LÁGRIMAS AL VOLANTE
ALEJANDRO
Ana se había puesto al
hombro la recuperación de Alejandro como si nunca se hubiesen separado, como si
nunca hubiesen dicho que ya no se amaban. No había vuelto a tocar el tema del
divorcio ni de la venta del bar. Al contrario. Estaba atenta a él
completamente. Tanto, que no quiso que se quedara en casa de Hugo cuando le
dieron el alta médica.
–Dudo de que sea una buena
idea, Ana–le dijo Alejandro con pausa. Si bien había recuperado la cadencia en
el habla, seguía sintiéndose extraño. Su labio continuaba algo caído y esa
sensación le provocaba incomodidad.
–No, no. Debemos empezar
cuanto antes con ejercicios, una buena alimentación. ¡Y nada de cigarrillos!
–Ana… no sé si…
–Estaremos bien.
–Yo no…
No le permitió decir nada
más. Tomó el bolso y lo ayudó a sentarse en la silla de ruedas. Lo llevó a lo
largo del hospital y una vez en la calle, lo montó al auto con una agilidad de
puma. Alejandro la observaba embelesado, incapaz de creer que estuvieran así;
tan unidos. Como en los viejos tiempos, pensó. Una luz de esperanza
quiso asomar dentro de su pecho, pero como si estuviese leyéndole la mente, Ana
aclaró;
–Te he elegido como mi
compañero, como el padre de mis hijos. Esa elección hará que seas parte de mi
vida para siempre. Te quiero, te respeto, y en verdad deseo que te recuperes
pronto. Quiero ser clara contigo. Quiero ayudarte. Quiero que estés bien, pero
entre tú y yo Alejandro, no ocurrirá nada más que esto. Una… una especie de
amistad, podríamos decirlo. Sigo dolida y no se me olvidan muchas cosas. Pero, seré
capaz de dejarlas de lado para que salgamos de esto. Juntos. Como la familia
que hemos sido. Quiero que Juan y Lucía disfruten de ti y, sobre todo, que tú
disfrutes de ellos. ¿He sido clara?
–Perfectamente. Aun así,
creo que no es una buena idea quedarme en la casa.
–No tenemos otra opción por
el momento. Espero que pongas todo de tu parte para que no se convierta en un
infierno.
Alejandro no pudo asentir
porque en verdad no sabía si podría hacerlo. Quería, deseaba, darle el gusto.
Atravesar ese escollo como lo que habían sido; una familia. Sin embargo, sentía
en lo más profundo de su ser que debía alejarse de ellos y dejarlos ser felices
de una buena vez. Lo apenaba y avergonzaba darse cuenta de que dependería de
esas personas que lo tildaban de fracasado y aunque los amaba con locura no
lograba hallar una conexión fuerte y sana con ellos. Se culpaba; al fin y al cabo,
había sido él quien, según Ana, había arrastrado a la familia al desastre.
¿Y ahora? ¿Debería esperar
que lo cuidasen?
Se removió en el asiento y
observó de reojo a su mujer. Tantos años, tantos momentos juntos. ¿En verdad le
había hecho tanto daño? Estiró el brazo y tomó los papeles que el doctor
Aguirre le había entregado. Lo esperaba en una semana para un control donde
conversarían sobre las terapias que debía comenzar cuanto antes, en conjunto
con un terapeuta y un psicólogo. Entre las hojas, los nombres de un par de
profesionales resaltados con un color fluorescente, le llamaron la atención.
Terapia. ¿Cuántas veces Ana
le había recomendado hacerlo? Muchas.
Seis años atrás
–No, Ana. No estoy loco–le
respondí ante su insistente comentario.
–Ir a un psicólogo no es sinónimo
de estar loco, Alejandro. Escucha lo que te digo. No puede ser que dediques
todo tu tiempo al trabajo, a los bares. ¿Dónde quedan los pasatiempos? ¿Y nosotros?
–¡Si supieras! Pensé para mis adentros intentando no demostrar con mi rostro lo
que mi corazón guardaba.
–Sabes que no puedo
desentenderme–dije, intentando salirme de la conversación. Estaba cansado de
los mismos reclamos una y otra vez.
–Sí que puedes. El problema
es que no quieres. ¿Por qué? ¿Es que no la pasas bien con nosotros, con tus
hijos?
–No es eso, Ana–¿Por qué
siempre debía llevar las cosas para ese lado? No se trataba de ellos.
–¿Entonces? Debes ser el
único hombre en la faz de la tierra que no quiere pasar la noche con su mujer y
sus hijos–¡Dios! Sentía que mi cabeza explotaría en cualquier momento. Intenté
respirar y alejarme, pero ella me siguió, gritando a mis espaldas–¿Por qué no
quieres, Alejandro? ¿Por qué?
–¡Sí que quiero! Pero… no
puedo. ¡NO PUEDO! –preferí evadirla y me alejé una vez más de su lado.
