Erna Mϋller posó sus
pies hinchados en Montevideo una mañana gris de 1942. Traía consigo un bolso
pequeño, una panza a punto de dar a luz y muchas esperanzas. Se suponía que él
ya había llegado a América. Se suponía que él debía estar esperándola en
aquella hermosa ciudad uruguaya. Se suponía. Sin embargo, se halló sola en
medio del gentío, y sintió que de a poco, su sueño se moría. Ese sueño que se
había gestado del otro lado del océano, como el hijo que llevaba en las
entrañas.
Había viajado desde Buenos Aires, pese a la cercanía del
parto y contra todas las indicaciones del doctor que la había atendido en la
capital porteña. No le importaba dar a luz en pleno Río de la Plata, si se
trataba de cumplir con la fecha pactada.
Caminó por las calles de Montevideo con una sonrisa que
fue borrándosele, a medida que sus pasos avanzaban. Volvió a ojear a la
dirección que tenia anotada en un papel, ya casi desgarrado, de tanto tocarlo. Lo
único que conservaba de su amado. Una dirección y una fecha. Una lágrima cayó
sobre la ese y otra más sobre la i. Se apresuró a guardar el papel en el
bolsillo y a secarse las lágrimas con el pañuelo. Había hecho unas cuantas
cuadras y había pedido indicaciones en más de una oportunidad. A pesar de que
su español había florecido en el poco tiempo que había pasado en Buenos Aires,
aún tenía problemas para expresarse. Después de una larga odisea por la ciudad,
recorriendo calles y consultando, llegó al hotel Cervantes, a punto de
desfallecer.
Un hombre joven, alto y fornido le abrió la puerta que se
erigía ante ella como una pared, imposible de franquear. Ya no tenía más
fuerzas. Su bebé parecía estar agotado del viaje, al igual que ella. Se removía
constantemente, como quejándose de la epopeya a la que había sido sometido.
—Señorita… ¿Se encuentra bien? —Fueron las palabras que
oyó, antes de desmayarse.
Erna despertó en una habitación oscura y aunque pequeña,
ordenada. Observó su alrededor con paciencia y atención. Su bolso yacía sobre
una silla, junto a la cama. Sobre él, su saco y su sombrero. Estaba cubierta
por una manta gruesa que le proporcionaba el calor necesario para reponerse. Una
pequeña mesa de noche, a su lado, con un veladorcito que irradiaba la poca luz
que bañaba la habitación. Terminó de despabilarse, cuando su bebé tembló en su
interior. Acarició su vientre despacio y con las dos manos apoyadas en la
barriga, lloró. Lloró y derramó ese océano que la había traído a estas tierras,
persiguiendo un sueño y un amor.
Golpearon la puerta despacio y la luz que inundó el
lugar, no le permitió ver. Solo percibió una silueta acercándose lentamente.
—Señorita… Le traje algo de comer. —Reconoció esa voz.
El mismo joven que le había abierto la puerta, se sentaba
sobre la cama y le extendía una bandeja con un plato que olía muy bien. Su estomago vibró de tal manera, que parecía
que no había comido en meses. Con la ayuda del hombre, que colocó un almohadón
en su espalda, se incorporó y bebió la deliciosa sopa en silencio. Él la dejó
hacer. Permaneció allí, sin decir una palabra. Cuando hubo terminado, retiró la
bandeja y se marchó. A los pocos minutos, regresó con ropa de baño, y un jabón.
—Aquí le dejo esto. —Apoyó todo sobre los pies de la cama
y caminó rápidamente hacía una puerta que ella no había notado. —Aquí está el
baño. Hay agua caliente. Hot water. —Dijo en inglés, esperando la respuesta de
la muchacha.
—Gracias —balbuceó ella, con una mueca de sonrisa.
El baño le sentó muy bien. Esa noche, durmió como hace
tiempo no lo hacía. Primero había sido la cama incomoda del camarote del barco,
luego el catre en el conventillo de Buenos Aires. El descanso la ayudó a
afrontar el día siguiente. Se levantó al alba, volvió a ducharse y se preparó
para salir de la habitación. No desarmó su bolso, porque estaba segura que no
se quedaría allí. Abrió la puerta, y se
topó con el mismo joven.
