martes, 2 de junio de 2020

La última canción: Capítulo 25: Unos labios inquietos.


“… Y si beso la osadía y el misterio de tus labios, no habrá dudas ni resabios.
Te querré más todavía.”
Mario Benedetti

No había podido regresar al Joaquín, aunque el plan era hacerlo al año siguiente y aquello la tranquilizaba; sabía que continuaría. Las cosas con Aníbal seguían rasposas e intentaba esquivarlo todas las veces que fueran necesarias. A pesar de que se había mudado a la casa de sus abuelos—ya no era su casa—la relación seguía siendo malísima. Sin embargo… después de la charla que tuvo con su mamá en una de sus visitas esporádicas, algo se removió dentro suyo que la sorprendió.
Esa mañana, como siempre, sabía que ella vendría después de hacer el recorrido entre los hijos olvidados. Calentó el agua con la pava que le regaló Sebastián y esperó con paciencia a que llegara. Tenía el pelo más largo y unos kilos de menos. No había venido sola en esta oportunidad. Una nena de unos tres años la acompañaba bien agarradita de su mano. Delfina era su sobrina nieta. La pequeña se entretuvo con unos juguetes que le habían hecho compañía durante el viaje y unas golosinas que Sandra le regaló. Así, les permitió conversar sin sobresaltos.
—¿Y dónde está? —le preguntó ella refiriéndose al padre.
—No sé ni me interesa. Casi no lo veo. Yo me meto acá y no salgo más.
—¿Y cómo es eso de que estuvo preso?
—No le pregunté.
—¿Cuánto tiempo?
—¡No sé! Y si querés averiguar más, quizás, deberías tocarle timbre y pasar a tomar mate con él. Yo no sé nada de su vida y tampoco me importa.
—Es tu papá…
—¿Y?
—Si a mí me pudiste…
—Vos tuviste suerte de que la abuela estuviese viva. Y con él, es otro tema. A mí ya no me interesa si me abandonó, si estuvo preso… No me importa lo que me hizo a mí. ¿Sabés lo que me da más bronca?  Cuando lo veo, no puedo evitar recordar la tristeza de la abuela cuando atendía el teléfono y deseaba que fuese él quien llamaba. O cuando llegaba Navidad y mandaba al abuelo a comprar de más por si venía alguien. Y ese alguien siempre era su único hijo. Eso… eso es lo que no puedo olvidar. Vos, al menos, me lastimaste sólo a mí. Él lastimó a las personas que más amo. Y para mí, después de eso, no hay marcha atrás.
—¿Nunca se lo dijiste?
—No. No tuve la oportunidad porque ese hijo de puta, solo volvió para quitarme la casa. Y, como estaba tan ocupado echándome, no pude hacerlo, ¿sabes?
—No hace falta que seas tan ácida.
—No tengo otra manera. No me hables de él si no querés que esta conversación se maneje en este tono.
—Algún día lo vas a tener que aceptar. Como aceptaste mi realidad… —Sandra iba a hablar, pero su mamá la interrumpió— uno no puede huir de lo que fue, de lo que hizo. No se puede deshacer el dolor que causó nuestra decisión ni cuánto lastimaste a los demás. Quizás él haya llegado a tu vida por una razón. ¿No lo pensaste? Quizás necesita que lo ayudes. Quizás con tu perdón, logre redimirse como lo hice yo.
—Jamás. Por mí, se puede morir ahí, delante de mí puerta, que ni siquiera me voy a mosquear. Aunque pensándolo bien, para mí siempre estuvo muerto. No hay diferencia.
—Ay, hija… —suspiró y se puso de pie.
—¿Ya se van? —
—Sí. ¿Hablamos en unos días?
—Dale. —le dio un beso y cuando estaba a punto de alejarse, su mamá la envolvió en un abrazo fraternal muy raro de ella que, al igual que Sandra tomaba distancia de las expresiones sentimentales cuando de cuidar sentimientos se tratara.
—El que perdona la ofensa, cultiva el amor. —le susurró en el oído y la besó con ternura. —Delfina, saludá a Sandra. Decile gracias por los caramelos…
—Chau, Delfi.
La tarde llegó junto con Romina, su sonrisa y sus chistes; prefirió dejar de lado cuánto habían calado las palabras de su mamá. Trabajó, volvió a casa. Se ocupó de preparar la cena para cuando llegase Sebastián. Decidió esmerarse y sorprenderlo con una carne al horno mechada con papas y batatas; su especialidad. Compró un vino fino y preparó la mesa para que aquella cena fuese realmente especial. Sandra sentía que con cada día que pasaba, los miedos, las inseguridades, los prejuicios se iban cayendo uno a uno. Él, con su dulzura había remendado su alma. Se sirvió una copa cuando leyó el mensaje de él que decía;
            Recién salí. Paso por casa a cambiarme y voy para allá.
            Perdón.
Sandra le tomó una foto a la copa y escribió:
            No pasa nada.
Empecé sin vos.
Se reía de los GIFS que Sebastián le enviaba cuando notó que, en el extremo de la pantalla, tenía un nuevo mensaje. Salió de la conversación con él y abrió el texto que Juan Manuel le acababa de enviar.
Hola. Yo sé qué hace días que no hablamos.
También sé que seguramente retomaste tu relación con Sebastián.
Pablo no me quiso decir nada, pero yo lo sé.
Te extraño, Sandra. Te extraño tanto. Me encantaría verte.
Necesito hablar con vos.
Sandra releyó el mensaje varias veces y tecleó y borró unas cuantas más hasta dar con las palabras exactas que no hirieran sus sentimientos. Se decidió, finalmente, por un audio. Sería mejor que la oyera.

