“En la sombra, lejos de la luz del día, la melancolía
suspira sobre la cama triste…”
Alexander Pope
Estalló en un orgasmo dulce, excitante. Juan Manuel sabía cómo tocarla.
Sus años de experiencia les habían dado a sus dedos unos toques maravillosos
que la hacían vibrar. Mientras él se aseaba en el baño, ella se tapaba con la
sábana y parpadeaba observando el cielo raso. Era la primera vez que llevaba a
un hombre a su casa. Nunca había querido que nadie traspasara ese límite. Ni
siquiera Sebastián.
Giró y le dio la espalda a la puerta. Hubiera querido que fuera él quien
desarmara su cama, quien usara su baño, su toalla. No, Juan Manuel. Pero… ahí
estaba, desnuda, esperando que otro hombre se metiera entre sus sabanas. Se
sintió una miserable. Una traidora. Una mentirosa. Una infiel.
—¿Estás bien? —le preguntó Juan mientras se acercaba.
Ella no le contestó. Se hizo la dormida y dejó que la abrace, que la
acaricie y que se duerma sobre sus almohadas. No podía ni quería, hacer otra
cosa. Debía seguir, mantener esa relación para poder arrancárselo de la cabeza.
Juan comenzó a roncar y en ese momento ella supo que ya no se
despertaría; aun cuando le bailasen un malambo al lado. Entonces se levantó sin
hacer ruido, cerró la puerta y se dirigió a la cocina. Puso la pava y preparó
el mate. Sobre la pared blanca de la cocina, desplegó su historia con
Sebastián. En ella vio la primera vez en que habían conectado.
Se habían conocido al poco tiempo que Cecilia había comenzado a trabajar
en el taller junto a ella. Una tarde, cuando hubo más confianza, ella la había
invitado a cenar y Sebastián había llegado con un amigo a saludar a sus tíos y
prima. Era un pibe simpático, alegre. En ese momento a Sandra ni siquiera se le
había ocurrido pensar en él como un hombre. ¡Para nada! Muy lejos estaba de
eso. Sin embargo, volvieron a cruzarse muchas veces más. El tiempo pasó,
Cecilia se peleó con quien era su novio y Roxana comenzó a salir con él. A
partir de ese momento, las cosas pasaron demasiado rápido y de forma vertiginosa.
Un día cocían las tres en el taller de la calle Paraguay, se reían y pasaban
las mejores tardes juntas, y al otro, esperaban en una sala de hospital a que
Roxy se salvara después de practicarse un aborto. Esa situación horrenda había
unido a Cecilia, a Sebastián y a Sandra. Los tres habían armado un grupo de WhatsApp
para informarse las novedades y darse ánimo. Y por eso, el vínculo se había vuelto
más fuerte con el pasar de las horas.
Una tarde, ella se había acercado a hacer la visita rutinaria y había
encontrado a Sebastián destruido. Lloraba en silencio sentado en el piso. La
imagen la conmovió tanto que, impulsada por lo que su cuerpo le pedía, se
acercó y se sentó a su lado. Estiró el brazo y lo envolvió como si fuera una criatura.
Él se dejó consolar y así se quedaron hasta que Nelly, la mamá de Roxy,
apareció. Esa tarde, con ese abrazo, compartiendo el dolor, se habían
reconocido.
Comenzaron a hablar más seguido. Primero, sobre la situación de Roxana,
después sobre cosas más personales. Hasta que la muerte tocó a la puerta y
salieron los dos a recibirla, tomados de la mano. Nadie se percató que, en
ningún momento, Sandra y Sebastián se habían separado. Sus dedos entrelazados,
sus miradas cargadas de sentimiento, solo eran visibles para ellos dos. Los
días pasaron y creyeron que solo se estaban acompañando en el dolor de una pérdida.
Pero no. Los mensajes siguieron y éstos se convirtieron en reuniones, en
salidas, en encuentros.
—Estoy enamorado de vos. —le había dicho una noche mientras compartían
una cerveza en un bar de Morón.
—¿Qué decís? —había preguntado ella, incrédula de que aquello que tanto
había imaginado, se estuviera convirtiendo en realidad.
—Eso digo. Que me gustas. Que quiero estar con vos.
Como un profesional, llevó la mano a la mejilla de Sandra, la acarició y
con la mirada le pidió permiso para besarla. Ella, como si estuviera en la
secundaria, bateó las pestañas y acercó sus labios para recibirlo. El beso fue…
todo y más. Sintió como si hubiese descendido al infierno y en el mismo momento
subido al cielo. Por primera vez en su vida, con treinta y dos años, sentía que
su boca, su corazón y su alma estaban unidas con un beso. Ella también estaba
enamorada de él; loca, desesperadamente. Tanto que, por un tiempo, no pensó en
los años que se llevaban, en que el futuro sería tan incierto y que todas esas
dudas, la asustarían tanto que terminaría huyendo de su propia felicidad.
