miércoles, 21 de septiembre de 2016

La bruja y el niño



Camina por las calles de una ciudad que ha recorrido en otra vida, en otro momento, en otro tiempo. Lleva en su antebrazo la marca sagrada de su llegada a la tierra. Hoy, dos siglos después, ha regresado para terminar con lo que no pudo la última vez.  
                No vuela, pero sus pies parecen rozar la superficie. Lleva una capa larga, y una capucha enorme, tras la que oculta sus ojos del color del fuego. Aunque los simples mortales no pueden verla, se cuida de aquellos seres especiales que cohabitan en la tierra. Esos que son capaces de percibirla a kilómetros de distancia. Esos mismos que la amarraron una noche oscura y prendieron fuego ante los ojos suplicantes de sus dos hijos, doscientos años atrás.
                Ha decidido quedarse con su cuerpo, con el mismo que quemaron una vez en la hoguera, y que todo chamuscado se elevó hacia el cielo y voló, cuan pájaro en el aire. Dejando atrás el llanto lastimero de sus niños, el cuerpo golpeado del que intentó defenderla y las miradas condenatorias de aquellos que la arrastraron sobre el lodo primero, y se regocijaron ante el olor de su piel quemada, después. El mismo cuerpo que cargó con orgullo hasta la llegada de su tercera muerte terrenal. Porque las brujas no mueren en la hoguera. Las brujas se vuelven más poderosas con el fuego. 
Y entonces, cuando menos lo esperan, regresan. Regresan sedientas de venganza.
                Su corazón late impaciente y aprieta el paso. Todo ha cambiado, pero el sentimiento que la recorre, es el mismo. Un sentimiento de repugnancia, de odio, de rencor. Llega a la plaza central donde bajo las flores y los tibios rayos de sol, guarda en sus cimientos, vestigios de su hoguera. 
                Un sonido la pone en alerta. Sus pies se clavan en el suelo. Aprieta los puños con fuerza. Puede sentirlo. Puede sentir esa sangre bombear, desde el corazón hacía sus extremidades. Es un corazón puro, sin rencor.
                —¡Qué pena! —murmura en un idioma inteligible.
                Gira sobre sus pies, y su capa acaricia suavemente el verde que baña los alrededores. Eleva cuidadosamente sus ojos y por fin lo ve venir. Trae una bolsa de madera entre sus manos y sonríe. Sonríe como todos los niños a su edad. Como solían sonreír sus niños. Sus sentidos perciben todo, absolutamente todo. Puede notar los vendedores a su alrededor. Puede oír sus conversaciones. Pero sin embrago, cuando aquel niño aparece en el horizonte de su mirada, todo lo demás se apaga. Solo se detiene ante los latidos de su pequeño corazón y el tintineo de su risa contagiosa. Clava sus ojos de fuego sobre el niño, sin prestarle atención a su acompañante. Sus pies se elevan sobre la grama y se desliza lentamente hacia él.
                 La sangre no miente. Esa sangre que corre a través de las venas de ese pequeño, está maldita. Maldita por ella. Y si hoy estaba aquí, era en busca de esa sangre. Se detuvo cuando la risa del niño se detuvo. Su acompañante corrió hacia ella y pasó por su lado sin verla. Respiró. Pero cuando se volvió hacia su presa, los ojos azules del niño la escrudiñaban sin compasión. ¿Podía verla?
                Dudó si hacerlo a esa hora, en ese sitio. Sabía que debía cumplir con su tarea, pero su instinto maternal le jugaba una mala pasada. Cerró los ojos y se trasportó por milésima vez a aquella noche de horror. Volvió al humo, al fuego, al dolor y al llanto. Y fue así, que recordó los ojos azules que le sonreían desde las sombras; la mirada siniestra de aquel que la había delatado. Efectivamente, eran los mismos ojos. Allí, delante de sus pies, yacía la descendencia de aquel maldito.
                Un mechón de pelo rubio revoloteó en su frente y ante el miedo, la bolsa de papel cayó al suelo, desparramando las frutas a lo largo de la calle. Oyó su corazón latir más fuerte. Sí. Podía verla. El maldito llevaba la misma esencia de sus ancestros. Sin embargo, éste no era igual que los anteriores.Éste niño era especial. Se agachó a recoger una manzana, sin dejar de observar al pequeño que se mantenía tieso ante ella.
