Joanna
gritaba con la mirada. Con los ojos miedosos y las lágrimas cayendo por sus
mejillas, rogaba por su vida. Un sonido seco y sus ojos permanecieron abiertos
pero esta vez, sin expresión alguna. Con la sangre que manaba de su herida, dos
almas se alimentaban.
El cuerpo de
la joven todavía estaba tibio cuando la policía llegó al lugar. La encontraron
amarrada en la cocina, rodeada por un charco de sangre. En su frente, una cruz pintada con lápiz
labial.
—Este crimen se relaciona con el
anterior. Mismo modus operandi. —apagó la grabadora y se retrajo en las fotos
en la pared del living. Salvo la habitación donde había ocurrido el crimen, la
casa parecía en orden. Limpia y organizada. Un poco de atención a los detalles
y supieron que se trataba de la casa de la joven.
—Agente Ramírez, aquí. —un
cadete lo llamaba desde las escaleras. Avanzó con el paso seguro sabiendo lo
que iba a hallar. Ya lo había visto en el caso de Linda Martinez. En la
habitación de la joven, desperdigadas por el piso, cientos de fotos de la
occisa en diferentes momentos de su vida cotidiana.
—¿Estamos tratando con asesino
serial? —preguntó el muchacho a su lado.
—Así parece, cadete. Así parece.
Tres horas
más tarde, revisaba el cuerpo de la joven junto con el forense.
—Igual que Linda. —exclamó el
forense mientras lavaba el cuerpo de la joven.
—Lamentablemente, sí.
—Un asesino serial. En este
lugar. Increíble.
—Lo que más me martiriza es
saber que quizás me lo cruce todos los días. O que tal vez lo conozca.
—Puede ser de otro sitio.
—No lo creo. Las fotos que ha
sacado indican que ha estado vigilando día y noche a sus víctimas. Es alguien
de aquí. Lo sé.
Sonia Romero
tenía veinte años. Vivía con sus padres hasta que ambos murieron en un accidente,
dos años atrás. Sin hermanos. Trabajaba en la librería del pueblo. Dulce,
bonita y rubia. Las manos del detective
temblaban mientras escribía los datos de la joven.
Se dirigió a
la librería a interrogar a sus conocidos. La última vez que la habían visto,
había sido el sábado, cerrando el negocio. Un compañero afirmaba que la había
visto subirse a un coche negro. No vio placas ni detalles. Otra jovencita,
aparentemente una amiga intima, le dio información de la vida amorosa de Sonia.
Estaba saliendo con un muchacho más grande que ella y según su juicio, de muy
mal talante. ¿Habría sido él quien la había venido a buscar? No. Según ellos,
el novio la pasaba a buscar en una moto.
Los días
pasaban y el tercer cadáver apareció sin haber resuelto los dos casos
anteriores. A la pizarra del detective se agregaba el nombre de Julieta Rodríguez.
Lo mismo. Sólo que en este caso
particular, el asesino había dejado algo más. Junto a las fotos, y bajo la cama
de la joven, un rosario dorado brillaba ante el lente del fotógrafo que
capturaba la escena. Con cuidado lo depositaron en una bolsa y lo llevaron de
inmediato a analizar.
Se
encontraron varias huellas en él. Debían pasar varias horas hasta que pudiesen
separarlas y clasificarlas. El detective Ramírez, caminaba por las paredes.
Odiaba no tener nada en concreto. Odiaba esperar a los resultados. Quería
actuar, arrestar a alguien.
—Señor, teléfono para usted. —le
dijo su secretaria mientras él pretendía dormir un poco. Había descolgado el
suyo y no deseaba ser molestado por unos minutos. Debía ser importante.
—¿Hola?
—Si usted quiere salvar a la
próxima debería estar pensando en salvar su alma primero.
—¿Quién es?
—Salve su alma, detective. —Y
colgó.
Permaneció
quieto con el tubo en la mano hasta que la secretaria volvió a entrar. Traía un
sobre en su mano.
—Acaban de dejar esto para
usted.
Desesperado
arrancó la cinta y se encontró con un CD. Inmediatamente, lo colocó en la
computadora y una filmación comenzó. El asesino había grabado sus asesinatos.
