—¡No! No…. No. —Jean Pierre revoleó los
brazos y su asistente se tapó la cara con la carpeta que traía en las manos
porque sabía lo que ocurriría. —Saquen a esta estúpida de acá, ahora mismo.
Nadine salió de la pileta tiritando de frío.
Tenía la piel de gallina y el sombrero que le habían hecho poner tenía unos
ganchitos que se le clavaban en el cuero cabelludo. Se quitó los lentes y le
devolvió todos los accesorios a un hombre que se le acercó. Entregó las
pulseras enormes y el collar horrible que le habían dado.
—Los lentes, por favor. —dijo el hombre en
voz baja.
—Disculpe. —Extendió la mano y se deshizo de
la última prenda. Caminó por el costado de la pileta hasta que dio con la
asistente del fotógrafo que cargaba una bata blanca para que se pusiera.
—Nadine…Perdón, pero…
—Sí. Ya lo oí. No te preocupes. Mi
representante va a arreglar con Jean Pierre. —le sonrió mientras se ponía la
bata y recibía un poco de calor en esa tarde fresca. —Estaba helada el agua.
—Lo siento. De verdad.
—Nos vemos pronto, Luci. —se despidió con dos
besos y abandonó el lugar.
Se cruzó con otras dos modelos en el
ascensor; rubias y esbeltas igual que ella. Venían sonriendo, haciendo chistes.
Antes de apretar el botón de planta baja, las vio abrazar a Jean Pierre con
efusividad y sonreír más aun, tanto que parecía que sus mandíbulas se romperían
si seguían abriendo la boca. La puerta se cerró y mientras descendía desde el
piso 16, llamó a Charly, su representante.
—Ya me enteré. Luci me acaba de llamar. Esta
fue nuestra última oportunidad, Nadine. La desperdiciaste.
—Charly… yo no…
—Shhh. No me digas nada. No hace falta. No
sos ni la primera ni la última drogadicta en el entorno.
—Pero esta vez yo no…
—Da igual. Como te dije, andá pensando en dedicarte a
otra cosa. Jean Pierre era el único fotógrafo que podía aceptarte, así como
estás ahora. Yo ya no puedo hacer nada por vos.
—Voy para tu casa. Y hablamos ¿queres?
—No. No vengas. Haceme caso, casate con ese
idiota que anda atrás tuyo como un perro alzado y viví de su fortuna. —cortó.
La puerta del ascensor se abrió y los tacos
de Nadine resonaron sobre las baldosas del hall. Salió a la calle, estiró la
mano y detuvo un taxi.
—¿Dónde?
—El parque de la 83.
—¿el parque de la 83? —preguntó dudoso.
—Sí. Vamos, hombre. Estoy apurada.
El taxista frenó en la esquina, le cobró y
mientras que Nadine se preparaba para bajar le dijo;
—Cuídese, señorita. Este no es lugar para una
mujer.
Nadine abrió la puerta y se quedó parada en
la vereda por unos minutos. En un rato oscurecería. Sacó su celular y envió un
mensaje a un número que no tenía agendado, pero se sabía de memoria. “Estoy
en la esquina. Traeme 20.” Al cabo de unos minutos, un jovencito se le
arrimaba y le entregaba un sobrecito pequeño. Nadine le pagó y se cruzó de
vereda antes de que el semáforo de la avenida se pusiera en verde. Volvió a
parar un taxi, pero esta vez iría a su casa.
—Hola, bonita. —sonrió el portero de su
edificio al verla venir.
—Hola. ¿Cómo le va? —ella le devolvió la
sonrisa al único hombre que la había mirado con ojos de padre.
—Bien, bien. Me temo que tiene compañía.
—Uff. Bueno. Gracias. Hasta mañana.
—Me llama cualquier cosa, eh.
—Sí. Quédese tranquilo.
Otro ascensor. Otros diez pisos hacia arriba.
No aguantó y la bolsita marrón se abrió antes de que las puertas se detengan
frente a su departamento. Salió del cubículo rascándose la nariz.
—¡Hola! Veo que empezaste sin mí. —la voz de
Camille le llegó como un martillo.
—¿Qué haces acá?
—Me lo encontré a Charly en la agencia y me
contó lo que pasó hoy con Jean Pierre.
—No estaba drogada.
—¿no? —arqueó la ceja.
—No. Ese francés es un idiota. Pero ya está,
no me interesa. —se recostó en el sillón y se dejó llevar por las manos
juguetonas de ella. —¿salimos? —la detuvo antes de iniciar algo más íntimo.
—¿Cuánto tomaste?
—Poco. Todavía me queda.
—Hoy es miércoles. No hay nada interesante
abierto. —dijo mientras se servía una copa. —¿querés?
—Sí. Doble, por favor. —Nadine se recogió el
pelo y se quitó los zapatos—Laura me invitó a su fiesta de cumpleaños.
—¿Laura? ¿desde cuándo te hablás con esa
estúpida?
—Me la cruce hoy a la mañana en el set.
Estuvo antes que yo.
—No. No. Ahí yo no voy. Vayamos al bar ese
donde Charly nos llevó para Navidad. ¿te acordas?
