viernes, 23 de agosto de 2024

ATDLG: Capítulo 22

 



UNA LOCOMOTORA

ALEJANDRO

La medicación ayudaba y mucho. Mucho más de lo que Alejandro había creído. Se levantaba por las mañanas descansado y con energías suficientes para afrontar el día. Continuaba yendo a terapia y había regresado del consultorio de la psiquiatra, contento de saber que todo marchaba como se esperaba. Ahora, la cuestión era descubrir qué ocurría con él para que no pudiera caminar.

Por supuesto, había habido muchos exámenes médicos y estudios específicos que habían evaluado cada parte de su cuerpo poniendo principal énfasis en su cerebro. Nada. No había nada que indicara la razón por la cual no se levantaba de aquella silla. ¿Qué ocurría? Esa parecía ser la pregunta del millón y nadie parecía tener la respuesta.

Alejandro pasaba los días preocupado por su estado y nadaba en aguas turbias cuando creía que jamás lograría volver a ser quien había sido. Sin embargo, cada tanto surgía alguna esperanza, alguna luz en el camino. Quizá como habían dicho Gervasio y Érica, solamente debía destrabar aquello que le impedía andar. ¿Qué era? ¿Un trauma? ¿Miedo? No lo sabía y a diferencia de aquel hombre desahuciado que le había pisado el pie a un niño en plena calle, éste estaba dispuesto a averiguarlo todo.

Poco a poco comenzó abrirse más en las sesiones, a contarle a Gervasio cosas de las que jamás había hablado. Situaciones que habían moldeado su carácter, su forma de ser y su forma de enfrentar la vida. En una de sus tantas charlas, había surgido un tema que, quizá podría ser la punta del ovillo; Alejandro había estado buscando constantemente ser alguien en la vida y esa búsqueda lo había llevado por lugares extraños.

–Y, ¿qué es ser alguien en la vida? –le preguntó con desparpajo mientras bebía de su taza térmica de color azul repleta de calcamonías extrañas.

–Ser alguien es… ser exitoso, tener dinero; tener una casa bonita, en un vecindario bonito.

–Vamos uno a uno. Antes de continuar, una nueva pregunta. ¿Qué es ser exitoso? –volvió a preguntar el psicólogo.

–Ay, Dios–se quejó Alejandro y se cruzó de brazos molesto–. Exitoso es tener cosas. Muchas cosas.

–¿Tener muchos pares de zapatillas es ser exitoso? Más específico, por favor.

–Tener autos, casas, viajar. Tener dinero. Triunfar. Que te vaya de maravillas en lo que haces y poder darle a la familia todo lo que necesita. Y más.

–Okey.

–Los famosos son exitosos, por ejemplo. O los deportistas, los artistas reconocidos–completó.

–¿Y crees que alguien común y corriente como tú, o como yo, no puede serlo?

–No de ese modo, no.

–¿Hay más modos?

–Bueno. Estimo que el científico que descubra la cura del cáncer, se consideraría exitoso también.

–Pero, para ti el éxito es tener dinero.

–Sí. No le veo nada de malo. Es lo que, en definitiva, mueve al mundo. Ese es el parámetro, la escala.

Gervasio lo observaba con atención como queriendo sonsacarle algo más, algo diferente. Alejandro se removió en la silla y preguntó cuánto faltaba para que acabase la sesión.

–¿Quieres irte?

–No, pero siento que quieres que te diga algo en especial y no sé qué es.

–Puedo entender por qué tu noción de ser alguien está ligada a lo económico; una familia muy pobre, bajos recursos, debiste salir de tu país en busca de oportunidades, pero no puedo negar que me molesta que no llegues a otras conclusiones.

–¿Cómo por ejemplo?

–Que ser exitoso en tu caso, debería ser levantarte de esa silla. Y caminar de una buena vez.

–No, eso es distinto. Puedo ser alguien desde aquí.