Un compilado de las tres muertes. Cerró la notebook antes de ver como las
mataba. Mandó a analizar el sobre y el CD. Nada. La llamada telefónica le había
dado un indicio. Los asesinatos tenían un tono religioso. ¿Qué tenían estas
jóvenes para ser asesinadas? ¿Qué tenían en común? Se volvió sobre su pizarra y
los datos que tenía. No eran muchos. Pero… esperen un momento. Las tres
asistían a la misma Universidad. Volvió sobre sus pasos, tomó su saco y se
dirigió hacia la Universidad Católica.
Hablo con el
cura que presidía el consejo, con los profesores y los alumnos. Un gran
hallazgo le permitió sonreír por unos segundos. Las tres asistían a una misma
clase; religión.
Sin
pensarlo, anotó los horarios y esperó a que el profesor comenzara con su
trabajo. Un hombre alto, corpulento y de cabellos enrulados hizo su entrada
pasada la hora. Con él, el joven ayudante de cátedra que lo observaba en cada
movimiento. El detective se había sentado al final del auditorio a observar
todo. El profesor hablaba de los discípulos, de los pecados, de la fe, con
lentitud, con cadencia. Más de un alumno cabeceaba ante su discurso. Dos horas
después la sala se convertía en un hormiguero. El profesor y el ayudante
permanecían en el escritorio hablando acaloradamente. Discutían.
—Buenos días.
—Buenos días. —contestó el
profesor, mientras que el joven tomó sus cosas y se marchó sin saludar.
—¿Profesor López?
—Así es. ¿Con quién tengo el
gusto?
—Detective Ramírez. —extendió la
mano y la apretó con fuerza contra las del hombre.
—¿en qué puedo ayudarlo?
—preguntó, mientras acomodaba sus papeles.
—Quisiera hablarle de algunos
alumnos. ¿Tiene un momento? ¿Nos sentamos?
—Sí, como no. ¿de quién quiere
hablar?
—¿Sabe usted que a tres alumnas
suyas han sido asesinadas?
—Sí. Lamentablemente. Romero,
Martínez y Rodríguez. Todo el mundo habla de eso. ¿Cómo para no saberlo?
—Es cierto. Pero…
—Supongo que… que ellas hayan
compartido mi clase lo trae hasta aquí.
—Así es.
—Quisiera preguntarle dónde
estuvo usted la noche en que…—Hablaron por media hora. El profesor parecía
tranquilo. Calmo. Y sobre todo, tenía una coartada comprobable. Cuando estaban
por despedirse, el ayudante ingresó a la sala corriendo. Lucia desencajado.
—Disculpen. Pensé que habían
terminado. —exclamó sin levantar la vista.
—Sí. Terminamos. —el detective
se puso de pie, saludó al profesor y se dispuso a salir no sin antes hacer un
análisis del personaje que tenía en frente y unas cuantas anotaciones mentales.
La primera, era averiguar de quien se trataba. Una vez cerrada la puerta,
permaneció allí, tratando de oír lo que hablaban. Volvían a discutir. Alcanzó a
escuchar unas palabras que lo alertaron de inmediato.
—Le dije que no lo hiciera.
—Son unos idiotas. No hacen nada
bien. ¡Nada! —los pasos se acercaban y el detective se escabulló en salón
contiguo justo a tiempo.
Se paso toda
la noche estacionado en la casa del profesor. Lo había estado siguiendo por
toda la ciudad. Nada raro. Lo único que le llamó la atención fue la necesidad
de ir a misa después de cenar. Salió solo y caminó hasta la iglesia en plena
penumbra. Lo más raro fue ver al ayudante de cátedra, llegar en una moto negra,
unos minutos después que el profesor. Chequeó el arma y salió, guiado por el
camino que se abría al costado de la iglesia. La puerta de la sacristía estaba
abierta. Afortunadamente, no había nadie. Lentamente, abrió la puerta que
conducía a la iglesia y observó la escena. El profesor hablaba enérgicamente
con el ayudante de cátedra, mientras que otro joven permanecía a su lado con
una gorra en la mano. Necesitaba escuchar. Con mucho cuidado se arrastró tras
el altar y fue costeando los bancos hasta acercarse un poco más a los
individuos.
—No. Ella no.
—¿Por qué no?
—Porque es muy peligroso. Podría
haber cámaras en la casa.
—Lo podemos hacer en otro lugar.
—Nos descubrirían.
—No. Si no lo han hecho hasta
ahora.
—¿y tú? Pedazo de idiota. ¿Cómo
se te ocurre enviarle un video al policía?
—Le dije que no…
—Tú te callas. Estoy hablando
con tu hermano.
