domingo, 30 de junio de 2024

ATDLG: Capítulo 13

 

PRIMER PASO



NADIA

La fecha para su primera quimioterapia se acercaba velozmente y sus nervios la tenían preocupada; por más que intentara tomarlo con calma, dormía muy poco y se la pasaba imaginando escenarios posibles en los que se daba la conversación con su hijo. Debía hablar con Ben y ya no podía posponerlo más. ¿Cómo lo tomaría? Era la pregunta que le quitaba el sueño. Nadia creía que algo intuía, pero nada decía. Entonces, un día decidió contárselo por fin. Y la charla, tal y como pensaba, había acabado con la cordura que había estado manteniendo en los últimos tiempos.

Marina había tenido mucha razón; su hijo no era ningún iluso y entendía muy bien de qué iba la enfermedad que aquejaba a su madre. A Nadia le dolió saber que su pequeño conocía y reconocía lo que el cáncer podía hacer en las personas. Por eso, cuando se lo comentó, sus ojos se llenaron de lágrimas y una frase contundente terminó por revolcar el alma achacada de Nadia.

–Puedes morirte, entonces.

Pestañeó varias veces antes de abrir la boca. No podía darse el lujo de tenderse a llorar y arrastrar a su hijo a aquella agonía contra la que ella misma batallaba día a día. Era un buen momento para dar una lección; una buena lección. Una que Ben no olvidara jamás.

–Puedo morirme, sí.

Los ojos marrones de su niño se convirtieron en agua. Sin embargo, ella fue más fuerte y pudo sostenerlo en el momento más doloroso. Es que acaso… ¿eso no es lo que hacen los padres? Ocultan, esconden, matizan sus dolores y preocupaciones para que sus hijos no sufran tanto. Y así lo hizo ella. Soportó la pena de su niño y la acunó en sus brazos hasta hacerla dormir.

–No es justo. Soy muy pequeño.

–¿Por qué no es justo?

–Eres una buena mamá. Eres una buena persona.

–Las cosas ocurren, cielo. No importa qué clase de gente eres.

–No quiero que te mueras.

–Yo tampoco quiero morirme, pero… sabemos que algún día pasará; hoy o mañana. O en diez años, o en treinta. Y tú también lo harás. Es la única certeza que tenemos.

–El abuelo de Camila murió de cáncer. Sufrió mucho. La tía de Nahuel, también.

–¿Quieres que te muestre el audio que me envió mi doctora?

Nadia le había pedido, en una de sus consultas, que le explicara sin muchas complicaciones su situación para que, llegado el momento, su hijo pudiera oír el diagnóstico y lo que ella debía hacer. La doctora Martín no había tenido problemas; al contrario. Aquel audio de dos minutos con cincuenta segundos lo había oído hasta el hartazgo: prácticamente se lo sabía de memoria. En él, le decía cómo habían dado con aquella bolita o bichito –como lo había definido– que estaba alojado en el seno de su mamá. Que el cáncer de mamas era muy común y que había muchísimas cosas que hacer para ganar la batalla. También agregó que la mayoría de las mujeres logran vencerlo y, por último, se despidió con un saludo muy especial para Ben quien, seguramente, estaría muy atento escuchando y ayudando a su mamá en ese mismo momento.

Y así fue.

–¿Más tranquilo? –Nadia acarició su cabello una vez que terminó de escuchar la voz de la doctora.

–Dice que hay mucho por hacer–dijo y se secó las lágrimas que humedecían su rostro.

–Sí. Muchísimo. Y te lo he querido contar porque pronto tendré que ir muchas veces al médico, estaré quizá algo descompuesta. Los medicamentos para matar el bichito son muy fuertes y puede que no pueda ir a trabajar… que deba quedarme en casa, en la cama.

–Nahuel dice que su tía se quedó pelada.

–Sí. Seguramente deberé cortarme el cabello porque las medicinas hacen que el pelo se caiga solo. Entonces, la gente decide cortárselo antes de quedar como unos locos… –quiso bromear, pero su hijo no parecía interesado.

–La doctora dice que muchas mujeres se salvan.