–Ah, ¿sí? –Gervasio lo miró extrañado y sorprendido por ese comentario. No porque no pudiera serlo; había muchísima gente que lograba su cometido en condiciones incluso más adversas sino porque viniendo de él, era realmente un hallazgo–. Explícate.

–Bueno, yo creo que…

–¡Espera! –lo detuvo–. Quiero que intentes pensar cómo sería ser exitoso desde esa silla de ruedas, pero… sin recurrir al dinero. No quiero que me hables de buenos negocios y de oportunidades económicas, ni de casas bonitas ni nada de esa mierda de la que hablabas antes.

–Mmm… –Alejandro se enredaba en sus propios pensamientos porque no podía llegar a otro punto que no fuese el dinero. Iba a decir justamente eso; que, si el pudiera invertir bien aún postrado en una silla de ruedas, conseguiría todo aquello que había buscado desde siempre. La seguridad económica, que lo respetasen; vivir tranquilo.

–¿Cómo luce la felicidad para ti, Alejandro?

–Luce lejana.

–No, no. ¿Cómo luce? ¿A qué se parece? ¿Cómo se ve? ¿De qué color es? ¿Qué forma tiene?

Se quedó pensando, uniendo las respuestas que intentaba darle que nada tenían que ver con lo que Gervasio buscaba, lo sabía. Y entonces, por fin entendió a lo que su psicólogo apuntaba. Al parecer sus ojos denunciaron su línea de pensamiento porque el hombre de barba apoyó los codos sobre el escritorio, le clavó la mirada y soltó;

–Tienes una versión errónea de ser alguien en la vida. Ya eres alguien, Alejandro. ¿No lo ves? Conseguir cosas, acumular propiedades, bienes… tener un trabajo en el que triunfes… de eso no se trata la cuestión. Debes repensar aquello porque de lo contrario seguirás andando por el camino equivocado; fallando y fracasando, según tus propios parámetros, una y otra vez.

–¿Y entonces? ¿Qué es ser alguien, Gervasio?

–Eso deberás descubrirlo tú mismo.

Alejandro se subió al taxi y en vez de dirigirse a su apartamento, pidió que lo llevaran al bar. Como el lugar se encontraba en la costanera, tuvo que descender lentamente hacía allí y en el camino, mientras avanzaba, pensaba y analizaba la conversación con Gervasio. ¿Qué es ser alguien en la vida? Él le había dicho que ya era alguien, pero no estaba convencido de eso porque toda su vida, su pasado y su presente estaba signado por otra forma de verlo.

Tiempo atrás.

La casa velatorio estaba abarrotada de gente. Todos los compañeros de mi padre habían asistido y en aquel ambiente, junto al féretro, no cabía ni un alfiler. Mi madre, soportaba estoica junto al cajón, cada palabra de aliento, cada abrazo, cada lágrima derramada sobre su hombro sin dejar de acariciar las manos callosas de mi padre.

Yo estaba sentado en un asiento de madera alejado del tumulto junto a la mamá de Esteban que me había traído algo de comer para soportar las horas larguísimas. Mi amigo, dormía con la cabeza apoyada en su regazo.

–Estarán bien, Ale. Ya lo verás–me decía una y otra vez–¡Come, come! –y yo comía aun cuando sintiera que mi estómago estaba igual de lleno que el lugar.

–Lo siento mucho–se acercaban las damas y los caballeros con rostros difusos y desconocidos. Primero saludaban a mi madre y luego, indefectiblemente, venían por mí.

–¡Qué pena tan grande! No se merecía un final así–comentaba uno.

–¡Un hombre tan trabajador! –decía otro.

–Alejandro. Lo siento mucho, hijo. ¡Qué ejemplo de trabajador era tu padre! Ojalá algún día…–agregaba alguien más.

–No hagas caso, Ale–susurraba la madre de Esteban como si entendiese en parte las cosas que se me pasaban por la cabeza en ese momento con mi padre muerto a dos metros de mí–. Debes enfocarte en ser alguien en la vida. Nada más. No más que eso.