—Ahora tenemos al tipo ese en
nuestra puerta. Vamos a dejarlo así por un tiempo. Hasta que se calmen las
aguas.
—No. Hay que seguir. Hay que
seguir con la tarea.
—¡Dije que no y es no! —exclamó
al tiempo que le daba una bofetada. Suspiró. —Lo siento, hijo. Seguiremos con
la tarea…—lo ayudó a incorporarse—pero no ahora. Deja que se calme todo. Me
dolería verlos a los dos, tras las rejas.
—Pero…papá…
—¡Policia! ¡Arriba las manos!
—gritó el detective mientras se acercaba, empuñando el arma.
—Ja. Detective Ramirez.
Bienvenido a la casa de Dios.
Un golpe
seco en la espalda lo desmayó y cayó sobre el piso helado.
Se despertó
y la cabeza le daba vueltas. Cuando por fin abrió los ojos se encontró con el
profesor y sus dos hijos mirándolo fijamente. Pudo darse cuenta que estaba en
su casa, en su cocina. Al igual que las jóvenes, atado a una silla. Una cámara
filmadora lo grababa todo.
—¡Quien diría que tendríamos que
matarlo, tan pronto, detective! Quizás, si n fuese por este idiota, usted seguiría
vivo un tiempo más. Pero no por mucho.
Sabía que sería usted quien descubriría todo. —el hombre se zarandeaba en la
silla, intentando hablar. — ¿Nos quiere decir algo? —el profesor retiró la
mordaza.
—Los descubrirán. Aún si me
matan. Todos saben que fui a verlo hoy. Todos sabrán que fue usted.
—Oh no. Para cuando descubran que fuimos nosotros,
estaremos muy lejos. —le volvió a poner la mordaza. —Hijo mío, te libero de tus
pecados. —hizo la señal de la cruz y se alejó. Los dos muchachos lo observaban
con ansias, como si desearan ese momento. El más grande tomó un cuchillo y lo
acercó a su mejilla. Por más que intentase mantener la calma, temblaba como una
hoja.
—Veamos qué tenemos por aquí.
—le cortó la mejilla suavemente y con su sangre, le hizo una cruz en la frente.
—Lo más lindo es que usted sabe cómo va a terminar esto.
Mientras los
hermanos rezaban, el detective logró zafarse de las muñecas. Aun así, se
mantuvo tieso, expectante.
—Veamos qué tiene para decir.
—le quito la mordaza y fue en ese instante en que supo que si no actuaba
rápido, su vida terminaría allí, en el piso de su cocina. Movió la cabeza
rápidamente, dejando inconsciente a uno de ellos. Logró soltar ambas manos con
rapidez y arremeter contra el segundo que cargaba el cuchillo. La pelea fue fuerte
y sangrienta. Aparentemente la suerte estaba de su lado. El profesor los había
abandonado.
Se deshizo
de los dos. Llamó a la estación de policía y dio aviso a sus compañeros. El
iría en busca del último demonio. Llegó
a la casa del profesor y siguiendo su instinto entró por la parte trasera de la
casa. Tenía la ropa rota, la cara magullada y la camisa ensangrentada. Parecía
no haber nadie en el lugar. Subió las escaleras, revisó las habitaciones, una a
una. La última estaba cerrada con llave. Volvió a revisar su arma y arremetió
contra la puerta. Lo que encontró dentro lo dejó sin aliento. Miles de fotografías de asesinatos, cuerpos
mutilados y muchas cosas más que no vio porque debió salir. Un ruido
proveniente de abajo lo alertó. Caminó despacio, guiado por su instinto. Allí,
a los pies de la escalera subía el profesor con un bolso en la mano.
—¿Va a algún lado? —la pregunta
lo paralizó. —Parece que no. —Disparó tres veces cuando lo vio abalanzarse
hacia él.
Padre e
hijos practicaban sacrificios que, supuestamente alababan a Dios. El cura de la
iglesia era uno de sus cómplices. Las tres jovencitas habían sido catalogadas
como pecadoras y por eso, se deshicieron de ellas. El más grande y apuesto, el
ayudante de cátedra, las conquistaba para luego ser asesinadas.
El detective Ramírez recibió una condecoración
por su labor ejemplar y fue ascendido a comisario. Más no aceptó el puesto y se
mudó a la zona costera, dedicándose a pescar y a pasar los días en el mar.
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