                — ¿Es que acaso no vas a correr si quiera? —Su voz lúgubre, hizo estremecer sus cuerdas vocales. Hacía cuánto que no hablaba. El niño de cabellera dorada como el sol, seguía inmóvil. Aunque podía percibir su temor, no apartaba la mirada de ella. — ¡Pero cuánta valentía! —Se incorporó, oscureciendo el paisaje. Las nubes borraron el celeste del cielo, y un viento huracanado golpeó las mejillas de los asombrados transeúntes, que corrían para refugiarse de la inminente tormenta.  De un momento a otro, solo ellos dos permanecían en las vacías calles de Salem.  Un niño y una bruja.
                —¿Qué pasa? ¿No le temes a los rayos? —Y la tarde oscura brilló titilante ante los gritos del firmamento. —O quizás…—Destapó su rostro arrugado y dejo ver sus ojos de fuego y sus cicatrices satánicas. Las dos bolas anaranjadas que eran capaces de ayuntar hasta los más extraños espíritus, se posaron sobre él.   —No puedes ocultar tu miedo ante mí. Puedo escuchar el bombeo de ese corazón temeroso que ansía desesperadamente correr en busca de consuelo.
                Y entonces, un brillo resplandeció en la tarde que se había vuelto negra. Fue cuando los dientes blancos del niño dorado, centellaron en la desolada ciudad.
                —¿Cuál es la gracia? La muerte no es para nada graciosa. No para un niño como tú.
La sonrisa del pequeño se hacía cada vez más grande, más blanca. Una gota cayó sobre su nariz, y otra más y otra. La lluvia los embebió a los dos. Las gotas heladas recorrían la cara de la bruja que intentaba controlar su ira. Caían, también, sobre la del niño que no dejaba de sonreírle.
                —No hace falta que me mates. —Por fin habló.
                —Ah. Con que puedes hablar. —El niño asintió— Claro que hace falta. A eso he venido. No puedo dejar este lugar sin saldar mis cuentas.
                —Mis abuelos ya han pagado sus cuentas.
                —¡No! —Rujió el cielo una vez más. —Tu sangre también tiene que pagar.
               —No es necesario, y lo sabes. —El azul de sus ojos se volvió más intenso. Su cabello brilló como un faro en la oscuridad y de su piel blanca, destellos de cristal encandilaron a la bruja. Hablaba como un hombre.
                —Tú… tú no eres…—Titubeó.
                —Sí y no.
                —No me importa quién eres. Aquí y ahora saldarás tu deuda.
                —Yo no te debo nada. Nadie en este tiempo, te debe nada. Lo sabes. De de otra manera, ya hubieses acabado conmigo. Tu poder es enorme, y yo no puedo hacer mucho. ¿Verdad?
                La lluvia seguía haciendo charcos en la calle, y los rayos no dejaban de caer en el horizonte. Sin embargo, el niño inundaba de luz su alrededor. Sus ojos detenidos en los de ella, sus labios abiertos y su rostro mojado.  Y fue cuando lo notó. El silencio. Ya no oía el latir del corazón de su oponente. ¿Hacia cuánto que no lo escuchaba? Había estado tan ocupada atemorizándolo, que no se había percatado de ese detalle. Todo era paz.
                —Si no acabo contigo ahora, mi alma no descansará en paz. Ni la mía, ni la de…
              —Ellos descansan en paz. Te lo puedo asegurar. Te lo vuelvo a repetir, no es necesario que termines así. Sí me matas, la lluvia lavará mi sangre de tus manos, pero no por mucho. Porque irás por más.
                —Te equivocas. Sólo quiero tu sangre. Tú… Tú eres el último. El ultimo de mi lista. Contigo se acaba mi camino, mi karma, mi destino. Contigo me entrego a la muerte eterna y te llevo conmigo para arder en el infierno.
                —Si así lo deseas. —Agachó la cabeza, y se arrodilló ante los ojos anaranjados. Su piel volvió al color normal, blanquecino y pálido. Sus cabellos al amarillo del sol. Ya no había luz en él. Y su corazón volvió a latir. Y entre la lluvia y el viento lo vio rendirse ante ella. Le ofreció su vida, su sangre.
                La bruja se agachó, susurró palabras extrañas al oído del pequeño. Sonrió. Volvió a cubrirse y se elevó por el aire. Mientras el sol se abría ante Salem, el sonido de un corazón puro, latía una vez más a través del atardecer que recuperaba el color.

1 comentario: