COMPLICADO
NADIA
Regresaron a la Gran
Canaria una semana después. Nadia trajo consigo el contacto con su hermana y el
sueño que poco a poco la relación con su hijo floreciera. Si bien Becca tenía
razón al reclamarle que había sido ella quien se había alejado, sentía que en
parte la habían arrastrado a aquella decisión. De todas maneras, nada podía
hacer, ¿verdad? Tan solo intentar recuperar el tiempo perdido.
–Me hubiese encantado
quedarme unos días más, mamá–comentó Ben al llegar a su casa.
–Lo sé, cariño. Madrid es
muy bonito.
–¿Lo extrañabas?
–No. Para ser honesta, no.
Este es mi lugar, mi hogar.
–Ahora la tía vendrá de
visita, ¿verdad?
–Eso dijo, sí–respondió al
recordar la última charla que habían tenido en la que su hermana había
prometido viajar a la isla para el cumpleaños de Benjamín.
–¿Cuánto tiempo se quedará?
¿Dormiría aquí? Podría dormir conmigo, o ¿no?
–No lo sé, cielo. Ya lo
veremos llegado el momento.
–Quisiera que conozca Roque
Nublo, las Dunas de Maspalomas, pasear por…–su hijo enumeró lugares a donde le
gustaría llevar de paseo a su nueva persona favorita. Habían conectado
perfectamente e incluso podía ver todas las cualidades y virtudes que
compartían y aquella relación incipiente la hacía extremadamente feliz.
–Mi amor. Necesito darme un
baño. ¿Puedes contarme de tu itinerario en un momento?
–Está bien.
Nadia dejó para más tarde
el orden y la limpieza; le urgía quitarse la ropa con la que había viajado y
tomarse unos minutos para procesar todo lo vivido.
–¿Puedo ir de visita a lo
de Gloria? –preguntó Ben, dándole una oportunidad fenomenal para llevar
adelante su cometido.
–Sí. Déjame ver si están en
casa antes de meterme en la ducha.
Salieron y tocaron timbre
en el apartamento de al lado. Paula abrió la puerta y se abalanzó sobre ellos
al verlos. Regresar a su casa le llevó unos largos minutos ya que debió contarle
cómo les había ido en Madrid. Ben se perdió dentro, listo para volver a jugar con
sus amigos a quienes había extrañado y Nadia pudo por fin relajarse tras un
viaje movilizador.
Abrió el grifo y se quitó
la ropa mientras el vapor lo cubría todo. Tenía los músculos acalambrados, las
piernas le dolían y la cabeza le palpitaba como si en vez de un cerebro,
tuviese un corazón. Hasta ese momento no se había percatado de cuán cansada
estaba. Se metió dentro y se dejó abrazar por el calor. Amaba ducharse con el
agua hirviendo. Se enjabonó con esmero intentando contener sus pensamientos
para solo concentrarse en la tarea que llevaba a cabo. Una vez lista, se metió
dentro de la bata y salió de allí, directo a la habitación para vestirse. Ya
con el pijama puesto, se acomodó en el sillón y dejó salir todas las
sensaciones que la habían atravesado durante su viaje.
Había regresado. Había
regresado aun cuando había prometido no volver.
8 años atrás
–No sé si deba hacerlo,
José–le comenté a mi mejor amigo mientras nos bebíamos un trago en el patio de
su casa. Ben dormía en su carrito y yo aprovechaba a sacar mis dudas y temores
afuera.
–Es una gran oportunidad,
Nadia. ¿Por qué dudas tanto?
–No sé si pueda abandonar
la casa.
–Oh, ya entiendo. Es por tu
abuela.
–Sí. Me siento responsable
por ese lugar, por ese espacio que significó tanto para ella.
–De todas las personas que
te queremos, tu abuela, hubiese sido la primera en decirte que tomes ese puesto
y te marches de aquí.
–Lo sé.
Recordarla me dolía
muchísimo. Hacía unos pocos meses que había fallecido y el dolor de haberla
perdido se hacía insoportable. Sin contar con la escena horrenda que viví tras
avisarle a mis padres el fatal desenlace. Le había prometido a Margarita que lo
haría y así fue. Mi madre estaba furiosa con ambas. Rebecca me había dicho que
mi padre se había marchado de la casa y que no era un buen momento para hablar
con ella. Sin embargo, sentí que debía decírselo yo. Y así fue que tuve que oír
todos y cada uno de sus reclamos. No podía creer que me hubiese “escondido” en
su casa y me hubiese ocultado de ellos. Intenté explicarle que había sido mi
decisión, pero no lo entendió. No se acercó al velorio ni a conocer a su nieto
y aquello sí que dolió; más por mi hijo que por mí. A mí, a mí me dolía más la
pérdida de mi abuela que el enojo de mi madre.