–¿Alguien en la vida? –pregunté por fin y abandoné el mutismo de niño doliente.

–Sí. Trabajador… nada más. El trabajo dignifica y con él conseguirás la felicidad.

El recuerdo de la noche en que velaron los restos de su padre, llegó tranquilo como el correr del agua en el río. Lo arrulló y lo envolvió. Desde aquel momento había creído que ser feliz era eso: trabajar, trabajar, trabajar. Con el tiempo le sumó la noción de ganar dinero con eso y conseguir a través de él, la posición que se merecía.

Si pudiera, regresaría al consultorio y le diría que la felicidad, para él, lucía como una locomotora igual a la que conducía su padre.

***

Atravesar la puerta del bar después de meses había sido un esfuerzo descomunal para su salud mental, pero quería hacerlo, debía hacerlo. Hacía días que venía pensando en los gastos, en los medicamentos, en el colegio de sus hijos. Estaba seguro de que Ana y Hugo se habían puesto de acuerdo para llevar adelante el bar y que, gracias a esos dos, nada le estaba faltando.

–¡Alejandro! –la voz de Quique despabiló a Hugo que hacía cuentas sobre la barra del lugar; en la misma posición que había estado él, antes del ACV.

–¡Buenas tardes! –saludó y se acercó lentamente a donde estaban los muchachos. Se alegró de ver el lugar casi repleto de gente.

–No puedo creer que estés aquí–Hugo se abalanzó sobre la silla y allí se quedó unos minutos, incrédulo y emocionado.

–Ni yo–dijo sin faltar a la verdad.

–¿Quieres beber algo?

–Un café estaría muy bien.

–Ven, ven. Vamos hacia aquella mesa.

Quique continuó atendiendo mientras ellos dos se sentaron a conversar alejados del gentío. Alejandro observaba los detalles que no había notado al entrar.

–¡Has hecho un gran trabajo, Hugo!

–Yo solo, no.

–¿Ana?

–Y ¿quién más? Ha estado viniendo todas las mañanas. Se ha ocupado de cambiar el menú, contratar un chef nuevo que cocina no solo lo habitual, sino que, además, hace comidas vegetarianas, veganas y no sé qué otras cosas raras. Sé que está pensando en cambiar la fachada, pintar y reorganizar el espacio, pero aún no tenemos el dinero para hacerlo.

–Ana es especial.

–No sé cómo has soltado a esa mujer.

–Se ha cansado de mí–comentó con desazón; Hugo nada dijo. Y… ¿qué podría decir? –. No sé cómo haré para pagarle todo lo que sigue haciendo cuando no merezco ni una pizca de su ayuda.

–Ana siempre tuvo talento para los negocios solo que nunca la escuchaste–Alejandro suspiró con tristeza–. Bueno, pero… ¿te gusta lo que ves? Hace cuánto no teníamos el lugar así de lleno ¿eh?

–Estoy pensando en que se arreglan mejor sin mí. Creo que no me necesitan para nada.

–No es así y lo sabes–Hugo se puso de pie en busca de los cafés que Quique ya preparaba para ellos sobre la barra–. Todo marcha bien por acá, sí–continuó diciendo y agregó–; Solo faltas tú.

–Solo falto yo–repitió Alejandro con nostalgia intentando huir de los pensamientos oscuros que lo rodeaban en ese mismo momento.

Hugo se encargó de contarle con detalles todo lo que había estado haciendo Ana y de qué manera la asistía. Habló de Quique, quien les había recomendado una muchacha para trabajar junto a él porque debido a la suma de clientes, argumentaba que solo no podía hacerlo. Habló de los números que arrojaban las ventas.

–¿Están trabajando horario completo? –quiso saber, recordando cómo habían tenido que recortar horas tiempo atrás.

–Sí. Desde el lunes pasado abrimos a las seis y media y cerramos a las diez u once de la noche. Hay promociones algunos días de la semana y espectáculos, también.