Juan… ¿Cómo estás? Me sorprende muchísimo este mensaje porque creí que las cosas habían quedado muy claras entre vos y yo. Pensé que habías entendido que lo nuestro no tenía futuro por varias razones que no hace falta recordar. ¿No te parece? Y creeme que no importa si yo estoy o no con alguien. Lo que pasó entre nosotros se terminó, Juan. Vos sabés que te quiero mucho y que me encantaría que conserváramos una linda amistad, pero no me parece que…

El audio se vio pausado por unos golpes en la puerta. Sandra se acercó y por la ventana vio a Juan Manuel parado en la vereda de su casa con las manos metidas en los bolsillos y moviéndose para evitar el frío. ¿Qué hacer? Sebastián llegaría en cualquier momento… Aunque, todavía debía bañarse así que, quizás, contaba con el tiempo de escucharlo y luego, invitarlo a retirarse. Abrió. El hombre que vio del otro lado de la reja no era el mismo que la había socorrido el día del robo. Este que tenía enfrente era otro Juan Manuel. La pena y la culpa se instalaron en su pecho en forma de hielo y ante la sensación, tosió.
—Pasa… —abrió la reja y lo invitó a seguir.
—Perdón que vine así. —le dijo y se sentó en una silla.
—¿Qué pasa, Juan?
—Te extraño. Te lo dije en el mensaje.
—No puede ser solo eso. —Sandra, movida por la tristeza que le generaba verlo tan fuera de sí, se agachó y tomó sus manos con cariño. Estaba helado. Lo buscó con la mirada y lo que vio a través de sus ojos, no le gustó nada.
—Desde que me fui de acá todo… todo se fue al tacho. Primero me dejaste vos… después Emilia regresó a España y se llevó a mi hija. Y después, el trabajo… que…
—¡Juan! —apretó sus manos con fuerza—Qué pena… qué pena que las cosas…
—¡Perdí todo! —se puso de pie con ímpetu y comenzó a caminar por el comedor. —¡Todo lo que más amaba! ¿Por qué? ¿Por qué?
—Juan… sentate. ¿Te sirvo una copa de vino? Charlamos y vas a ver que te vas a sentir mejor.
—¿No me estás escuchando, Sandra?
—Sí, lo estoy. Por eso… —lo tomó de la mano y lo guio de vuelta a la silla. —ponete cómodo. Y contame con detalle…
—Te necesito. —la detuvo antes de que ella se acercara a la cocina por otra copa. Llevó la mano de Sandra a sus labios y la besó con ternura. —Necesito que me ayudes. No puedo solo.
—Juan. Claro que podés. Todos podemos. Tranquilo que esto también va a pasar.
—¿Por qué me dejaste, Sandra?
—Juan, por favor. —le esquivaba la mirada porque se sentía realmente responsable de su situación.
—Necesito escucharte. Necesito entender.
—Creo que ya lo hablamos. ¿Querés una copa de vino? Compré un Rutini… —se deshizo del contacto porque se estaba poniendo nerviosa. Juan parecía no entrar en razones y de un momento a otro, sabía que Sebastián golpearía a su puerta. Su cabeza maquinaba mil situaciones donde todas y en cada una de ellas, terminaban envueltos en una fuerte discusión.
