sábado, 8 de febrero de 2020

LUC. Capítulo 3: ¿Desea eliminar el mensaje?



“Que no hay, para olvidar amor, remedio como otro nuevo amor o tierra en medio.”
Lope de Vega.

Juan Manuel habló desde que salieron de Recoleta hasta Isidro Casanova. Sandra no escuchó absolutamente nada. Su cabeza se había quedado en el mensaje que Sebastián le había escrito. Cada tanto, abría el WhatsApp y releía las líneas una y otra vez. No podía creerlo. ¿Por qué? Bueno… más bien, ¿Para qué? ¿Con qué necesidad volvía a escribirle? Su mente tejía entramados extraños que la llevaban por posibilidades distintas. ¿Quería retomar la relación? ¿Seguía enamorado de ella? O… ¿Simplemente quería conversar como amigos, como conocidos? ¿Había alguna intención encubierta? ¿Cuál? Tenía demasiadas preguntas y quería que él le respondiera todas. Tomó el teléfono y cuando estaba a punto de responder, Cecilia la interrumpió.
—San… ¿Estás bien?
—Sí. Mucho vino, me parece. —guardó el aparato una vez más. Se excusó porque sabía que había estado distraída durante todo el viaje.
Cecilia la miró por el espejo retrovisor y supo enseguida que algo pasaba. No quiso decir nada, pero no dejó de observarla en lo que quedó del trayecto. La veía agarrar el celular, lo guardaba y al rato, de nuevo volvía al principio. Juan Manuel y Pablo iban conversando animadamente y no se daban cuenta de que ella venía en otro mundo.
—Llegamos. —dijo Pablo.
—Muchas gracias por la cena. La pasé muy bien. —Sandra se desabrochó el cinturón y se despidió de sus amigos primero y dejó por último a Juan Manuel. —Un gusto conocerte. —le dijo con sinceridad.
—Lo mismo digo, Sandra. ¿Te jode si le pido tu número a Pablo?
—No, no. Para nada. —le dio un beso y se bajó.
Esperaron que abriera la reja y entrara. Una vez que la vieron perderse por el pasillo del costado de la casa, arrancaron. A los pocos minutos, Sandra recibió un mensaje también de un número desconocido;
Hola. Soy Juanma.
Me gustó mucho conocerte. Me encantaría que repitiéramos.
¿Qué decís?
Sandra sonrió, lo agendó como Juan M. y le respondió;
Arreglamos en cualquier momento. La pasé muy bien. Un beso.
Dejó las llaves, la mochila y el celular sobre la mesa y se metió al baño. Cuando se miró al espejo, se vio distinta. Cecilia se había pasado con el maquillaje. Abrió la canilla y se lavó bien la cara. Se lavó los dientes y una vez en la habitación, se puso el piyama. Se sentó en el borde de la cama y se cepilló el pelo; odiaba acostarse despeinada porque al día siguiente su pelo amanecía super enredado.
Con los ojos fijos en el placar, pensaba en Sebastián y en su mensaje. Pensaba en Juan Manuel y esta nueva posibilidad que, para no mentir, le parecía tentadora. ¿Qué hacer? Si le respondía a su ex significaba revivir los sentimientos que, por dos años, pretendía arrancar de su corazón. Hablarle era traerlo de nuevo a su vida para… ¿Para qué? Para volver a caer en la cuenta de que un pibe como él no debía estar con una mujer como ella. Una mujer más grande, con otras aspiraciones… con otra vida. ¡Por Dios! ¡Si él aún vivía con su mamá! Ella necesitaba un hombre, un hombre que supiera lo que quería de su futuro, con planes, con ideas, con sueños que pudiera cumplir con esfuerzo. Por lo menos con un trabajo estable. Sin embargo, algo en su interior la empujaba a ir corriendo hasta la cocina, tomar el celular y responderle. Contarle lo que estaba pasando con su vida y preguntarle qué estaba haciendo él. Se moría de ganas. No hizo nada de eso. Lavó el mate, acomodó sus cosas y se acostó.
La alarma sonó cinco horas después de que sus ojos se cerraron. Entredormida, caminó hasta la cocina, puso la pava y se metió en la ducha; tardaba exactamente lo que el agua en hervir. Salió con el pelo envuelto en la toalla y apagó el fuego. Abrió la cajita decorada que Roxy le había regalado para un cumpleaños y que ella decidió conservar aun estando despintada y con las bisagras rotas. Cada mañana cuando preparaba su té, se acordaba de ella. Conservarla era tenerla de nuevo con ella, aunque sea unos minutos—los que le tomaba agarrar el té de turno y cerrarla para comenzar su rutina—cada día.
Con la taza humeando y a la espera de que se enfriara un poco, se preparó unas galletitas con queso y dulce de batata. Se cambió de ropa y al regresar, colocó todo en una bandejita de metal y así se dirigió al local que tenía en la parte de adelante. Apoyó su desayuno en el mostrador, prendió las luces y, levantó la cortina. Chequeó que las heladeras estuvieran llenas y que las estanterías con golosinas y galletitas estuvieran repuestas. Todo estaba en orden. Se sentó en una silla alta, y se bebió el té en tres sorbos.
