miércoles, 21 de septiembre de 2016

Juárez y Solanet


La veo subir al taxi. Lleva jeans y camisa. Se viste como me gusta que se vistan las mujeres. Arregladas y prolijas, pero no lo suficiente como para llamar la atención. Sutil, diría yo.
Se rasca la nariz con la zurda, e inmediatamente su voz ocupa el vehículo.
—Siempre te pica la nariz, cuando no podes rascártela. ¡Que lo tiró!
La miro de reojo y con un leve movimiento, apruebo su comentario. Sé que espera que lo haga. Que comparta con ella esa afirmación. Aunque no lo diga, sabe que pienso igual que ella. Sin embargo, su comentario siguiente, sí que me sacó del eje. No me lo esperaba.
—¿Por qué será que la gente no dice lo que piensa? Viviríamos en mundo mucho mejor. ¿No lo cree?
No le respondí. En cambio, le dispensé una mirada fugaz por el espejo retrovisor y les puedo asegurar, que notó como arqueé mi ceja, después de oírla. La incomodidad cruzaba las esquinas en rojo y el silencio reinaba en el auto, como único representante.
—Parece que va a llover. —Volvió a hablarme. No establecía contacto visual conmigo, pero aún así, me hablaba.  Asentí y al ver su gesto rudo, agregué un leve y claro sonido. “Mjum”
Viajamos con la boca cerrada por unas cuantas cuadras. 
—¿Qué calle, me dijo? —Saltó en el asiento de atrás, al escuchar por fin mi voz.
—Juárez y Solanet. —Su voz grave, segura, voló a mí, me atravesó y me produjo tal temblor, que tuve que parar para recuperarme. Me llevé la mano a la cabeza y por un momento, pensé que había tenido un accidente. Un calor me invadió la boca. Con la mano que me sobraba, me acaricié el labio superior. Hallé lo que temía encontrar; sangre.
Su voz preguntándome si me sentía bien, llegaba a mí como espasmos tediosos. Estaba consciente. Miré a mí alrededor, y por el espejo podía ver como un hombre se bajaba del auto de atrás, y se acercaba a achacarme la frenada repentina. Bajé el vidrió, hice una seña y aceleré.
—¿Se siente bien? —La oí con más claridad esta vez. Moví mi cabeza y asentí. Apreté fuerte el volante y como pude, saqué un pañuelo de la guantera. Lo apreté contra la nariz para detener la hemorragia.
—¿Dónde me dijo? —Le pregunté. Esperando a que otra fuese la respuesta.
—Juarez y Solanet.  ¿Conoce?
—Sí. Claro que sí. Ya casi llegamos.
—¿Quiere que paremos? Me tomo otro taxi.
—No. Estoy bien.
Ella se sumergió en su teléfono celular  y me dio tiempo para pensar en mi estrategia, mis posibilidades y mis planes. ¿Qué haría cuando llegara aquella dirección? Muchas preguntas y pocas respuestas. Me tranquilicé cuando noté que la sangre había dejado de brotar y la cabeza no me dolía tanto.
—¿Usted es del barrio? —Tenía que averiguar. Tenía que saber. Tal vez ella me pidiera dejarla en esa esquina pero no significaba exactamente que…
—Sí.
—¿Hace mucho?
—Y… toda la vida. —Sonrió. Aunque no puedo decirles si fue por el comentario o por lo que estaba leyendo en el celular. —¿Usted también?
—Sí.
—¿Dónde vive?
Dudé en decirle. No ganaba nada, más que confundirnos los dos.
—Por Juárez.
—Ah. ¿Pero a qué altura?
La mentira se iba enredando entre mis dedos y producía un nudo, imposible de desatar. No quería mentir. Pero tampoco podía decir la verdad.
—¿Tiene algún pañuelito? —Cambié de tema, tan bruscamente, que no le di tiempo a reaccionar.
—¿Eh? Sí. Creo que sí. —Metió la cabeza dentro de su cartera y extrajo una paquetito de Carilinas. Vi su mano trigueña alcanzármelos.
—Gracias. Me voy a detener un minuto. ¿Le molesta?
—No. Claro que no. No voy apurada.
—Gracias. —Mientras fingía limpiarme la nariz, trataba de pensar lo que haría una vez que llegue a Juárez y Solanet. ¿La dejaría bajar, así sin más?¿Sin confirmar mis dudas?
Tosió y noté que se revolvía de impaciencia en el asiento trasero. No podía perder más tiempo.
—Disculpe. —arranqué y en vano esperé su respuesta. Estaba enojada. Había tardado de más. Y hasta podría asegurar que se había dado cuenta, que la parada había sido una farsa.
—Ahí en la esquina. Déjeme ahí.
Frené. Consulté el reloj y le dije el importe. Me pagó con cambio. Se acercó hacia la puerta izquierda, deslizándose por el asiento y se dispuso a bajar.
—Señorita.
—¿Si? —se detuvo antes que sus pies, acariciaran el asfalto.
—Nada. ¡Que tenga buen día! Y disculpe otra vez por la demora.
—No hay problema.
La vi bajarse. Y aunque no lo supe con certeza, mi corazón me dijo que era ella. Ella, con esos jeans tan bonitos que tanto le gustaban. Con la camisa que le había regalado su mamá para el cumpleaños número 20. El mismo cumpleaños en que me presentó como su novio.
Tocó timbre. Como siempre, olvidó la llave adentro, y sin mirar para atrás recorrió la ventana y se escabulló en aquella casa que la vio crecer. En el mismo lugar donde la conocí treinta años atrás y en el mismo sitio donde la despedí para siempre, hace días no más.
La cortina se cerró y el auto arrancó.


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