22 PASOS
NADIA
Los tres días que pasaron
en Alovera le dieron fuerza y envión para viajar a Madrid y buscar a su
hermana. Como primera opción había pensado ir directamente con su hijo y
aparecérsele en la casa en la que creía todavía vivía; la misma donde la había
visto por última vez. Sin embargo, José la convenció de que dejara a Ben a su
cuidado para llevarlo de paseo mientras ella hablaba con Rebecca. Él creía que
la cosa no sería nada fácil entre las dos y exponer a su hijo a aquello, no
parecía una buena idea.
–¿Estás segura, Nadia? –le
había preguntado esa mañana después de desayunar en el hotel donde se
hospedaban los tres.
–No, no lo estoy, pero
siento que debo hacerlo.
–Sigo sin entenderte.
–Quiero que Ben recupere a
su tía. Nada más. No es física cuántica, José. Es más simple de lo que todo el
mundo cree.
–Porque estás enferma–ella
se quedó en silencio y no pudo negarlo–. Si lo del cáncer no hubiese aparecido,
dudo que estuvieras aquí. ¿Piensas que vas a morirte? ¿Es eso?
–No… –la coraza algo
debilitada por la circunstancia, se agujereó un poco más–. Haré todo lo que
esté en mis manos por seguir viva, José. Y sé que lo lograré. No me
malinterpretes. Saldré de esta. Sí. Pero, si algo…
–Si algo sucediera quieres
que Ben cuente con Becca–completó él siguiendo su línea de pensamiento.
–Así es. Con Becca y
contigo, por supuesto.
–No puedo negar que todo
esto es demasiado, pero conociendo cuán controladora y organizada eres, no me
sorprendes. Ve. Y… ¡Suerte con tu hermana!
–Cuando despierte mi hijo
dile que lo amo y que volveré pronto.
–Ya, vete. Sé qué decirle.
No te preocupes.
Nadia tomó el abrigo, le
dio un beso a su mejor amigo y salió del hotel a paso seguro, camino a la que
una vez había sido su casa. A medida que se adentraba en el vecindario que la
había visto crecer, una sensación de ahogo le oprimió el pecho. ¿Qué estaba
haciendo? ¿Tocaría a la puerta y ya? ¿Qué le diría a su hermana? ¿La habría
perdonado? ¡Por supuesto que no! El silencio y la distancia impuesto por Becca,
gritaban resentimiento y dolor. Aun así, con todas las preguntas a cuestas,
continuó caminando hasta llegar a la esquina de su calle. A lo lejos divisó algunas
nuevas construcciones y aunque todo parecía ser diferente, la energía del lugar
era la misma.
Veintidós pasos desde donde
estaba parada hasta la puerta de su casa. Veintidós, si no lo recordaba mal.
–Uno, dos, tres, cuatro…
veintidós–extendió el brazo para tocar, pero de pronto la puerta se abrió
delante suyo.
–¿Qué haces tú aquí? –unos
ojos pequeñitos la observaban incrédulos.
–Hola, Rebecca.
Las dos permanecieron en la
misma posición, observándose una a la otra. Nadia no podía creer lo bella que
se veía; era toda una mujer. Llevaba el cabello suelto, un poco más claro del que
recordaba y ya no había bucles en él, sino que caía lacio sobre sus hombros. Un
alisado perfecto.
–Quería verte–dijo con
suavidad sin quitarle los ojos de encima. Rogaba que su hermana le permitiera
entrar, escucharla.
–Estoy saliendo ahora–dijo
y cerró tras de sí.
–Oh, bueno.
–Regreso en una hora–se
colocó los auriculares y, trotando se alejó de Nadia.
No sabía qué hacer. ¿Debía
irse? ¿Debía esperarla? Ella no había dicho vete. Tampoco había dicho espérame.
Aturdida, insegura y, sobre todo, dudosa, giró sobre sus pies y se sentó en el
escalón junto a la puerta. Y allí se quedó, pensando qué le diría cuando
regresara. No estaba dispuesta a hablarle de su enfermedad. No todavía, al
menos. Le diría que su hijo había querido saber de ella y si estaba de acuerdo,
podrían frecuentarse, conocerse, y con suerte recuperar el vínculo que siempre
soñó.
Un mensaje de su amiga la
distrajo de las dudas;
Marina
¿Cómo has estado?
¿Ya has hablado con tu
hermana?
¿Cómo está Ben?
Nadia
Estoy sentada en la puerta
de mi casa, esperando a Becca.
Marina
¡Oh! ¿Ya la has visto?
Nadia
Sí. Está hermosa.
Marina.
Amiga… suerte con esa
charla.
La necesitarás.
Nadia.
Gracias. Lo sé. No te
marches, por favor.
Sigue hablándome.
Marina
Ok. ¿Qué quieres que te
cuente?
Oh… ¡Olvidé decirte!
Vicky ha renunciado.
Nadia
¿¡Qué!? ¿Puedo llamarte?
Y así, conversando con
Marina, la hora pasó. Becca apareció en la esquina y Nadia se puso de pie enseguida.
La vio llevarse el antebrazo a la cara para secar su traspiración. Se había
atado el cabello. Y lo más interesante de la escena, se dirigía hacia ella.
–Pensé que te irías–dijo a
modo de saludo.
–¿Quieres que me vaya?
–Ya que has esperado… pasa.