–Sí.

–Pero otras, no.

–Otras, no.

–A mí me gustaría que te salvaras.

–A mí también–su pecho subía y bajaba, pero no sucumbiría. Respiró profundo y continuó–. Necesitaré de tu ayuda, hijo. ¿Podrás ayudarme?

–Lo que tú quieras, mamá.

–Bien. En unos días me tocará la primera sesión de medicina. Luego… una vez que me recupere, planearemos tu cumpleaños número once. ¿Te parece?

–Quizás la tía Becca pueda venir a ayudarnos.

–Puede ser. Ya lo veremos.

***

Las manos le sudaban de una manera impresionante. La enfermera había sido amable y atenta y en verdad, habían hecho de todo para que estuviera cómoda. Aun así, los nervios hacían estragos en su cuerpo. Intentaba por todos los medios, calmarse… respirar profundo y ¿ponerse en manos de Dios?

Aquella situación de tensión le recordó al momento en que, también temblando, decidió hablar con Diego para contarle sobre la oferta del señor Rojas para que trabajase en la empresa exportadora de su hijo.

Años atrás

Caminaba a paso ligero directo al bar en que habíamos quedado para cenar. Ben, con su padrino, estaría jugando con los bloques que tanto le gustaban. Sabía que mi hijo ni siquiera se acordaría de mí esta noche. Por eso, con tranquilidad me decidí a salir con Diego.

Lo hallé en una de las mesas del fondo del local; la música tranquila del lugar invitaba a la charla y la reflexión; agradecí su elección. Era un sitio perfecto para conversar largo y tendido.

–¡Estás hermosa! –lisonjeó después de darme un tierno beso en los labios. Hacía cuatro días que no nos veíamos. En parte por su trabajo y en parte porque necesitaba tiempo para armar mi exposición y preferí no verlo mientras tanto.

–Gracias. Tú también.

–¿Ben?–tosí para aflojar los nervios. Que me preguntase por mi hijo no ayudaba para nada.

–Muy bien. José debe estar pasándola de lujo.

–Me puso muy feliz esta iniciativa. Por momentos, esta semana, creí que estabas evitándome.

–No, no. No era eso–extendí mi mano y acaricié la suya con cariño. ¡Maldición! ¡Es perfecto! Sí, es perfecto, pero no lo amas, Nadia. Mi cabeza, mi voz interior, mis ganas… mis deseos, mis miedos, todo… pero absolutamente todo estaba volviéndome loca.

–¿Ordenamos? –preguntó. Asentí y me excusé al baño. Allí mojé mi rostro varias veces. Temblaba. Mis manos estaban empapadas. Regresé con las palabras palpitándome dentro de la boca; desesperadas por salir y acabar con esto de una vez. Pasara lo que pasara, necesitaba hablar.

–Diego…

–He pedido por ti. Apenas te fuiste, el mesero… –continuó hablando, diciéndome qué plato había elegido, pero yo no podía oírlo.

–Necesito hablar de algo importante–dije en uno de sus silencios.

–Dime.

–El señor Rojas me ha ofrecido un trabajo en la empresa de exportación. ¿Te acuerdas que te comenté que su hijo está al mando de…

–¡Sí! –interrumpió– ¡Eso es maravilloso, Nadia! ¡Debemos brindar!

–La empresa me necesita en Canarias, Diego. Deberé mudarme.

–¿Mudarte? –apoyó la copa sobre la mesa y observó el mantel como si allí obtuviera todas las respuestas del universo.

–No será mañana. Esperaré a que Ben crezca un poco más y ya el próximo año, podré llevarlo a una guardería. Es una buena oportunidad para mí y sé que será difícil, pero quiero hacerlo.

–Nadia… deja de hablar un momento, por favor–ahora quien se alejó hacia al baño fue él. Regresó unos cuántos minutos después.

–Lo siento–dije apenas lo tuve frente a mí. En verdad lo sentía.

–Creí que nos casaríamos. Estaba planeando…–metió la mano en el bolsillo de su saco y de allí tomó una cajita oscura. Sabía que estaba pensando en eso.

