martes, 9 de junio de 2020

La última canción: Capítulo 27: Rotos.



“Tal vez estaba hecho pedazos, pero te di lo mejor de mí.”
Jim Morrison.
—¿Vos crees que el amor todo lo puede? —lo sorprendió ella.
—No. —Sandra lo miró extrañada.
—No entiendo…
—Eso. Amar a alguien no significa aguantarse todo porque lo amás. Y, no necesariamente, ese sentimiento va a poder contra todos los obstáculos.
—Entonces vos decís que…—la incertidumbre sobre lo que estaba escuchando era tal que le era imposible pensar con claridad o articular una frase inteligente.
—Yo no digo nada. Solo respondo una pregunta. Me parece ilógico que, en nombre del amor, se busque el perdón constantemente. ¿Vos? —Sebastián se llevó el vaso de cerveza a la boca y la miró desafiante. Aquella contienda no sería nada fácil. Había mucho en juego y…
—Creía que sí hasta hace un minuto atrás.
—Ahora. Ponete una mano en el corazón. ¿Vos creías, cuando me dejaste aquella noche, que el amor que sentías por mí era más fuerte que todo lo demás?
—No, en ese…
—¡Ves! A veces, el amor no alcanza. No es suficiente.
—Hace un tiempo que empecé a creer que sí. —No le hizo caso al comentario y se mantuvo en el punto que quería dar. — Que el amor, el amor verdadero, puede contra todo. Y, por eso, entendí que quizás nuestro momento era ahora y no dos años atrás. Aunque…
—Y…ahora te hago otra pregunta. ¿Vos crees que lo que nosotros sentimos va a poder con tus mambos y los míos? ¿Con nuestras inseguridades? ¿Con tu miedo a estar sola? ¿Con mis celos?
—Ey… Si lo ponés de ese modo, suena tan mal.
—Suena mal porque está mal.
—Yo no sé qué tanto pueda ayudarnos esta charla cuando lo único que estás haciendo es exponer todo lo malo que tenemos.
—Pero eso es lo que nos separa, una y otra vez. ¿O no?
—Sí, pero yo creo que…
—Te escucho.
—Necesito un pucho. —hurgó en su cartera hasta que encontró ese paquete que había comprado semanas atrás. No se había dado cuenta, pero desde que había vuelto con Sebastián, no había retomado el vicio. Hasta esta noche. Lo prendió y le dio una bocanada profunda. Tosió ante la falta de costumbre.
—No estoy tratando de boicotear la charla. Quiero que eso te quede en claro, pero… si vamos a poner todas las cartas sobre la mesa hay que empezar por el elefante dentro de la habitación.
—Y… ¿Cuál sería?
—Nuestras inseguridades. Es uno de los temas más importantes.
—Yo… —cerró los ojos buscando las palabras necesarias rogando salir lo más sana posible de aquella conversación. Dolería, estaba segura. Sebastián estaba dispuesto a ir al fondo de todo. Hasta allá adentro donde ni ella era capaz de asomarse. —te quiero pedir disculpas por lo de Juan…
—Ya pasó. No estamos hablando ni de él ni de Tamara. Vos y yo. ¿Cómo solucionamos esto? Porque así, como dijiste en la calle, no nos está funcionando. Al contrario, nos estamos haciendo mierda.
—Sabés de mis mayores temores. No sé qué más podría decirte, contarte…
—Sí, tenés razón. Sé que te abandonaron, que tu vida siempre estuvo plagada de ausencias, de despedidas. Que te aterra que no te amen. —Sandra levantó la vista con los ojos empañados. Expuesta su alma, su vida entera. —Y no entiendo por qué, porque tenés mucha gente que te ama de verdad. ¿Querías amor verdadero? ¡Ahí lo tenés!
—No sé porque estás tan a la defensiva.
—Sin pelos en la lengua, Sandra, para que nos quede bien en claro a los dos.
—Ya sé que tengo mis quilombos. ¿Sabés que… cuando era chica pensaba que me iba a casar a los veintitrés? Quería tener cuatro hijos; dos nenas y dos varones. Si hasta pensé en sus nombres, María Clara, Sofía, Juan Ignacio y Francisco. Me hubiese encantado que a mis hijos les dijeran Nacho y Pancho. Ya sé, es muy tonto, pero por mucho tiempo lo soñé. ¡Y lo desee tanto! Pero…a medida que los años fueron pasando, me di cuenta que la vida era otra cosa. Que había que trabajar demasiado y que, aun rompiéndose uno el alma, era medio difícil eso de cumplir los sueños. Cuando mi abuelo murió, mi viejita y yo, nos pusimos al hombro todo. Y la vida de un día para otro, dejó de tratarse de encontrar al hombre de tus sueños o tener cuatro hijos. Solo era cuestión de conformarse. Nada más. Ser feliz o intentar serlo con lo poquito que tenía. Por lo menos, así fue para mí. Terminé la secundaria y me puse ayudarla con la costura, después vino el negocio… Después me había hecho tan buena que me llamaron de un taller. Y…
—Cuando te conocí había luz en tu mirada, te reías mucho.