Becca abrió la puerta y
Nadia la siguió por detrás. Atravesó el umbral y los recuerdos de su infancia
la recibieron con fiereza; como si hubieran estado esperándola para abalanzarse
sobre ella. Se detuvo a contemplar los espacios que una vez habían estado
cargado de carcajadas, de retos, de momentos compartidos con su familia. Todo
parecía estar igual salvo el color de las paredes y el tapiz de los sillones.
Uno a uno, los instantes vividos allí, atravesaron su garganta produciéndole un
nudo horrendo que la impulsaba a huir de la misma manera que había huido cuando
supo que estaba embarazada. Se instó a calmarse e intentar llevar adelante la
tarea que se había propuesto: devolverle una tía a su hijo.
–Dame diez minutos. Iré a
ducharme. Ponte cómoda–comentó Rebecca mientras se perdía por los pasillos en
donde alguna vez habían jugado juntas a las escondidas.
–Bien.
Se acomodó en uno de los
silloncitos y esperó. Las manos le transpiraban, el temblor de la pierna
izquierda no cesaba y el corazón latía veloz dentro de su pecho. Exactamente quince
minutos después, un aroma a jabón le anunció la llegada de su hermana. Poco
después la oyó moverse en la cocina.
–¿Café? –preguntó a lo
lejos.
–Por favor.
El sonido de las tazas y
las cucharas acompañaban el silencio de la casa que de pronto le pareció
enorme, gigante. Gigante y vacía. Y solitaria.
–Aquí tienes–extendió la
taza y se acomodó frente a Nadia.
–Gracias.
–Has tenido suerte. En un
par de días vuelvo a trabajar. Me encuentras de vacaciones.
–¡Oh! –sostuvo la taza con
las dos manos, después de darle un sorbo–. ¿Puedo preguntar dónde es que
trabajas? ¿Qué es lo que haces?
–¿Para qué quieres saber?
–Porque me…
–No me digas que te
interesa, Nadia. No hace falta que mientas.
–No miento. Me interesa. Me
interesas. Quiero saber.
–Te contaré si primero me
explicas de una vez qué mierda estás haciendo en esta casa.
El tono de su voz traía malestar
y problemas. Sabía que terminarían discutiendo. Estaba segura de que su hermana
descargaría su dolor contra ella como no había podido hacerlo antes. Por un
momento había creído que todo iría bien. Sin embargo, como la calma que
antecede a la tormenta, aquel café no había sido más que una trampa. Un señuelo
al que debería seguir… porque a eso había venido justamente.
–Voy a ser concisa y
directa–dijo tomando fuerzas para hablar.
–Por favor–la observaba con
sorna.
–Mi hijo ha estado preguntando
por ti y pienso que sería una buena idea que se conocieran de una vez–Nadia no
supo en qué segundo, con qué palabra, los gestos tiesos de su hermana se habían
aflojado. ¿Qué era eso? ¿Un brillo en sus pupilas?
–¿Ben ha preguntado por mí?–que
el nombre de su hijo se deslizara en esa pregunta, calentó el corazón de Nadia.
–Sí–rogaba que la mentira
no se notara en su cara.
–¿Y él quiere conocerme?
–No lo ha dicho. Eso es lo
que quiero yo, Becca. Que lo conozcas.
Por unos largos minutos,
ninguna dijo nada. Una de ellas recibía la noticia más esperada; ver a los ojos
a su sobrino adorado. La otra, aguardaba con el corazón en un puño a que la
respuesta fuera sí.
–Está bien–Becca se puso de
pie y la invitó a hacer lo mismo–. Nunca te perdonaré lo que has hecho con esta
familia. Nunca. Los años de dolor, de silencio. Nunca olvidaré las últimas
palabras de mamá, rogándome que vinieras. Nunca. Pero no haré que Ben pague por
tus errores. Anota mi número y escríbeme para organizar el encuentro. Siempre
quise conocerlo. Siempre. Lástima que tu egoísmo no nos permitió disfrutar de
él–las palabras de su hermana caían como meteoritos en su pecho. Le dolía saber
que algo de razón tenía. Se tragó las lágrimas y le sonrió agradecida por
aceptar a su hijo.
–Gracias, Becca. Esta misma
tarde te escribiré.
–Okey.
–Gracias por el café–dijo y
apoyó la taza en una mesita.
–Adiós, Nadia.
–Adiós.
Horas más tarde, Becca se
aparecía en la plaza que habían acordado, con tres bolsas cargadas de regalos
para Ben. Nadia no vio resentimiento en su mirada esta vez, sino algarabía.
Sabía que su hermana no despreciaría a su hijo. Sabía que si algo ocurría con
ella…
–Hijo, ella es tu tía. Mi
hermana. Rebecca.
–Hola.
–Hola, Ben. ¡Qué hermoso
eres!
–Gracias.
–Becca, él es José. Mi
mejor amigo.
–Hola, encantada.
–Ho… la…
Durante las horas que
pasaron en el parque, Rebecca escuchó a su sobrino hablarle del colegio, de sus
amigos, de la isla donde vivía hasta que…
–Y cuando mamá enfermó yo…
Él siguió hablando de lo
que había hecho con sus vecinos, pero Becca había trasladado su atención a
Nadia quien conversaba alejada con su amigo. Y por fin la había mirado. Estaba
pálida, muy delgada y tenía unas ojeras pronunciadas. Una alarma titiló dentro
suyo, pero nada dijo.

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