ESPEJO REDONDO
ALEJANDRO
La puerta del consultorio del
psicólogo que había ido a ver por recomendación de su doctor, tembló de tal
manera que la persona que aguardaba fuera, dio un salto en el asiento.
Alejandro hizo girar las ruedas de su silla con bronca y se marchó de allí,
furioso.
–¡Ey! ¿Qué ha pasado? ¿Hacia
dónde…? –quiso saber Hugo que lo esperaba en la acera, pero él ni siquiera lo
miró y se alejó con una seguridad inusitada. Alcanzarlo no le requirió
demasiado esfuerzo–. ¿Qué ocurre? –nada–. Ale, ¿estás bien?
–Quiero estar solo, Hugo.
–Pero dime qué ha pasado.
–Vete, Hugo. Por favor.
–No. ¿Cómo voy a irme?
¡Espérame!
–¡Déjame en paz! –gritó y
su amigo se hizo a un lado sorprendido con la reacción. Dio media vuelta y
regresó al vehículo. Sin dudarlo un segundo, enojado con la actitud de su
amigo, encendió el motor y se marchó a su casa. ¡Ya vería él como regresaba!
Alejandro dio vuelta a la
esquina y recorrió la calle con rapidez. Sus brazos después de varias semanas
usando la silla de ruedas, se habían vuelto fuertes. Su rostro casi era el
mismo que antes del ACV, pero sus piernas parecían no querer reaccionar a las
terapias. No podía caminar aun cuando lo intentara una y otra vez. Y el
psicólogo había tenido el tupé de insinuar que era él quien no deseaba
levantarse de allí. Porque levantarse implicaba enfrentarse con sus errores, le
había dicho.
–¡Idiota! –exclamó en voz
alta a medida que avanzaba.
Cruzó una intersección y se
detuvo a contemplar uno de los escaparates de una tienda de ropa, en donde los
maniquíes mostraban hombres y mujeres erguidos, luciendo prendas costosísimas.
Apretó los dientes y se alejó de aquel paisaje que le recordaba lo que, al
parecer, no podría volver a tener. ¿Debía acostumbrarse a esa vida? ¿A contar
con alguien que lo asista para todo? ¿Todo el tiempo? De solo imaginar su
futuro, la ira revolvía su estómago.
–¡Auch! –un grito de dolor
hizo que se detuviera –¿Por qué no se fija por dónde va? – le preguntó el niño
a su madre quién lo ignoró completamente. La mujer intentó explicarle que no
había sido a propósito, que era una persona con discapacidad, que…
–¿Por qué no te fijas tú,
mocoso malcriado? –le respondió enojado, listo para seguir su camino.
–¿¡Cómo dijo!?–exclamó la
voz femenina, pero él no hizo caso. Tomó las ruedas e intentó avanzar, pero la
mujer se cruzó delante de él e impidió que huyera. Por fin se miraron. Él desde
su silla, ella desde lo alto lo observaba con ira –. Repita lo que dijo.
–Sí, claro. ¡Cómo no! ¿Por
qué no te fijas tú, mocoso malcriado? –la mano que iba a convertirse en una
bofetada que, de seguro, le haría sonar los dientes se detuvo a unos pocos
centímetros de su cara.
–¿¡Qué hace!? ¿¡Está loca!?
–preguntó sorprendido por la reacción sabiendo y reconociendo que la situación
se había ido de las manos de ambos.
–¡Mamá! –gritó el niño
sorprendido a espaldas de su madre.
–No. Al parecer usted
lo está. –la palma abierta lista para golpearlo se convirtió en un dedo
acusador que le dolió mucho más. No lo tocaba, pero lo apuntaba y a Alejandro
le parecía como si el índice estuviera clavándosele en el corazón–. Espero que
mi hijo sea la última persona que se cruce con su falta de respeto, de
delicadeza y de educación. Usted lo pisó a él… no al revés. Y ni siquiera pidió
disculpas. Estar en una silla de ruedas no lo excusa de ser una buena persona,
¿oyó?
–Ya, déjeme en paz, señora.
¡Púdrase!
–Púdrase, us…
–Mamá–el muchacho la detuvo
antes de que hiciera otra escena–. Ya vámonos, por favor. No vale la pena.
–Tienes razón, cielo. No
vale la pena.
Alejandro permaneció en su
lugar mientras la mujer, el niño y las personas que aguardaban el semáforo,
cruzaban la calle. Dolido, frustrado, regresó por donde había venido. ¿En qué
estaba convirtiéndose? ¿En un monstruo? Todo parecía indicar que sí. Tomó el
celular y buscó entre sus mensajes, el contacto de su ex esposa. El último
intercambio lo habían tenido tiempo atrás cuando él acababa de salir del
hospital. Desde entonces solo había habido silencio. Silencio que incluía a sus
hijos con los que apenas si hablaba. Silencios que dolían mucho más que la
situación en la que se encontraba.