La casa se había vuelto
gigante para los dos. Si bien José nos visitaba todo el tiempo y se hacía cargo
de su ahijado cuando yo debía trabajar, las noches eran vacías y silenciosas. Ya
no había licor de huevo a la medianoche, ni telenovelas en la cama. Ya no había
grupo de amigas almorzando cada jueves, ni cotorrearías, ni chismes. No había
comida casera, ni buenos momentos.
–¿Hay algo más además de la
abuela? ¿No será tu relación con el pediatra, con el doctor Hernández?
–Aún no le hablado del
ofrecimiento que me hizo el señor Rojas.
–¿Y planeas decírselo?
–Por supuesto.
–¿Y cuándo lo harás? Porque
llevas un par de semanas con este asunto.
–Lo haré cuando lo tenga
que hacer. Necesito pensarlo bien antes de planteárselo.
–Ni se te ocurra quedarte
en Alovera por él, ¿oíste?
–José… si quiero que mi
hijo…
–¡Mi hijo y ocho cuartos!
Has demostrado que puedes hacerlo sola; ¡Te ha ido de maravillas, niña!
–Ni tan de maravillas. Me
cuidas al niño tres veces a la semana.
–¿Y? Estoy seguro de que en
la isla encontrarás una guardería. Harás amigos, Nadia. Nunca le has temido al
cambio.
–Todo esto es demasiado,
José–me puse de pie con la copa vacía en la mano y le di vueltas a la mesa.
No era solo la despedida,
el alejarme. No. Mi duda más grande era desaprovechar la oportunidad de darle a
Ben una familia. Diego se había ofrecido mudarse con nosotros; aquello no se lo
había contado a mi amigo. Y estaba segura de que se había estado guardando la
propuesta de matrimonio para un momento especial, pero es que a decir verdad yo…no
sé si lo amaba realmente. ¿Debería pensar más en el futuro de mi hijo que en mi
vida amorosa? Él se había comportado excelente y había estado tan atento a
nosotros que en verdad era una cuestión a considerar.
–¿Y crees que el doctor no
se iría contigo? –me descolocó la pregunta.
–No creo. Aquí tiene su consultorio,
su trabajo.
–¿Y si se lo sugieres?
Quizá te sorprenda. No es santo de mi devoción, pero no podemos negar que a mi
ahijado lo trata de maravillas.
–Lo sé–volví a sentarme.
–El problema eres tú.
–¡Siempre! Siempre el
problema soy yo. Creo que nací problemática.
–No lo amas, Nadia.
–Lo quiero muchísimo. Lo
aprecio y valoro todo lo que nos ha dado, cómo nos ha acompañado, pero es muy
complejo lo que siento. No sé si puedas entenderme.
–Intenta explicármelo.
–Siento que no… que no
podré enamorarme nunca más.
–¡Pero qué coños dices!
–Mi vida es Ben. Mi mundo,
mi universo… todo. Mis ojos, mis manos, mi alma… todo lo que soy es para y por
mi hijo. Dudo que llegue alguien que pueda conquistar mi corazón. ¡No me mires
así! Suena cursi lo que digo, pero es así. No creo que pueda y a decir verdad,
no me interesa hacerlo tampoco. Mis prioridades son otras.
–¡Deja de decir
estupideces! ¿Cómo que no vas a enamorarte? El problema es que no te ha tocado
uno que valga la pena, como yo–nos reímos los dos–Escúchame. No te quedes en Alovera,
creyendo que debes darle un padre a tu hijo. Ben no necesita uno; te tiene a
ti. No te quedes con Diego porque es el pretendiente perfecto; quién, según tú,
te ha aceptado con el paquete. Ya llegará alguien que verá cuán maravillosa
eres y te hará volar por las nubes. Y, por último: no te quedes aquí,
persiguiendo el recuerdo de tu abuela porque quedarte, sería como machacar su
memoria. Vete. Busca un lugar; el propio. El tuyo con tu hijo.
–José… son tantos miedos,
tantas dudas.
–Bueno. A ver. Repasemos
una a una.
Esa noche, mi mejor amigo
aclaró mi panorama. Sí, sería duro, difícil; debía atar muchos cabos antes de
irme, pero poco a poco, con el paso de los días comencé a soñar con tomar las
riendas de mi vida; construir junto a mi niño el futuro que quisiéramos. El
señor Rojas, ayudó a que todo se acomodara. Me permitió tomarme unos meses
hasta que Ben fuera un poco más grande y así poder estar tranquila y dejarlo en
el jardín de infantes.
Con Diego… con Diego las
cosas fueron diferentes.
El teléfono vibró sobre la
mesa y se levantó a ver. Marina le había enviado un mensaje de voz y le
preguntaba si ya estaba en casa. Enseguida le respondió que sí, que la había
extrañado mucho y que rogaba verla pronto para poder contarle todo con lujo de
detalles. No alcanzó a terminar de enviar su audio que Ben ingresó a los tumbos
con sus amigos siguiéndolo.
–¿Puedo quedarme a dormir al
lado? –preguntó cuando recuperó la respiración.