–¡Me siento la peor mujer de todas! –cubrí mi rostro con las dos manos, avergonzada.

–Creí que Ben se convertiría en mi hijo, en nuestro hijo. Demasiados planes, al parecer.

–¿Y si te mudas con nosotros? –la idea de José saltó de mi boca a modo de salvavidas.

–No, Nadia. Yo tengo mi vida aquí. Mi carrera, mi consultorio, mis pacientes.

–¿No lo dejarías por mí, por nosotros?

–¿Dejarías tú de lado esa propuesta por mí?

–No.

–Ahí tienes tu respuesta, entonces.

Esa noche lo nuestro se acabó. Diego Hernández dejó de ser mi novio y el pediatra de mi hijo.

–¡Listo, hermosa! –la voz de la enfermera la despertó. Se había quedado dormida durante la sesión.

–¿Puedo irme a casa?

–No todavía. Deberás quedarte un poco más para ver cómo marcha todo. No más de una hora. Si te sientes lista, podrás irte.

–Gracias.

–Te enviaremos a otra habitación. ¿Hay alguien fuera esperándote?

–Sí. Mi mejor amiga.

–Bien. Le avisaremos para que se encuentren allí, ¿está bien?

–Gracias.

La enfermera se marchó y al poco tiempo regresó para acompañarla a otro lugar. Allí, en una especie de comedor con sillones y televisión, la esperaba Marina con una sonrisa enorme. Si estaba preocupada o asustada, no se le notaba.

–¡¿Cómo te sientes!?

–Bien, algo mareada, dormida, pero bien.

–Es normal, dicen. Ya he preguntado muchas cosas. Pero… ¡no he visto al doctor Aguirre por ningún lado! ¿Existe? ¿O es tu imaginación que anda creando doctores sexys por ahí?

–¡Marina! –Nadia sonrió divertida y se dirigió a uno de los sillones. Su amiga se sentó a su lado y tomó su mano con fuerza.

–Primer paso dado. ¿Vamos por todo?

–¡Vamos por todo!

–De esta salimos…

–¡Juntas! –completó Nadia–. No te des vuelta, pero allí viene el doctor que tanto buscabas.

–¡Nadia Santana! Me han dicho que estabas por aquí–la voz alegre de él llegó a las amigas antes de que Marina pudiera procesar lo que Nadia acababa de decirle.

–¡Así es, doctor! –intentó ponerse de pie, pero él se lo impidió acercándose a darle un beso en cada mejilla–. Le presento a mi amiga; Marina. Marina, él fue quien descubrió el cáncer.

–¡Nadia! Deberé hacer algo diferente para que no me recuerdes solo por eso–acotó risueño.

Marina los miró a los dos y soltó una risita que Nadia reconoció enseguida pero que prefirió ignorar.

domingo, 23 de junio de 2024

ATDLG: Capítulo 12

 DENTRO DEL POZO



ALEJANDRO

–Hola… hola… –la voz de Hugo se hizo eco en el pequeño apartamento. Un bulto cubierto de mantas se podía adivinar a través de la penumbra–. Ale… ¿estás bien? –nada–. Ale–se fue acercando al sofá y estiró la mano para acariciar su espalda.

Alejandro se giró asustado ante el contacto y la mirada que recibió de su mejor amigo, le dolió más que la situación en la que estaba. Se había encerrado allí para regodearse de su dolor, para sufrir lo que tuviese que sufrir y luego, cuando ya no hubiera nada, quizá pudiera salir a ver la luz del sol. Por el momento, sentía que no podía hacer otra cosa que permanecer así; solo y destruido.

–Déjame en paz, Hugo. Vete de aquí.

–¿Has comido? Betty me dijo que llevas días sin salir.

–Necesito dormir. Nada más.

–Hoy te toca ir al hospital. Vamos. Yo te llevo. Quique se quedará en el bar.

–No iré. No planeo volver allí.

–Ale, no puedes quedarte aquí. Vamos, anímate.

–Sí, claro que sí. Claro que puedo.

–Ale… Vamos. Pon un poco de ti, hombre.

