LASAGNA
ALEJANDRO
Erica Fabbiani era el nombre
de la psiquiatra que Gervasio le había recomendado. Le dijo que ya había
hablado con ella, que trabajarían en conjunto y que no se preocupara por nada
porque tarde o temprano se sentiría mejor. Alejandro no estaba tan seguro de eso.
Después del encuentro con su hijo, había recaído. La tristeza, la impotencia,
el dolor que sentía en su pecho se le hacía insoportable. Tan insoportable que
ni la presencia de su hija colaboraba.
Ana le preguntaba una y otra
vez qué había sucedido porque hasta hace unos días, todo parecía ir
acomodándose. Él elevaba los hombros como un niño y nada decía. No le había
contado a nadie; bueno, a Gervasio sí.
–Debería hablar con ella–dijo refiriéndose
a su ex mujer–. Puede que entre los dos puedan encontrar la forma de llegar a
Juan.
–No.
–¿Y qué va a hacer?
–Esperar.
–¿Esperar a qué?
–A que esto pase… –y señaló
sus piernas. Lejos había quedado la posibilidad de hacerse a la idea de una
nueva realidad. Un entero y completo retroceso.
–En algún momento deberá
hablar, Alejandro.
–Ya hablo con usted. ¿Qué más
quiere? ¿No es suficiente?
–Me refiero a que hable con
los demás. Que les diga lo que le ocurre, que pueda expresar lo que le pasa por
la mente.
–Ellos ya saben que estoy deprimido;
que es lo más importante.
–No. Lo más importante es que
usted pueda decirles cuándo algo le molesta, lo pone triste o lo angustia. El
accidente que tuvo fue, déjeme decirle, debido a todo eso que se guarda. Y
tanto se guarda que, en un momento, explota.
Alejandro asintió por asentir.
Entendía lo que Gervasio le decía; no era ningún estúpido, pero esas cosas, eso
de expresar lo que ocurre en su interior, en su intimidad, no era para él. No
estaba acostumbrado a hacerlo, no sabría cómo, tampoco.
–¿Nunca tuvo a alguien a quién
confiarle sus más profundos secretos?
–No–mintió.
Tiempo atrás.
Lo esperaba con ansias en la
esquina donde siempre nos cruzábamos. Vivíamos cerca; a unas pocas calles y
nuestras familias se conocían de toda la vida. Si bien nunca se habían
relacionado o visitado, sus padres y mi madre confiaban en que nuestra amistad
era honesta y sana. Y gracias a esa confianza, íbamos y veníamos como si
fuésemos hermanos separados al nacer.
Mis pies se movían nerviosos.
No era fácil lo que tenía para decirle, pero no podía retrasarlo más. Debía
contarle todo. No podía ocultarle la verdad a mi mejor amigo.
Lo vi cruzar en la otra
esquina y acercase con rapidez. Daba zancadas largas y enérgicas; siempre
parecía estar corriendo. Los rulos al viento me recordaban a Diego Maradona. Y
yo no era el único. Muchos lo comparaban y notaban su parecido. Aunque si lo
hubiesen visto jugar al futbol, sabrían que Esteban estaba bien lejos de
parecerse a él.
Me saludó con aplomo y tomó el
cigarro que cargaba sobre su oreja derecha. No sé cómo hacía, pero allí siempre
encontraba uno. Lo encendió y comenzó a contarme sobre las vicisitudes
laborales, de esas que todos cargábamos en aquella época del país. Lo escuché
con parsimonia hasta que, por fin, entre pitadas compartidas, pude soltar mi
verdad.
Y…
–Un maldito hijo de puta. ¡Eso
es lo que eres! Que me disculpe tu santa madre que no tiene la culpa de eso–los
ojos de mi mejor amigo me observaban cargados de ira. Yo sabía muy bien cómo
acabaría esta conversación. Sabía que se sentiría traicionado.
–Escúchame–intenté por todos
los medios explicarle qué había sucedido; porqué los planes habían cambiado tan
vertiginosamente.
–¡No! Habíamos arreglado que
lo haríamos juntos. Yo no tengo ni para la mitad del pasaje. Lo sabes muy bien.
No era esto lo que habíamos conversado–tenía razón. Mucha razón, pero yo no
podía desaprovechar la oportunidad. ¡Ojalá pudiera llevarlo conmigo!
–¡Lo siento! Pero…
–¡Sin peros! Te has cagado en
todo. ¡Bueno! ¿Sabes qué? ¡Vete a la mierda, Alejandro!