—Falleció ella, quien fue mi todo… e irónicamente con ella se fue todo. Me apagué. Fui un par de veces más a terapia, pero sentía que era en vano. Así que lo dejé e intenté seguir con el taller después de que Cecilia se fuera. Después te conocí… y como te dije todo se volvió a iluminar para mí. Hasta que una sombra, esa misma que me acompañó durante toda la vida, me convenció de que no iba a funcionar. Que, de un momento a otro, te ibas a dar cuenta de que no era lo más acertado seguir con una mujer mucho más grande que vos. Y un día, vi una pareja en el colectivo y me acordé de los cuatro hijos y… pensé; ¿Podríamos? Y en mi cabeza una voz me gritó que no tan fuerte que me aturdió. Sembró la semilla de no sería posible. Y esa noche…
—Me preguntaste si quería tener hijos y yo me reí. Ya sé. Pero no me estás diciendo nada que no sepa. Yo estaba ahí. Necesito que vayas más adentro. ¿De qué se trata esa sombra?
—Esa sombra… ¡Ja! Esa sombra son todas las decepciones, los sufrimientos, las lágrimas, los abandonos, las ausencias, los pocos amigos… Las pésimas decisiones. Esa sombra fue mi consejera por mucho tiempo. Es la misma que ahora me dice que debería levantarme y volver a mi casa porque esta conversación va a terminar mal.
—Estoy cansado de querer echar luz sobre esa sombra de la que hablás. ¿No te das cuenta cuánto te amo? ¿No es suficiente para vos? Te elijo, te elegí y te seguiría eligiendo, incluso con todo eso que me contás. ¿Por qué preferís quedarte con lo negativo?
—¡Vos te estás quedando con lo negativo! Yo vine a tu casa a buscarte y pedirte perdón por lo de Juan, a explicarte que fue un error y que no va a volver a pasar y me encontré en este bar escuchando mis peores miserias. ¿Y las tuyas? O acaso… ¿La única imperfecta acá soy yo?
—No, claro que no. Yo tengo lo mío. Los celos por ejemplo y, no es por echar culpas, pero no me había pasado con nadie hasta que te vi con él en el cumpleaños de mi prima. Cuando se trata de vos, me pongo ciego y sí, lo tengo que trabajar, ya lo sé. Por eso no te escribí y me dediqué a pensar durante todos estos días. ¿Sabes cuál es mi mayor temor? Siento que… que en cualquier momento se te va a cruzar esa voz que te boicotea y me vas a volver dejar porque, perdóname por lo que voy a decir…pero… creo que sos una cobarde.
—¿Cobarde? —apagó el cigarrillo en el cenicero con bronca. —¿De qué mierda me estás hablando?
—Te escudás en eso del abandono, del miedo. ¿Sabés por qué? Porque te es más fácil hacer eso que enfrentarte a lo que vendrá.
—¡Sos un idiota! —le dijo y se puso de pie. —Yo estoy dando muchísimo más de lo que vos crees que soy capaz de dar. Todas las mañanas lucho con mis prejuicios, cuando me baño y me veo la panza, las estrías, el culo lleno de celulitis. Cuando me cepillo el pelo y notó que cada día tengo más y más canas. Más arrugas. Que dentro de un tiempo no voy a poder formar una familia porque… porque los años pasan y sigo igual que siempre. ¡Sola! Porque…—tragó para no tenderse a llorar ahí mismo— se ve que la única persona a quien le abrí mi corazón, no supo entenderlo e interpretarlo. No, no es suficiente con que me ames. ¡Quiero que me entiendas y que me aceptes como soy! —agarró la cartera y dio un paso. Sebastián se puso de pie y se le cruzó en el camino.
—Acabas de decirme exactamente lo que querés de mí. Desafortunadamente tuve que lastimarte para que dejaras salir eso que tenías tan adentro. Mirame. —Ella escondió la mirada entre sus zapatillas y las de él —Mirame, por favor. —Sandra levantó la vista y lo observó. En sus ojos marrones no estaba la altanería de recién. Al contrario, había… ¿Ternura? ¿Tristeza? ¿Amor? —Te acepto así. Te entiendo. Te respeto. Te admiro y, sobre todo, te amo. No volvamos a guardarnos nada más, por favor. —Sandra no dijo nada y en cambio, volvió a ocupar la silla frente a él.
—No voy a cambiar, Sebastián. Yo soy así. Con todo esto… con mis miedos, con mis locuras, con mis mambos e inseguridades. Como te dije, estoy haciendo un gran esfuerzo para ver el bosque en su totalidad y no enfocarme en un árbol en particular. Un árbol de mierda que me tiene re podrida.
—Yo, al igual que vos, estoy haciendo un esfuerzo descomunal por no besarte ahora mismo. —Sandra sonrió incapaz de mantener la guardia alta por mucho más tiempo y él se acercó por sobre la mesa para sentir sus labios. Al rozarlos, un sabor salado delató las lágrimas de ella. —Voy a confiar en vos.
—Nunca te engañaría…
—No, no sobre eso.
—¿Sobre qué?
—Sobre que el verdadero amor puede contra todo.



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