jueves, 4 de junio de 2020

La última canción/Capítulo 26: Ultimátum para dos.


“Si nos vamos a doler, que valga la pena.”
Leunam

Le dio su espacio.
No le escribió, no lo llamó. No dijo nada. Se calló el dolor y las ganas de explicarle cómo habían sido las cosas. Se mordió los dedos, prácticamente, para no enviarle un mensaje.
Tres días sin noticias y Sandra caminaba por las paredes. Habló con Cecilia, pero ella no le dio ninguna información, al contrario, aseguraba que nada sabía de lo ocurrido. Romina le aconsejaba ir a verlo, aparecerse por su casa y encarar la situación de una buena vez. Al quinto día sin novedades, le hizo caso. Cerca de las siete y media de la tarde, llegó a la puerta de la casa de Sebastián. La persiana baja indicaba que todavía no había vuelto. El auto estacionado en el garaje no era señal de nada porque, últimamente, se iba en tren. Esperó hasta las ocho de la noche y cuando creyó que ya no aparecería, lo vio doblando en la esquina con…
—¿Tamara?
Se quedó quieta esperando a que ellos la notaran. Tamara la reconoció primero y adrede, movió el brazo y se colgó del de Sebastián con intención. Él, esquivando todo pronóstico proyectado por parte de Sandra, la dejó hacer. Se cruzó de brazos para contener la ira que iba corriendo por sus venas hacia todas las partes de su cuerpo. La misma que hacía que sus dientes se trabaran dentro de su boca apretada. Iba a ser imposible contenerse, pero debía hacerlo porque la situación en que la había encontrado Sebastián unos días atrás, no era la ideal. Debía calmarse para explicar.
—Hola… —dijo y lo miró solo a él que venía atento a la conversación con Tamara y por eso, no la había visto. —Vine a hablar con vos. —Le dijo cuando por fin sus ojos se encontraron. Se levantó el cierre de la campera por inercia y esperó la respuesta de él que no dejaba de observarla como si fuese un fantasma o una aparición. Tamara seguía colgada de su brazo.
—Hoy no va a poder ser. —respondió ella por él y Sandra se clavó las uñas en las palmas. —Seba y yo tenemos planes, ¿no? —y lo miró a él.
—Seh…
—Perdón por molestar, entonces. Me voy. —la bronca pudo más que la necesidad de hablar.
Sandra se dio vuelta y comenzó a caminar hacia el lado contrario a pesar de que la parada quedase en el otro extremo. Llegó a la esquina, dobló y cuando estaba a mitad de cuadra escuchó unos pasos acercarse detrás suyo. Se detuvo y se dio vuelta. Sebastián se frenó a unos pocos metros.
—No hacía falta que me sigas, de verdad. Claramente vine al pedo porque ya encontraste con quien sacarte la bronca.
—No es así. ¿A qué viniste?
—Ya te lo dije, a hablar con vos, pero vuelvo a repetir… ya tenés quien te caliente la cama. Hasta acá llegamos.
—Por qué siempre la culpa la tiene otro, ¿eh? ¿Por qué siempre la pobre víctima sos vos? Siempre lográs dar vuelta las cosas para que la única herida en esta relación seas vos. ¡No lo puedo creer! Más bien… ¡No lo puedo entender! ¡Te encontré besándote con Juan Manuel, Sandra! ¿Y ahora me venís a reclamar que voy a cenar con Tamara? ¿Quién te crees que sos?
—¡Tu novia! ¡Me creía tu novia!
—Y yo me creía tu novio, sin embargo…
—Sos un…
—¿Un qué? ¿Un pendejo?
—¡No iba a decir eso!
—Pero lo pensás.
—¡No! Aunque… —no pudo contenerse y levantó la ceja con intención. La bronca de verlo con Tamara, de que no la dejara expresarse, iba sacando lo peor de adentro suyo. Lo mejor sería irse y dejar que las cosas se enfriaran.
—¿Qué?
—No quiero pelear en la calle, Sebastián. Otro día hablamos. —giró y comenzó a caminar.
—No podemos seguir así. —le oyó decir y se detuvo. Aquello sí que fue una estocada mortal. —Así no funcionan las cosas, Sandra. —siguió hundiendo el puñal.
