“… Y si beso la osadía y el misterio de tus labios, no
habrá dudas ni resabios.
Te querré más todavía.”
Mario Benedetti
No había podido regresar al Joaquín,
aunque el plan era hacerlo al año siguiente y aquello la tranquilizaba; sabía
que continuaría. Las cosas con Aníbal seguían rasposas e intentaba esquivarlo
todas las veces que fueran necesarias. A pesar de que se había mudado a la casa
de sus abuelos—ya no era su casa—la relación seguía siendo malísima. Sin
embargo… después de la charla que tuvo con su mamá en una de sus visitas esporádicas,
algo se removió dentro suyo que la sorprendió.
Esa mañana, como siempre, sabía que
ella vendría después de hacer el recorrido entre los hijos olvidados. Calentó
el agua con la pava que le regaló Sebastián y esperó con paciencia a que
llegara. Tenía el pelo más largo y unos kilos de menos. No había venido sola en
esta oportunidad. Una nena de unos tres años la acompañaba bien agarradita de
su mano. Delfina era su sobrina nieta. La pequeña se entretuvo con unos juguetes
que le habían hecho compañía durante el viaje y unas golosinas que Sandra le
regaló. Así, les permitió conversar sin sobresaltos.
—¿Y dónde está? —le preguntó ella
refiriéndose al padre.
—No sé ni me interesa. Casi no lo
veo. Yo me meto acá y no salgo más.
—¿Y cómo es eso de que estuvo preso?
—No le pregunté.
—¿Cuánto tiempo?
—¡No sé! Y si querés averiguar más,
quizás, deberías tocarle timbre y pasar a tomar mate con él. Yo no sé nada de
su vida y tampoco me importa.
—Es tu papá…
—¿Y?
—Si a mí me pudiste…
—Vos tuviste suerte de que la abuela
estuviese viva. Y con él, es otro tema. A mí ya no me interesa si me abandonó,
si estuvo preso… No me importa lo que me hizo a mí. ¿Sabés lo que me da más
bronca? Cuando lo veo, no puedo evitar
recordar la tristeza de la abuela cuando atendía el teléfono y deseaba que
fuese él quien llamaba. O cuando llegaba Navidad y mandaba al abuelo a comprar
de más por si venía alguien. Y ese alguien siempre era su único hijo. Eso… eso
es lo que no puedo olvidar. Vos, al menos, me lastimaste sólo a mí. Él lastimó
a las personas que más amo. Y para mí, después de eso, no hay marcha atrás.
—¿Nunca se lo dijiste?
—No. No tuve la oportunidad porque
ese hijo de puta, solo volvió para quitarme la casa. Y, como estaba tan ocupado
echándome, no pude hacerlo, ¿sabes?
—No hace falta que seas tan ácida.
—No tengo otra manera. No me hables
de él si no querés que esta conversación se maneje en este tono.
—Algún día lo vas a tener que
aceptar. Como aceptaste mi realidad… —Sandra iba a hablar, pero su mamá la
interrumpió— uno no puede huir de lo que fue, de lo que hizo. No se puede
deshacer el dolor que causó nuestra decisión ni cuánto lastimaste a los demás.
Quizás él haya llegado a tu vida por una razón. ¿No lo pensaste? Quizás necesita
que lo ayudes. Quizás con tu perdón, logre redimirse como lo hice yo.
—Jamás. Por mí, se puede morir ahí,
delante de mí puerta, que ni siquiera me voy a mosquear. Aunque pensándolo bien,
para mí siempre estuvo muerto. No hay diferencia.
—Ay, hija… —suspiró y se puso de pie.
—¿Ya se van? —
—Sí. ¿Hablamos en unos días?
—Dale. —le dio un beso y cuando
estaba a punto de alejarse, su mamá la envolvió en un abrazo fraternal muy raro
de ella que, al igual que Sandra tomaba distancia de las expresiones sentimentales
cuando de cuidar sentimientos se tratara.
—El que perdona la ofensa, cultiva el
amor. —le susurró en el oído y la besó con ternura. —Delfina, saludá a Sandra.
Decile gracias por los caramelos…
—Chau, Delfi.
La tarde llegó junto con Romina, su sonrisa
y sus chistes; prefirió dejar de lado cuánto habían calado las palabras de su
mamá. Trabajó, volvió a casa. Se ocupó de preparar la cena para cuando llegase Sebastián.
