miércoles, 4 de marzo de 2020

LUC: Capítulo 8: ¿Verdad o consecuencia? Verdad. Siempre verdad.


“Una mentira no tendría ningún sentido a menos que sintiéramos la verdad como algo peligroso.”

Alfred Adler


Tal y como habían pensado, mucha gente se había acercado a comprar regalos a último momento. Afortunadamente Juan había venido a ayudar porque entre Romina y Sandra no daban abasto. Bajaron la persiana a las 20 horas. Antes de salir, destaparon una sidra, y brindaron los tres.
—¡Felicidades! —dijeron al unísono y después de terminarse la bebida, despidieron a Romina.
—Nos vemos pasado mañana. —le dijo Sandra y la abrazó.
—Que lo pasen lindo.
Juan Manuel la ayudó a colocar las cosas en su lugar, mientras ella cerraba la caja.
—¿Hace mucho que tenés el negocio?
—No, unos dos años. Antes lo atendía mi abuela. Cuando falleció cerré todo. Pero después me di cuenta que si quería estudiar iba a necesitar una entrada que me permitiera manejar los horarios.
—Claro, entiendo.
—Entonces, con una plata que me dejó mi viejita linda, me compré el auto y reabrí el local. Por suerte, nos va bien. Por lo menos, me alcanza para mantenerme y pagarle a Romi.
—Te dejaron bastante, parece.
—Mi abuela no gastaba en nada. Todo lo ahorraba. Solo compraba las cosas necesarias para el negocio; ella tenía un almacén. Y nada más. No salía a ningún lado. Cuando se enfermó me contó donde guardaba sus ahorros y cuando los vi, no lo podía creer.
—Te sirvió para salir del taller.
—Y más. Hasta el último día mis abuelos me salvaron la vida. —dijo y cerró la caja con suavidad. Su mirada estaba perdida en algún lado donde Juan Manuel no era capaz de entrar.
—¿Estás lista? —le preguntó para sacarla de la melancolía en la que había caído después de hablar de su historia familiar.
—No. Dejame darme una ducha y nos vamos.
—¿Querés que acomode algo más por acá?
—No, no. Acá te dejo la llave, cerrá todo que yo me voy a bañar.
—Dale.
Sandra salió disparada hacia el baño y la ducha en vez de despabilarla, la relajó tanto que en el camino a la casa de Juan Manuel se quedó profundamente dormida. Se despertó con el sonido de la puerta del auto al cerrarse.
—Buenas noches. —se burló él y ella le sonrió.
—Estoy fundida. No sé si sea una buena compañía, hoy.
—Sos la mejor. Dormida o despierta.
—¡Qué tierno!
—¿Vamos?
—Sí.
Cruzaron la calle y abrieron la reja para atravesar un mini pasillo hasta la puerta del departamento de él, ubicado en Villa Luro, en el medio de otros tres iguales al suyo. La diferencia era que este se extendía hacia más atrás y no contaba ni con garaje ni patio. Aunque, para Juan Manuel le resultaba muy cómodo. Se había mudado hacía poco tiempo después de vender la casa donde había vivido con Emilia y su hija en Villa Devoto.
—Me encanta Villa Luro. —le confesó mientras atravesaban la puerta y encendían las luces del ambiente.
—Me gustaba más Devoto, la verdad.
—No conozco. Pero acá, es como barrio todavía.
—Sí, es cierto. Ponete cómoda que me voy a dar un baño y estoy con vos. Ya dejé preparada la cena en la heladera.
—Destapo un vino, ¿te parece? —le preguntó acercándose a la cava que tenía Juan Manuel debajo de una pintoresca barra.
—Elegí el que más te guste. —se perdió en el corredor que conducía al baño y a la habitación.
—¿Cualquiera? —sonrió mientras agarraba la botella de un Malbec de Catena Zapata.
—Sí. Cualquiera. ¡Ya me imagino cuál vas a agarrar! —le gritó desde el baño.
