sábado, 13 de junio de 2020

La última canción: Capítulo 28: Soltar


“Lo que aceptes completamente te hará sentirte en paz,
incluyendo la aceptación de que no puedes aceptar, de que te estás resistiendo.”
Eckhart Tolle.

—¡Que los cumplás feliz! ¡Que los cumplás, Sandrita, que los cumplas feliz! —cantó Romina y obligó a soplar la velita clavada en un alfajor. —¡Treinta y cinco!
—Si volvés a repetirlo, te echo.
—¡Ey, que susceptible! Pensé que la relación con Sebastián había mejorado tu humor. Pensé que este cumpleaños sería diferente, pero… me equivoqué.
—No me gusta cumplir años. Ya lo sabés. Sin embargo, seguís haciendo la misma rutina cada año y preguntando las mismas boludeces.
—Bueno… bueno… me salgo de la zona de combate. ¿Cómo viene la mañana?
—Muy tranquila. ¿Vos? ¿Tus cosas?
—Todo bien. ¿Hago mate?
—Ya está todo listo.
Había dos clientes esperando mientras una chica se decidía a comprar el regalo del día del niño, que sería el domingo siguiente. Romina salió de atrás con el segundo cambio de yerba y le dio una mano para que pudieran sentarse de una vez. Cuando el último se retiró, la puerta volvió a abrirse y dejó a las dos estupefactas. Aníbal se abrió paso entre la mesa repleta de juguetes que habían armado en el centro y se acercó a ellas. Traía un bolso y un sobre en la mano.
—Buenas…
—Hola. Ya mismo te doy la plata del alquiler. —Enseguida, Sandra desapareció para ir hasta la caja y traer el monto exacto. Quería que se fuera lo más rápido posible. Maldijo haberse olvidado de pagarle antes.
—Gracias. —dijo él cuando recibió el dinero. Sandra se llevó las manos al bolsillo del pantalón nerviosa e incómoda con la presencia de él ahí. ¿Por qué no se iba? Se preguntó.
—Bueno… —empujó la palabra de su boca, esperando que él hiciera lo mismo con su cuerpo y lo trasladara fuera del negocio.
—Me gustaría hablar con vos, si puede ser. —el tono que usó estaba muy lejos de aquel altanero que había tenido la última vez en que se cruzaron.
—Bueno, está bien. Hablá.
—A solas… —Romina que alternaba la mirada entre los dos con el mate en la boca, atenta al espectáculo, entendió el comentario; apoyó todo en el mostrador y salió.
—Estoy al lado.
—Okey.
Cuando Romina despareció, Aníbal apoyó el bolso en el piso y se acercó a ella. Los separaban no sólo muchas golosinas y galletitas sino años de soledades, de reclamos, de dolor. Sandra, fastidiada ante el silencio y la cámara lenta de la situación, agarró el mate y se sirvió uno como para hacer algo. Como para llenar el tiempo y el espacio.
—Me voy. —dijo él y esperó la reacción de Sandra. —Un amigo me consiguió un trabajito en Rosario. Hay casa y comida.
—Bien. ¿Vas a vender la casa de la abuela? ¿Eso es lo que me viniste a decir?
—No. —extendió la mano y le entregó un sobre de papel madera doblado a la mitad. —Es tuya. Hace lo que quieras con ella.
—¿Cómo? ¿Qué dijiste? —preguntó Sandra incapaz de interpretar lo que le estaba diciendo. —Pero… si no hace ni siquiera cuatro meses que te mudaste…
—Ya lo sé.
—¿Me estás diciendo que yo me tuve que mudar y hacer malabares para que vos en cuatro meses te fueras como si nada hubiese pasado?
—Sandra… perdóname. No fui el mejor padre… lo sé.
—¿El mejor padre? Nunca fuiste uno.
—Sí. Tenés razón. Sabes que… sos igual a tu abuela. No sólo por el parecido físico sino también su modo de ir para adelante, siempre luchando. Solo que, al contrario de vos, mi madre veía bondad en todas las personas.
—Oh, yo también la veo. Bueno… en casi todas.
—En ese sobre están todos los papeles. Y te dejé algunas cosas que quizás te gustaría ver. Me voy.
—Chau…
Aníbal se detuvo en la puerta del negocio y se giró para observarla por última vez. Jamás le volvió a hablar de su enfermedad ni tampoco mencionó que su llegada a Buenos Aires había sido solamente para pasar sus últimos años junto a su hija. La encontró enojada, dolida y eso, sumado a los malos consejos de los supuestos amigos, hicieron que las cosas empeoraran y ya, no hubo marcha atrás. Tampoco el último parte del médico había ayudado. Lo mejor sería irse por donde había venido. Estaba decidido. Aunque… jamás se lo diría. Ahora entendía a quién había salido tan orgullosa.
—Feliz cumpleaños, Sandra. —le dijo y se fue.
Ella se quedó parada con el sobre en las manos y con la mirada perdida detrás de la puerta. Esa despedida… ese modo de hablar, la llevaron a decir en voz alta y sin pensarlo;
—Cuidate, papá.
Romina llegó unos minutos después y la encontró observando un sobre como si fuese oro.
—¿Qué quería?
—Me dejó la casa y se fue.
—¿¡Qué!?
—Eso. Se fue a vivir a Rosario.
Sandra abrió con cuidado y ojeó lo que había dentro. Escrituras, algunas declaraciones juradas y allá abajo unas fotos. Metió la mano, las sacó y las observó. No pudo evitar sonreír ante la primera imagen; era ella de bebé con su mamá y su papá. Los dos sonreían felices iluminados por la juventud de sus días. No parecían tristes ni compungidos por su nacimiento; al contrario. La alegría que traspasaba el papel y le llegaba como una caricia, la sorprendió.
Pasó a la siguiente, ya no estaba su madre y en cambio eran solo su papá y ella delante de la torta de su primer añito. La próxima: ya no se encontraba él junto a ella en el cumpleaños numero cinco, sino que eran sus abuelos, Hilda y Osvaldo, quienes la sostenían sobre una silla. La sensación de ir perdiendo miembros de la familia con cada pasada, le dolió bien adentro.
Llegó a la última fotografía. Ella más adolescente, cuando se había dejado crecer el flequillo. Ese flequillo horrible que su abuela tanto le había criticado por habérselo cortado ella misma una tarde encerrada en el baño ¿Cómo había llegado esa foto a Aníbal? Giró y leyó el dorso. Era la letra de su abuela;