Decidió esmerarse y sorprenderlo con una carne al horno mechada con papas y
batatas; su especialidad. Compró un vino fino y preparó la mesa para que
aquella cena fuese realmente especial. Sandra sentía que con cada día que
pasaba, los miedos, las inseguridades, los prejuicios se iban cayendo uno a
uno. Él, con su dulzura había remendado su alma. Se sirvió una copa cuando leyó
el mensaje de él que decía;
Recién salí. Paso por casa a
cambiarme y voy para allá.
Perdón.
Sandra le tomó una foto a la copa y
escribió:
No
pasa nada.
Empecé sin vos.
Se reía de los GIFS que Sebastián le
enviaba cuando notó que, en el extremo de la pantalla, tenía un nuevo mensaje.
Salió de la conversación con él y abrió el texto que Juan Manuel le acababa de
enviar.
Hola. Yo sé qué
hace días que no hablamos.
También sé que
seguramente retomaste tu relación con Sebastián.
Pablo no me quiso
decir nada, pero yo lo sé.
Te extraño,
Sandra. Te extraño tanto. Me encantaría verte.
Necesito hablar
con vos.
Sandra releyó el mensaje varias veces
y tecleó y borró unas cuantas más hasta dar con las palabras exactas que no
hirieran sus sentimientos. Se decidió, finalmente, por un audio. Sería mejor
que la oyera.
Juan… ¿Cómo estás? Me sorprende muchísimo este mensaje porque creí que
las cosas habían quedado muy claras entre vos y yo. Pensé que habías entendido
que lo nuestro no tenía futuro por varias razones que no hace falta recordar.
¿No te parece? Y creeme que no importa si yo estoy o no con alguien. Lo que
pasó entre nosotros se terminó, Juan. Vos sabés que te quiero mucho y que me
encantaría que conserváramos una linda amistad, pero no me parece que…
El audio se vio pausado por unos
golpes en la puerta. Sandra se acercó y por la ventana vio a Juan Manuel parado
en la vereda de su casa con las manos metidas en los bolsillos y moviéndose para
evitar el frío. ¿Qué hacer? Sebastián llegaría en cualquier momento… Aunque,
todavía debía bañarse así que, quizás, contaba con el tiempo de escucharlo y
luego, invitarlo a retirarse. Abrió. El hombre que vio del otro lado de la reja
no era el mismo que la había socorrido el día del robo. Este que tenía enfrente
era otro Juan Manuel. La pena y la culpa se instalaron en su pecho en forma de hielo
y ante la sensación, tosió.
—Pasa… —abrió la reja y lo invitó a
seguir.
—Perdón que vine así. —le dijo y se
sentó en una silla.
—¿Qué pasa, Juan?
—Te extraño. Te lo dije en el
mensaje.
—No puede ser solo eso. —Sandra,
movida por la tristeza que le generaba verlo tan fuera de sí, se agachó y tomó
sus manos con cariño. Estaba helado. Lo buscó con la mirada y lo que vio a
través de sus ojos, no le gustó nada.
—Desde que me fui de acá todo… todo
se fue al tacho. Primero me dejaste vos… después Emilia regresó a España y se
llevó a mi hija. Y después, el trabajo… que…
—¡Juan! —apretó sus manos con
fuerza—Qué pena… qué pena que las cosas…
—¡Perdí todo! —se puso de pie con
ímpetu y comenzó a caminar por el comedor. —¡Todo lo que más amaba! ¿Por qué? ¿Por
qué?
—Juan… sentate. ¿Te sirvo una copa de
vino? Charlamos y vas a ver que te vas a sentir mejor.
—¿No me estás escuchando, Sandra?
—Sí, lo estoy. Por eso… —lo tomó de
la mano y lo guio de vuelta a la silla. —ponete cómodo. Y contame con detalle…
—Te necesito. —la detuvo antes de que
ella se acercara a la cocina por otra copa. Llevó la mano de Sandra a sus
labios y la besó con ternura. —Necesito que me ayudes. No puedo solo.
—Juan. Claro que podés. Todos podemos.
Tranquilo que esto también va a pasar.
—¿Por qué me dejaste, Sandra?