Tomó dos copas y sirvió la primera; la balanceó y se la llevó cerca de la nariz para sentir el aroma. ¡Exquisito! Se le hizo agua la boca, pero se controló. Vertió un poco más e hizo lo mismo con la copa de Juan Manuel. Antes de acomodarse en el sillón, dispuso la comida en la mesa junto a las copas y la botella de vino. Mientras esperaba, envió los clásicos mensajes de “felicidades” para sus conocidos más cercanos. Leonardo, Cecilia, Pablo, Romina y bueno… uno general para el grupo del profesorado. Cuatro personas solamente. Cuatro personas eran las más importantes en su vida. El número la entristeció. Siguió bajando a través de los contactos y se detuvo en aquel que seguía sin agendar. Tras un impulso idiota… escribió;
            Feliz Navidad. Saludo a los tuyos.
Cerró el chat y guardó el teléfono en la mochila. Juan Manuel salió del baño, se acomodaron en la mesa y como siempre, la noche avanzó rapidísima. Llegaron a las 11:30 y un poco mareados por el alcohol, acurrucados en el sillón, se contaron algunos secretos que atesoraban. Él le comentó que había tenido que salirse de un equipo de rugby porque lo maltrataban; que no se había animado a decirle a sus padres que dejaba el deporte por esa razón. Había inventado que ya no le gustaba y que quería probar otra cosa cuando en realidad, se iba porque se sentía expuesto y violentado.
—No te puedo creer.
—Fue horrible porque yo amaba jugar al rugby.
—¿Y no probaste en otro lado?
—No. Mi viejo quería que me quedara en ese club así que no tuve otra opción más que cambiar de deporte.
—Horrible, Juan.
—Por eso, cuando escucho las noticias, se me crispa la piel porque sé de lo que son capaz. Si sos de los más fuertes, genial, no la pasás tan mal. Pero yo no lo era y me tocaba la peor parte. Ni quisiera contarte las cosas que me hicieron. Hijos de puta.
—Por Dios. —Sandra se quedó pensando e imaginando lo que había sido hablar de abusos en otra época. Agradeció la libertad y la facilidad para comunicarse de los últimos tiempos.
—Tu turno.
—No tengo ningún secreto, Juan.
—No te creo.
—¿Por qué? No escondo nada.
—Mmm… Sé que hay algo que no me contás. Algo que tiene que ver con el primo de Cecilia.
—¿Con Sebastián?
—Ese mismo. Hay algo en esa historia que no me decís. ¿Te conté que soy un experto en adivinar lo que piensa la gente?
—Ah, ¿Sí?
—Sí. Y noté que algo pasa entre ustedes todavía.
—¡Juan! ¡Por favor! —se alejó de sus brazos y se acomodó en la otra punta del sillón. Se estaba poniendo a la defensiva y eso era signo de…
—¡Ves! ¿Ves cómo te ponés? Eso me da la razón.
—¿Por qué te empeñás en hablarme de él?
—Porque quiero que me digas la verdad.
—¿Qué querés escuchar? Decime y te lo digo.
—Ya te dije, la verdad. ¿Qué sentís por él?
—Nada. —Se mantendría firme. Ni muerta le diría lo que en realidad pensaba.
—Nada, no. Porque no dejaste de mirarlo en toda la noche. Porque él tampoco lo hizo. Porque cuando te besé, te sentí incomoda, lejana. Y lo primero que hiciste cuando te solté, fue buscarlo a él.
—Estás borracho, Juan. Deja de hablar pavadas.
—¿Por qué te cuesta tanto ser sincera?
—¡No sé qué querés que te diga! —levantó la voz.
—No te enojes, que no estamos peleando.
—Me hacés poner nerviosa. ¿Para eso me invitaste? ¿Para reclamarme?
—Yo no te estoy reclamando nada, Sandra. Te estoy preguntando si todavía sentís cosas por ese flaco. Sé que sí, pero quiero escucharlo de tu boca. Quiero que me cuentes qué pasó. Porqué terminaron. Quiero saber dónde estoy parado yo, nada más.
—Juan…—se acercó y le acarició la mejilla. —estoy con vos.
—Ya lo sé. Pero… no completamente.
