UNA LOCOMOTORA
ALEJANDRO
La medicación ayudaba y
mucho. Mucho más de lo que Alejandro había creído. Se levantaba por las mañanas
descansado y con energías suficientes para afrontar el día. Continuaba yendo a
terapia y había regresado del consultorio de la psiquiatra, contento de saber
que todo marchaba como se esperaba. Ahora, la cuestión era descubrir qué
ocurría con él para que no pudiera caminar.
Por supuesto, había habido
muchos exámenes médicos y estudios específicos que habían evaluado cada parte
de su cuerpo poniendo principal énfasis en su cerebro. Nada. No había nada que
indicara la razón por la cual no se levantaba de aquella silla. ¿Qué ocurría? Esa
parecía ser la pregunta del millón y nadie parecía tener la respuesta.
Alejandro pasaba los días
preocupado por su estado y nadaba en aguas turbias cuando creía que jamás
lograría volver a ser quien había sido. Sin embargo, cada tanto surgía alguna
esperanza, alguna luz en el camino. Quizá como habían dicho Gervasio y Érica,
solamente debía destrabar aquello que le impedía andar. ¿Qué era? ¿Un trauma?
¿Miedo? No lo sabía y a diferencia de aquel hombre desahuciado que le había
pisado el pie a un niño en plena calle, éste estaba dispuesto a averiguarlo
todo.
Poco a poco comenzó abrirse
más en las sesiones, a contarle a Gervasio cosas de las que jamás había
hablado. Situaciones que habían moldeado su carácter, su forma de ser y su
forma de enfrentar la vida. En una de sus tantas charlas, había surgido un tema
que, quizá podría ser la punta del ovillo; Alejandro había estado buscando
constantemente ser alguien en la vida y esa búsqueda lo había llevado por
lugares extraños.
–Y, ¿qué es ser alguien en
la vida? –le preguntó con desparpajo mientras bebía de su taza térmica de color
azul repleta de calcamonías extrañas.
–Ser alguien es… ser
exitoso, tener dinero; tener una casa bonita, en un vecindario bonito.
–Vamos uno a uno. Antes de
continuar, una nueva pregunta. ¿Qué es ser exitoso? –volvió a preguntar el
psicólogo.
–Ay, Dios–se quejó
Alejandro y se cruzó de brazos molesto–. Exitoso es tener cosas. Muchas cosas.
–¿Tener muchos pares de
zapatillas es ser exitoso? Más específico, por favor.
–Tener autos, casas, viajar.
Tener dinero. Triunfar. Que te vaya de maravillas en lo que haces y poder darle
a la familia todo lo que necesita. Y más.
–Okey.
–Los famosos son exitosos,
por ejemplo. O los deportistas, los artistas reconocidos–completó.
–¿Y crees que alguien común
y corriente como tú, o como yo, no puede serlo?
–No de ese modo, no.
–¿Hay más modos?
–Bueno. Estimo que el
científico que descubra la cura del cáncer, se consideraría exitoso también.
–Pero, para ti el éxito es
tener dinero.
–Sí. No le veo nada de
malo. Es lo que, en definitiva, mueve al mundo. Ese es el parámetro, la escala.
Gervasio lo observaba con
atención como queriendo sonsacarle algo más, algo diferente. Alejandro se
removió en la silla y preguntó cuánto faltaba para que acabase la sesión.
–¿Quieres irte?
–No, pero siento que
quieres que te diga algo en especial y no sé qué es.
–Puedo entender por qué tu
noción de ser alguien está ligada a lo económico; una familia muy pobre,
bajos recursos, debiste salir de tu país en busca de oportunidades, pero no
puedo negar que me molesta que no llegues a otras conclusiones.
–¿Cómo por ejemplo?
–Que ser exitoso en tu
caso, debería ser levantarte de esa silla. Y caminar de una buena vez.
–No, eso es distinto. Puedo
ser alguien desde aquí.
–Ah, ¿sí? –Gervasio lo miró
extrañado y sorprendido por ese comentario. No porque no pudiera serlo; había
muchísima gente que lograba su cometido en condiciones incluso más adversas
sino porque viniendo de él, era realmente un hallazgo–. Explícate.
–Bueno, yo creo que…
–¡Espera! –lo detuvo–.
Quiero que intentes pensar cómo sería ser exitoso desde esa silla de ruedas,
pero… sin recurrir al dinero. No quiero que me hables de buenos negocios y de
oportunidades económicas, ni de casas bonitas ni nada de esa mierda de la que
hablabas antes.
