domingo, 16 de junio de 2024

ATDLG: Capítulo 11

 

COMPLICADO



NADIA

Regresaron a la Gran Canaria una semana después. Nadia trajo consigo el contacto con su hermana y el sueño que poco a poco la relación con su hijo floreciera. Si bien Becca tenía razón al reclamarle que había sido ella quien se había alejado, sentía que en parte la habían arrastrado a aquella decisión. De todas maneras, nada podía hacer, ¿verdad? Tan solo intentar recuperar el tiempo perdido.

–Me hubiese encantado quedarme unos días más, mamá–comentó Ben al llegar a su casa.

–Lo sé, cariño. Madrid es muy bonito.

–¿Lo extrañabas?

–No. Para ser honesta, no. Este es mi lugar, mi hogar.

–Ahora la tía vendrá de visita, ¿verdad?

–Eso dijo, sí–respondió al recordar la última charla que habían tenido en la que su hermana había prometido viajar a la isla para el cumpleaños de Benjamín.

–¿Cuánto tiempo se quedará? ¿Dormiría aquí? Podría dormir conmigo, o ¿no?

–No lo sé, cielo. Ya lo veremos llegado el momento.

–Quisiera que conozca Roque Nublo, las Dunas de Maspalomas, pasear por…–su hijo enumeró lugares a donde le gustaría llevar de paseo a su nueva persona favorita. Habían conectado perfectamente e incluso podía ver todas las cualidades y virtudes que compartían y aquella relación incipiente la hacía extremadamente feliz.

–Mi amor. Necesito darme un baño. ¿Puedes contarme de tu itinerario en un momento?

–Está bien.

Nadia dejó para más tarde el orden y la limpieza; le urgía quitarse la ropa con la que había viajado y tomarse unos minutos para procesar todo lo vivido.

–¿Puedo ir de visita a lo de Gloria? –preguntó Ben, dándole una oportunidad fenomenal para llevar adelante su cometido.

–Sí. Déjame ver si están en casa antes de meterme en la ducha.

Salieron y tocaron timbre en el apartamento de al lado. Paula abrió la puerta y se abalanzó sobre ellos al verlos. Regresar a su casa le llevó unos largos minutos ya que debió contarle cómo les había ido en Madrid. Ben se perdió dentro, listo para volver a jugar con sus amigos a quienes había extrañado y Nadia pudo por fin relajarse tras un viaje movilizador.

Abrió el grifo y se quitó la ropa mientras el vapor lo cubría todo. Tenía los músculos acalambrados, las piernas le dolían y la cabeza le palpitaba como si en vez de un cerebro, tuviese un corazón. Hasta ese momento no se había percatado de cuán cansada estaba. Se metió dentro y se dejó abrazar por el calor. Amaba ducharse con el agua hirviendo. Se enjabonó con esmero intentando contener sus pensamientos para solo concentrarse en la tarea que llevaba a cabo. Una vez lista, se metió dentro de la bata y salió de allí, directo a la habitación para vestirse. Ya con el pijama puesto, se acomodó en el sillón y dejó salir todas las sensaciones que la habían atravesado durante su viaje.

Había regresado. Había regresado aun cuando había prometido no volver.

8 años atrás

–No sé si deba hacerlo, José–le comenté a mi mejor amigo mientras nos bebíamos un trago en el patio de su casa. Ben dormía en su carrito y yo aprovechaba a sacar mis dudas y temores afuera.

–Es una gran oportunidad, Nadia. ¿Por qué dudas tanto?

–No sé si pueda abandonar la casa.

–Oh, ya entiendo. Es por tu abuela.

–Sí. Me siento responsable por ese lugar, por ese espacio que significó tanto para ella.  

–De todas las personas que te queremos, tu abuela, hubiese sido la primera en decirte que tomes ese puesto y te marches de aquí.

–Lo sé.

Recordarla me dolía muchísimo. Hacía unos pocos meses que había fallecido y el dolor de haberla perdido se hacía insoportable. Sin contar con la escena horrenda que viví tras avisarle a mis padres el fatal desenlace. Le había prometido a Margarita que lo haría y así fue. Mi madre estaba furiosa con ambas. Rebecca me había dicho que mi padre se había marchado de la casa y que no era un buen momento para hablar con ella. Sin embargo, sentí que debía decírselo yo. Y así fue que tuve que oír todos y cada uno de sus reclamos. No podía creer que me hubiese “escondido” en su casa y me hubiese ocultado de ellos. Intenté explicarle que había sido mi decisión, pero no lo entendió. No se acercó al velorio ni a conocer a su nieto y aquello sí que dolió; más por mi hijo que por mí. A mí, a mí me dolía más la pérdida de mi abuela que el enojo de mi madre.

