
—¿no? —arqueó la ceja.
—No. Ese francés es un idiota. Pero ya está, no me interesa. —se recostó en el sillón y se dejó llevar por las manos juguetonas de ella. —¿salimos? —la detuvo antes de iniciar algo más íntimo.
—¿Cuánto tomaste?
—Poco. Todavía me queda.
—Hoy es miércoles. No hay nada interesante abierto. —dijo mientras se servía una copa. —¿querés?
—Sí. Doble, por favor. —Nadine se recogió el pelo y se quitó los zapatos—Laura me invitó a su fiesta de cumpleaños.
—¿Laura? ¿desde cuándo te hablás con esa estúpida?
—Me la cruce hoy a la mañana en el set. Estuvo antes que yo.
—No. No. Ahí yo no voy. Vayamos al bar ese donde Charly nos llevó para Navidad. ¿te acordas?
—Yo voy a la fiesta de Laura.
—Uy, hoy te pegó mal. —apoyó el vaso y se le acercó —Bueno. Te acompaño, pero si nos bañamos juntas.
—No, voy así. —Se volvió a poner los zapatos, agarró su cartera y abrió la puerta. —¿venís?
Llegaron a la fiesta abrazadas y a los besos. Camille estaba muy tomada y Nadine se había terminado todo el contenido de la bolsita en el camino. Reían a carcajadas. Laura las encontró en medio de la pista bailando desaforadamente.
—¡Que bueno que viniste!
—¿si no? —Camille giró sobre sus pies y la miró con bronca.
—Veo que estás bien acompañada. —dijo a los gritos sin dejar de bailar.
Muy bien acompañada.
—Gracias por invitarme, Lau. —intervino Nadine.
—No hay porqué. No fue idea mía. —le dijo al oído.
—¿ah no? —Laura negó con la cabeza. —Camille, me traerías un trago. Su compañera se retiró y las dejó solas en la pista.
—Mat quiere verte. Él me pidió que te invitara. No porque yo no quisiera, pero…
—Si. Ya sé. No hace falta ni que lo digas. ¿y dónde está?
—No sé. Lo crucé en la barra hace un rato largo. Nadine… aléjate de Camille. No es una buena…
—Acá está, mi amor. Doble como a vos te gusta.
—Gracias.
La música siguió sonando. Nadine saltaba por la pista, se abalanzaba sobre Camille y se refregaba sobre su cuerpo. Sentía como si una corriente eléctrica la recorriese. Su compañera sonreía mientras tomaba y tomaba.
—Voy al baño.
—Bueno. Yo voy por otro trago.
Se encontró con él en uno de los pasillos. Salía del baño de caballeros con la camisa arremangada y el cabello mojado. Nadine aún sentía la energía palpitando en su cuerpo. Cuando se encontraron sus miradas, el mundo se desvaneció a su lado. Mat la cobijó en sus brazos y le dio un beso lento en la mejilla.
—No estás sola.
—No.
—Pensé que Camille odiaba a Laura.
—Sí. —Mat la empujó dentro de un cuarto y cerró la puerta detrás de sí. —No puedo con ella.
—¿Cuánto tomaste hoy?
—20. Nada más.
—¿nada más? —Mat sonreía y ella lo que veía eran estrellas de colores adornando sus labios.
—Cogeme, Mat. Cogeme bien duro. Acá mismo. No puedo más. Mira…—Tomó su mano y se la refregó por la vagina humedecida.
—No, Nadine. Así no. —Mat quitó la mano y la observó.
—Dale. Yo sé que estás caliente. Cogeme, Mat. Por favor.
—Te llevo a mi casa. Camille no sabe dónde vivo.
—¿para qué me vas a llevar a tu casa? —gritaba.
—Para cuidarte.
—No necesito que me cuides. Yo me cuido sola.
—No podés sola.
—Sí, que puedo. Claro que puedo. Yo, Nadine Sough, puedo con todo. —abrió la puerta y lo dejó solo en la oscuridad.
Cuando volvió a la pista se encontró con Laura que la observaba con una cara extraña como si estuviese derritiéndose.
—Camille te estaba buscando. Le dije que te había visto saliendo. ¿estabas con Mat?
—Sí.
—Que bueno. Eso es lo que necesitas. Alguien así. —se le acercó y le susurró. —Mat te quiere de verdad.
—Lo sé. Por eso… Laura te pido por favor, aléjalo de mí.
La dejó con la palabra en la boca y se dirigió a la salida. Miró hacía ambos lados y no encontró a Camille. Seguramente, había vuelto a entrar o estaría como siempre, esperándola en su casa. Maldijo la hora en que le había dado una copia de la llave.
—Taxi…—Una vez más su cabellera rubia revoloteaba en el parque de la 83. Esta vez había escrito 50; los últimos 50 que tenía en efectivo. Otra vez la misma cara y el mismo intercambio. El joven se alejó de la esquina y se perdió entre los árboles. Miró su celular; tenía tres mensajes. Uno de Camille, preguntando dónde estaba. Otro del número desconocido confirmándole la entrega y el ultimo era de Mat:
Te amo, te amé desde el primer momento en que te vi. Venite conmigo. Te aseguro que vas a ser feliz. 343 de la 67, depto. 8.
Guardó el teléfono y caminó hacia el centro del parque. Se sentó en el banco más alejado de las luces de la calle y volvió a llenar su nariz de energía. Una y otra vez hasta que los 50 se le que escurrieron entre los dedos blancos. Temblando, deshizo el camino y estiró la mano para pedir un taxi.
—¿Dónde, señorita?
—343 de la 67.
—Perfecto.
Nadine no llegó a la casa de Mat, convulsionó en el camino y el chofer del taxi la alcanzó hasta el hospital. Murió media hora después debido a una sobredosis de cocaína.


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