–¡DE. JA. ME EN PAZ!–gritó y se cubrió la cabeza.

–Te desconozco.

–No eres el único. Vete de aquí y déjame solo.

Hugo se alejó unos pasos, sorprendido, dolido, preocupado por el estado en el que había caído su mejor amigo. ¿Cómo ayudarlo? ¿Qué decirle? ¿Qué hacer? Betty, su mujer, le había rogado que se desentendiera, le había dicho que Alejandro simplemente estaba triste, pero él sabía que era mucho más que eso. Su amigo sufría y él no sabía cómo actuar. ¿Debía levantarlo de la cama y obligarlo a ver a un médico? ¿Debía hablarle de todo lo lindo que esperaba del otro lado de la puerta? Aunque, pensándolo bien, no se lo ocurrían muchos ejemplos para darle y sacarlo del pozo en el que estaba.

Con la cabeza repleta de preguntas se acercó a la persiana y la levantó para que la luz del día invadiera el lugar. La mugre y el desorden que descubrió le produjo arcadas. Definitivamente esto era mucho más que una simple tristeza.

–Bueno. Acomodaré un poco este desastre mientras te decides–dijo y comenzó a juntar los envoltorios del piso.

–Hugo. Necesito estar solo. Por favor. Por lo que más quieras… vete–rogó con la poca fuerza que poseía.

–Alejandro, estoy aquí para acompañarte. No estás solo. No sé qué debo hacer ni qué decirte, pero no me iré–continuó con su tarea en silencio, intentando hacerle sentir su presencia.

No supo cuánto tiempo pasó; media hora, una hora, ¿quizás? No lo sabía. Tan ensimismado estaba en su tarea estaba que cuando la voz de Alejandro se proyectó en el lugar, por poco y no arroja la escoba por el aire.

–Quiero morir–Hugo esperó a que cerrara la idea, pero eso no sucedió. Era tan solo una confesión, nada más que eso. El silencio volvió a ocuparlo todo y él prefirió no comentar–. Siento que… –comenzó a decir nuevamente desde su escondite–que no puedo. No puedo. Simplemente no puedo. No tengo fuerzas, Hugo. Siento que me duele el alma.

–Piensa en Lucía, en Juan–intentó animarlo.

–Cuando pienso en ellos más ganas de morirme me dan. No me necesitan. ¿Para qué me quieren? No valgo nada, Hugo. No valgo nada–repitió y en su voz la congoja se hacía insostenible.

–Atravesaremos esto juntos. Yo te ayudaré.

–No tengo fuerzas, no tengo voluntad–Hugo permaneció a un costado con la necesidad de abrazarlo, de infundirle su seguridad, pero no hizo nada. Conocía demasiado a su amigo; una demostración de cariño no bastaría.

–Regresaré en unas horas.

La puerta se cerró y Alejandro se giró para observar. Su amigo había acomodado las cosas, el lugar volvía a oler a limpio y los rayos del sol, iluminaban la silla que había sido usada solo para acercarse al baño. ¿Cuánto tiempo llevaba encerrado ahí? No lo recordaba. Efectivamente, como le había explicado, no contaba con las fuerzas ni siquiera para salir de la cama.

No había nada que lo motivase a moverse. Nada ni nadie.

Giró y posó, una vez más, los ojos en los poros de la pared. Y nuevamente, imploró que todo aquello se acabara de una buena vez. Que Dios se lo llevara y lo liberara de tanto dolor.

***

–Hugo… –saludó Ana con sorpresa. Hablaban vía mensajes, pero desde la última conversación en aquel bar, no habían vuelto a verse.

–Tienes que acompañarme–le pidió casi sin saludar.

–¿Ocurrió algo?

–Alejandro… se está dejando morir, Ana. Hace varios días que no sale de su cama. No come… –Ana giró y se alejó de la puerta de entrada, camino a la cocina.

–Pasa. ¿Quieres algo para beber?

–No. No quiero nada. Quiero que vengas conmigo. Quiero que me ayudes a convencerlo de que debe ver a un especialista. Está atravesando una situación difícil. ¿No lo ves?