–¡Guau!

–Ha favorecido el movimiento de alrededor. Han comenzado a construir más hoteles y tiendas; el buen clima ayuda a que la gente salga a caminar y, movidas por la curiosidad de los cambios, llegan hasta el final de la costanera.

–¡Qué bueno!

–Repito. Solo faltas tu–sonrió para no quedar mal con Hugo y decidió que era momento de marcharse.

Alejandro se despidió de Quique y dejó que Hugo lo acompañara a tomarse un taxi para volver a su casa.

–Gracias por acompañarme. Nos vemos.

–Ale. Aquí te estamos esperando. Es tu lugar y siempre lo será.

Se montó al coche y mientras avanzaba por las calles, la tristeza de sentirse un inútil regresó con fuerza. La decisión y el buen humor con el que había despertado esa mañana lo habían abandonado por completo. En ese momento sentía que el éxito, el triunfo, la felicidad volvían a ubicarse en la acera de enfrente. Lejos, muy lejos de él.

La realidad le mostraba que todo se acomodaba si él no estaba presente. No lo necesitaban, no. Al contrario, sentía que volvía ser un obstáculo en la vida de las personas que lo rodeaban.

jueves, 8 de agosto de 2024

ATDLG: Capítulo 21

 

CAFÉS DE MADRUGADA



NADIA

Efectivamente, tal y como había sucedido con las sesiones anteriores, veinticuatro horas después de haber salido del hospital, Nadia se encontraba destruida. No tenía fuerza en ninguna parte del cuerpo, el dolor de cabeza constante la agotaba, y la falta de apetito no le permitía recobrarse. ¡A Dios gracias no había vómitos como otras veces! Ben, como siempre, solícito y compañero apenas si hacía ruido cuando estaba en casa; intentaba molestar a su madre lo menos posible y Nadia se moría de amor ante esos gestos. Agradecía que hubiera siempre alguien para cuidarlos por si acaso.

José se aparecía por las mañanas y se quedaba con ella junto a la cama, leyendo, durmiendo. Cerca del mediodía aparecía Becca y Ben con la comida ya lista. Estaban comiendo cantidades de basura, pero hasta que no se recuperara, no podía ofrecer otra clase de menú así que no se quejaba. Y ya por las tardes, Marina salía de la oficina y se quedaba con ella para comentarle sobre las novedades del trabajo y en su vida personal, por supuesto.

Los días entre quimioterapias, papeles importantes que hacer, la escuela, Ben, Becca y José que parecían no querer irse; se sucedían con rapidez y Nadia agradecía que así fuera porque no tenía tiempo en preocuparse por lo que ocurriría una vez terminadas las sesiones blancas como le decían; aquellas que eran menos invasivas, pero se realizaban todas las semanas.

–¿Es que acaso no tienen que trabajar ustedes dos? –les había preguntado a José y a su hermana durante una cena en el apartamento.

–Yo estoy trabajando desde aquí–comentó Becca al pasar y sorprendió a todos menos a Ben que, por supuesto, ya lo sabía.

–¿Desde cuándo? –quiso saber Nadia, preocupada de que su hermana pueda perder el empleo por ella.

–Una semana después del cumpleaños de Ben.

–¿Y no es necesario que estés allí? ¿En Madrid?

–Pues no por el momento. Gracias a internet puedo hacer mi trabajo sin problemas.

–Espero no estés posponiendo nada importante–dijo Nadia al pasar y Becca la miró como queriendo decir algo, pero calló. –¿Y tú José?

–Yo estoy desempleado así que no hay ningún problema con el tiempo–la bomba que arrojó dejó a todos estupefactos con los cubiertos detenidos antes de alcanzar las bocas.

–¿Te han echado por mi culpa? –Nadia se llevó las manos a los labios nerviosa.

–¡No! ¡Qué va! Cuando vine ya no contaba con trabajo.

