lunes, 3 de febrero de 2020

LUC. Capítulo 2: Tenés un mensaje.



“¿Y si dejas de pensarlo tanto y simplemente lo intentas?”
Desconocido.

Merendar con Cecilia había sido, como siempre, una bocanada de aire puro. Hablar con ella le traía paz y su mente se alejaba de todo lo que dolía y molestaba. Haberla conocido en el taller y entablar una amistad, la había salvado de un monstruo gigante que por poco y se la come; la depresión. Cecilia era alegría y desparramaba vitalidad por todos lados. Esa energía había afectado a Sandra y gracias a ella, había podido cambiar su vida, reanudar la comunicación con aquellos que la habían hecho sufrir y hasta animarse a sentir. Tampoco podía olvidarse que ella había traído a Sebastián a su vida. Y por todo eso y más, la adoraba. Pero… solía dejar de lado las cualidades de su amiga, diez años menor que ella, en situaciones como la del domingo.
—¡Basta! Ya está. Es suficiente. —le dijo con incomodidad y se puso de pie. Cecilia se quedó con la sombra en una mano y el pincel en la otra.
—¡Sandra! Dale… ¡Que estás quedando hermosa!
—¡No! Estoy podrida de estar sentada. ¿A qué hora llegan?
—A las ocho y media.
—¿Tan temprano?
—Mañana hay que trabajar. Además, ¡Qué te hacés! Si siempre te querés ir a dormir a las diez de la noche.
—Debí decirte que no. Debí volverme a casa.
—¿Mañana a qué hora abrís el negocio?
—A las siete. Los pibes que entran al colegio siempre se olvidan algo y hay que estar ahí.
—Bueno, entonces mejor que hayamos arreglado temprano. ¿No te parece?
—Seh…
—¿No me vas a preguntar nada sobre el amigo de Pablo?
—Prefiero sorprenderme.
—¿Por qué estás tan ortiva?
—No estoy ortiva. Soy ortiva.
—No eras así antes. Cuando te conocí eras más simpática.
—Puede ser.
—Bueno, yo creo que sé cuál es la razón.
—A ver…—se cruzó de brazos y levantó la ceja, desafiándola.
—Mi primo.
—¿Otra vez?
—Sí. Desde que se pelearon vos cambiaste completamente. Ya no te reís, no haces chistes, no venís a verme.
—Vos tampoco vas a verme a Casanova.
—Se me complica con el trabajo y lo sabés.
—A mí también.
—Tenés razón. Yo me alejé también. No es tu culpa. Pero… de que estás cambiada, estás cambiada.
—Sí, puede ser. Me va mejor así.
—Ah, ¿sí? —Ahora Cecilia levantó las cejas sorprendida con el comentario.
—Sí. No me lastiman… tanto.
—Uff… Bueno, es muy temprano para una charla tan profunda y sin nada qué tomar. ¿Qué te sirvo?
—Vino.
—Perfecto.
Se sentaron a la mesa y se sirvieron una copa bastante cargada para ambas. Cecilia había pedido sushi y había comprado un par de botellas de vino blanco para acompañar. Pablo y su amigo se encargarían del postre.
—¿Cómo está tu papá?
—Peleándola, como hace años. A veces todo parece estar bien y otras, creemos que el final está más cerca de lo que queremos. Él está muy cansado.
—Me imagino. ¿Tu suegra? ¿Volvió a comunicarse?
—Hablan por teléfono cada tanto. Pablo no quiere verla. Lo entiendo. Lo que hizo es imperdonable. Pero… es la madre.
—No porque sea la madre tiene que perdonarla.
—En algún momento va a tener que dejarlo ir. No le hace bien.
—No estoy de acuerdo. Si te lastimaron… ¿Para qué volver a relacionarse? Ya está. Esa persona no sirve. Y no importa si es tu mamá, tu hermano o…
—Tu novia. —agregó Cecilia con cizaña.
—También.
—No hay que ser tan radical. La vida es demasiado corta para resentir tanto. No vale la pena.
—Ahí estamos de acuerdo. ¿Para qué quedarse con gente que no te valora? Chau.
—Hablando del tema. ¿Qué sabes de tu mamá? ¿La ves seguido?
—Viene a verme cuando anda por la zona. Hace el recorrido. Pasa por lo de Marta, sigue por lo de Roberto y después pasa por casa. Tomamos unos mates, me cuenta sobre su vida en Avellaneda y después de un rato, cuando no hay más nada que decir, se va.