–¡Esteban! Escúchame. Cuando
juntes el dinero de tu pasaje, nos encontraremos allá.
–No quiero hablar más.
–Esteban… déjame
explicarte–grité, pero él me dio la espalda.
Esteban. Mi mejor amigo. El
único con el que contaba; el que había sido mis oídos y mi sombra se iba de mi
vida de la peor manera. Aquel que había puesto su hombro para que llorase la
muerte de mi padre, se alejaba de allí, enojado conmigo. ¿Me perdonaría alguna
vez? Conociéndolo, lo dudaba. Esteban era leal y rencoroso en partes iguales.
Jamás lo olvidaría. Jamás olvidaría que habíamos estado soñando con dejar el
país y forjar nuestro futuro en los Estados Unidos: juntos. Jamás olvidaría que
había aceptado una oferta laboral en España, muy lejos de nuestros planes, con
tal de irme lo más rápido posible de Argentina.
Había puesto mi bienestar por
sobre la única amistad que había tenido en la vida. Sí. Eso había hecho.
–¿Nadie? –repreguntó su
psicólogo.
–Nadie–respondió y Gervasio
movió la cabeza en señal de desaprobación.
–Bueno, debemos trabajar en
eso, entonces. Tarea para el hogar.
–¡Nada de tareas esta semana! Ya
ha sido mucho. ¿No le parece?
–Quiero que le cuente a su
hija o su ex mujer o a su amigo Hugo, alguna anécdota de Argentina–continuó sin
prestarle atención a las quejas de su paciente–. Simple. ¿Ve? Nada de otro
mundo.
–Dudo que a Lucía o Ana les
interese.
–Bueno. Busque algo que podría
agradarles. Nos vemos la semana que viene y recuerde que el jueves lo espera
Erica aquí mismo.
–No lo olvidaré.
***
Y allí estaba el jueves,
doblando en partes iguales la tarjeta que le había dado Gervasio. A diferencia
de los lunes–día en que visitaba a su psicólogo–el consultorio estaba repleto
de gente. Alejandro pensó en la cantidad de personas que asistían allí para
simplemente conseguir una receta que los acercaría a la tranquilidad o que los
adormecería de sus problemas.
Se preguntaba qué droga le
daría la tal Erica. Había hecho una búsqueda por internet y no había hallado
nada específico. Ansiolíticos, antidepresivos, inhibidores, antipsicóticos. Ningún
nombre en particular, nada. ¡Ya vería! En esos derroteros estaba cuando
pronunciaron su nombre. Ingresó a la misma habitación en la que conversaba con
Gervasio, pero la sintió muy diferente. Notó que la cortina estaba
completamente abierta y así la luz del día bañaba cada rincón. Sobre el
escritorio, un florero con jazmines que perfumaban el ambiente. Unas fotos de
la mujer con sus hijos, asumió, completaban los cambios. ¡Qué diferente se veía
todo!
–Hola, ¿qué tal?
–Hola–respondió cortante.
–Hemos estado hablando con
Gervasio sobre ti. Algo me ha dicho, pero quiero que me cuentes tú. ¿Qué
sucede, Alejandro?
–¿No tiene acaso una historia
clínica por allí?
–Tengo unas anotaciones, sí.
¿Quiere que se las comparta?
–La escucho.
–Ictus que lo ha
imposibilitado para caminar. Depresivo. Incapaz de hablar de sus sentimientos.
Pasado tortuoso. Falta de…
–¡Guau! ¿Todo eso le dijo
Gervasio? –interrumpió molesto.
–¿Está equivocado?
–No. Desafortunadamente, no.
–Bien. ¿Duerme por las noches?
¿Come? ¿Sale a la calle?
Erica comenzó a hacerle
muchas, muchísimas preguntas. Preguntas concisas que iba anotando en una
especie de planilla. Quiso saber sobre sus horarios, sobre sus comidas, sobre
los medicamentos que tomaba; la sesión concluyó cuando el interrogatorio acabó.
–Comenzaremos con esto… –le
extendió dos hojitas con el nombre de medicamentos que él no entendió porque,
para variar, la letra de la psiquiatra era ilegible. Le explicó cada cuánto
tomarlo e insistió en no olvidarse de hacerlo–. ¿Nos vemos en dos semanas?
–Pensé que me tocaría venir
cada jueves.
–No, no. Cuando esté aquí
veremos cómo ha reaccionado a los medicamentos. Vamos a ir evaluando su
situación y las dosis, por supuesto.