–¡Santo Dios! ¿Cómo no me lo has dicho antes? ¿Y qué harás?

–No lo sé, Nadia. Pero tú, tranquila que ya lo resolveré. No te preocupes. Todo está bajo control.

–Mamá. Deja de hacer tantas preguntas que van a pensar que queremos que se marchen.

–¡Eso! –sonrió Becca con picardía–. ¿Quieres que nos vayamos, Nadia?

–No, no… claro que no. Yo estoy, bueno, estamos felices de que estén aquí. Solo que me da pena que tú sigas viviendo en un hotel y que tú… –extendió la mano y rozó la de su amigo– no tengas trabajo. Saben que estoy bien y que pueden regresar cuando quieran.

–Lo sabemos–comentó José y apretó sus dedos con cariño.

–Becca, de verdad, no tienes porqué quedarte más tiempo si tienes pendientes en Madrid.

–Mi sobrino no me perdonaría si me marcho antes de su presentación. ¿No es cierto, Ben?

–¡Oh, sí! La presentación. ¡Cierto!

Comentaron y rieron sobre el tema que había elegido Ben para hablar en clases, donde le habían pedido que entrevistaran a alguien exitoso según ellos. Él mencionó que tenía una tía empresaria y le consultó a la profesora si podía llevar a cabo la tarea con ella. No hubo objeciones así que, ambos se preparaban para eso desde hacía un tiempo.

–¿Postre? –ofreció Nadia mientras levantaba los platos.

–No, no. Me marcho–comentó José y tomó su abrigo listo para volver a su hotel.

–Yo te acepto un café–dijo Becca y Nadia se quedó en una pieza porque nunca habían estado solas desde su llegada. Bueno, ahora tampoco lo estaban, pero Ben roncaba sobre el sillón sin enterarse de nada.

–Perfecto. Ya mismo.

Una vez solas, cada una con su taza humeante envueltas en el silencio de la madrugada, bebieron sus primeros sorbos sin decir nada. Nadia sospechaba que su hermana quería hablar de algo, pero seguramente, buscaba en su cabeza como sacar el tema.

–¿Qué sucede, Becca? Puedes decirme lo que quieras.

–Estoy tratando de ordenar mis pensamientos.

–Bien–esperaría.

Se llevó la taza a la boca y la observó con atención. Ya no quedaba nada de aquella jovencita de la que se había despedido la noche en que supo que estaba embarazada. Tampoco encontró rastros de la mujer que la recibió distante en su casa de Madrid. Su hermana era misteriosa y podía ser muchas en una.

–Quiero preguntarte por qué.

–¿Por qué?

–Sí. Quiero saber, sin pelear ni discutir, porqué nunca regresaste. Porqué cuando supiste de la enfermedad de mamá, desapareciste.

–Becca yo…

–No quiero excusas ni rodeos. Al punto, Nadia. Quiero, bueno no, necesito escuchar qué sucedió contigo para que te alejes así de tu familia. De mí.

Nadia encontró en aquella mujer, por fin, a la niña que había dejado sola. Entendió que el reclamo no se debía tanto a la relación con su mamá sino por ella misma. Y comprendió por fin, que el dolor de su hermana no se trataba de eso sino de su alejamiento para con ella.

–Siempre me sentí una incomprendida. Un paria en esa casa. Nunca hice las cosas que papá y mamá pretendían de mí. Nunca quise ni busqué lastimarlos, pero enterarme de mi embarazo fue el empujón que necesitaba para salir de ahí. Lo entendí mucho después. A veces pienso que me embaracé, inconscientemente, para huir de casa. La hija perfecta no era yo, Rebecca y cada día me lo hacían notar. ¿Cómo quedarme en un lugar donde no me aceptaban? ¿Dónde sabía que harían de mi vida un infierno apenas supieran que Ben había sido fruto de una noche de alcohol? No podía. Y una vez en casa de la abuela… me sentí… yo. Me sentí libre de poder ser y de elegir sin que me juzgaran. Nadie me señalaba, ni me criticaba. Era feliz. Con mi hijo y la abuela era feliz. Y me aferré a eso con uñas y dientes. Los pocos años que pasé junto a ella, me sostuvo esa sensación de pertenencia, de hogar que no había sentido en Madrid junto a ustedes.