–Mmm… –Alejandro se
enredaba en sus propios pensamientos porque no podía llegar a otro punto que no
fuese el dinero. Iba a decir justamente eso; que, si el pudiera invertir bien
aún postrado en una silla de ruedas, conseguiría todo aquello que había buscado
desde siempre. La seguridad económica, que lo respetasen; vivir tranquilo.
–¿Cómo luce la felicidad
para ti, Alejandro?
–Luce lejana.
–No, no. ¿Cómo luce? ¿A qué
se parece? ¿Cómo se ve? ¿De qué color es? ¿Qué forma tiene?
Se quedó pensando, uniendo
las respuestas que intentaba darle que nada tenían que ver con lo que Gervasio
buscaba, lo sabía. Y entonces, por fin entendió a lo que su psicólogo apuntaba.
Al parecer sus ojos denunciaron su línea de pensamiento porque el hombre de
barba apoyó los codos sobre el escritorio, le clavó la mirada y soltó;
–Tienes una versión errónea
de ser alguien en la vida. Ya eres alguien, Alejandro. ¿No lo ves? Conseguir
cosas, acumular propiedades, bienes… tener un trabajo en el que triunfes… de
eso no se trata la cuestión. Debes repensar aquello porque de lo contrario
seguirás andando por el camino equivocado; fallando y fracasando, según tus
propios parámetros, una y otra vez.
–¿Y entonces? ¿Qué es ser
alguien, Gervasio?
–Eso deberás descubrirlo tú
mismo.
Alejandro se subió al taxi
y en vez de dirigirse a su apartamento, pidió que lo llevaran al bar. Como el
lugar se encontraba en la costanera, tuvo que descender lentamente hacía allí y
en el camino, mientras avanzaba, pensaba y analizaba la conversación con
Gervasio. ¿Qué es ser alguien en la vida? Él le había dicho que ya era alguien,
pero no estaba convencido de eso porque toda su vida, su pasado y su presente
estaba signado por otra forma de verlo.
Tiempo atrás.
La casa velatorio estaba
abarrotada de gente. Todos los compañeros de mi padre habían asistido y en
aquel ambiente, junto al féretro, no cabía ni un alfiler. Mi madre, soportaba
estoica junto al cajón, cada palabra de aliento, cada abrazo, cada lágrima
derramada sobre su hombro sin dejar de acariciar las manos callosas de mi
padre.
Yo estaba sentado en un
asiento de madera alejado del tumulto junto a la mamá de Esteban que me había
traído algo de comer para soportar las horas larguísimas. Mi amigo, dormía con
la cabeza apoyada en su regazo.
–Estarán bien, Ale. Ya lo
verás–me decía una y otra vez–¡Come, come! –y yo comía aun cuando sintiera que
mi estómago estaba igual de lleno que el lugar.
–Lo siento mucho–se
acercaban las damas y los caballeros con rostros difusos y desconocidos.
Primero saludaban a mi madre y luego, indefectiblemente, venían por mí.
–¡Qué pena tan grande! No
se merecía un final así–comentaba uno.
–¡Un hombre tan trabajador!
–decía otro.
–Alejandro. Lo siento
mucho, hijo. ¡Qué ejemplo de trabajador era tu padre! Ojalá algún día…–agregaba
alguien más.
–No hagas caso,
Ale–susurraba la madre de Esteban como si entendiese en parte las cosas que se
me pasaban por la cabeza en ese momento con mi padre muerto a dos metros de mí–.
Debes enfocarte en ser alguien en la vida. Nada más. No más que eso.
–¿Alguien en la vida?
–pregunté por fin y abandoné el mutismo de niño doliente.
–Sí. Trabajador… nada más.
El trabajo dignifica y con él conseguirás la felicidad.
El recuerdo de la noche en
que velaron los restos de su padre, llegó tranquilo como el correr del agua en
el río. Lo arrulló y lo envolvió. Desde aquel momento había creído que ser
feliz era eso: trabajar, trabajar, trabajar. Con el tiempo le sumó la noción de
ganar dinero con eso y conseguir a través de él, la posición que se merecía.
Si pudiera, regresaría al
consultorio y le diría que la felicidad, para él, lucía como una locomotora igual
a la que conducía su padre.