–Okey. ¿Puedo marcharme,
entonces?
–Sí, claro.
–Bien. Adiós.
–Alejandro.
–¿Sí?
–Haremos todo lo posible para
que vuelva a caminar. Entre Gervasio y yo. ¿Pondrá de su parte?
–Eso ni lo pregunte.
–Bien.
Abandonó el consultorio y tomó
un taxi hacia el apartamento. En el camino, le escribió a Ana tal y como había
prometido que haría. Le contó lo qué había conversado con la doctora Fabbiani,
le habló de la lista interminable de preguntas que le había hecho y por último
le envió las fotos de las recetas. La mujer se comprometió a conseguirle los
medicamentos y alcanzárselos antes de la cena, así ya podría comenzar el
tratamiento. Y así fue que, para las siete, la puerta de su hogar se abría para
darle paso a su ex mujer.
–¡Acá está todo! –le extendió
la bolsita con las cajas.
–Gracias, Ana.
–¿Cómo estás? ¿Qué te ha
parecido la doctora?
–No puedo emitir opinión. Lo
único que hizo fue preguntar y preguntar.
–Bien. Lucía te envía saludos,
dice que en estos días vendrá. Que la disculpes, pero está estudiando mucho y
no llega con los tiempos.
–Que no se preocupe. Yo estoy
bien.
–¿De verdad? –elevó una ceja y
sonrió de costado.
–Bien dentro de lo que se
puede. Ya sabes.
–Nosotras te vemos mejor. Y
eso nos hace muy felices.
–¿Quieres quedarte a cenar?
–Mmm, No sé si sería una buena
idea.
–Me ha quedado algo de lasaña
en el frízer; la preparó Betty. Solo hay que calentarla. ¿Qué dices? –Alejandro
la miraba con ojos de cordero y Ana no tuvo el coraje de decirle que no.
–Está bien.
La armonía de la cena se
parecía mucho a lo que habían tenido muchos, muchos años atrás. Ana estaba
relajada, sonreía y hasta le había dado unos sorbos a un viejo vino que había
encontrado guardado por ahí.
–¡Esto está asqueroso! –gritó
y soltó una risa que contagió a Alejandro.
–Hacía mucho tiempo que no te
veía reír, Ana.
–Es cierto –comentó con
nostalgia.
–¡Lo siento mucho! De verdad.
–Ya está. Ya pasó.
–Gervasio cree que yo no puedo
hablar de mis sentimientos, ¿sabes? –Ana jugueteaba con la copa y no lo
miraba–. Tiene razón, lo sé. No he dejado entrar a nadie, ni siquiera a ti–dijo
y recordó las palabras que ella misma le había espetado al salir del hospital–.
No sé cómo hacerlo. Esa es la cruda verdad.
–La práctica hace al maestro.
¿Qué sientes ahora mismo?
–¿Ahora mismo?
–Sí.
–Ahora mismo siento que me
encantaría tener una máquina del tiempo. Volver para atrás y hacer las cosas
diferentes. Contigo, con los muchachos. Gervasio dice que el ACV sucedió porque
exploté. Por algún lado tenía que salir tanto dolor, tanta preocupación, tanta
desazón.
–Y sí, tiene razón.
–¿Tú crees que volveré a
caminar?
–Los médicos aseguran que no
hay ningún problema en tus piernas ni en tus caderas. No me extrañaría que la
cuestión sea de aquí…–dijo y señaló su cabeza–. Espero que Gervasio pueda
ayudarte a desenmarañar tus pensamientos. Hay cosas que no se pueden cambiar,
Alejandro, ya no. Pero hay muchas que sí. Espero que puedas ver eso.
–Con Juan está todo perdido–comentó
desahuciado.
–A Juan le debes tener la
misma paciencia y consideración, que deberás tenerte a ti mismo. Son dos gotas
de agua. Tan iguales que asustan. Tiempo al tiempo. Gracias por la cena. Ya
debo regresar.
–Adiós, Ana.
–Adiós, Ale.
Ana se marchó y él volvió al
pasado. A ese pasado que Gervasio había definido como tortuoso. ¿Tortuoso? No
estaba seguro si podría decirse así. A decir verdad, él creía que estaba lejos
de ser tortuoso. El pasado, mirado desde donde él estaba, le parecía perfecto.
El futuro, en cambio, se avecinaba complicado. Muy complicado.

La verdad que el que me está gustando para Nadia es el Dr Aguirre!
ResponderEliminar