–Hugo, creí que había sido clara la última vez.

–Esto va más allá de su carácter, de lo que ocurre entre ustedes, en el negocio. Va más allá de todo. Creo que ha caído en un pozo depresivo. Nunca lo había visto así.

–Y claro que estará deprimido. No es para menos. Ha puesto su vida patas para arriba. ¿Qué esperábamos?

–Ana, te lo ruego. Por el amor que alguna vez le tuviste. Por el cariño que nos tenemos. Por los viejos tiempos, por lo que quieras. Por favor. Ven conmigo. ¡Ayúdame a sacarlo de allí!

–Hugo, yo… no…

–Mamá–la voz de Lucía los sorprendió a los dos–creo que deberías ir con el padrino. Papá te necesita.

–Papá no necesita a nadie–agregó dolida.

–No es así. No debemos abandonarlo–imploró Hugo, intentando conservar la compostura. Estaba en verdad asustado. En su mente, la confesión de Alejandro podía convertirse en realidad de un momento a otro.

–No lograré nada. ¿No lo entienden? Yo no puedo ayudarlo. Ya lo he intentado. Una y otra vez. Por años. ¿Qué piensan que ocurrirá? ¿Que llegaré allí e irá al psicólogo como por arte de magia? ¡¿Es que no lo conocen, acaso!?

–Al menos, intentémoslo–comentó Hugo, desesperado–. Intentémoslo–repitió.

–Yo iré contigo, padrino–agregó Lucia resuelta.

–Cariño, no creo que sea una buena idea. Tu padre no es…–Ana quiso convencerla.  

–No me importa. Iré.

–Sola, no. Ve por un abrigo. Déjame avisarle a tu hermano.

–¡Gracias! –dijo Hugo emocionado y esperanzado de que la presencia de ellas, ayudara a su amigo.

Lucía se montó al auto de su madre, Hugo al suyo y los tres partieron camino al apartamento donde Alejandro se sentía morir. El sol acariciaba los espacios sin ser notado. Cada una iba preocupada por diferentes motivos.

–Hija. No te hagas ilusiones con tu padre. No sé cuánto podremos hacer nosotras por él, si no pone de su voluntad.

–Lo sé.

Lucía no quiso decirle a su madre que hacía tiempo que notaba que Alejandro no estaba bien. Al principio, había pensado que se trataba simplemente de una crisis matrimonial que creyó acabada una vez que él se fue de la casa. Había tenido la esperanza de que la distancia entre sus padres, le devolviera al hombre que ella recordaba había sido cuando niña. Uno dulce, divertido. Sin embargo, nada sucedió. Al contrario. Su padre se alejó más, mucho más.

–¿Estás lista? –le preguntó Ana a su hija y ella asintió a medida que abría la puerta del auto.

Lucía y Ana descendieron y siguieron a Hugo a lo largo del pasillo. Tras golpear y no recibir respuesta, abrió y metió la cabeza dentro para ver cómo estaba la cosa. Todo seguía igual; Alejandro hecho una bolita en el sillón, la luz bañando los rincones y la soledad acompañándolo todo.

–Ale, he regresado–dijo al entrar–. Y traje refuerzos.

–Permiso–la voz de Ana llegó a sus oídos como un sueño y sintió que su corazón helado recibía un poquito de calor.

–Papá…–¿Lucía? ¿Su hija estaba allí? ¡No! No podía ser. No quería que lo viera en ese estado tan deplorable. No quería que lo viera abatido, rendido, débil. Derrotado. Roto.

–¡Sácala de aquí, Ana! Saca a mi hija de aquí–rogó entristecido, cubriéndose aún más.

–Lu… ¿vamos? Dejémoslos solos un momento.

Hugo la invitó a salir, pero ella no hizo caso. Se acercó al bulto que era su padre y acarició sus piernas con cariño.

–Aquí estamos esperándote, papá. Vuelve. Regresa. No importa cuánto te demores, pero vuelve. Te necesitamos.