No quería que supiera que
la situación no había despuntado de la manera en que lo había previsto. El
lugar donde abrimos el nuevo bar no estaba dando los frutos esperados y me
preocupaba pensar en que me había equivocado. Había decidido trabajar yo en vez
de contratar más personal. De ese modo, los gastos serían menores… pero… no podía
decírselo. No podía admitir que quizás había tenido razón.
–¿Por qué no podemos
hablar, Alejandro? –preguntó llorando y confieso que mi corazón tembló en mi
interior. Me dolía estar así y mantenerla fuera, pero debía hacerlo. Era por su
bien.
–Me pregunto lo mismo. ¿Por
qué siempre acabamos discutiendo?
–Eres tú quien está cerrado
a la comunicación. Por eso… creo que deberías…
–No vuelvas a repetirlo.
Por favor.
–¡Pues lo diré! Deberías
hacer terapia. Necesitas ayuda. Alguien que te guíe, que te ayude, ya que yo no
puedo hacerlo. ¿Dónde vas? –me preguntó al ver que tomaba mi abrigo.
–Al bar, ¿dónde más?
–Creí que…
–No quiero seguir
discutiendo delante de los niños. No me esperes despierta.
–No lo haré.
Ella se alejó furiosa y yo
también. Ojalá tuviera las agallas para decirle lo que ocurría. Pero… ¡No,
Alejandro! Todo irá bien. Todo saldrá como lo soñaste y podrán disfrutar de una
buena vez. Me dije y en verdad intenté creerlo. Por el momento, debes seguir
haciendo este sacrificio. Aunque Ana no lo comprenda, sé que me lo agradecerá
más tarde. Algún día.
–¿Un psicólogo? ¡Ja! Lo que
necesito yo, es dinero.
–Dinero… –dijo en voz alta,
recordando aquel episodio. Ana lo miró confundida.
–¿Irás? –preguntó señalando
las letras marcadas en la hoja.
–¿Debería?
–Te haría muy bien.
–Quizás si te hubiese oído
antes… –comentó y se perdió en las calles de su vecindario. Aquel que habían
elegido con tanta ilusión.
–No podemos volver el
tiempo atrás, pero podemos hacer algo con lo que viene–dijo ella una vez más.
Continuaron el viaje en
silencio. La ciudad parecía no haberse enterado de lo ocurrido; todo era igual,
nada había cambiado. Dentro del vehículo en cambio, Alejandro intentaba ser lo más
sincero posible con la única persona que lo había amado, después de sus padres.
–Ana… –la detuvo antes de
que bajase en la cochera de la que había sido su casa.
–¿Sí?
–No quiero que te ilusiones
con mi estadía aquí. Es posible que regrese a casa de Hugo en cualquier momento–ella
intentó quejarse, pero él la detuvo antes de que dijera algo más–. Escúchame.
Yo no estoy bien. Los dos lo sabemos. No es de ahora; han sido muchos años de…
Bueno, no viene al caso. Esto que ha sucedido es demasiado. No quiero ni puedo
exponerlos a lo que vendrá. Ni a ti ni a los muchachos.
–No podrás hacerlo solo–sentenció.
–Puede que sí, puede que
no. Pero no cuento con la voluntad ni la energía para fingir nada–Ana elevó la
ceja con curiosidad–. Estoy mal y necesito espacio para poder tocar fondo. Déjame
tocar fondo, Ana.
–Es que ya lo has hecho,
¿no te has dado cuenta? –él lo negó con un simple movimiento–. Alejandro… no
dejaré que tires la toalla. No sin antes haberlo intentado.
–No es tu responsabilidad,
Ana. Ya no.
–¿Por qué eres tan cruel
conmigo? ¿Qué he hecho yo para que desprecies mi cariño de este modo? –podía
ver en sus pupilas el dolor y la amargura en forma de lágrimas.
–No te desprecio. Al
contrario. Porque creo que quizás podremos salvar nuestra relación, como
amigos–aclaró– necesito mi lugar y mis tiempos.
–Siempre solo–dijo ella y le
dio arranque al vehículo.
–Siempre solo–agregó él.
–Ojalá algún día puedas
dejar entrar a alguien. Ojalá puedas soltar ese pasado que te ata de una buena
vez para poder ser feliz. Ojalá puedas ver que la vida es mucho más que tener
dinero o triunfar, o ser alguien como siempre dices. Hubiésemos sido muy
felices si nos hubieses elegido. Con menos lujos, con menos cosas… pero
felices. No había necesidad y me apena que no lo hayas podido ver.
Volvieron al camino. Ella
lloraba al volante y cada tanto se limpiaba las lágrimas con la palma de la
mano. Ninguno de los dos dijo nada más; no hacía falta. Llegaron a casa de Hugo
y descendieron con lentitud. Alejandro intentó dar unos pasos con el bastón,
pero no lo logró. Ana abrió la silla de ruedas, pero no lo acompañó dentro. Le
entregó el bolso con sus prendas y los papeles del hospital.
–Avísame cómo te va en la
consulta del jueves.
–Así lo haré.
–Adiós.
–Un abrazo a los muchachos.
–Tienes sus números,
escribe cuando quieras.