Acarició la manija de la pava y agachó la cabeza vencida por los
recuerdos. En aquella pared blanca, también vio el dolor de su mirada al
despedirse de él y con toda la intensión de que la olvidara, lo había lastimado
de la peor manera. Lo había disminuido, lo había hecho sentir como un idiota. Y
todo para que dejara de amarla. Para que entendiera que si bien, todo parecía
ser genial y hermoso entre los dos, el tiempo se encargaría de separarlos. Porque
ella estaba segura de que él querría otra cosa. Cosas que estaba convencida que
solo le podría dar una mujer de su edad.
—¿Te desperté con los ronquidos? —la asustó Juan Manuel.
—Un poco. —mintió.
—Vení a la cama. Prometo no roncar. —le sonrió con dulzura y, Sandra una
vez más, intentó convencerse de que debía apostar todo a esa relación.
—Dudo que puedas, pero bueno… —se levantó, apagó las luces y se dejó
engullir por los brazos de Juan Manuel.
Se acostaron. Sandra apoyó la cabeza en el pecho de él y cerró los ojos.
Se imaginó que aquella piel era la de Sebastián y por fin se durmió.
Juan Manuel se levantó bien temprano. Preparó el desayuno y se lo
alcanzó a la cama. Juntos, compartieron un café con leche y comieron unas
tostadas con mermelada. A los pocos minutos, se despidieron. Él se iría a pasar
el día con su hija y Sandra abriría el negocio como todos los días.
Una vez que se quedó sola, volvió a recostarse y consultó la hora del
celular. Tenía algunos mensajes de WhatsApp. Y, como era temprano, decidió
quedarse acostada un rato más, revisándolos. Abrió el primer mensaje; de Juan.
Siempre hacía lo mismo. Y siempre lograba sacarle una sonrisa. En esos momentos
ella creía que por fin estaba enamorándose de él. Cada vez que se despedían, él
le enviaba una pequeña línea con algún mensaje dulce. En esta oportunidad…
Amé dormir en tu cama.
Espero volver pronto. Buen sábado.
Ella le contestó con un emoticón de corazones y le escribió;
Si
hay desayuno de por medio, volvé cuando quieras.
Juan Manuel era perfecto. Ella al principio había sido reticente con la
relación porque le preocupaba que tuviese una hija y, por ende, que esté en
constante comunicación con su ex mujer. Sin embargo, él se encargó de despejar
todas sus dudas. Siempre atento, siempre con la verdad, siempre de frente. Y
eso a Sandra le encantaba. Veía en él un gran compañero. Obvio que sentía que
lo traicionaba cuando la besaba o le hacía el amor porque por más que le pese,
ella siempre llevaría a Sebastián entre su piel, entre sus dientes. Pero…
quizás, tal vez…Juan Manuel con su dulzura y comprensión podría conquistar su
corazón.
Cerró el chat con él y enseguida reconoció de quien provenía el
siguiente mensaje. Ahí estaba el número desconocido que poco tenía de serlo
porque se lo sabía de memoria. En un acto reflejo se lo llevó al pecho y cerró
los ojos. ¡Volvía a aparecer! Respiró hondo y leyó el mensaje.
Perdón por haber
sido tan cruel con vos anoche.
Te mereces un tipo
como él.
De verdad, espero
que seas feliz.
Un beso.
¿Qué era eso? ¿Se estaba disculpando? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Por qué no
dejar las cosas así? Si, al fin y al cabo, cado uno seguiría con su vida. ¿Qué
necesidad había? Esta vez no pudo aguantarse y aunque dio vueltas durante todo
el día e inclusive escondió el aparato para no sentirse tentada, cerca de la
media tarde le respondió.
Hola.
No pasa nada.
Yo también te traté muy mal y quizás, hasta me merezca
tu desprecio.
Un beso.
Esperó en vano la respuesta de él. Se maldijo durante todo el fin de semana.
Se maldijo porque con esa respuesta, con ese estúpido mensaje había vuelto a
caer en sus manos. Otra vez, guiada por su corazón, había abierto una puerta
que por dos años había mantenido cerrada. Estaba cansada, sí. Cansada de fingir
que todo estaba bien. Pero… ¿Qué otra opción tenía? ¿Tenderse a llorar?
¿Llamarlo y rogarle que la perdonara? No. Había demasiada dignidad y orgullo dentro
ella como para hacer una cosa como esa. No. Juan Manuel era la clave. Juan
Manuel había aparecido en su mundo para cambiar las cosas.
Las cartas se habían
repartido de nuevo y quizás, si jugaba bien, podría ganar el partido.

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