La casa se había vuelto gigante para los dos. Si bien José nos visitaba todo el tiempo y se hacía cargo de su ahijado cuando yo debía trabajar, las noches eran vacías y silenciosas. Ya no había licor de huevo a la medianoche, ni telenovelas en la cama. Ya no había grupo de amigas almorzando cada jueves, ni cotorrearías, ni chismes. No había comida casera, ni buenos momentos.

–¿Hay algo más además de la abuela? ¿No será tu relación con el pediatra, con el doctor Hernández?

–Aún no le hablado del ofrecimiento que me hizo el señor Rojas.

–¿Y planeas decírselo?

–Por supuesto.

–¿Y cuándo lo harás? Porque llevas un par de semanas con este asunto.

–Lo haré cuando lo tenga que hacer. Necesito pensarlo bien antes de planteárselo.

–Ni se te ocurra quedarte en Alovera por él, ¿oíste?

–José… si quiero que mi hijo…

–¡Mi hijo y ocho cuartos! Has demostrado que puedes hacerlo sola; ¡Te ha ido de maravillas, niña!

–Ni tan de maravillas. Me cuidas al niño tres veces a la semana.

–¿Y? Estoy seguro de que en la isla encontrarás una guardería. Harás amigos, Nadia. Nunca le has temido al cambio.

–Todo esto es demasiado, José–me puse de pie con la copa vacía en la mano y le di vueltas a la mesa.

No era solo la despedida, el alejarme. No. Mi duda más grande era desaprovechar la oportunidad de darle a Ben una familia. Diego se había ofrecido mudarse con nosotros; aquello no se lo había contado a mi amigo. Y estaba segura de que se había estado guardando la propuesta de matrimonio para un momento especial, pero es que a decir verdad yo…no sé si lo amaba realmente. ¿Debería pensar más en el futuro de mi hijo que en mi vida amorosa? Él se había comportado excelente y había estado tan atento a nosotros que en verdad era una cuestión a considerar.

–¿Y crees que el doctor no se iría contigo? –me descolocó la pregunta.

–No creo. Aquí tiene su consultorio, su trabajo.

–¿Y si se lo sugieres? Quizá te sorprenda. No es santo de mi devoción, pero no podemos negar que a mi ahijado lo trata de maravillas.

–Lo sé–volví a sentarme.

–El problema eres tú.

–¡Siempre! Siempre el problema soy yo. Creo que nací problemática.

–No lo amas, Nadia.

–Lo quiero muchísimo. Lo aprecio y valoro todo lo que nos ha dado, cómo nos ha acompañado, pero es muy complejo lo que siento. No sé si puedas entenderme.

–Intenta explicármelo.

–Siento que no… que no podré enamorarme nunca más.

–¡Pero qué coños dices!

–Mi vida es Ben. Mi mundo, mi universo… todo. Mis ojos, mis manos, mi alma… todo lo que soy es para y por mi hijo. Dudo que llegue alguien que pueda conquistar mi corazón. ¡No me mires así! Suena cursi lo que digo, pero es así. No creo que pueda y a decir verdad, no me interesa hacerlo tampoco. Mis prioridades son otras.

–¡Deja de decir estupideces! ¿Cómo que no vas a enamorarte? El problema es que no te ha tocado uno que valga la pena, como yo–nos reímos los dos–Escúchame. No te quedes en Alovera, creyendo que debes darle un padre a tu hijo. Ben no necesita uno; te tiene a ti. No te quedes con Diego porque es el pretendiente perfecto; quién, según tú, te ha aceptado con el paquete. Ya llegará alguien que verá cuán maravillosa eres y te hará volar por las nubes. Y, por último: no te quedes aquí, persiguiendo el recuerdo de tu abuela porque quedarte, sería como machacar su memoria. Vete. Busca un lugar; el propio. El tuyo con tu hijo.

–José… son tantos miedos, tantas dudas.

–Bueno. A ver. Repasemos una a una.

Esa noche, mi mejor amigo aclaró mi panorama. Sí, sería duro, difícil; debía atar muchos cabos antes de irme, pero poco a poco, con el paso de los días comencé a soñar con tomar las riendas de mi vida; construir junto a mi niño el futuro que quisiéramos. El señor Rojas, ayudó a que todo se acomodara. Me permitió tomarme unos meses hasta que Ben fuera un poco más grande y así poder estar tranquila y dejarlo en el jardín de infantes.

Con Diego… con Diego las cosas fueron diferentes.

El teléfono vibró sobre la mesa y se levantó a ver. Marina le había enviado un mensaje de voz y le preguntaba si ya estaba en casa. Enseguida le respondió que sí, que la había extrañado mucho y que rogaba verla pronto para poder contarle todo con lujo de detalles. No alcanzó a terminar de enviar su audio que Ben ingresó a los tumbos con sus amigos siguiéndolo.

–¿Puedo quedarme a dormir al lado? –preguntó cuando recuperó la respiración.