—Yo voy a la fiesta de Laura.
—Uy, hoy te pegó mal. —apoyó el vaso y se le
acercó —Bueno. Te acompaño, pero si nos bañamos juntas.
—No, voy así. —Se volvió a poner los zapatos,
agarró su cartera y abrió la puerta. —¿venís?
Llegaron a la fiesta abrazadas y a los besos.
Camille estaba muy tomada y Nadine se había terminado todo el contenido de la
bolsita en el camino. Reían a carcajadas. Laura las encontró en medio de la
pista bailando desaforadamente.
—¡Que bueno que viniste!
—¿si no? —Camille giró sobre sus pies y la
miró con bronca.
—Veo que estás bien acompañada. —dijo a los
gritos sin dejar de bailar.
—Muy
bien acompañada.
—Gracias por invitarme, Lau. —intervino
Nadine.
—No hay porqué. No fue idea mía. —le dijo al
oído.
—¿ah no? —Laura negó con la cabeza. —Camille,
me traerías un trago. Su compañera se retiró y las dejó solas en la pista.
—Mat quiere verte. Él me pidió que te invitara.
No porque yo no quisiera, pero…
—Si. Ya sé. No hace falta ni que lo digas. ¿y
dónde está?
—No sé. Lo crucé en la barra hace un rato
largo. Nadine… aléjate de Camille. No es una buena…
—Acá está, mi amor. Doble como a vos te
gusta.
—Gracias.
La música siguió sonando. Nadine saltaba por
la pista, se abalanzaba sobre Camille y se refregaba sobre su cuerpo. Sentía
como si una corriente eléctrica la recorriese. Su compañera sonreía mientras
tomaba y tomaba.
—Voy al baño.
—Bueno. Yo voy por otro trago.
Se encontró con él en uno de los pasillos.
Salía del baño de caballeros con la camisa arremangada y el cabello mojado.
Nadine aún sentía la energía palpitando en su cuerpo. Cuando se encontraron sus
miradas, el mundo se desvaneció a su lado. Mat la cobijó en sus brazos y le dio
un beso lento en la mejilla.
—No estás sola.
—No.
—Pensé que Camille odiaba a Laura.
—Sí. —Mat la empujó dentro de un cuarto y
cerró la puerta detrás de sí. —No puedo con ella.
—¿Cuánto tomaste hoy?
—20. Nada más.
—¿nada más? —Mat sonreía y ella lo que veía
eran estrellas de colores adornando sus labios.
—Cogeme, Mat. Cogeme bien duro. Acá mismo. No
puedo más. Mira…—Tomó su mano y se la refregó por la vagina humedecida.
—No, Nadine. Así no. —Mat quitó la mano y la
observó.
—Dale. Yo sé que estás caliente. Cogeme, Mat.
Por favor.
—Te llevo a mi casa. Camille no sabe dónde
vivo.
—¿para qué me vas a llevar a tu casa?
—gritaba.
—Para cuidarte.
—No necesito que me cuides. Yo me cuido sola.
—No podés sola.
—Sí, que puedo. Claro que puedo. Yo, Nadine
Sough, puedo con todo. —abrió la puerta y lo dejó solo en la oscuridad.
Cuando volvió a la pista se encontró con
Laura que la observaba con una cara extraña como si estuviese derritiéndose.
—Camille te estaba buscando. Le dije que te
había visto saliendo. ¿estabas con Mat?
—Sí.
—Que bueno. Eso es lo que necesitas. Alguien
así. —se le acercó y le susurró. —Mat te quiere de verdad.
—Lo sé. Por eso… Laura te pido por favor,
aléjalo de mí.
La dejó con la palabra en la boca y se
dirigió a la salida. Miró hacía ambos lados y no encontró a Camille.
Seguramente, había vuelto a entrar o estaría como siempre, esperándola en su
casa. Maldijo la hora en que le había dado una copia de la llave.
—Taxi…—Una vez más su cabellera rubia revoloteaba
en el parque de la 83. Esta vez había escrito 50; los últimos 50 que tenía en
efectivo. Otra vez la misma cara y el mismo intercambio. El joven se alejó de
la esquina y se perdió entre los árboles. Miró su celular; tenía tres mensajes.
Uno de Camille, preguntando dónde estaba. Otro del número desconocido
confirmándole la entrega y el ultimo era de Mat:
Te
amo, te amé desde el primer momento en que te vi. Venite conmigo. Te aseguro
que vas a ser feliz. 343 de la 67, depto. 8.
Guardó el teléfono y caminó hacia el centro
del parque. Se sentó en el banco más alejado de las luces de la calle y volvió
a llenar su nariz de energía. Una y otra vez hasta que los 50 se le que
escurrieron entre los dedos blancos. Temblando, deshizo el camino y estiró la
mano para pedir un taxi.
—¿Dónde, señorita?
—343 de la 67.
—Perfecto.
Nadine no llegó a la casa de Mat, convulsionó
en el camino y el chofer del taxi la alcanzó hasta el hospital. Murió media
hora después debido a una sobredosis de cocaína.
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