—Yo te amaba… —le dijo sin quitarle los ojos de encima.
—Juan. ¿Por qué no hablamos de Emilia? Contame por qué se fue. —le dijo mientras agarraba la copa y servía un poco de vino para él esquivando su constante mirada. —¿Qué pasó en la oficina?
—Emilia… conoció a alguien.
—Ah… Okey.
—Y en el estudio… —agarró la copa que Sandra le acercó y la observó con detenimiento. Se la llevó a la boca y se bebió todo de golpe—Todo está mal, muy mal.
—Pero… ¿Qué pasó? ¿Algún problema con un caso?
—¿Por qué me abandonaste? —levantó la vista y volvió a clavarle la mirada como si fuese un puñal.
—No te amaba, Juan. —le dijo con sinceridad. —Te quise muchísimo, pero… —no alcanzó a terminar la oración porque el estruendo de la copa vacía estrellándose contra la pared la sorprendió. Se llevó las manos a la boca, asustada.
—¡Jugaste conmigo! —le gritó.
—¡No!
—¡Sí!
—Juan, por favor… —lo vio levantarse y darle la espalda. Estaba tan irreconocible que, por un momento, Sandra creyó que la lastimaría.
—Perdóname. —giró y en su rostro reconoció a aquel que la había hecho reír muchas veces, con el que había pasado fines de semanas felices. Por esos recuerdos fue que tomó coraje, se acercó y lo abrazó. —Todo se desmoronó, Sandra. —Estaba destruido y en sus hombros caídos reconoció la frustración y la derrota que muchas veces ella misma había sentido. Esa que te pone de rodillas y te aplasta como si fueras una cucaracha.
—Tranquilo… todo va a estar bien. —Juan se acomodó entre sus brazos y, sin meditarlo, buscó su boca para besarla. Sandra no interpretó el movimiento hasta que sus labios rozaron los de ella y la puerta de entrada se abrió. Sí, había olvidado que le había dado una copia de la llave a Sebastián.
—¡Ah, bueno! Parece que en verdad llegué tarde.
Sandra se apartó de los brazos de Juan Manuel y caminó hasta Sebastián que se había quedado duro en el umbral de puerta.
—Te puedo explicar…
—No hace falta. Los dejo para que solucionen sus asuntos. ¡Chau! —Cerró la puerta con fuerza y se marchó, dejando a Sandra al borde de las lágrimas del otro lado. Ahora entendía un poco más los sentimientos que había atravesado él cuando ella se había marchado aquella noche.
—Perdóname… —Juan se le acercó y le dio un beso en la mejilla.
—Andate, Juan.
—Perdón. No fue mi intención. —abrió la puerta y se fue.
Cinco veces lo llamó hasta que, claramente, Sebastián apagó el teléfono. Sacó la carne del horno, la dejó sobre la mesada y se fue al cuarto con su copa y la botella. Esperaría. Esperaría a que la dejara explicarle. Seguramente, cuando escuchara lo que había ocurrido, la entendería. Y todo estaría bien. Giró la cabeza mientras se llevaba la copa a la boca y observaba el estante donde él ya había dejado alguna de sus cosas. Se acurrucó en la cama y deseó que regresara. Una vez más.



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