Becca bebía con parsimonia su café y jugueteaba con la servilleta incorporando las palabras de Nadia poco a poco. Del otro lado de la mesa, unos ojos la seguían atentos a la espera de algún comentario o respuesta específica. No sabía si aquello era lo que quería oír o qué, pero esa era su verdad.

–Cuando Margarita murió, llamé a casa y hablé con mamá… –la voz se quebró en su garganta recordando aquel llamado que, sin buscarlo, definió el curso de su relación–. Ella me dijo tantas cosas horribles que más me convencí de quedarme lejos. No quiso conocer a su nieto, nunca respondió mis mensajes y cuando supo que su madre había muerto, lo único que hizo fue culparnos de habernos confabulado en su contra. Aquella actitud me dolió muchísimo y comprendí que estaba sola. Sola con mi hijo.

–¿Y yo?

–¿Tú qué?

–¿Nunca pensaste en mí?

–Todo el tiempo, Becca pero…

–Fui el daño colateral de tu relación con ellos, ¿no es así?

–Pues sí. Y supongo que mamá colaboró para que veas en mí el monstruo que ella percibía.

–Al principio luché contra esa imagen porque sabía que no eras así. Que ellos se equivocaban. Al comienzo pensé que regresarías, que harías lo que pudieras por conservar el contacto conmigo, aunque sea. Pero no. Me soltaste a mí también. Y eso, eso es lo que más me cuesta perdonarte. Yo pagué por la mala relación que tenías con mamá. Y pagué por muchos años, tantos que comencé a resentirte y cuando llamaste para avisar que te ibas y te conté lo que ocurría en casa, confiada de que me acompañarías con la enfermedad de mamá, volviste a abandonarme.

Nadia lloraba desconsoladamente del otro lado. Becca escupía las palabras como autómata; aquella era la única forma de soltarle la verdad a su hermana, de decirle cuánto había sufrido con su ausencia y cuánto la había necesitado. Ser vulnerable frente a alguien que rompió su corazón no una, sino dos veces, era muy difícil.

–¿Podrás perdonarme algún día?

–Siento que poco a poco el dolor se va. Estar aquí, junto a Ben ayuda, pero era necesario que lo supieras. Necesitaba decírtelo.

–He sido muy egoísta.

–Sí.

–No merezco que estés aquí, que nos cuides y que dejes tu vida en Madrid por nosotros.

–Tú no te lo mereces, pero él, sí. No quiero que cometamos más errores, Nadia. No quiero que repitamos patrones ni que por no estar de acuerdo nos alejemos de lo que realmente importa. Quiero que volvamos a ser una familia. Tú, yo y él.

–Eso fui a buscar a Madrid aquel día. No por mí, porque sabía que nuestra relación estaba tan roída que puede que nunca se recuperase, pero mi hijo merecía contar con su tía. Yo estaba segura de que lo amabas tanto como yo.

–Siempre.

–Gracias por darme la oportunidad de hablar, de contarte. No sé si te sirvió o si mi verdad pueda ayudar a sanar.

–Entiendo un poco más, sí.

–Becca, gracias. Por todo–se enjugó las lágrimas y la miró con amor.

–Me quedaré unas semanas más. Quiero estar aquí cuando vayas al control, quiero saber qué te dicen. Y luego, deberé regresar a Madrid.

–Eso suena muy bien.

***

Afuera aguardaban Rebecca, José, Marina y Paula. Los cuatro se habían aparecido en el consultorio sin previo aviso. Nadia se emocionó tanto que tuvo que correr al tocador para remojarse el rostro lloroso. Regresó y se acomodó en el centro del grupo que se unió con un abrazo que se le parecía mucho a esos que suelen darse los jugadores de fútbol antes de salir a un partido.

