domingo, 22 de enero de 2017

En las sombras de la gran ciudad



Leonardo no había vuelto a casa esa noche. Había decidido quedarse dando vueltas por ahí, sin rumbo alguno, acompañado por las sombras de la gran ciudad.  En una esquina se cruzó con una cara conocida. Unas cervezas, unos fasos y alguna que otra pastilla.

                El amanecer lo encontró sentado sobre un cordón sin saber dónde estaba y cómo había llegado hasta allí. Una vez que de sus ojos se removió el velo de la inconsciencia, notó sus manos sucias y sanguinolentas. Se puso de pie rápidamente, y buscó en su cuerpo algún orificio. Respiró con tranquilidad ante la ausencia de heridas graves. Se llevó las manos a la cabeza y notó que le faltaba la gorra. Buscó a su alrededor pero lo único que halló fue un revolver en el piso, junto a una de sus zapatillas. Giró la cabeza hacía ambos lados, buscando a alguien a quien pedir ayuda.
                Temblando de frio, escondió el arma en su pantalón y comenzó a caminar a lo largo de una calle vacía. El sol despuntaba de a poco y con él, los colectivos y los vehículos acompañaban sus pasos cansados. No se atrevía a mirar a nadie a los ojos por miedo a que leyeran en su mirada, su estado. Siguió caminando.
                Cerca del medio día, muerto de sed y de sueño, se recostó debajo de un puente que le parecía conocido, pero que no reconocía aún. Cerró los ojos, hasta que una voz grave y un puntapié en el estomago lo despabiló. Dos uniformes azules le tapaban la visión.
                —Levantate, pibe. —vociferó uno de los policías.
                —Llevémoslo, Juan. Tiene pinta de haber andado en quilombos, éste.
Lo levantaron con tanta fuerza del piso, que el arma fue a parar delante de uno de los oficiales.
                —Aja… ¡Con que esas tenemos! Tenías razón, Ramírez. Este anduvo en alguna, anoche.
                —Te lo dije.
                Lo metieron en un patrullero y lo llevaron a la comisaría. Aunque tuviese ganas de saber dónde estaba, qué barrio era aquel, no dijo ni una sola palabra. Mientras recorría el lugar, sentado en la parte trasera de la camioneta, recordaba las palabras de su difunta madre. “Vas a llegar lejos, Leo. Vas a ver. Solo tenés que tener fe en vos… en tu corazón”. Pensó que si no estuviese muerta, la mataría con aquel disgusto.
                —Bajate, pibe.
                Lo sentaron en un pasillo desde donde se oía una radio, y un teclado de computadora. Algunas voces más lejanas y el trinar de las chicharras. En vano era intentar recordar lo que había ocurrido la noche anterior. Lo último que sabía era que había estado tomando y fumando con unos pibes de La Perlita en una esquina, bastante alejada de su casa. Eso era lo que le decía su mente y él, lo repetía una y otra vez a los policías que lo cuestionaban. ¿y el arma? Nada. ¿y las manos con sangre? Nada. ¿Dónde estuviste? Nada. Decidieron dejarlo en una celda hasta que, según ellos, se dignase a decir la verdad.
                —Éste, con esa cara de gil, se debe haber cargado a algún pobre tipo.
                —Más que seguro. Pero hasta que no sepamos bien qué carajo pasó… no podemos tenerlo mucho tiempo acá. Por ahora conseguí la orden para analizar esa sangre. Después, veremos.
                —¿queres que lo ponga con los demás? Allá en el fondo. Así va a saber lo que es bueno.
                —No. Esperemos un par de días.
                Cuarenta y ocho horas más tarde, uno de los policías abrió la celda y lo dirigió a una pequeña habitación donde solo había una silla y una mesa de madera. A pesar de que intentaba controlar sus miedos, temblaba como una hoja. La cara seria y rígida del policía, no ayudaba.
                —¿Seguis sin saber qué pasó, eh? —Leonardo asintió. —Yo te voy a contar qué pasó. —El hombre se prendió un cigarrillo y le ofreció una pitada. El joven extendió la mano y le dio una bocanada profunda. La nicotina calmó sus pulsaciones. —Ayer a la mañana vino un hombre a hacer una denuncia. La noche anterior, tres ladrones ingresaron a su casa y aterrorizaron a su mujer y a sus nietos. Los malvivientes le pegaron y lo dejaron tendido en el piso con la cara partida. —El oficial hizo una pausa, esperando alguna reacción del muchacho. Continuó. —Aún así el hombre, en su testimonio, cuenta que uno de ellos intentó detener la brutalidad de su compañero e impedir que golpearan a su mujer también. El hombre asegura que si no fuese por él, quizás, estaría muerto.
                —¿y…entonces? —por fin habló.
                —El arma con la que apuntaba primero al dueño de casa, desvió su objetivo, y comenzó a apuntarles a los otros dos ladrones. Así fue que dejaron la casa sin llevarse nada. El joven ayudó al hombre a ponerse de pie y le pidió disculpas antes de saltar la medianera.
                —No entiendo…entonces…
                —La sangre que te encontramos coincide con la del denunciante. ¿No recordás nada de lo que acabo de decir?
                —No. —“Te lo dije, Leo. Vos sos un buen pibe” La voz de su mamá lo acompañaba en silencio.
                —Desgraciadamente, aunque ayudaste al tipo… entraste a robar y bueno, te vas a tener que comer un tiempo adentro.
                —Sí.
                La siguiente hora transcurrió entre identikits y testimonios, nombres y direcciones. Leonardo les habló de la barra con la que se juntaba. De los capos, e inclusive de los supuestos oficiales que ayudaban a los ladrones a concretar sus trabajos.
                Antes de fuese trasladado a su celda, a esperar que lo sentenciaran y lo trasladaran al penal, se cruzó con el hombre al que supuestamente había salvado. El caballero de unos setenta años, con la cara marcada de golpes y magullones, le dio un fuerte abrazo. Su palma abierta, tronaba en el pasillo de la comisaría. Leonardo se dejó llevar por el perfume de su camisa y las palabras que le dijo al oído.
                —Sos un buen pibe, flaco. Vas a ver que todo va a salir bien. Sólo tenés que creer en vos. —La voz dulce del anciano, tenía un tinte femenino que reconocía muy bien. Una lágrima selló su destino y jamás volvió a caminar en las sombras de la gran ciudad.


1 comentario:

  1. hola queria saber si puedo conseguir el libro mariposas en tu piel en formato digital?? muchas gracias!!!

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