La veo subir al taxi. Lleva jeans y camisa. Se viste como me gusta que se vistan las mujeres. Arregladas y prolijas, pero no lo suficiente como para llamar la atención. Sutil, diría yo.
Se rasca la nariz con la zurda, e inmediatamente su voz ocupa el
vehículo.
—Siempre te pica la nariz, cuando no podes
rascártela. ¡Que lo tiró!
La miro de reojo y con un leve movimiento, apruebo su comentario. Sé
que espera que lo haga. Que comparta con ella esa afirmación. Aunque no lo
diga, sabe que pienso igual que ella. Sin embargo, su comentario siguiente, sí
que me sacó del eje. No me lo esperaba.
—¿Por qué será que la gente no dice lo que piensa?
Viviríamos en mundo mucho mejor. ¿No lo cree?
No le respondí. En cambio, le dispensé una mirada fugaz por el espejo
retrovisor y les puedo asegurar, que notó como arqueé mi ceja, después de
oírla. La incomodidad cruzaba las esquinas en rojo y el silencio reinaba en el
auto, como único representante.
—Parece que va a llover. —Volvió a hablarme. No
establecía contacto visual conmigo, pero aún así, me hablaba. Asentí y al ver su gesto rudo, agregué un
leve y claro sonido. “Mjum”
Viajamos con la boca cerrada por unas cuantas cuadras.
Viajamos con la boca cerrada por unas cuantas cuadras.
—¿Qué calle, me dijo? —Saltó en el asiento de
atrás, al escuchar por fin mi voz.
—Juárez y Solanet. —Su voz grave, segura, voló a mí,
me atravesó y me produjo tal temblor, que tuve que parar para recuperarme. Me
llevé la mano a la cabeza y por un momento, pensé que había tenido un
accidente. Un calor me invadió la boca. Con la mano que me sobraba, me acaricié
el labio superior. Hallé lo que temía encontrar; sangre.
Su voz preguntándome si me sentía bien, llegaba a mí como espasmos
tediosos. Estaba consciente. Miré a mí alrededor, y por el espejo podía ver
como un hombre se bajaba del auto de atrás, y se acercaba a achacarme la
frenada repentina. Bajé el vidrió, hice una seña y aceleré.
—¿Se siente bien? —La oí con más claridad esta vez.
Moví mi cabeza y asentí. Apreté fuerte el volante y como pude, saqué un pañuelo
de la guantera. Lo apreté contra la nariz para detener la hemorragia.
—¿Dónde me dijo? —Le pregunté. Esperando a que otra
fuese la respuesta.
—Juarez y Solanet.
¿Conoce?
—Sí. Claro que sí. Ya casi llegamos.
—¿Quiere que paremos? Me tomo otro taxi.
—No. Estoy bien.
Ella se sumergió en su teléfono celular y me dio tiempo para pensar en mi estrategia,
mis posibilidades y mis planes. ¿Qué
haría cuando llegara aquella dirección? Muchas preguntas y pocas respuestas. Me
tranquilicé cuando noté que la sangre había dejado de brotar y la cabeza no me dolía
tanto.
—¿Usted es del barrio? —Tenía que averiguar. Tenía
que saber. Tal vez ella me pidiera dejarla en esa esquina pero no significaba
exactamente que…
—Sí.
—¿Hace mucho?
—Y… toda la vida. —Sonrió. Aunque no puedo decirles
si fue por el comentario o por lo que estaba leyendo en el celular. —¿Usted
también?
—Sí.
—¿Dónde vive?
Dudé en decirle. No ganaba nada, más que confundirnos los dos.
—Por Juárez.
—Ah. ¿Pero a qué altura?
La mentira se iba enredando entre mis dedos y producía un nudo,
imposible de desatar. No quería mentir. Pero tampoco podía decir la verdad.
—¿Tiene algún pañuelito? —Cambié de tema, tan
bruscamente, que no le di tiempo a reaccionar.
—¿Eh? Sí. Creo que sí. —Metió la cabeza dentro de
su cartera y extrajo una paquetito de Carilinas. Vi su mano trigueña
alcanzármelos.
—Gracias. Me voy a detener un minuto. ¿Le molesta?
—No. Claro que no. No voy apurada.
—Gracias. —Mientras fingía limpiarme la nariz,
trataba de pensar lo que haría una vez que llegue a Juárez y Solanet. ¿La
dejaría bajar, así sin más?¿Sin confirmar mis dudas?
Tosió y noté que se revolvía de impaciencia en el asiento trasero. No
podía perder más tiempo.
—Disculpe. —arranqué y en vano esperé su respuesta.
Estaba enojada. Había tardado de más. Y hasta podría asegurar que se había dado
cuenta, que la parada había sido una farsa.
—Ahí en la esquina. Déjeme ahí.
Frené. Consulté el reloj y le dije el importe. Me pagó con cambio. Se
acercó hacia la puerta izquierda, deslizándose por el asiento y se dispuso a
bajar.
—Señorita.
—¿Si? —se detuvo antes que sus pies, acariciaran el
asfalto.
—Nada. ¡Que tenga buen día! Y disculpe otra vez por la
demora.
—No hay problema.
La vi bajarse. Y aunque no lo supe con certeza, mi corazón me dijo que era ella. Ella, con esos jeans tan bonitos que tanto le gustaban. Con
la camisa que le había regalado su mamá para el cumpleaños número 20. El mismo cumpleaños en que me presentó como su novio.
Tocó timbre. Como siempre, olvidó la llave adentro, y sin mirar para atrás recorrió la ventana y se escabulló en aquella casa que la vio crecer. En el mismo lugar donde la conocí treinta años atrás y en el mismo sitio donde la despedí para siempre, hace días no más.
Tocó timbre. Como siempre, olvidó la llave adentro, y sin mirar para atrás recorrió la ventana y se escabulló en aquella casa que la vio crecer. En el mismo lugar donde la conocí treinta años atrás y en el mismo sitio donde la despedí para siempre, hace días no más.
La cortina se cerró y el auto arrancó.
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