Ana se marchó y lo dejó en
la acera solo. Tosió para empujar el nudo que se generó en su garganta producto
de la angustia. Sin embargo, no se compadecería. Debía repensar muchas cosas y
en ese proceso no podía arrastrar a su familia. Hizo girar las ruedas de las
sillas y, con torpeza, avanzó por el pasillo hasta el final donde se encontraba
la casa de su amigo.
***
Hugo no había tenido
problemas de que se quedara allí por el tiempo que fuese necesario. Al
contrario; fue él quien lo acompañó al primer encuentro con el doctor y fue su
amigo también el que citó a Ana para explicarle cómo estaba la situación.
–No está bien. Nada bien.
–Lo sé–Hugo la observó del
otro lado de la mesa con cierta molestia. Ana ni siquiera parpadeó.
–¿Y no piensas hacer nada?
–Alejandro se ha empeñado
en estar solo. Pues… que lo haga solo, Hugo. Yo no puedo hacerlo por él. Ya no
tengo fuerzas para enfrentar un problema más.
–Ana. Estoy asustado. Nunca
lo había visto así.
–No puedo hacer nada. Lo he
intentado, créeme. Ya no más.
–No sé si podré ayudarlo.
–Tu amigo no quiere ayuda.
–Pero la necesita, Ana.
–Sí, claro. Y él sabe que
es así. Pero…es demasiado obstinado para pedirla.
Los dos bebieron el café en
silencio y por unos cuántos minutos cada uno se dejó llevar por los
pensamientos y los recuerdos. Ana se concentró en los autos que pasaban, Hugo
en las arrugas que había descubierto en el rostro de la ex mujer de su mejor
amigo.
–¿Ya no lo amas? –deslizó y
recuperó su atención.
–No de la misma manera en
que solíamos hacerlo–Hugo entristeció–. Ni él ni yo. Ya no somos los mismos.
Debemos aceptar que todo ha cambiado.
–¿Qué haremos con él?
–Intentar que siga con sus
terapias. Que visite a un psicólogo, un psiquiatra, tal vez… y esperar. Esperar
a que él mismo descubra cuánto le queda por vivir aún. No más que eso.
–Siento que lo tienes todo demasiado
asumido, Ana… Tan asumido que asusta.
–Siempre he sido práctica.
Lo sabes muy bien. Y con Alejandro las cosas han ido erosionándose tanto que…
–bebió el último sorbo de café, se limpió los labios y miró a Hugo a los ojos–.
Roguemos que esto pase rápido.
–¿Los muchachos? –preguntó
Hugo y Ana suspiró con dolor.
–Me duele tanto que no
hayan podido conectar. Desde que nacieron, ha estado trabajando y trabajando.
Nunca un fin de semana en familia. Nunca una salida especial. Ocupé su lugar
tantas veces que… –se detuvo porque la angustia cobraba fuerza y relevancia en
su tono de voz y no quería flaquear. Sus hijos eran su talón de Aquiles–. Son
tres desconocidos. Me hiere, me enoja, me molesta que así sea, pero, Juan y
Lucía ya están más grandes y no puedo esconderles lo que su padre es.
–Alejandro los ama, Ana.
Incluso a ti. A su modo, quizá, pero los ama.
–No es el modo que
necesitamos. No lo defiendas más.
–No lo excuso. Lo hemos
hablado muchas veces él y yo. Pero debes entender que su origen, su historia,
lo ha marcado.
–¿Qué origen? ¿El de una
familia argentina empobrecida, incapaz de brindarle un plato de comida? Eso no
es cosa de otro mundo, Hugo. Aquí, en España, hay ciento de miles de personas
en la misma situación. Muchos inmigrantes han llegado a Europa, como una vez
nuestros ancestros se han marchado a otros sitios en busca de algo mejor. ¿Y?
¿Eso lo exonera de ser padre, de verlos, de abrazarlos, de criarlos? No.
Entiendo su dolor; tener que dejar a su madre sola y venir a trabajar. Que no
haya vuelto a verla, me apena muchísimo. Pero ni Juan, ni Lucía, ni yo, tenemos
la culpa. ¿No crees?
–Ana…
–Ojalá algún día deje de
compadecerse de su vida. Tal vez así pueda aceptar que el pasado ya no se puede
cambiar y logre salir adelante.
–Necesita ayuda para
eso–Ana tomó dinero de su cartera y lo dejó sobre la mesa.
–Que la pida, entonces.
Hugo, tú y yo, amigos como siempre. Sabes cuánto te quiero y valoro que te
preocupes por nuestra familia. Los muchachos te adoran y has sido el mejor
padrino. No intervendré, pero, si me necesitas… llámame. Adiós, cariño. Saludos
a Betty y a Andrés.
–Adiós, Ana.
Hugo permaneció en el bar
que habían acordado verse y pidió otro café. Necesitaba pensar un poco más qué
hacer con su amigo.

Alejandro me pone muy nerviosa, muy terco para mi gusto! Hay muchos tipos así, me gusta encontrarlos en los libros porque lo hace mas real. Gracias por eso, Eri. Quiero que Ana encuentre alguien como él padrino de Ben ❤️
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