—¿Nunca te dijo por qué?
—Lo único que me dijo fue que no estaba preparada para ser madre. Nada más. Y yo pienso, ¿Necesitó embarazarse tres veces para darse cuenta? Tres hijos abandonados, dejó. Pero bueno. Ya hice las paces con eso. Fue su vida.
—¿Qué hora es? —le preguntó Cecilia, estirando el cuello hacia el celular que había dejado Sandra sobre la mesa.
—Ocho y treinta y cinco.
—Deben estar por llegar. ¿Querés un poco de perfume?
—No, gracias.
—Bue... ¿Ponemos la mesa?
—Dale.
En menos de cinco minutos, el resto de las copas, las servilletas, unos platitos cuadrados de color negro y algunos tenedores, ya estaban ubicados sobre la mesa. Las copas de las chicas volvieron a llenarse. Salieron al balcón para que Sandra pudiera fumarse un cigarrillo mientras esperaban a Pablo y a su amigo. 
—¿Cuándo lo agarraste de nuevo? —le preguntó refiriéndose al pucho.
—Hace unas semanas.
—Pensé que habías decidido abandonarlo completamente.
—Yo también lo pensé, pero ya ves. Es más difícil de lo que parece.
—Ya lo creo.
El celular de Cecilia sonó y entró para atender la llamada. Sandra se quedó fuera, observando los detalles de los departamentos que se veían en la vereda de enfrente. Contó diez pisos. Volvió la vista hasta la base del edificio y comenzó a subir piso por piso, prestándole atención a las ventanas que iban apareciendo. En algunas las luces estaban apagadas o tenían las cortinas cerradas. En otras, encontró una familia cenando, riendo. Más arriba, una pareja mirando la televisión abrazados. Y en la última que pudo ver, dos abuelos y una niña, jugaban a las cartas. Se quedó ahí. Esa imagen le traía recuerdos.
Sandra Noemí Rodríguez había nacido una tarde de invierno en un hospital de Santiago del Estero. Su madre, tres días después de nacida, la dejó en los brazos de su padre y simplemente se fue. El hombre intentó durante dos años criarla solo. No lo logró y, al igual que su madre, la abandonó a su suerte. Solo que esta vez, él había tenido un poco de consideración; la había dejado con los padres de él, quienes adoraban a su hija. Al poco tiempo, y con una beba que cuidar, su abuelo Osvaldo, decidió mudarse a Buenos Aires para trabajar, era un hombre fuerte, honrado y sabía hacer de todo. Sandra e Hilda, así se llamaba su abuela, viajaron tiempo después y se instalaron junto a él, en Isidro Casanova.
A los diez años, la tragedia volvió a golpear la vida de Sandra. Su abuelo, que había conseguido trabajo como albañil, había caído de un andamio y fallecía en el acto. Su mujer sufrió en silencio, pero no dejó que el dolor arrebatara los días de alegría. Aún tenía una niña que cuidar. Con esfuerzo, montó un negocio en una de las habitaciones de la casa y en él trabajó hasta que la vejez se lo permitió. Años después, cuando Sandra ya era toda una mujer, la muerte vino en busca de su abuela también. Se la llevó una mañana de sol, de un enero caluroso. Con 25 años, Sandra se dedicó a trabajar y a guardar en lo más profundo de su ser, el dolor de haber sido abandonada por sus padres y de regresar a su casa para encontrarse con su fiel compañera; la soledad. Sin embargo, se aferró a los recuerdos con sus abuelos para poder sobrevivir. Recuerdos como el que estaba viviendo la nena que observaba jugar a las cartas en la mano de enfrente.
—En quince minutos están acá. —interrumpió Cecilia.
—Bueno.
—¿Te sirvo más? —le preguntó al ver la copa casi vacía.
—Por favor.
Quince minutos después, el timbre del portero les dejaba saber que en menos de cinco minutos llegarían los hombres. Cecilia corrió al baño a retocarse y Sandra se acomodó en el lugar que su amiga le había asignado en la mesa. No estaba nerviosa. Ya no le ocurría. Ni siquiera estaba ansiosa. Solamente deseaba que la noche pasara rápido, que el vino no se acabara y que el amigo de Pablo no fuera un pelotudo.
—Hola. —la voz de Pablo entró primero y luego apareció su carita de nene.
