“Si nos vamos a doler, que valga la pena.”
Leunam
Le dio su espacio.
No le escribió, no lo llamó. No dijo
nada. Se calló el dolor y las ganas de explicarle cómo habían sido las cosas.
Se mordió los dedos, prácticamente, para no enviarle un mensaje.
Tres días sin noticias y Sandra
caminaba por las paredes. Habló con Cecilia, pero ella no le dio ninguna
información, al contrario, aseguraba que nada sabía de lo ocurrido. Romina le
aconsejaba ir a verlo, aparecerse por su casa y encarar la situación de una
buena vez. Al quinto día sin novedades, le hizo caso. Cerca de las siete y
media de la tarde, llegó a la puerta de la casa de Sebastián. La persiana baja
indicaba que todavía no había vuelto. El auto estacionado en el garaje no era
señal de nada porque, últimamente, se iba en tren. Esperó hasta las ocho de la
noche y cuando creyó que ya no aparecería, lo vio doblando en la esquina con…
—¿Tamara?
Se quedó quieta esperando a que ellos
la notaran. Tamara la reconoció primero y adrede, movió el brazo y se colgó del
de Sebastián con intención. Él, esquivando todo pronóstico proyectado por parte
de Sandra, la dejó hacer. Se cruzó de brazos para contener la ira que iba
corriendo por sus venas hacia todas las partes de su cuerpo. La misma que hacía
que sus dientes se trabaran dentro de su boca apretada. Iba a ser imposible contenerse,
pero debía hacerlo porque la situación en que la había encontrado Sebastián
unos días atrás, no era la ideal. Debía calmarse para explicar.
—Hola… —dijo y lo miró solo a él que
venía atento a la conversación con Tamara y por eso, no la había visto. —Vine a
hablar con vos. —Le dijo cuando por fin sus ojos se encontraron. Se levantó el
cierre de la campera por inercia y esperó la respuesta de él que no dejaba de
observarla como si fuese un fantasma o una aparición. Tamara seguía colgada de
su brazo.
—Hoy no va a poder ser. —respondió
ella por él y Sandra se clavó las uñas en las palmas. —Seba y yo tenemos
planes, ¿no? —y lo miró a él.
—Seh…
—Perdón por molestar, entonces. Me
voy. —la bronca pudo más que la necesidad de hablar.
Sandra se dio vuelta y comenzó a
caminar hacia el lado contrario a pesar de que la parada quedase en el otro
extremo. Llegó a la esquina, dobló y cuando estaba a mitad de cuadra escuchó
unos pasos acercarse detrás suyo. Se detuvo y se dio vuelta. Sebastián se frenó
a unos pocos metros.
—No hacía falta que me sigas, de
verdad. Claramente vine al pedo porque ya encontraste con quien sacarte la
bronca.
—No es así. ¿A qué viniste?
—Ya te lo dije, a hablar con vos,
pero vuelvo a repetir… ya tenés quien te caliente la cama. Hasta acá llegamos.
—Por qué siempre la culpa la tiene
otro, ¿eh? ¿Por qué siempre la pobre víctima sos vos? Siempre lográs dar vuelta
las cosas para que la única herida en esta relación seas vos. ¡No lo puedo
creer! Más bien… ¡No lo puedo entender! ¡Te encontré besándote con Juan Manuel,
Sandra! ¿Y ahora me venís a reclamar que voy a cenar con Tamara? ¿Quién te
crees que sos?
—¡Tu novia! ¡Me creía tu novia!
—Y yo me creía tu novio, sin embargo…
—Sos un…
—¿Un qué? ¿Un pendejo?
—¡No iba a decir eso!
—Pero lo pensás.
—¡No! Aunque… —no pudo contenerse y
levantó la ceja con intención. La bronca de verlo con Tamara, de que no la dejara
expresarse, iba sacando lo peor de adentro suyo. Lo mejor sería irse y dejar
que las cosas se enfriaran.
—¿Qué?
—No quiero pelear en la calle,
Sebastián. Otro día hablamos. —giró y comenzó a caminar.
—No podemos seguir así. —le oyó decir
y se detuvo. Aquello sí que fue una estocada mortal. —Así no funcionan las
cosas, Sandra. —siguió hundiendo el puñal.