–Ben, hemos viajado todo el
día. Creo que deberías descansar –Paula se apareció detrás con una sonrisa
picarona. Nadia podía apostar que la idea había sido suya.
–Pediremos algo, veremos una
película y ya–le comentó la joven–¡Lo hemos extrañado tanto! –agregó.
–¡Por favor! –rogaban ambos.
–No durarás ni dos horas–le dijo
Nadia a su hijo y este sonrió feliz–. Ve por tu pijama y tu cepillo de dientes.
Paula sabes que no durará ni dos horas–le repitió a la jovencita–. Casi no ha
dormido en el avión.
–Dudo que al resto le moleste.
Además, para ti también será un descanso.
–¡Adiós, mamá!–Ben corrió
hacia la puerta, pero regresó enseguida a darle un beso a Nadia.
–¡Jum! Estabas a punto de irte
sin darme un beso, traidor. Me cambias por una pizza y una película–bromeó–. Que
te diviertas, cielo. Cualquier cosa… –comenzó a decirle a Paula.
–Tienes mi número.
–Así es. Descansa, Nadia.
–Buenas noches.
Una vez que el grupo quedó del
otro lado de la puerta, Nadia regresó a su posición con el teléfono en la mano
y llamó a Marina.
–¡Ey! ¿Todo bien?
–Ben se ha quedado a dormir en
lo de Gloria.
–¿Estás sola? ¿Por qué no
vienes?
–No, no. Gracias. Ya estoy en
la cama. Te llamaba porque quería preguntarte si mañana te gustaría que desayunáramos.
Ben se despertará tardísimo.
–Dime dónde y allí estaré.
–Vamos a ese barcito que está
frente al mar.
–Ay, no. Ese lugar está que se
cae a pedazos, Nadia. ¿Podemos ir a un sitio más bonito?
–Bien. Elige tú y me avisas dónde.
–Perfecto. Déjame pensar y te
escribo en un momento.
–Genial.
–¿Cómo estás? ¿Cómo te has
sentido?
–Bien. Agotada del viaje y de
todo lo vivido allí, pero estoy bien.
–Me alegro.
–Hablamos mañana.
–Hablamos mañana–repitió.
El pronóstico de Nadia estuvo
errado. Ben se apareció a las ocho de la mañana para desayunar junto a ella;
efectivamente se había quedado dormido apenas comenzó la película y tras varias
horas de sueño, regresó a su casa. Los planes con Marina y su charla, cambiaron
completamente.
–¡Y vengan los dos! –exclamó
ante las novedades.
–¿Estás segura?
–Sí. Ben es un encanto y si
deja de serlo, le prestaré mi teléfono.
–¡Marina!
Y así fue que los dos salieron
cerca de las diez para encontrarse con ella. Efectivamente Ben estuvo tan
concentrado en el lugar que había elegido Marina que poco estuvo en la mesa
junto a ellas; el salón de juegos y el encontrarse con un compañerito de la
escuela, lo mantuvieron alejado.
–Luces agotada–comentó su
amiga.
–Lo estoy. Ha sido muchísimo.
Verla nuevamente… hablar… ella sigue enojada conmigo, ¿sabes? Bueno, eso yo ya
lo sabía.
–¿Y con Ben?
–Se ha portado excelente.
Vendrá para su cumpleaños, le prometió.
–Uff. Deberás hablar con los
dos.
–Sí. Eso es lo que me quita el
sueño. No creí que se encariñara tan pronto; tanto que la tendría aquí dentro
de poco tiempo. Según mis cálculos, para esa altura habré pasado las primeras
sesiones y… no quería que ella lo supiera.
–Quizá hasta sea para mejor.
–¿Eso crees?
–Alguien que acompañe a tu
hijo mientras tú te ocupas de tu salud es fenomenal.
–Sí, en ese sentido, sí.
Tienes razón.
–¿Y a quién más has visto
allí? ¿Tu padre?
–No. No he sabido nada de él
desde que mi madre murió. Becca no me ha hablado de él tampoco; sé que se ha
marchado y punto. Estuve con José, mi mejor amigo… ¿Te he hablado de él? Sí, ¿verdad?
–El músico frustrado.
–El mismo–se rieron las dos–. Y
también… Diego se ha comunicado conmigo.
–Diego, el pediatra… con el
que casi… ¡Cuéntame todo!
Nadia le comentó que el último
día que estuvieron en Madrid, mientras salían de un restaurante al que habían
ido con Becca y José, un mensaje directo de Instagram llegó a su casilla. Era
Diego que le decía que le había parecido verla junto a su hijo y le preguntaba
si se trataba de ella. Ya en el taxi le respondió que sí a lo que él propuso
verla. Nadia le explicó que se marchaban a la mañana siguiente y él le envió su
número de teléfono.
–¿Y no le has escrito? –ella
negó con efusividad– ¿Por qué?
–No tengo intenciones de verlo
ni de recuperar esa relación.
–Ni siquiera como amigos.
–Ni siquiera como amigos. Es…complicado–completó
Nadia.

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