—Estoy como más puedo. —le confesó por fin. Hasta ahí llegaba su verdad en puntitas de pie.  
—¿Crees que en algún momento vas a estar entera para mí?
—Es lo que más quiero. —fue sincera. Quería estarlo, era lo que más deseaba. —¿Te alcanza?
—Besame.
Sus bocas se unieron en beso esclarecedor. Ella lo besó intentando transmitirle lo que le ocurría, lo que sentía. Él la recibió con la esperanza de que en realidad le alcanzara para seguir construyendo su relación. Él se había enamorado como un idiota y, aunque le hubiese encantado confesárselo, no lo había hecho porque sentía en su interior que no compartían el mismo sentimiento. Y en esta nochebuena lo confirmaba.
—Te quiero. —le dijo Sandra sorprendiéndolo. —Te quiero, de verdad. Me hace muy bien estar con vos. Me divierto, la paso bien. Me gusta como somos cuando estamos juntos… —Todo, pero absolutamente todo, lo que estaba diciendo era verdad. No mentía cuando le decía que lo quería.
—Pero…
—…pero me vas a tener que tener paciencia. Mucha.
—¿Lo amás todavía?
—Estoy con vos. —le repitió y volvió a besarlo. No le respondería esa pregunta porque de hacerlo, lo perdería. —Te pregunto de nuevo; ¿Te alcanza?
En un hilito quedó pendiendo la pregunta a la espera de ser respondida. Era todo o nada.
—Sí. —le respondió completamente perdido en sus ojos marrones.
El cielo brillaba con los fuegos artificiales, los dos salieron a la calle para verlos. Abrazados, cada uno con una copa en la mano, brindaron por un futuro juntos. Sandra esperaba que la verdad expuesta esa noche no cambiara su relación. Y si eso ocurría, debía atenerse a las consecuencias. Porque…porque él se merecía una mujer completa. Una mujer que solo tenga ojos para él y no una atenta al sonido del celular, esperando una respuesta.
Se acostaron, hicieron el amor. Se quedaron profundamente dormidos. Sandra, se despertó desorientada y se levantó al baño. Salió y se dirigió a la cocina, se sirvió un poco de agua y se la tomó de una vez, mientras observaba los trastos sucios que habían quedado de la cena. Se maldijo por no haberlos lavado. Ahora le tocaría hacerlo por la mañana y ella odiaba lavar platos a esa hora. Su mirada recorrió el living en penumbras y sobre la mesa, divisó su celular. Impulsada por la curiosidad, se acercó y abrió el WhatsApp. Un mensaje la sentó de lleno sobre el sillón;
            Feliz Navidad. ¿Cómo estás?
Lo vio en línea y enseguida miró la hora del mensaje. Le había escrito una hora atrás. Siendo las cuatro de la mañana imaginó que estaría de festejo con amigos.
            Bien, ¿vos? ¿Qué hacías?
Notó el escribiendo y su corazón se detuvo.
            Emborrachándome para no pensarte.
Arrojó el celular como si le quemara en las manos. A los pocos segundos volvió a sonar. Era él.
            Perdón.
Ella juntó fuerzas y le respondió;
            ¿Cómo se hace para olvidar?
Él entendió el significado de la pregunta y le escribió;
            No sé. Es lo que yo me pregunto todo el tiempo.
Ya no hablaron más. Sandra escondió el aparato en el fondo de la mochila y volvió a los brazos de Juan Manuel. Esa noche había habido muchas verdades, demasiadas. Verdades que dolían y verdades que cargaban sobre ellas, con un dejo de esperanza.
Ninguno de los dos se había olvidado.



1 comentario:

  1. Ayy Dios mio Eri,porque hay que sufrir tanto en el amor,me duele el dolor de los tres, pero para ser sincera, me da mucha ternura Juan y a su vez, Sebastián me parte el alma y a Sandra todavía trato de entenderla.

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