–Ben, hemos viajado todo el día. Creo que deberías descansar –Paula se apareció detrás con una sonrisa picarona. Nadia podía apostar que la idea había sido suya.

–Pediremos algo, veremos una película y ya–le comentó la joven–¡Lo hemos extrañado tanto! –agregó.

–¡Por favor! –rogaban ambos.

–No durarás ni dos horas–le dijo Nadia a su hijo y este sonrió feliz–. Ve por tu pijama y tu cepillo de dientes. Paula sabes que no durará ni dos horas–le repitió a la jovencita–. Casi no ha dormido en el avión.

–Dudo que al resto le moleste. Además, para ti también será un descanso.

–¡Adiós, mamá!–Ben corrió hacia la puerta, pero regresó enseguida a darle un beso a Nadia.

–¡Jum! Estabas a punto de irte sin darme un beso, traidor. Me cambias por una pizza y una película–bromeó–. Que te diviertas, cielo. Cualquier cosa… –comenzó a decirle a Paula.

–Tienes mi número.

–Así es. Descansa, Nadia.

–Buenas noches.

Una vez que el grupo quedó del otro lado de la puerta, Nadia regresó a su posición con el teléfono en la mano y llamó a Marina.

–¡Ey! ¿Todo bien?

–Ben se ha quedado a dormir en lo de Gloria.

–¿Estás sola? ¿Por qué no vienes?

–No, no. Gracias. Ya estoy en la cama. Te llamaba porque quería preguntarte si mañana te gustaría que desayunáramos. Ben se despertará tardísimo.

–Dime dónde y allí estaré.

–Vamos a ese barcito que está frente al mar.

–Ay, no. Ese lugar está que se cae a pedazos, Nadia. ¿Podemos ir a un sitio más bonito?

–Bien. Elige tú y me avisas dónde.

–Perfecto. Déjame pensar y te escribo en un momento.

–Genial.

–¿Cómo estás? ¿Cómo te has sentido?

–Bien. Agotada del viaje y de todo lo vivido allí, pero estoy bien.

–Me alegro.

–Hablamos mañana.

–Hablamos mañana–repitió.

El pronóstico de Nadia estuvo errado. Ben se apareció a las ocho de la mañana para desayunar junto a ella; efectivamente se había quedado dormido apenas comenzó la película y tras varias horas de sueño, regresó a su casa. Los planes con Marina y su charla, cambiaron completamente.

–¡Y vengan los dos! –exclamó ante las novedades.

–¿Estás segura?

–Sí. Ben es un encanto y si deja de serlo, le prestaré mi teléfono.

–¡Marina!

Y así fue que los dos salieron cerca de las diez para encontrarse con ella. Efectivamente Ben estuvo tan concentrado en el lugar que había elegido Marina que poco estuvo en la mesa junto a ellas; el salón de juegos y el encontrarse con un compañerito de la escuela, lo mantuvieron alejado.

–Luces agotada–comentó su amiga.

–Lo estoy. Ha sido muchísimo. Verla nuevamente… hablar… ella sigue enojada conmigo, ¿sabes? Bueno, eso yo ya lo sabía.

–¿Y con Ben?

–Se ha portado excelente. Vendrá para su cumpleaños, le prometió.

–Uff. Deberás hablar con los dos.

–Sí. Eso es lo que me quita el sueño. No creí que se encariñara tan pronto; tanto que la tendría aquí dentro de poco tiempo. Según mis cálculos, para esa altura habré pasado las primeras sesiones y… no quería que ella lo supiera.

–Quizá hasta sea para mejor.

–¿Eso crees?

–Alguien que acompañe a tu hijo mientras tú te ocupas de tu salud es fenomenal.

–Sí, en ese sentido, sí. Tienes razón.

–¿Y a quién más has visto allí? ¿Tu padre?

–No. No he sabido nada de él desde que mi madre murió. Becca no me ha hablado de él tampoco; sé que se ha marchado y punto. Estuve con José, mi mejor amigo… ¿Te he hablado de él? Sí, ¿verdad?

–El músico frustrado.

–El mismo–se rieron las dos–. Y también… Diego se ha comunicado conmigo.

–Diego, el pediatra… con el que casi… ¡Cuéntame todo!

Nadia le comentó que el último día que estuvieron en Madrid, mientras salían de un restaurante al que habían ido con Becca y José, un mensaje directo de Instagram llegó a su casilla. Era Diego que le decía que le había parecido verla junto a su hijo y le preguntaba si se trataba de ella. Ya en el taxi le respondió que sí a lo que él propuso verla. Nadia le explicó que se marchaban a la mañana siguiente y él le envió su número de teléfono.

–¿Y no le has escrito? –ella negó con efusividad– ¿Por qué?

–No tengo intenciones de verlo ni de recuperar esa relación.

–Ni siquiera como amigos.

–Ni siquiera como amigos. Es…complicado–completó Nadia.

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