CAFÉS DE MADRUGADA
NADIA
Efectivamente, tal y como
había sucedido con las sesiones anteriores, veinticuatro horas después de haber salido
del hospital, Nadia se encontraba destruida. No tenía fuerza en ninguna parte
del cuerpo, el dolor de cabeza constante la agotaba, y la falta de apetito no
le permitía recobrarse. ¡A Dios gracias no había vómitos como otras veces! Ben,
como siempre, solícito y compañero apenas si hacía ruido cuando estaba en casa;
intentaba molestar a su madre lo menos posible y Nadia se moría de amor ante
esos gestos. Agradecía que hubiera siempre alguien para cuidarlos por si acaso.
José se aparecía por las
mañanas y se quedaba con ella junto a la cama, leyendo, durmiendo. Cerca del
mediodía aparecía Becca y Ben con la comida ya lista. Estaban comiendo cantidades
de basura, pero hasta que no se recuperara, no podía ofrecer otra clase de menú
así que no se quejaba. Y ya por las tardes, Marina salía de la oficina y se
quedaba con ella para comentarle sobre las novedades del trabajo y en su vida
personal, por supuesto.
Los días entre quimioterapias,
papeles importantes que hacer, la escuela, Ben, Becca y José que parecían no
querer irse; se sucedían con rapidez y Nadia agradecía que así fuera porque no
tenía tiempo en preocuparse por lo que ocurriría una vez terminadas las
sesiones blancas como le decían; aquellas que eran menos invasivas, pero se
realizaban todas las semanas.
–¿Es que acaso no tienen
que trabajar ustedes dos? –les había preguntado a José y a su hermana durante
una cena en el apartamento.
–Yo estoy trabajando desde
aquí–comentó Becca al pasar y sorprendió a todos menos a Ben que, por supuesto,
ya lo sabía.
–¿Desde cuándo? –quiso
saber Nadia, preocupada de que su hermana pueda perder el empleo por ella.
–Una semana después del
cumpleaños de Ben.
–¿Y no es necesario que
estés allí? ¿En Madrid?
–Pues no por el momento.
Gracias a internet puedo hacer mi trabajo sin problemas.
–Espero no estés
posponiendo nada importante–dijo Nadia al pasar y Becca la miró como queriendo
decir algo, pero calló. –¿Y tú José?
–Yo estoy desempleado así
que no hay ningún problema con el tiempo–la bomba que arrojó dejó a todos estupefactos
con los cubiertos detenidos antes de alcanzar las bocas.
–¿Te han echado por mi
culpa? –Nadia se llevó las manos a los labios nerviosa.
–¡No! ¡Qué va! Cuando vine
ya no contaba con trabajo.
–¡Santo Dios! ¿Cómo no me
lo has dicho antes? ¿Y qué harás?
–No lo sé, Nadia. Pero tú,
tranquila que ya lo resolveré. No te preocupes. Todo está bajo control.
–Mamá. Deja de hacer tantas
preguntas que van a pensar que queremos que se marchen.
–¡Eso! –sonrió Becca con
picardía–. ¿Quieres que nos vayamos, Nadia?
–No, no… claro que no. Yo
estoy, bueno, estamos felices de que estén aquí. Solo que me da pena que
tú sigas viviendo en un hotel y que tú… –extendió la mano y rozó la de su
amigo– no tengas trabajo. Saben que estoy bien y que pueden regresar cuando
quieran.
–Lo sabemos–comentó José y
apretó sus dedos con cariño.
–Becca, de verdad, no
tienes porqué quedarte más tiempo si tienes pendientes en Madrid.
–Mi sobrino no me
perdonaría si me marcho antes de su presentación. ¿No es cierto, Ben?
–¡Oh, sí! La presentación. ¡Cierto!
Comentaron y rieron sobre
el tema que había elegido Ben para hablar en clases, donde le habían pedido que
entrevistaran a alguien exitoso según ellos. Él mencionó que tenía una tía
empresaria y le consultó a la profesora si podía llevar a cabo la tarea con
ella. No hubo objeciones así que, ambos se preparaban para eso desde hacía un
tiempo.
–¿Postre? –ofreció Nadia
mientras levantaba los platos.
–No, no. Me marcho–comentó
José y tomó su abrigo listo para volver a su hotel.
–Yo te acepto un café–dijo
Becca y Nadia se quedó en una pieza porque nunca habían estado solas desde su
llegada. Bueno, ahora tampoco lo estaban, pero Ben roncaba sobre el sillón sin
enterarse de nada.
–Perfecto. Ya mismo.
Una vez solas, cada una con
su taza humeante envueltas en el silencio de la madrugada, bebieron sus
primeros sorbos sin decir nada. Nadia sospechaba que su hermana quería hablar
de algo, pero seguramente, buscaba en su cabeza como sacar el tema.
–¿Qué sucede, Becca? Puedes
decirme lo que quieras.
–Estoy tratando de ordenar
mis pensamientos.