Era lindo, muy lindo. No lo podía negar. Cecilia se había enamorado de un bombón. Sandra se puso de pie y le sonrió. Quería mucho al novio de su amiga; era una persona maravillosa y estaba feliz por los dos.
—Pablito…
—¿Cómo estás, San? Perdón por la demora…
—No pasa nada. Estábamos bien acompañadas. —dijo y levantó la copa.
—San. Te presento a Juan Manuel, un amigo.
Pablo se corrió y dejó al descubierto al hombre que aguardaba detrás. Sandra se acercó y le dio un beso en el cachete. Enseguida, se echó hacia atrás y lo observó descaradamente. Poco le importaba a sus treinta y cuatro años, lo que el otro opinara de ella. Tenía el cabello castaño claro, lacio, con la línea hacia el costado derecho. Una frente amplia, una nariz grande y unos labios pequeños. La barba crecida, como se usaba, y una sonrisa interesante. Debajo de su ojo derecho, dos lunares llamativos resaltaban sobre su piel blanca. Alto, fuerte. De brazos largos, con manos grandes. Bien vestido. Le gustó que hubiera venido con un atuendo de domingo, cómodo. Un pantalón de jean y una remera. Le cayó bien. Sin embargo, eso solo era la impresión exterior. Ahora, quería escucharlo hablar.
—¡Ceci! —la llamó Pablo y se perdió en uno de los cuartos.
—¿Todo bien? —preguntó Juan Manuel, mientras se sentaba junto a Sandra. —Me contaron que estudiás en el Joaquín. Historia, ¿puede ser?
—Sí. Segundo año.
—Qué bueno. Siempre me gustó la historia. A veces me pregunto si lo que estudiamos es lo que en verdad ocurrió.
—Lamento decirte que no.
—¡Lo sabía!
Le gustó su manera de hablar, de pensar. Le gustó que hubiera estado de acuerdo con lo que ella comentó sobre la bibliografía que suelen dan para leer, sobre la subjetividad. Cecilia y Pablo se sumaron a la charla y compartieron sus opiniones. El vino siguió bajando, llegó el sushi y el helado. Con el paso de las horas, Sandra dejó salir su lado más alegre, ese que empujaba hacia adentro últimamente. Ese que había dejado olvidado en la mesa de luz de la habitación de un hotel alojamiento, la noche en que cortó con Sebastián.
—Preparo café.
—Yo debería irme, Ceci. Es tarde y el viaje es largo.
—¿Dónde vivís? —le preguntó Juan Manuel.
—Isidro Casanova.
—Cerca de Morón es eso, ¿no?
—Sí. Por ahí. Debés ser uno de los pocos que saben dónde es, o al menos, ubicarlo en el mapa. —bromeó.
—Un amigo vive en Morón con su familia. Voy a visitarlo seguido. ¿Ubicás la calle Santa Fe?
—Sí, sí.
—Preparo café y después te llevamos, San. —le dijo Cecilia y se levantó a prepararlo.
—¿Los puedo acompañar? —preguntó Juan Manuel y todos se sorprendieron.
—Es como lejos… para ir y volver. —comentó Pablo. —Pero si querés, venite.
Sandra se levantó, ayudó a Cecilia con las tazas y mientras se calentaba el agua, se excusó y pasó al baño. Regresó a los pocos minutos y se sentó en su lugar.
—Te sonó el celu. —le comentó Juan Manuel al pasar.
—Ah, ¿Sí? ¡A ver!
Estiró el brazo y tomó el aparto que estaba cargándose en una mesita cerca del sillón. Abrió el WhatsApp y leyó el mensaje de un número que no tenía agendado.
Dudé en escribirte. Dudé todo el día.
Pero quería saber cómo estabas y en qué andaba tu vida. No me animé a preguntarte en el colectivo.
Ya sé. Soy un tarado. ¿Cómo estás? ¿Cómo estuvo el encuentro con mi prima?
No hizo falta preguntar quién era. ¿Todavía conservaba su número? ¿Por qué ahora? ¿Por qué le escribía dos años después? No le respondió. Dejó el celular donde estaba e intentó concentrarse en lo que hablaban los demás.
—¿Todo bien? —le preguntó Juan Manuel preocupado.
—Sí, sí. ¿Pablo? ¿Me llevás a casa? Estoy muerta y mañana tenemos que madrugar.
—Sí, vamos. ¿Juan Ma, venís con nosotros, al final?
—¿Te molesta si voy, Sandra?
—No, no. Vamos.




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