—Juan, por favor. —le esquivaba la
mirada porque se sentía realmente responsable de su situación.
—Necesito escucharte. Necesito
entender.
—Creo que ya lo hablamos. ¿Querés una
copa de vino? Compré un Rutini… —se deshizo del contacto porque se estaba
poniendo nerviosa. Juan parecía no entrar en razones y de un momento a otro,
sabía que Sebastián golpearía a su puerta. Su cabeza maquinaba mil situaciones donde
todas y en cada una de ellas, terminaban envueltos en una fuerte discusión.
—Yo te amaba… —le dijo sin quitarle
los ojos de encima.
—Juan. ¿Por qué no hablamos de
Emilia? Contame por qué se fue. —le dijo mientras agarraba la copa y servía un
poco de vino para él esquivando su constante mirada. —¿Qué pasó en la oficina?
—Emilia… conoció a alguien.
—Ah… Okey.
—Y en el estudio… —agarró la copa que
Sandra le acercó y la observó con detenimiento. Se la llevó a la boca y se bebió
todo de golpe—Todo está mal, muy mal.
—Pero… ¿Qué pasó? ¿Algún problema con
un caso?
—¿Por qué me abandonaste? —levantó la
vista y volvió a clavarle la mirada como si fuese un puñal.
—No te amaba, Juan. —le dijo con
sinceridad. —Te quise muchísimo, pero… —no alcanzó a terminar la oración porque
el estruendo de la copa vacía estrellándose contra la pared la sorprendió. Se
llevó las manos a la boca, asustada.
—¡Jugaste conmigo! —le gritó.
—¡No!
—¡Sí!
—Juan, por favor… —lo vio levantarse
y darle la espalda. Estaba tan irreconocible que, por un momento, Sandra creyó
que la lastimaría.
—Perdóname. —giró y en su rostro
reconoció a aquel que la había hecho reír muchas veces, con el que había pasado
fines de semanas felices. Por esos recuerdos fue que tomó coraje, se acercó y
lo abrazó. —Todo se desmoronó, Sandra. —Estaba destruido y en sus hombros
caídos reconoció la frustración y la derrota que muchas veces ella misma había
sentido. Esa que te pone de rodillas y te aplasta como si fueras una cucaracha.
—Tranquilo… todo va a estar bien.
—Juan se acomodó entre sus brazos y, sin meditarlo, buscó su boca para besarla.
Sandra no interpretó el movimiento hasta que sus labios rozaron los de ella y
la puerta de entrada se abrió. Sí, había olvidado que le había dado una copia
de la llave a Sebastián.
—¡Ah, bueno! Parece que en verdad
llegué tarde.
Sandra se apartó de los brazos de
Juan Manuel y caminó hasta Sebastián que se había quedado duro en el umbral de
puerta.
—Te puedo explicar…
—No hace falta. Los dejo para que
solucionen sus asuntos. ¡Chau! —Cerró la puerta con fuerza y se marchó, dejando
a Sandra al borde de las lágrimas del otro lado. Ahora entendía un poco más los
sentimientos que había atravesado él cuando ella se había marchado aquella
noche.
—Perdóname… —Juan se le acercó y le
dio un beso en la mejilla.
—Andate, Juan.
—Perdón. No fue mi intención. —abrió
la puerta y se fue.
Cinco veces lo llamó hasta que, claramente,
Sebastián apagó el teléfono. Sacó la carne del horno, la dejó sobre la mesada y
se fue al cuarto con su copa y la botella. Esperaría. Esperaría a que la dejara
explicarle. Seguramente, cuando escuchara lo que había ocurrido, la entendería.
Y todo estaría bien. Giró la cabeza mientras se llevaba la copa a la boca y
observaba el estante donde él ya había dejado alguna de sus cosas. Se acurrucó
en la cama y deseó que regresara. Una vez más.

Nooo por favor Eri no nos podes dejar así!!!
ResponderEliminarEsta Sandra!!!! qué tooooooonta!!!! Cómo lo va a dejar entrar????
ResponderEliminar🤬😡😥
ResponderEliminarayyyyyy dije es el ultimo y me voy a dormir y no puedo parar de leer....y ahora?
ResponderEliminarnoooo,no se hace entrar al ex a tu casa cuando estas sola!!!!
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