Estuvo a punto de
escribirle y pedirle que viniera por él, que lo llevara de vuelta a aquel hogar
que ya no le pertenecía. Sin embargo, no lo hizo. Cerró la aplicación y buscó
en el mapa la dirección de la que ahora era su casa. Estaba a pocas cuadras así
que decidió animarse a recorrer las calles con su silla; solo por primera vez.
Necesitaba calmarse con urgencia.
A medida que avanzaba, su
mente regresaba al episodio vivido con aquella mujer y su hijo. Acarició su
mejilla, allí donde aún podía sentir la mano de ella, y se dijo que sí. Había
sido un patán. Pero, a decir verdad, no podía comportarse de otra manera.
Sentía como si dentro suyo hubiese un demonio intentando salírsele por los
poros; el odio, la rabia, la frustración y el dolor lo controlaban. Todo
aquello por lo que había luchado toda su vida, estaba reducido a la nada.
Solo. Completamente solo.
Cruzó las calles, una a una
hasta acercarse a su vivienda, a su morada. No era su hogar. Aunque, pensándolo
bien, ¿alguna vez había tenido uno?
Muchos años atrás.
–Buenas tardes. Mi nombre
es Alejandro y estoy interesado en el trabajo –señalé el papel pegado en la
puerta del negocio.
–¿Tienes papeles? –sin
devolver el saludo fue directo al grano. Mi acento me delataba apenas abría la
boca.
–Todavía no. Estoy
tramitándolos–mentí como lo había hecho en los últimos tres lugares. Rogaba que
funcionara.
–Pues…lo siento. No podemos
contratar ilegales.
Una vez más, rechazado. ¿Qué
haría? Llevaba cuatro meses en Barcelona y nada de lo que había planeado estaba
funcionando. Nada. Los pocos ahorros que tenía se iban acabando y en el
albergue donde me alojaba, me habían dado el ultimátum; si no llevaba dinero
esa semana me echarían a patadas. Aun siendo aquella una habitación maloliente,
debía pagarla como si se tratase de un hotel cinco estrellas.
No había querido preocupar
a mi madre así que había inventado una realidad que no existía. En la última
carta había dicho que tenía un empleo espectacular y que estaba buscando casas.
Hasta había adjuntado imágenes de una revista de decoración para que estuviera
orgullosa.
Caminé hasta el siguiente
lugar que había visto en el que buscaban gente para trabajar.
Entré y me ofrecí con
desesperación. El caballero en la caja de la pizzería me observó con atención
mientras yo le rogaba que, aunque sea me considerase para limpiar los vidrios.
–¿De dónde vienes?
–Argentina.
–¿De Buenos Aires?
–Sí.
–Porteño, entonces.
–¿Usted también?
–No, no. Mi sobrino se casó
con una argentina hace poco tiempo. Muy buena gente; ella y su familia. Supongo
que nada de papeles.
–Nada.
–Verás…
–Lo sé. Me dirá que no
puedo trabajar aquí. Que no acepta ilegales.
–Pues, a decir verdad, mi
esposa ha estado en tu misma posición y creo en eso de devolver lo que una vez le
dieron a ella y, por ende, a mí que, gracias a eso, la conocí. Necesito un
repartidor, el nuestro renunció hace poco tiempo.
–Comienzo cuando usted me
lo diga. Haré lo que haga falta.
–¿Conduces?
–No–el rostro del hombre se
oscureció–. Pero puedo aprender.
–¿Puedes aprender para el
fin de semana?
–Claro que sí–cómo haría
para hacerlo no lo sabía aún, pero lo lograría.
–Bien. Descontaré de tu
salario lo que necesites gastar para iniciar los trámites de tu ciudadanía. Al
menos, estaremos cubiertos si algo sucede.
–Bien.
–En cuanto a la paga…
–Solo necesitaría cubrir
los gastos del albergue, señor–me apresuré a decir porque ya era demasiado lo
que me estaba ofreciendo.
–Bien. Hecho. Lo espero el
lunes.
–No se arrepentirá. Muchas
gracias.
Tenía 19 años y ansiaba con
desesperación ser alguien en la vida.
Siempre había necesitado a
alguien o de alguien. Siempre había habido alguien que extendió su mano en el
momento adecuado. En aquellos años, Gregorio había confiado en él y gracias a
su paciencia, había conseguido mucho más que los papeles de su ciudadanía. En
la acera de la pizzería, una noche lluviosa, había conocido a Ana. Y con su
aparición, el mundo pareció acomodarse para él.
Pensar en ella lo llevó
directo a sus hijos. ¿Cuánto hacía que no hablaba con ellos? Lucía solía
escribirle y preguntarle cómo se sentía alguna que otra vez; nada largo ni muy
personal. Juan no hablaba. Juan era igual a él. Orgulloso, enojón… mal llevado.
Introdujo la llave en la
puerta que daba a la calle y al abrir, se encontró con la esposa de Hugo lista
para salir. Por la cara de pocos amigos que cargaba, supuso que se había
enterado de lo ocurrido fuera del consultorio del psicólogo. ¿Estaba siendo injusto
con aquella familia? Sí. ¿Podía hacer algo diferente? No se sentía capaz.