–Bien–esperaría.
Se llevó la taza a la boca
y la observó con atención. Ya no quedaba nada de aquella jovencita de la que se
había despedido la noche en que supo que estaba embarazada. Tampoco encontró
rastros de la mujer que la recibió distante en su casa de Madrid. Su hermana
era misteriosa y podía ser muchas en una.
–Quiero preguntarte por
qué.
–¿Por qué?
–Sí. Quiero saber, sin
pelear ni discutir, porqué nunca regresaste. Porqué cuando supiste de la
enfermedad de mamá, desapareciste.
–Becca yo…
–No quiero excusas ni
rodeos. Al punto, Nadia. Quiero, bueno no, necesito escuchar qué sucedió
contigo para que te alejes así de tu familia. De mí.
Nadia encontró en aquella
mujer, por fin, a la niña que había dejado sola. Entendió que el reclamo no se
debía tanto a la relación con su mamá sino por ella misma. Y comprendió por
fin, que el dolor de su hermana no se trataba de eso sino de su alejamiento
para con ella.
–Siempre me sentí una
incomprendida. Un paria en esa casa. Nunca hice las cosas que papá y mamá
pretendían de mí. Nunca quise ni busqué lastimarlos, pero enterarme de mi
embarazo fue el empujón que necesitaba para salir de ahí. Lo entendí mucho
después. A veces pienso que me embaracé, inconscientemente, para huir de casa.
La hija perfecta no era yo, Rebecca y cada día me lo hacían notar. ¿Cómo
quedarme en un lugar donde no me aceptaban? ¿Dónde sabía que harían de mi vida
un infierno apenas supieran que Ben había sido fruto de una noche de alcohol?
No podía. Y una vez en casa de la abuela… me sentí… yo. Me sentí libre de poder
ser y de elegir sin que me juzgaran. Nadie me señalaba, ni me criticaba. Era
feliz. Con mi hijo y la abuela era feliz. Y me aferré a eso con uñas y dientes.
Los pocos años que pasé junto a ella, me sostuvo esa sensación de pertenencia,
de hogar que no había sentido en Madrid junto a ustedes.
Becca bebía con parsimonia
su café y jugueteaba con la servilleta incorporando las palabras de Nadia poco
a poco. Del otro lado de la mesa, unos ojos la seguían atentos a la espera de
algún comentario o respuesta específica. No sabía si aquello era lo que quería
oír o qué, pero esa era su verdad.
–Cuando Margarita murió,
llamé a casa y hablé con mamá… –la voz se quebró en su garganta recordando
aquel llamado que, sin buscarlo, definió el curso de su relación–. Ella me dijo
tantas cosas horribles que más me convencí de quedarme lejos. No quiso conocer
a su nieto, nunca respondió mis mensajes y cuando supo que su madre había
muerto, lo único que hizo fue culparnos de habernos confabulado en su contra.
Aquella actitud me dolió muchísimo y comprendí que estaba sola. Sola con mi
hijo.
–¿Y yo?
–¿Tú qué?
–¿Nunca pensaste en mí?
–Todo el tiempo, Becca
pero…
–Fui el daño colateral de
tu relación con ellos, ¿no es así?
–Pues sí. Y supongo que
mamá colaboró para que veas en mí el monstruo que ella percibía.
–Al principio luché contra
esa imagen porque sabía que no eras así. Que ellos se equivocaban. Al comienzo
pensé que regresarías, que harías lo que pudieras por conservar el contacto conmigo,
aunque sea. Pero no. Me soltaste a mí también. Y eso, eso es lo que más me
cuesta perdonarte. Yo pagué por la mala relación que tenías con mamá. Y pagué
por muchos años, tantos que comencé a resentirte y cuando llamaste para avisar
que te ibas y te conté lo que ocurría en casa, confiada de que me acompañarías
con la enfermedad de mamá, volviste a abandonarme.
Nadia lloraba
desconsoladamente del otro lado. Becca escupía las palabras como autómata;
aquella era la única forma de soltarle la verdad a su hermana, de decirle
cuánto había sufrido con su ausencia y cuánto la había necesitado. Ser
vulnerable frente a alguien que rompió su corazón no una, sino dos veces, era
muy difícil.
–¿Podrás perdonarme algún
día?
–Siento que poco a poco el
dolor se va. Estar aquí, junto a Ben ayuda, pero era necesario que lo supieras.
Necesitaba decírtelo.
–He sido muy egoísta.
–Sí.
–No merezco que estés aquí,
que nos cuides y que dejes tu vida en Madrid por nosotros.
–Tú no te lo mereces, pero él,
sí. No quiero que cometamos más errores, Nadia. No quiero que repitamos
patrones ni que por no estar de acuerdo nos alejemos de lo que realmente
importa. Quiero que volvamos a ser una familia. Tú, yo y él.