—Buenos días. —Le dijo con una sonrisa amplia, cálida. —
¿Cómo se siente? ¿How you feel? —pronuncio en un inglés desordenado.
—No hablar inglés. Soy Alemania.
—Ah. ¿Alemana? Debí imaginarlo. —Aunque la sonrisa se
cerró sobre sus labios, seguía irradiando amabilidad. —Venga. Baje y tome algo
caliente. Desayuno. Desayuno. —repetía, mientras la guiaba por las escaleras.
El café y las confituras, —que devoró— terminaron de
animar su espíritu. El joven se había acomodado en el mostrador de la recepción
y recién en ese momento, cayó en la cuenta que se trataba del gerente. Un gerente
que se encargaba de todo; de subir a los huéspedes, acomodar el equipaje.
Permaneció toda la mañana, sentada en el restaurante del hotel, alternando su
atención entre el muchacho y el ruido de la puerta al abrirse. Cerca del medio
día, subió a su habitación. Volvió a mirar el papel donde leyó la dirección del
hotel y la fecha del día anterior.
—Sea como sea. El día de nuestro aniversario, estaré en
Uruguay. —Le había dicho él, antes de subir a aquel barco que lo llevaría a
América. Ella se suponía que viajaría con su padre, seis meses después. Pero la
guerra, los nazis y su embarazo, la condujeron a tomarse el primer barco hacía
la tierra prometida. Se lanzó a alta mar con la certeza de encontrar del otro
lado a su amor. Sólo contaba con una dirección. Él le había dicho que allí se
hospedaría, que allí la esperaría. Y allí, lejos de todos los peligros, serían
felices, por fin. Y hoy, un día después
de su aniversario, mientras contemplaba la ventana pequeña que daba al cine
contiguo, no sentía ni una pizca de la seguridad que la había llevado hasta ese
lugar tan remoto. No sabía por qué seguía viva. Por qué seguía luchando contra
el destino que se oponía a sus planes, una y otra vez. Pero cuando bajó la
vista, y divisó su vientre enorme, supo por qué no había desfallecido en el
barco, o porqué había soportado el hambre, durante sus primeros días en Buenos
Aires. La dureza de su panza le respondió cada una de las preguntas. Seguía
viva por su bebé. Porque era el hijo de él.
Había pasado un mes desde su llegada a Montevideo.
Francisco, el joven gerente, la había empleado y con su trabajo pagaba la estadía
en el hotel y la comida. Había decidido esperar hasta que naciera su hijo y
luego, regresaría a Buenos Aires. Allí por lo menos, contaba con más conocidos.
Si bien no podía hacer mucho en su estado, Francisco le tenía paciencia y le
encomendaba tareas tranquilas. Había aprendido más del español y comenzaba a
comunicarse mejor.
La mañana que nació Adam, llovía a cantaros en
Montevideo. Francisco la había asistido y llevado al Sanatorio Americano. Todo
había salido muy bien, a pesar de la tormenta que azotaba la ciudad. Tres días
más tarde, junto con la llegada del sol, Adam arribó a la habitación donde
vivía su madre y fue bienvenido con bombos y platillos por los huéspedes del
hotel. No pasó mucho hasta que Erna comenzó a sacarlo y a pasearlo por la ciudad. Era un niño muy
mimado. Francisco lo trataba como un hijo y los inquilinos no se quejaban
porque era un muchachito educado y tranquilo.
Adam acababa de cumplir seis meses y Erna estaba
preparando todo para regresar a Buenos Aires. Francisco la acompañaría y se
quedaría con ella unos días, hasta conseguir un buen lugar para ella y el niño
y luego, regresaría.
Una mañana, como cualquier otra, Erna partió, con una
lágrima rodando por su mejilla. Era la primera vez que salía sin su hijo. Hacía
mucho frio y ambos habían acordado que lo mejor sería no moverse con la
criatura. Además, si iba sola, realizaría los tramites mucho más rápido, que
con un bebé a cuestas. Aunque no le convencía la idea, y le costó despedirse,
así lo hizo.