***
Atravesar la puerta del bar
después de meses había sido un esfuerzo descomunal para su salud mental, pero
quería hacerlo, debía hacerlo. Hacía días que venía pensando en los
gastos, en los medicamentos, en el colegio de sus hijos. Estaba seguro de que
Ana y Hugo se habían puesto de acuerdo para llevar adelante el bar y que,
gracias a esos dos, nada le estaba faltando.
–¡Alejandro! –la voz de
Quique despabiló a Hugo que hacía cuentas sobre la barra del lugar; en la misma
posición que había estado él, antes del ACV.
–¡Buenas tardes! –saludó y
se acercó lentamente a donde estaban los muchachos. Se alegró de ver el lugar
casi repleto de gente.
–No puedo creer que estés
aquí–Hugo se abalanzó sobre la silla y allí se quedó unos minutos, incrédulo y
emocionado.
–Ni yo–dijo sin faltar a la
verdad.
–¿Quieres beber algo?
–Un café estaría muy bien.
–Ven, ven. Vamos hacia
aquella mesa.
Quique continuó atendiendo
mientras ellos dos se sentaron a conversar alejados del gentío. Alejandro observaba
los detalles que no había notado al entrar.
–¡Has hecho un gran
trabajo, Hugo!
–Yo solo, no.
–¿Ana?
–Y ¿quién más? Ha estado
viniendo todas las mañanas. Se ha ocupado de cambiar el menú, contratar un chef
nuevo que cocina no solo lo habitual, sino que, además, hace comidas
vegetarianas, veganas y no sé qué otras cosas raras. Sé que está pensando en
cambiar la fachada, pintar y reorganizar el espacio, pero aún no tenemos el
dinero para hacerlo.
–Ana es especial.
–No sé cómo has soltado a
esa mujer.
–Se ha cansado de mí–comentó
con desazón; Hugo nada dijo. Y… ¿qué podría decir? –. No sé cómo haré para
pagarle todo lo que sigue haciendo cuando no merezco ni una pizca de su ayuda.
–Ana siempre tuvo talento
para los negocios solo que nunca la escuchaste–Alejandro suspiró con tristeza–.
Bueno, pero… ¿te gusta lo que ves? Hace cuánto no teníamos el lugar así de
lleno ¿eh?
–Estoy pensando en que se
arreglan mejor sin mí. Creo que no me necesitan para nada.
–No es así y lo sabes–Hugo
se puso de pie en busca de los cafés que Quique ya preparaba para ellos sobre
la barra–. Todo marcha bien por acá, sí–continuó diciendo y agregó–; Solo
faltas tú.
–Solo falto yo–repitió Alejandro
con nostalgia intentando huir de los pensamientos oscuros que lo rodeaban en
ese mismo momento.
Hugo se encargó de contarle
con detalles todo lo que había estado haciendo Ana y de qué manera la asistía. Habló
de Quique, quien les había recomendado una muchacha para trabajar junto a él
porque debido a la suma de clientes, argumentaba que solo no podía hacerlo. Habló
de los números que arrojaban las ventas.
–¿Están trabajando horario
completo? –quiso saber, recordando cómo habían tenido que recortar horas tiempo
atrás.
–Sí. Desde el lunes pasado
abrimos a las seis y media y cerramos a las diez u once de la noche. Hay
promociones algunos días de la semana y espectáculos, también.
–¡Guau!
–Ha favorecido el
movimiento de alrededor. Han comenzado a construir más hoteles y tiendas; el
buen clima ayuda a que la gente salga a caminar y, movidas por la curiosidad de
los cambios, llegan hasta el final de la costanera.
–¡Qué bueno!
–Repito. Solo faltas tu–sonrió
para no quedar mal con Hugo y decidió que era momento de marcharse.
Alejandro se despidió de
Quique y dejó que Hugo lo acompañara a tomarse un taxi para volver a su casa.
–Gracias por acompañarme. Nos
vemos.
–Ale. Aquí te estamos
esperando. Es tu lugar y siempre lo será.
Se montó al coche y
mientras avanzaba por las calles, la tristeza de sentirse un inútil regresó con
fuerza. La decisión y el buen humor con el que había despertado esa mañana lo
habían abandonado por completo. En ese momento sentía que el éxito, el triunfo,
la felicidad volvían a ubicarse en la acera de enfrente. Lejos, muy lejos de
él.
La realidad le mostraba que
todo se acomodaba si él no estaba presente. No lo necesitaban, no. Al
contrario, sentía que volvía ser un obstáculo en la vida de las personas que lo
rodeaban.