–Hola. Te he dejado comida sobre
la mesa.
–Gracias. ¿Tu hijo? ¿Cómo
está, Betty?
–Mucho mejor. Gracias por
preguntar. Permiso–se dio cuenta de que la mujer no podía avanzar porque con su
silla ocupaba todo el pasillo.
–Perdón. Adelante. ¿Hugo ha
regresado? –quiso saber antes de que se marchara.
–Está en el bar. Trabajando.
Podrías ir a darle una mano, ¿no crees?
La mujer que una vez había
sido simpática, que se había reído de sus chistes, ahora lo trataba con desdén.
Alejandro no podía creer cómo la negrura iba cubriéndolo todo.
Abrió la puerta del pequeño
apartamento y notó el túper que la mujer había dejado para él. Las persianas
continuaban bajas, la cama que una vez había sido sofá, deshecha. La ropa, su
ropa, seguía guardada en el bolso que le había traído Ana al hospital. Apoyó
las llaves sobre la encimera y se dirigió al baño. Hugo le había alcanzado un
espejo que estaba apoyado detrás del grifo. El círculo pequeño le mostró la
peor versión de sí mismo. No pudo ni quiso mantener la vista sobre aquel que lo
observaba y se giró para hacer pis. De nuevo la mano de su amigo había estado
interviniendo aquel espacio para adaptarlo a sus necesidades. Un par de manijas
a los costados del inodoro le permitían erguirse para poder sentarse. Con
esfuerzo había conseguido acomodarse y allí permaneció por un largo rato
observando la silla de ruedas que apenas si cabía dentro.
Las palabras del psicólogo
y las de los terapistas lo azotaban como granizo.
–Tú puedes, Alejandro.
Vamos. Arriba.
El terapeuta lo alentaba y
extendía sus manos para ayudarlo a levantarse. Con fuerza las tomó y se irguió
por primera vez después del ACV. No podía creerlo. La esperanza se filtraba por
los pequeños recovecos de su corazón, a través de las grietas que habían
marcado el dolor.
–¡Bien! Ahora daremos un
pequeño paso, ¿está bien? –Alejandro asintió–. ¿Listo?
–Sí.
–Bien. Cuando quieras.
El cerebro de Alejandro le
indicaba a su pierna derecha que se moviera, pero parecía ser que el pedido no
llegaba a destino. Nada ocurría. Nada se movía.
–Vamos a ver si así…–el
médico se alejó de él, pero Alejandro no lo seguía.
–No… puedo.
–Es extraño. No hay ningún
tipo de daño. Las terapias y los ejercicios han ido fortaleciendo tus músculos.
No deberías tener problemas. A ver, volvamos a la silla. Déjame probar otra
cosa.
Volvió a sentarlo y lo
dirigió esta vez hacia una pequeña pasarela con una rampa en el medio; muy
parecida a la de los gimnastas. Lo acercó a uno de los extremos y volvió a
ayudarlo a ponerse de pie. Tomó sus manos y las dejó una de cada lado.
–Bueno, Alejandro. Ya hemos
trabajado la estabilidad, hemos fortalecido el tronco… ahora es momento de dar
un paso más.
–No sé si podré hacerlo.
–Lo intentaremos. Confío en
ti.
Alejandro se concentró en
sus pies y se focalizó en moverlos; aunque sea unos pocos centímetros. Sin
embargo, tras varios minutos, nada de eso ocurrió. Él volvió a la silla y salió
de allí con la mirada extrañada del terapista, clavada en su memoria. Si el
joven médico no entendía lo que pasaba, él menos que menos.
–Seguiremos intentando–fue
lo último que le dijo.
De aquello habían pasado,
¿cuánto? ¿Tres meses? Él seguía yendo e intentaba e intentaba. Intentaba una y
otra vez aun cuando el mundo creyera que no lo hacía. Ponía empeño y dedicación
en cada sesión. Ya había estado parado muchas veces, pero por alguna razón sus
pies se negaban a andar. Por eso, Hugo lo había convencido de visitar a un
psicólogo. Creía que la situación se debía a alguna cuestión personal, algo no
resuelto que necesitaba modificar. Y le hizo caso, claro. Se le estaban
acabando las opciones. Y, lo que encontró en aquel sitio, a lo que se enfrentó
en los primeros minutos, había sacado lo peor de sí.
Se cubrió la cara con las
dos manos y por primera vez, dejó salir el dolor que su cuerpo cargaba. Ese
dolor que había estado soportando desde mucho antes del ACV; desde que había
abandonado a su familia, desde las malas inversiones, desde la soledad de
hacerse cargo de todos los problemas solo, desde que perdió su fuente de
trabajo. Desde que su mujer lo echó de la casa. Todos y cada uno de los dolores
se hicieron presentes en aquel baño modificado para él.
Y lloró. Lloró como el niño
que había sido una vez en Buenos Aires. Lloró por horas hasta que las piernas
se le entumecieron. Hasta que las penumbras de la noche lo ocuparon todo. Lloró
y se lamentó tanto que quiso morir.

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