Como siempre, la mañana era movida. Los chicos que iban a la escuela que estaba a la vuelta de su casa, se acercaban a comprar golosinas o a sacar fotocopias. Ese año había invertido en una fotocopiadora y había comenzado a trabajar con las dos secundarias que tenía cerca. Los profesores le dejaban el material y ella se encargaba de encarpetarlo y venderlo cuando lo necesitaran. Aquel había sido un buen negocio.
Desde las siete y hasta las ocho y media todo era movimiento. Luego, hasta las once y media la mañana solía ser tranquila y era durante ese momento podía leer, armar resúmenes y adelantar trabajos. El negocio permanecía abierto hasta las dos, cerraba y a las cuatro venía una chica a atender por la tarde, hasta las siete y media.
—Buen día.
Sandra reconoció la voz antes de que pudiera verlo. Miró el reloj y, efectivamente, era la hora en que él aparecía. Salió de atrás de las estanterías y le sonrió. Leonardo era su vecino, quien también tenía un negocio justo al lado del de ella. En este caso una verdulería. Todas las mañanas, a las 9:30 se acercaba a tomar unos mates con ella.
—Hola, Leo. ¿Cómo andas?
—Bien, belleza. ¿Vos? ¿Tenés todo listo?
—Sí, claro. —Sandra sacó el equipo de mate y le extendió una silla para que se sentara.
Leonardo tenía dos años menos que ella, estaba casado con una chica del barrio y tenían dos hijos preciosos. La verdulería había sido de su papá y al igual que el quiosco de Sandra, había estado cerrado por mucho tiempo después de que, al pobre hombre, le quitaran la vida en un asalto. Leo no había querido saber nada del local, pero, la llegada de sus mellizos y la falta de trabajo, lo habían obligado a reabrir el negocio familiar. Muy parecido a lo que había ocurrido con Sandra. Solo que a ella le había tomado bastante tiempo decidirse.
—Tranquila la mañana. ¿No?
—Muy. Este mes viene jodido.
—Mal. Pero… no hay que aflojar. Tu abuela y mi papá dirían eso.
—Mi abuela y tu viejo vivieron tiempos diferentes. Tiempos en los que el respeto era lo primero. Hoy todo es una mierda.
—¡Qué pesimista! ¿Nos levantamos con el pie izquierdo? —bromeó.
—No, con un shock de realidad. ¡Uy, mirá quién viene ahí! Tu suegra.
—La puta madre. Ahora vengo. No dejés enfriar el mate. La despacho enseguida.
La mañana transcurrió sin muchos sobresaltos. Llegó el mediodía, el caos de la salida y entrada del colegio y luego la tan ansiada siesta. Bajó la persiana, cerró todo con llave y le pegó un cartelito en la puerta a Romina, dejándole saber las cosas que faltaban y que, si venía el proveedor, comprara. Se recostó con un el libro de turno para intentar leer lo que necesitaba para el parcial que se le venía encima. Avanzó unas hojas y lo cerró cuando oyó que había caído un mensaje en el celular. Desde la noche anterior no había querido ni tocarlo. No deseaba tentarse. Sin embargo, casi doce horas después de la última vez, no pudo resistirse. Saltó de la cama y regresó con el aparato. Una vez ubicada en su posición inicial, abrió el WhatsApp.
Buenas. ¿Cómo va todo? ¿Qué andas haciendo? ¿Hoy cursas?
No era Sebastián. Le respondió enseguida y le contó que sí, que en un par de horas saldría de su casa para el instituto. Ella le preguntó que estaba haciendo él e iniciaron una conversación fluida que duró hasta que ella se subió al colectivo y le explicó que debía ponerse a leer sí o sí.
Me gustaría invitarte a comer. No sé si esta noche o más cerca del fin de semana.
Sandra se quedó pasmada ante la invitación. ¿Qué esperaba? El tipo tenía 42 años y no estaba para dar vueltas. ¿Y ella? ¡Tampoco! No podía pasarse toda la vida llorando por un amor que no podía ser. Quizás, salir con Juan era el primer paso para olvidarse de Sebastián de una buena vez.
            Me encantaría. Pone el día y el lugar y ahí nos vemos.
Juan Manuel le explicó que los viernes pasaba a buscar a su hija por la casa de su ex mujer y se quedaba con ella hasta el domingo a la tarde. Le dijo que, si no le molestaba, se podían ver el jueves cuando ella salía del instituto.
            Te paso a buscar y vamos a cenar.
La seguridad del mensaje anterior se desvaneció ante la inminente cita. Sin embargo, no arrugó.
            Perfecto.
No hablaron más. Ella intentó leer, pero fue en vano. Enseguida, regresó al mensaje de Sebastián. Lo leyó una vez más. Cuando estaba a punto de borrar el mensaje, notó el “escribiendo” debajo de su nombre. Esperó con el corazón en la mano. ¿Qué le diría? ¿Le reclamaría la falta de respuesta?
Esperó.
Esperó.
Pero nada sucedió. Se desconectó a los pocos minutos.
Con la mirada perdida en las calles de Buenos Aires, Sandra dejó escapar una lágrima pequeña, chiquita que poco expresaba lo que estaba sintiendo. ¡Lo extrañaba tanto!
                               

                            

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