—No, claro que no. —se volvió y lo enfrentó—No se puede seguir cuando no existe lo más lo importante en un pareja: confianza. ¡Cuando no te dejan hablar!
—Cuando se besuquean con otros, no hay mucha explicación que dar.
—Cuando cenan con exes, tampoco.
Se miraron los dos en lo más profundo, desafiándose. Había dolor en los ojos de los dos. ¿Cómo desatar esos nudos en los que ellos mismos se enredaban?
—¿Por qué nos cuesta tanto? —preguntó Sandra y soltó los brazos que tenía cruzados en el pecho, custodiando su corazón. Agotada.
—No sé. Pero… es cansador.
—¿Cuál es el problema? —le preguntó con sinceridad y con menos enojo que dos minutos atrás.
—¡Sebastián! —Tamara se acercaba junto con el taconeo de sus botas. —¿Pensás dejarme plantada?
—No, tranquila. Yo ya me voy.
—No. —la tomó de la mano y detuvo su andar—Hablemos.
—Te están esperando.
—Eso, Seba. Te estoy esperando. —remató la otra.
—Tamara… —le habló sin quitar los ojos de los de Sandra. —Hablamos otro día. Chau.
—Pero…
—Anda a tu casa. Mañana hablamos. —repitió.
—¡Sos un histérico! Yo no lo puedo creer… Y vos. —la apuntó con el dedo enojada— Disfrutalo mientras dure, porque mañana, cuando lo defraudes, va a volver a dormir en mi cama.
—¡Tamara! ¡No te desubiques! —la amonestó Sebastián.
—Ya me vas a volver a llamar.
Tamara se alejó y ellos dos permanecieron quietos observándola. Sandra pestañeó y volvió a la situación que la había llevado hasta ahí. Su mano seguía dentro de la de Sebastián. El contacto era reparador, sí, pero había mucho de qué hablar.
—¿Tu casa o la mía?—preguntó ella.
—Ninguna de las dos.
—Conozco un buen lugar.
Caminaron por la calle Gaona sin hablar. Como era día de semana, no había mucha gente y, además, aún era temprano como para salir a cenar. Entraron a un bar en penumbras y siguieron hasta el fondo, bien alejados de la puerta de entrada. Ella se acomodó y él hizo lo mismo. Cuando estaban a punto de hablar, el mozo se acercó a traerles la carta. Le dedicaron unos minutos a la elección. Después de que llegaron las bebidas y se bebieron varios sorbos acompañados por "I don't want to talk about it" de Rod Stewart que sonaba de fondo; por fin soltaron palabra.
—Juan Manuel vino a casa porque quería volver. —le confesó sin dar más vueltas. Ya había sido demasiado el tiempo de espera.
—Ajá. ¿Y cómo fue que llegaron a la parte de los besos?
—Juan está mal. Muy mal.
—No me estás contestando.
—Está destrozado, confundido… ese beso fue solo un manotazo de ahogado. No fue nada.
—Lo dejaste besarte.
—No.
—No me mientas.
—Sebastián… si no confías en mí, hasta acá llegamos.
—No es que no confíe. No puedo controlarme. ¿Lo podés entender? Es más fuerte que yo.
—Y… porque te volvés loco vas a buscarla a ella, ¿no?
—A Tamara me la encontré en el tren. No íbamos a cenar ni nada. Solo estaba molestándote.
—Vuelvo a repetir lo que dije antes. Así no vamos a llegar a ningún lado. Yo no soy…
—No empieces con lo de la edad, te lo pido por el amor de Dios.
—No empiezo, pero es la verdad. Yo no puedo estar jugando.
—Nadie juega.
—¿Entonces qué estamos haciendo?
—Pensé que estábamos en la misma página. —el mozo se acercó con unas papas que Sebastián había pedido—Gracias.
—Yo también. Entiendo que te sintieras mal por lo que viste. Yo no sé cómo hubiese reaccionado si la cosa hubiese sido al revés. Pero de los dos, ninguno puede apuntar con el dedo al otro, porque hicimos muchas cosas mal.
—Puede ser… ¿No vas a comer?
—No tengo hambre.
—Hoy nos vamos de acá o juntos o separados, ¿no?
—Yo creo que sí.



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