Sandrita ya es toda una mujer. Crece bella y hermosa. Es educada, amable. Aunque tiene tu carácter podrido, no puedo negarlo. Aún así, sé que ve va a ser una mujer de bien y sé que vos también deseas que sea muy feliz. ¿No es cierto, hijo? 
Apenas salgas, venite a vernos. Estamos solitas y nos haría muy feliz que decidas estar con nosotras.
Te ama, mamá.

Sandra entendió que su abuela siempre había sabido de la situación de su papá y supo también, porqué jamás se lo había contado. Ya cargaba suficiente resentimiento hacia él como para agregarle una razón más para odiarlo. Aunque… el saber que su papá conservaba fotos de ella, había ablandado su corazón que de a poco, había ido derritiéndose cada vez más. Tal y como había pasado con su mamá, día tras día y con la ayuda de Sebastián ahora, iba dejando atrás ese dolor que marcó su vida. Que signó sus decisiones.
—¿Estás llorando? —le preguntó Romina y pasó el brazo por debajo del de Sandra. —¡Los treinta y cinco vinieron con todo! —bromeó.
—¡Callate, nena! —se secó las lágrimas y guardó de nuevo las fotos en el sobre. Al meterlas, descubrió un papel doblado y enseguida lo sacó y lo abrió. Era una carta de su papá para ella el día de su cumpleaños numero quince.

Sé que no tengo perdón de Dios. Abandonarte fue la cosa más difícil que me tocó hacer en mi vida. Cada día me arrepiento de mi decisión, pero, sin embargo, cada día me alejo más y más de ustedes. Con cada kilometro recorrido hacia el lado contrario, menos cara tengo para golpear las manos frente a tu casa. Hoy, hija mía, cumplís quince años y quiero decirte que…

Y hasta ahí llegaba el texto. No había nada más. Giró el papel y se encontró con cuatro oraciones escritas en lapicera y con la prolijidad con la se escribe estando en calma. Con muchos años y experiencias encima.

En ese momento no supe qué decirte. Hoy, cumplís treinta y cinco. El deseo de tu abuela y el mío se cumplió el día en que naciste. Siempre serás mi hija.
Papá.

En ese mismo momento Sandra lo perdonó. Lo perdonó como había perdonado a su mamá y a sus medio hermanos por no querer verla. Lo perdonó como perdonó a su abuela, minutos atrás, por ocultarle la verdad sobre él. Lo perdonó como Hilda lo había perdonado aún habiéndola condenado a no volver a verlo. Lo perdonó como la perdonó Juan Manuel tácitamente después de haberlo engañado en Brasil. Lo perdonó como la perdonó Sebastián y lo aceptó con amor, como él la había aceptado a ella. Con sus luces y sus sombras.
Lo perdonó porque el perdón libera. Suelta.




2 comentarios:

  1. El mejor capítulo...me hiciste moquear! Que virtud saber perdonar, no es fácil tenerla, sostenerla cuando nos han hecho daño pero que liberador es ponerla en práctica! Espero que en los dos últimos capítulos Anibal y Sandra tengan momentos para disfrutarse!!Gracias Eri.

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  2. yo no lo perdono, hubiera vuelto hablado con la verdad y listo, en lugar de eso jugo a ser el amo del mundo, le saco la casa y la hizo sufrir. cuando se esta muriendo se acuerda que tiene una hija

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