—No, claro que no. —se volvió y lo
enfrentó—No se puede seguir cuando no existe lo más lo importante en un pareja:
confianza. ¡Cuando no te dejan hablar!
—Cuando se besuquean con otros, no
hay mucha explicación que dar.
—Cuando cenan con exes, tampoco.
Se miraron los dos en lo más profundo,
desafiándose. Había dolor en los ojos de los dos. ¿Cómo desatar esos nudos en
los que ellos mismos se enredaban?
—¿Por qué nos cuesta tanto? —preguntó
Sandra y soltó los brazos que tenía cruzados en el pecho, custodiando su
corazón. Agotada.
—No sé. Pero… es cansador.
—¿Cuál es el problema? —le preguntó
con sinceridad y con menos enojo que dos minutos atrás.
—¡Sebastián! —Tamara se acercaba
junto con el taconeo de sus botas. —¿Pensás dejarme plantada?
—No, tranquila. Yo ya me voy.
—No. —la tomó de la mano y detuvo su
andar—Hablemos.
—Te están esperando.
—Eso, Seba. Te estoy esperando.
—remató la otra.
—Tamara… —le habló sin quitar los
ojos de los de Sandra. —Hablamos otro día. Chau.
—Pero…
—Anda a tu casa. Mañana hablamos. —repitió.
—¡Sos un histérico! Yo no lo puedo
creer… Y vos. —la apuntó con el dedo enojada— Disfrutalo mientras dure, porque
mañana, cuando lo defraudes, va a volver a dormir en mi cama.
—¡Tamara! ¡No te desubiques! —la
amonestó Sebastián.
—Ya me vas a volver a llamar.
Tamara se alejó y ellos dos
permanecieron quietos observándola. Sandra pestañeó y volvió a la situación que
la había llevado hasta ahí. Su mano seguía dentro de la de Sebastián. El
contacto era reparador, sí, pero había mucho de qué hablar.
—¿Tu casa o la mía?—preguntó ella.
—Ninguna de las dos.
—Conozco un buen lugar.
Caminaron por la calle Gaona sin
hablar. Como era día de semana, no había mucha gente y, además, aún era
temprano como para salir a cenar. Entraron a un bar en penumbras y siguieron
hasta el fondo, bien alejados de la puerta de entrada. Ella se acomodó y él
hizo lo mismo. Cuando estaban a punto de hablar, el mozo se acercó a traerles
la carta. Le dedicaron unos minutos a la elección. Después de que llegaron las
bebidas y se bebieron varios sorbos acompañados por "I don't want to talk about it" de Rod Stewart que
sonaba de fondo; por fin soltaron palabra.
—Juan Manuel vino a casa porque
quería volver. —le confesó sin dar más vueltas. Ya había sido demasiado el
tiempo de espera.
—Ajá. ¿Y cómo fue que llegaron a la
parte de los besos?
—Juan está mal. Muy mal.
—No me estás contestando.
—Está destrozado, confundido… ese
beso fue solo un manotazo de ahogado. No fue nada.
—Lo dejaste besarte.
—No.
—No me mientas.
—Sebastián… si no confías en mí,
hasta acá llegamos.
—No es que no confíe. No puedo
controlarme. ¿Lo podés entender? Es más fuerte que yo.
—Y… porque te volvés loco vas a
buscarla a ella, ¿no?
—A Tamara me la encontré en el tren.
No íbamos a cenar ni nada. Solo estaba molestándote.
—Vuelvo a repetir lo que dije antes.
Así no vamos a llegar a ningún lado. Yo no soy…
—No empieces con lo de la edad, te lo
pido por el amor de Dios.
—No empiezo, pero es la verdad. Yo no
puedo estar jugando.
—Nadie juega.
—¿Entonces qué estamos haciendo?
—Pensé que estábamos en la misma página.
—el mozo se acercó con unas papas que Sebastián había pedido—Gracias.
—Yo también. Entiendo que te
sintieras mal por lo que viste. Yo no sé cómo hubiese reaccionado si la cosa
hubiese sido al revés. Pero de los dos, ninguno puede apuntar con el dedo al
otro, porque hicimos muchas cosas mal.
—Puede ser… ¿No vas a comer?
—No tengo hambre.
—Hoy nos vamos de acá o juntos o
separados, ¿no?
—Yo creo que sí.
Por favor que se acerca el final!!
ResponderEliminar