Con esa vibra hermosa y el corazón repleto de amor, entró al consultorio donde la esperaba la doctora Martín con una sonrisa enorme.

–¡Nadia! ¡Aquí estás!

–¿Cómo está, doctora? –saludó con una mezcla de ansiedad y temor que podía notarse en su voz.

–Bien, bien. Feliz de verte tan bien. ¿Cómo te has sentido?

Hablaron por media hora de todo el proceso que vivió a lo largo de las sesiones de quimioterapia, de cómo se sintió en el camino, de los altibajos. Nadia extendió su carpeta donde tenía todos y cada uno de los estudios que le habían hecho. La doctora los observó con atención y cuando su análisis acabó, se levantó de su asiento y se acercó a ella para acomodarse en el sillón a su lado.

–Esta cercanía me preocupa–dijo Nadia asustada de su reacción.

–El tumor se ha reducido.

–Sí, eso lo habíamos notado en los primeros controles.

–Eso es una gran noticia. Es señal de que la quimioterapia hizo efecto y que las cosas salieron como queríamos. ¡Eso hay que celebrarlo!

–Siento que en cualquier momento me darás una mala noticia; que estás endulzándome el oído para luego decirme algo malo.

–Bueno, sabíamos que la cuestión no sería fácil. Desde el día que nos enteramos de que el tumor era maligno sabíamos que el camino sería largo, ¿o no? Esta primera parte ha sido exitosa, pero nos queda un tramo complejo, Nadia. No voy a mentirte. Lo que está por venir será muy duro.

–¿Qué sigue?

–Antes de contarte qué haremos quiero que me digas cómo estás.

–Bien–la misma respuesta que le había dado a José. Simple y concisa.

–Necesito un poco más. Es importante hablar de los cambios que percibes, de cómo te hacen sentir. Han sido meses muy difíciles. ¿Estás cansada? ¿Cómo estás?

–Sí. Aunque con el paso de los días me voy sintiendo mejor.

–Quisiera recomendarte hacer terapia, Nadia. ¿Lo has considerado?

–No. La verdad que no. ¿Es muy necesario? No cuento con mucho tiempo libre, a decir verdad. Entre mi hijo, el cáncer…–agregó sonriente.

–No sé si es necesario, pero creo que te ayudará a recorrer este camino. Como paciente, como mujer, como mamá –y le sonrió porque podía averiguar cuál era su preocupación mayor–. ¿Trabajas?

–Sí. Me han dado la posibilidad de hacerlo desde casa y eso me permite descansar cuando lo necesito y cuando estoy bien, trabajar como si estuviese en la oficina.

–Eso ayuda muchísimo, sí. Tener la cabeza ocupada en otras cosas está muy bien. Siempre que no descuides el descanso. Es necesario dormir bien y tomarse las cosas con calma para no agregar más estrés. ¿Entiendes? –Nadia asintió.

–Claro, sí. Pero si me dices que debo ir al psicólogo, que eso me hará bien… yo hago todo lo que me digas.

–¡Así me gusta! Ahora, deberás hacerte un estudio de genética porque quiero que evaluemos qué posibilidades hay de qué el cáncer aparezca en otros sitios. De acuerdo a lo que salga…–tomó aire y continuó–operaremos.

–¿Operar? –los ojos de Nadia se abrieron sorprendidos.

–Sí, pero no nos apresuraremos. Después de que veamos el resultado de ese estudio, evaluaremos si lo mejor es llevar a cabo una mastectomía parcial o total.  

–¿Me quitarían el pecho? –quiso saber e instintivamente se llevó la mano al seno.

–Hay que esperar, Nadia. Lo vamos a conversar. Paso a paso. No te preocupes que venimos muy bien.

–Ahora entiendo por qué quería que fuera a terapia.