A Ana, la angustia y el dolor le doblaron las rodillas. Tuvo que tomar una silla para sentarse porque sentía que se desvanecería. No se imaginaba cuán duro había sido para ellos, cuánto habían sufrido sus hijos, cuánto Lucía, en este caso, había extrañado a su padre. Hugo y la joven se marcharon dejándolos solos unos segundos después.

–Ale… quiero verte. Déjame verte–dijo cuando la puerta se cerró.

–¿Para qué?

–Sabes que me gusta mirarte a los ojos cuando hablamos.

–No quiero que me veas así. Deberían dejarme en paz.

–No lo haremos y lo sabes muy bien. Ni yo, ni tus hijos, ni el pesado ese que tienes como amigo.

–Le he dicho a él también que no lo quiero aquí. No quiero ver a nadie.

–¿Y qué quieres? Cuéntame.

–Quiero que se acabe. Quiero que el dolor se acabe, Ana–ella se acercó y se sentó a su lado, descubriendo poco a poco su cabeza. Debajo de la sábana, un rostro barbudo y demacrado la observaba con pena. Sus ojos estaban enrojecidos de tanto aguantar el llanto. Aquel hombre que se escondía debajo de la manta no era ni la sombra de lo que había sido una vez. ¿Podían el dolor y la tristeza hacer tantos estragos?

–Debemos ir a ver a un médico–comentó.

–Ya he visto muchos. Nadie puede ayudarme–dijo rehusándole la mirada.

–No lo lograrás solo.

–No tengo fuerzas, Ana. No puedo, no quiero vivir. No tengo nada que ofrecer. No tengo nada para dar. Ni a ti, ni a mis hijos. ¡Por Dios! Me he convertido en nada–se cubrió el rostro con las dos manos, avergonzado.

–Ale… estás pasando por un momento muy difícil–Ana acarició sus dedos primero y luego con amor fue apartándolos– Pero pasará.

–¿A qué has venido? –por fin la miró.

–A traer a tu hija. Lucía quería verte.

–¿Mi hija quería verme? –la observó con ojos de niño y Ana no pudo evitar emocionarse.

–Sí. Y mañana vendremos nuevamente. Y pasado. Y pasado. Hasta que puedas salir de ahí e ir a ver a un psicólogo… o un psiquiatra. Necesitas ayuda de un profesional, Ale.

–Ana yo…

–No hace falta que digas nada.

Durante una semana Ana y Lucía regresaron cada tarde. Al principio solo hablaban entre ellas y él apenas si respondía. Luego comenzó a preguntar y a participar un poco más, hasta que lograron ayudarlo a ponerse de pie y meterse a la ducha. Aseado y afeitado, regresó a la cocina donde lo esperaban con algo delicioso para cenar. Ninguna de las dos había mencionado la ausencia de Juan y él tampoco había preguntado, aun cuando le hubiese encantado saber qué ocurría con él o por qué no venía a verlo.

Alejandro se permitió disfrutar de las dos cuando estaban allí y también de esa necesidad de estar solo. Él le había pedido a Ana que le permitiera tocar fondo, pero nunca se había imaginado que aquello se llevaría todo de sí, sus fuerzas y sus ganas. Todo.

–Sufres de depresión, Ale. Y necesitas ayuda.

–Lo sé–le había dicho a Hugo en una de las tantas charlas que habían compartido. Charlas en las que su amigo hablaba por horas y Alejandro apenas si comentaba alguna cosa.

–Que te hayas dado cuenta de lo que sientes es un gran paso.

–Espero que sí.

Del otro lado de la puerta, del otro lado… el mundo seguía andando. Hugo hacía malabares para que el bar funcionara aun a costa de su propia vida. Ana dejaba de lado su dolor para acompañar a su ex marido. Lucía intentaba recuperar al padre que nunca había tenido y Juan… Juan simplemente prefería ignorar.

–Nos vemos mañana. Iremos en busca de un psicólogo así que, si puedes… date una ducha, por favor… –comentó Ana al despedirse.

Pero, desafortunadamente, Alejandro no estuvo listo para dar ese paso. No esa semana, ni la siguiente… ni la otra. Le llevó unas cuantas semanas poder salir de allí.