–Eso fui a buscar a Madrid
aquel día. No por mí, porque sabía que nuestra relación estaba tan roída que
puede que nunca se recuperase, pero mi hijo merecía contar con su tía. Yo
estaba segura de que lo amabas tanto como yo.
–Siempre.
–Gracias por darme la
oportunidad de hablar, de contarte. No sé si te sirvió o si mi verdad pueda
ayudar a sanar.
–Entiendo un poco más, sí.
–Becca, gracias. Por todo–se
enjugó las lágrimas y la miró con amor.
–Me quedaré unas semanas
más. Quiero estar aquí cuando vayas al control, quiero saber qué te dicen. Y
luego, deberé regresar a Madrid.
–Eso suena muy bien.
***
Afuera aguardaban Rebecca,
José, Marina y Paula. Los cuatro se habían aparecido en el consultorio sin
previo aviso. Nadia se emocionó tanto que tuvo que correr al tocador para
remojarse el rostro lloroso. Regresó y se acomodó en el centro del grupo que se
unió con un abrazo que se le parecía mucho a esos que suelen darse los
jugadores de fútbol antes de salir a un partido.
Con esa vibra hermosa y el
corazón repleto de amor, entró al consultorio donde la esperaba la doctora
Martín con una sonrisa enorme.
–¡Nadia! ¡Aquí estás!
–¿Cómo está, doctora? –saludó
con una mezcla de ansiedad y temor que podía notarse en su voz.
–Bien, bien. Feliz de verte
tan bien. ¿Cómo te has sentido?
Hablaron por media hora de
todo el proceso que vivió a lo largo de las sesiones de quimioterapia, de cómo
se sintió en el camino, de los altibajos. Nadia extendió su carpeta donde tenía
todos y cada uno de los estudios que le habían hecho. La doctora los observó
con atención y cuando su análisis acabó, se levantó de su asiento y se acercó a
ella para acomodarse en el sillón a su lado.
–Esta cercanía me
preocupa–dijo Nadia asustada de su reacción.
–El tumor se ha reducido.
–Sí, eso lo habíamos notado
en los primeros controles.
–Eso es una gran noticia. Es
señal de que la quimioterapia hizo efecto y que las cosas salieron como
queríamos. ¡Eso hay que celebrarlo!
–Siento que en cualquier
momento me darás una mala noticia; que estás endulzándome el oído para luego
decirme algo malo.
–Bueno, sabíamos que la
cuestión no sería fácil. Desde el día que nos enteramos de que el tumor era
maligno sabíamos que el camino sería largo, ¿o no? Esta primera parte ha sido
exitosa, pero nos queda un tramo complejo, Nadia. No voy a mentirte. Lo que
está por venir será muy duro.
–¿Qué sigue?
–Antes de contarte qué
haremos quiero que me digas cómo estás.
–Bien–la misma respuesta
que le había dado a José. Simple y concisa.
–Necesito un poco más. Es
importante hablar de los cambios que percibes, de cómo te hacen sentir. Han
sido meses muy difíciles. ¿Estás cansada? ¿Cómo estás?
–Sí. Aunque con el paso de
los días me voy sintiendo mejor.
–Quisiera recomendarte
hacer terapia, Nadia. ¿Lo has considerado?
–No. La verdad que no. ¿Es
muy necesario? No cuento con mucho tiempo libre, a decir verdad. Entre mi hijo,
el cáncer…–agregó sonriente.
–No sé si es necesario,
pero creo que te ayudará a recorrer este camino. Como paciente, como mujer,
como mamá –y le sonrió porque podía averiguar cuál era su preocupación mayor–. ¿Trabajas?
–Sí. Me han dado la
posibilidad de hacerlo desde casa y eso me permite descansar cuando lo necesito
y cuando estoy bien, trabajar como si estuviese en la oficina.
–Eso ayuda muchísimo, sí.
Tener la cabeza ocupada en otras cosas está muy bien. Siempre que no descuides
el descanso. Es necesario dormir bien y tomarse las cosas con calma para no
agregar más estrés. ¿Entiendes? –Nadia asintió.
–Claro, sí. Pero si me
dices que debo ir al psicólogo, que eso me hará bien… yo hago todo lo que me
digas.
–¡Así me gusta! Ahora, deberás
hacerte un estudio de genética porque quiero que evaluemos qué posibilidades
hay de qué el cáncer aparezca en otros sitios. De acuerdo a lo que salga…–tomó
aire y continuó–operaremos.
–¿Operar? –los ojos de
Nadia se abrieron sorprendidos.
–Sí, pero no nos
apresuraremos. Después de que veamos el resultado de ese estudio, evaluaremos
si lo mejor es llevar a cabo una mastectomía parcial o total.
–¿Me quitarían el pecho? –quiso
saber e instintivamente se llevó la mano al seno.
–Hay que esperar, Nadia. Lo
vamos a conversar. Paso a paso. No te preocupes que venimos muy bien.
–Ahora entiendo por qué
quería que fuera a terapia.

Haciendo terapia se conoceran con Alejandro?
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