El ómnibus que había tomado, avanzaba por las calles
uruguayas con rapidez. Erna se sorprendía de la majestuosidad de la ciudad. Y
aunque Buenos Aires le parecía más bello, sentía un gran cariño por su querido
Montevideo. Agradecía que el hotel quedase tan alejado del movimiento, de los
ruidos y de los vehículos que, cada vez más poblaban las calles uruguayas. El
vehículo se detuvo bruscamente. Últimamente, con tanto transito se hacía
imposible no participar de discusiones en la vía publica. Los sentidos de Erna
abandonaron el altercado entre el chofer y un pasajero y se posaron en los
alrededores. Desde el lugar donde venia sentada, podía observar las veredas
repletas de personas que iban y venían. Sonrió y pensó cuánto extrañaría aquel
lugar. De pronto, sin querer, sus ojos azules se posaron en una pareja que
conversaba en la esquina, a pocos metros del ómnibus. Ella gesticulaba, movía
las manos y él la observaba con devoción. El sombrero no le permitía verlo con
detalles, pero la sonrisa de par en par lo decía todo. Parecían muy enamorados.
Ella se acercó y se puso de puntas de pie para darle un beso y él, se quitó el
sombrero no sin antes pasarle la mano a través de la cintura delgada de la
muchacha. Y entonces, reconoció su pelo, su espalda y esa sonrisa pálida. Era
la misma que le había prodigado a ella, en las calles de Berlín. Era la misma
sonrisa que le regalaba Adam cada mañana.
El ómnibus arrancó y dejó el corazón de Erna en aquella
esquina. Estaba en Montevideo, desde hacía siete meses y él jamás había
regresado a su hotel. A aquel lugar al que le había prometido. Ella en cambio,
había viajado treinta y cinco días por el océano, se había hospedado en Buenos
Aires con su hijo en el vientre y luchando contra cada obstáculo, para regresar
a sus brazos. Le dolió el alma y sintió que ya nada sería igual. Regresó al
Cervantes, sin los pasajes que había ido a comprar. Francisco la vio venir y
notó en ella, el mismo gesto demacrado y triste, con el que había llegado al
hotel aquella mañana. Corrió a abrirle. Erna se movió lentamente por el lobby y
subió las escaleras, sin prestarle a atención a Adam, que la reclamaba a
gritos.
Francisco esperó y esperó. Subió con el niño entrada la
noche, luego de asegurarse que ningún huésped necesitase algo. La encontró
hecha un ovillo en la cama y colocó al niño ya dormido a su lado.
Pasaron los días y Erna no parecía recuperarse. No había
querido hablar con Francisco tampoco. A gatas miraba a Adam, y solo lo cargaba
para dejárselo en el lobby cuando lloraba mucho. Una noche, mientras depositaba
al niño junto a su madre, ésta le dijo sin vacilar que no deseaba ver a Adam
nunca más. Francisco creyó haber oído mal, pero la indiferencia y el cambio en
su personalidad, lo confirmaban.
—Sácalo de aquí. —le gritaba cuando él pobre se ahogaba
de tanto llorar y reclamar a su madre. —No lo soporto. Es igual a él.
Al poco tiempo, Erna comenzó a tomar calmantes para
dormir y ya no se quejaba de su hijo. Francisco sufría por los dos, pero era
incapaz de sacarla de ese estado. Y todo terminó cuando una mañana la encontró
muerta sobre la cama junto al cuerpecito sin vida de Adam. Nunca supo si ella
lo había matado, o si había sido una muerte natural. No quiso saberlo tampoco.
Francisco enterró a Erna, la alemana y a su hijo Adam y
renunció al puesto de gerente del hotel Cervantes, el mismo día. A pesar de que
el dueño le insistía en regresar, su alma y su corazón no estaban preparados
para recorrer aquel pasillo, subir esas escaleras y entrar a aquella
habitación, sin ellos dos. Un año después se mudó a Buenos Aires y consiguió un
buen empleo en la capital. Se casó, tuvo dos hijas y prosperó en el negocio
financiero. Volvía de vez en cuando a Uruguay a visitar a los amigos que había
dejado o hacer algún negocio. Aunque nunca más volvió al Cervantes, no
titubeaba en decir que aquel era el mejor hotel de la zona. A pesar de las
tristes circunstancias que lo habían alejado de allí, aquel seguía siendo su hotel. Por eso, esa mañana mientras
cruzaba el río, no dudó en recomendárselo a Petrone.

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